Revista Mensual | Número: Marzo de 2017
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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Patas arriba

La hora de la espada
Burbuja financiera: “Sigo esperando el impacto”
El Pacífico de la discordia


El imperialismo está acabado: la enorme tarea de superarlo sin hundirse en el intento

Patas arriba

Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana”.

E. Galeano

Tal como venimos analizando mes a mes, las tendencias intrínsecas de la acumulación capitalista no cesan de despedazar por mil partes el orden económico global –y, con ello, el sistema en su conjunto– construido a medida de los monopolios durante todo el siglo XX.

Los síntomas más tangibles de la magnitud de la crisis actual son una debilidad extrema del crecimiento económico global, niveles récord de fusiones y adquisiciones entre gigantes del mercado, repulsión violenta de fuerza de trabajo por doquier y una burbuja demencial. Ríos y ríos de tinta y propuestas se suceden para paliar los efectos de cada síntoma: apalancamiento con tasas bajas o hasta negativas por aquí, regulemos un poquito la competencia por allá, renta universal por existir para los hombres y mujeres que la automatización escupe a granel, pacto tecnológico –como un “pido-gancho” empresarial– y hasta la fundación de una ética para robots… La mismísima presidenta de la Reserva Federal norteamericana sintetizaba, el año pasado, la impotencia tras el variopinto repertorio improvisado, tras más de ocho años desde el estallido en 2008: “Ciertamente, no podría haber imaginado hace seis o siete años que estaríamos usando las políticas que hemos puesto en marcha ahora” (LN 26/8/16).

En este contexto de encerrona sin salida es que se enmarca el ascenso de Trump en Estados Unidos, con un planteo proteccionista en la nación que supo ser el centro de la trasnacionalización productiva y financiera que desarrolló el imperialismo, sobre todo, en la segunda mitad del siglo XX. No podemos ni debemos escindir su emergencia del desarrollo y la crisis del dominio del capital financiero. Aislar los fenómenos proteccionistas, que comienzan a multiplicarse, del grado de concentración y centralización de la propiedad de los medios de producción a que nos ha conducido la acumulación capitalista es acabar con nuestra posibilidad de comprenderlos en su justa dimensión y profundidad.

Así como el desarrollo del capital industrial condujo a finales del siglo XIX al surgimiento de los monopolios y el desarrollo del capital financiero, el devenir de la trasnacionalización que el capital monopolista impulsó conduce ahora a reacciones anti-globalización y a una guerra comercial en ciernes. Ni uno ni otro pueden revertirse, sino que, al ser resultado de las tendencias intrínsecas a la acumulación capitalista, son consecuencia necesaria de su desarrollo. No se puede volver la historia hacia atrás, pero sí se puede, y se necesita de manera imperiosa, superar las contradicciones que actualmente jalonan el mundo.

Durante el mes de febrero, seguían las repercusiones por el repliegue norteamericano del TTP, promovido por amplios sectores del capital financiero como una herramienta estratégica en el control de la zona Asia-Pacífico, en el marco de la disputa con la imparable República Popular China. A su vez, la lucha entre fracciones de capital global con asiento en la economía estadounidense, los unos, y en el Viejo Continente, los otros, continuaba profundizando su escalada. Lucha que, vale recordar, es previa al ascenso de Trump –se inició bajo el gobierno pro-globalización de Obama–, y por ende demuestra que la fractura es intrínseca al proceso de concentración y centralización de la propiedad, gobierne quien gobierne.

La hora de la espada

Como venimos señalando, la emergencia de Trump viene a delatar la profunda fractura al interior del bloque de capitales monopólicos, fruto de una concentración frenética. Durante el año 2016, el mercado mundial de fusiones y adquisiciones (M&A por sus siglas inglés) registró un volumen de US$ 3,24 billones, en 17.369 transacciones, de acuerdo a cifras publicadas por la empresa Merger Market (http://mergermarket.com/info/research/2016-global-ma-report-press-release).

La concentración implica que un puñado cada vez menor de monopolios diversificados se apropian de partes cada vez mayores de la riqueza generada con el trabajo de miles y miles a nivel mundial. Inexorablemente, la concentración implica lucha entre esos monopolios por ver quién concentra y quién sucumbe. En la actualidad, esto es lo que se está expresando con la fractura histórica entre Estados Unidos y sus aliados europeos, que el mes pasado detallábamos a partir de la guerra de sanciones cruzadas a las empresas “insignia” de uno y otro lado del Atlántico (Apple, JP Morgan y Google en la UE, Volkswagen, Fiat Chrysller y el Deutsche Bank en Estados Unidos).

Este mes, la disputa se encarnizaría más en torno a las instituciones político-militares que supieron construir como bloque de aliados durante el siglo XX y que hoy se desmoronan como castillo de naipes, como veremos en relación a la OTAN en el siguiente artículo.

Sin embargo, la concentración es un síntoma, una consecuencia invitable de la tendencia más profunda del capital de reemplazar mano de obra por tecnología, como un medio de reducir el tiempo y el costo de producción, en el marco de la competencia mercantil. Esa tendencia, con más de 200 años de desarrollo, nos lleva a la situación actual, donde casi la mitad de los puestos de trabajo es susceptible de ser reemplazado por robótica en menos de 20 años, según el ya citado estudio de la Universidad de Oxford.

En este sentido, este mes se conocía que la planta de General Motors Canadá se desprendería de 625 trabajadores –tiene un total de 2.800– por una ampliación de las inversiones en la planta mexicana de la compañía, que no incluía contratación de nueva mano de obra (DW 27/1).

The New York Times analizaba este mes la brecha entre unas estadísticas positivas, o al menos no tan catastróficas, del crecimiento económico en Estados Unidos y el malestar general de la población respecto de la situación de la economía: “Robert Johnson, presidente del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico, sostiene que (…) ‘cuando las firmas invierten en cambios tecnológicos que causan conmoción en la estructura del empleo sus decisiones se enfocan exclusivamente en la ganancia privada y no toman en cuenta los efectos secundarios costosos que la sociedad debe soportar. Cuando una firma pequeña adopta una nueva tecnología que desplaza a trabajadores esto puede no ser una crisis social. Cuando muchas firmas hacen esto a la vez, los cambios en la naturaleza de la producción y el empleo en todo el país se convierten en un profundo problema social’” (LN 12/2).

El caso es solo un botón de muestra de un proceso que, sólo en Estados Unidos, conllevó la pérdida de más de 4.250.000 puestos de trabajo en el sector industrial entre 2000 y 2010. Los demonios que Trump intenta conjurar con una retórica anti-globalización, que en nada podría detener el torrente desatado por la competencia monopolista y la necesidad de acaparar mayores tajadas del mercado, eran develados una vez más por el jefe de la sección de Economía del diario Financial Times, Martin Wolf: “El hecho más relevante es la constante caída de la proporción de los puestos de trabajo industriales sobre el empleo total en los Estados Unidos: del 30% a principios de la década de los 50 a tan sólo un poco más del 8% a fines de 2016 (…). En 1950, la cantidad de empleos manufactureros era de 13 millones, mientras que el total del resto de la economía era de 30 millones. A finales de 2016, eran 12 millones y 133 millones, respectivamente. Por consiguiente, todo el incremento del empleo entre 1950 y fines de 2016 se produjo fuera del sector industrial. Sin embargo, la producción manufacturera estadounidense no se estancó. Entre 1950 y 2016, la producción subió 640%, mientras que el empleo cayó 7%. Incluso entre 1990 y 2016, la producción creció 63%, mientras que el empleo bajó 31%. La explicación del contraste entre producción y empleo está en la mayor productividad. Sin embargo, nadie propone detener eso” (FT, reproducido en CR 6/2).

En las cifras de marras se resume el nudo gordiano de la economía capitalista. Con el desarrollo de las fuerzas productivas, que ha crecido a un ritmo agigantado en las últimas décadas, se produce cada vez más en menos tiempo y con menos trabajo incorporado. Al reducirse el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías, y por lo tanto el trabajo incorporado en cada mercancía, se reduce también la parte de trabajo de la que el capitalista puede apropiarse, es decir, la plusvalía o plusvalor.

Es decir que, a la par que profundiza la expulsión de mano de obra del proceso de producción y engrosa las filas de la población sobrante para el capital, la incorporación de tecnología obliga a los monopolios a aumentar de manera incesante la escala de producción, de modo tal que el incremento cuantitativo de mercancias compense la reducción de la ganancia contenida en cada unidad nueva producida con menos trabajo. Esto explica la irracionalidad del mundo actual, donde se producen alimentos para 15 mil millones de personas –es decir, más del doble de la población mundial–, pero más del 10% de las personas se encuentran debajo de la línea de pobreza, es decir más de 700 millones de habitantes, de acuerdo al Banco Mundial a fines del 2015 (http://www.bancomundial.org/es/news/press-release/2015/10/04/world-bank-forecasts-global-poverty-to-fall-below-10-for-first-time-major-hurdles-remain-in-goal-to-end-poverty-by-2030).

Como venimos sosteniendo desde su victoria, Trump no puede detener este proceso. En palabras de Xi Jinping en la apertura del Foro de Davos, “simplemente no es posible (…) canalizar las aguas del océano hacia atrás en lagos y arroyos aislados. De hecho, va en contra de la historia”.

Burbuja financiera: “Sigo esperando el impacto”

Sin dudas otra de las manifestaciones problemáticas de la crisis intrínseca al proceso de acumulación capitalista es el grado de concentración actual y la enorme burbuja especulativa a la que afluyen cuantiosas sumas de capital desalojado de la esfera –ultrasaturada– de la producción de mercancías.

En este sentido, venimos señalando que todos los indicadores arrojan un cuadro de situación igual de sombrío o peor que el que desencadenara en la quiebra de Lehman Brothers y en la crisis de las hipotecas sub-prime durante el 2008.

Al respecto, este mes, el Financial Times advertía: “La demanda de bonos basura elevó a 10% los rendimientos de la deuda con menor calificación crediticia debido a que los fondos que invierten en esa clase de activo captaron más de u$s 10.000 millones desde principios de diciembre. El endeudamiento de los grupos calificados con Triple C que son los de menor capacidad de pago dentro del universo de alto rendimiento [bonos basura]– se incrementó en casi dos terceras partes comparado con el año anterior (…). Sin embargo, el ánimo inversor optimista llega en un momento en que crecen las advertencias sobre el panorama para el mercado norteamericano de bonos basura que mueve u$s 2,2 billones que incluye para los próximos cinco años un preocupante ‘muro de vencimientos’ de u$s 1 billón para las compañías de menor calificación, un nivel récord según la agencia evaluadora Moody’s. Los vencimientos alcanzan su pico en 2021, año en que vencen bonos y préstamos bancarios por más de u$s 400.000 millones (…). Stephen Caprio, estratega de UBS remarcó: ‘Los estándares para préstamos bancarios y no bancarios no se están relajando, la mora en el pago de tarjetas de crédito y préstamos automotores está subiendo, el crecimiento de los préstamos industriales y comerciales bancarios se detuvo, y creemos que se está subestimando el ánimo proteccionista como riesgo macro’” (FT, reproducido en CR 10/2).

El panorama de situación es claro: los rendimientos de bonos basura se disparan cuando su precio cae, y los precios caen cuando la demanda de estos bonos se incrementa. Por lo tanto, una disparada del rendimiento de un 75% en relación al año anterior habla de una mayor apuesta de la timba financiera a los bonos incobrables. A su vez, el economista del UBS advierte sobre un crecimiento en la mora del pago de los créditos por parte de los consumidores norteamericanos.

En el mismo sentido, Gillian Tett, jefa de redacción de la edición norteamericana del Financial Times, advertía: “Rige la mentalidad de burbuja. Los inversores se volvieron peligrosamente complacientes con los riesgos, porque después de ocho años de tasas de interés bajas están desesperados por obtener mayores retornos (…). Los ratios entre las valuaciones del mercado de valores y el PBI o el crecimiento de la masa monetaria se ubican en niveles sólo vistos en lo más alto de anteriores burbujas. Lo que queda claro es que muchos inversores parecen insensibles a las noticias negativas. Por lo tanto, el temor es que el optimismo actual pueda implosionar cuando los inversores empiecen a prestar atención a los riesgos negativos, sean un shock político, una demora en la reforma tributaria o señales de que el proteccionismo está dañando el crecimiento (FT reproducido en CR 17/2).

Todo esto en un contexto en que el flamante presidente electo continúa avanzando en el desmantelamiento de la ley de regulación financiera conocida como Dodd Frank, implementada en 2010 como forma de exigir a los bancos y entidades financieras un mayor respaldo para sus acciones. Gary Cohn, principal asesor económico de Trump y presidente de Goldman Sachs hasta diciembre, declaraba ante el Wall Street Journal que debido a que los bancos quieren “tener más y más y más capital... ese capital nunca está saliendo a la calle de Estados Unidos” (TE 11/2, traducción propia). Es decir que reafirmaba la voluntad del gobierno de Trump de poner a circular una masa de crédito aún mayor que la que ya circula.

Sobre este punto, el ministerio alemán de Finanzas se posicionaba de manera decidida: “El encargo de revisar toda la regulación del mercado financiero implica el comienzo de una agenda potencialmente amplia de desregulación (…). Esto es motivo para preocuparse” (DW 9/2). Sin embargo, aunque Schäuble advierte el peligro potencial de desregular el mercado financiero, el Banco Central Europeo, del cual Alemania es columna vertebral y cabeza indiscutida, invertía en enero un total de 71.362 millones de euros en deuda pública de la zona euro, una cifra un 29,6% superior a la de diciembre, alcanzando así un total de 1.344 billones de euros desde marzo de 2015 a la fecha. Además de las compras de deuda pública, la expansión cuantitativa del BCE incluía también la adquisición de deuda de empresas, que en enero sumó un total de 8.419 millones de euros, alcanzando los 59.489 millones desde su inicio en junio de 2016, además de titulizaciones, de las que compró 522 millones de euros, hasta 23.352 millones de euros desde el comienzo del programa, y otros 4.733 millones en cédulas hipotecarias, que en dos años han sumado 208.248 millones (http://cincodias.com/cincodias/2017/02/06/mercados/1486400629_899990.html)… ¡¡¡Menos mal que está Alemania para salvarnos de la burbuja!!!

Volviendo a Estados Unidos, en los tres meses desde el triunfo electoral de Trump hasta la fecha, el sector financiero norteamericano ganó un 21,8%, apoyado en la expectativa de desregulación de la industria y una política fiscal expansiva que dinamizaría la economía y generaría una presión alcista sobre las tasas de la Fed. Los bancos regionales en EEUU, que tienen menor capitalización bursátil y son de menor tamaño, registraron ganancias cercanas al 30%. El sector industrial también salió bien parado, con una suba del 12% en los últimos tres meses, mientras que el sector de tecnología mostró un avance del 9,2% desde el 8 de noviembre a la fecha. Por su parte, los sectores de materiales de construcción, telecomunicaciones, aeroespacial y defensa anotaron ganancias del 12% al 16% en promedio (CR 13/2). El índice industrial Dow Jones superó por primera vez, en sus 120 años de existencia, los 20.000 puntos, acumulando un alza del 15% desde la victoria del magnate (RT 25/1 y CR 13/2).

Como reflejo de estas mismas contradicciones, las cifras difundidas por el Banco Mundial este mes, arrojaban un incremento del gasto público a nivel mundial de 19,34% en 1973 a 29,16% en 2014 medido sobre el Producto Bruto global. De estos casi 10 puntos porcentuales que creció el gasto en los últimos 44 años, el 42,87% de ese aumento se produjo en los últimos 10 años (CR 15/2).

El economista y CEO de la consultora Carta Financiera Miguel Boggiano –que no puede ser tildado de heterodoxo precisamente– advertía: “Ahora bien, esta tendencia global de elevar y mantener en altos niveles el gasto público, tiene una contracara muy peligrosa, y es la enorme burbuja de deuda mundial que se está creando. El FMI ya ha advertido esta situación en Octubre del año pasado al manifestar su preocupación por los niveles de deuda actuales que ronda los US$ 152 Trillones y representa más del doble del tamaño de la economía mundial (el 225% del PBI global) (…). En síntesis, no es cierto que se esté contrayendo el gasto público en el mundo, todo lo contrario. Un mayor gasto implica una mayor presencia del Estado en detrimento de actividades que podrían ser desarrolladas por particulares. Pero lo más preocupante es que el aumento del gasto se está financiando con inusitados niveles de deuda. En definitiva, cuando la burbuja de la deuda mundial explote, será la gente común la que termine afrontando las consecuencias de la misma” (CR 15/2).

Repasando el panorama, incremento del endeudamiento público y privado a nivel global, crecimiento del apetito por los bonos basura de acreedores con nulas perspectivas de pago, crecimiento de la brecha entre el PB global y las valuaciones del mercado de valores, el presidente de la primer economía del mundo promete un “siga, siga, siga el baile” y el ministro de Finanzas de la locomotora del Viejo Continente advierte que se va hacia el abismo pero tampoco atina a tocar el freno… ¿Quién le pone el cascabel al gato? La necesidad de controlar el caballo desbocado que signa la época de la decadencia de los monopolios se vuelve cada vez más imperiosa.

El Pacífico de la discordia

 

Si alguien dijera que China está desempeñando un papel de liderazgo en el mundo, yo contestaría que esto no sucede porque nuestro país luche por el primer puesto, sino más bien porque los principales candidatos han dado un paso atrás, dejando ese lugar a China

Zhang Jun, director general del Departamento de Economía Internacional del Ministerio de Asuntos Exteriores chino

Sin duda, como venimos señalando, el anuncio de la administración Trump de retirar a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica fue uno de los cimbronazos más intensos para el mapa económico y geopolítico global.

El semanario británico –órgano de la city londinense– The Economist advertía este mes, sobre el presidente Trump, o mejor dicho sobre Xi Jinping: “A diferencia de algunas de estas amenazas contra el comercio, el deseo de actuar contra China al menos es comprensible. El Sr. Xi dice que apoya los mercados abiertos, pero dirige una economía construida sobre pilares mercantilistas. Las empresas chinas favorecidas se benefician de financiación subvencionada y renta. China mantiene los sectores de su economía fuera de los límites de los inversionistas extranjeros, ya que bombea dinero a sus propios campeones: por ejemplo, ha asignado 150.000 millones de dólares para fomentar su industria de semiconductores (…). Por último, el señor Trump debería desmontar la farsa de que el señor Xi es un ‘ciudadano modelo del comercio global’, utilizando las propias instituciones del sistema para procesar los abusos chinos. La burocracia del comercio internacional funciona bastante bien. El gobierno de Obama presentó 16 denuncias contra China en la Organización Mundial del Comercio (OMC), y no perdió ningún caso (…). La ironía es que, al retirarse del TPP un acuerdo comercial que, aunque actualmente excluye a China, podría algún día haber limitado su capacidad de contaminar y subvencionar sus empresas estatales, el Sr. Trump le ha dado inmediatamente la espalda al camino más prometedor para cambiar la economía. Si realmente quería cambiar el sistema de comercio mundial para mejor, el Sr. Trump debería resucitar algunas de las provisiones del TPP” (TE 28/1, traducción propia).

De esta forma, The Economist se lamentaba por el repliegue de Estados Unidos, centralmente por la conciencia de que el lugar vacío en los órganos de gobernanza global será ocupado por la segunda economía del mundo, que sigue siendo un dolor de cabeza para los centros financieros mundiales, por la propiedad del pueblo chino, a través del Estado, de los medios de producción fundamentales y estratégicos y por la planificación centralizada, que desvela a quienes hacen un culto rabioso de la anarquía de la producción en pos de la búsqueda incesante de maximización de la ganancia individual.

También desde la Unión Europea apoyaban la guerra comercial declarada por Trump a China. Según el portal oficial de noticias alemán Deutsche Welle: “Alemania, Francia e Italia abogan por un frente común europeo para impulsar un derecho de veto en el ámbito comunitario que permita evitar la adquisición de empresas de alta tecnología por parte de inversores chinos. Las tres mayores economías de Europa solicitan a la Comisión Europea que desarrolle un reglamento que permita avanzar en esta dirección tras numerosas compras de compañías del bloque por empresarios del  país asiático. ‘El objetivo es que Alemania y otros países europeos tengan más posibilidades de comprobar adquisiciones concretas y, llegado el caso, puedan impedirlas’, señala la posición común a la que ha tenido acceso la agencia DPA. En concreto, la intención de Berlín, París y Roma es evitar la venta de determinadas empresas cuya adquisición por parte del gigante asiático considerarían ‘injusta’ por tratarse, por ejemplo, de empresas que han sido financiadas con ayudas estatales o que incluyen tecnologías que son específicamente importantes para Alemania” (DW 14/2).

Sin duda la iniciativa debe enmarcarse en la política del PCCh de incrementar las inversiones de empresas chinas en el llamado “Sector 1”, donde se producen los medios de producción: maquinarias, software, tecnología de microprocesamiento, etc., como parte del desarrollo de una industria autónoma en materia de investigación y desarrollo. Venimos señalando en nuestros Análisis… que el gigante oriental es el principal comprador de robots aplicados a la producción a nivel mundial, y hace pocos meses una compañía china adquiría la principal fabricante de robots industriales de la Unión Europea, la alemana Kuka.

Los exportadores chinos fueron sometidos en 2016 a la cifra récord de 119 investigaciones de defensa comercial impulsadas por 27 países, lo que representa un incremento del 36,8% frente a 2015. Los casos afectaron a productos por valor de 14.340 millones de dólares, un aumento interanual del 76%. “China respeta el derecho a usar medidas de defensa comercial, pero está profundamente preocupada por el abuso que algunos países hacen de esta facultad para proteger a sus industrias nacionales dañando a las empresas chinas”, precisaba el portavoz del Ministerio de Comercio, Sun Jiwen (XH 17/2).

Las cifras son por demás útiles porque, una vez más, nos permiten desmitificar la idea de Trump y su proteccionismo como la antítesis del funcionamiento de la economía global o como un monstruo que nadie sabe dónde se engendró, y nos vuelve a desnudar al proteccionismo como el ropaje de un imperialismo decadente e imposibilitado de continuar organizando el mundo en función de sus intereses. El grado de concentración económica alcanzado, con que abríamos el artículo, está en la base de la incapacidad del capital financiero de conducir el sistema económico global.

Ante esa incapacidad de conducir, retrotraer el mundo hacia el momento donde la gobernanza global no emergía como una necesidad porque el capital se hallaba en una fase de desarrollo a escala de sus estados nacionales es un tentador espejismo con que algunas fracciones monopolistas intentan encandilarse. Partiendo de que el actual grado de desarrollo de las fuerzas de producción y la enorme productividad alcanzada por el trabajo son el piso del cual debe partir cualquier proyección a futuro, la dirección del PCCh viene sosteniendo a capa y espada la integración económica global como realidad irreversible e intentando conducir este mundo integrado en una unidad desde unos principios distintos a los del libre mercado y el “sálvese quien pueda”.

Confirmando el diagnóstico de la burguesía londinense, los llamados “once huérfanos” del TPP, es decir, los once países que estaban a las puertas de concretar el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos promovido con empeño por la gestión Obama, abrían la puerta a China. “Existe la posibilidad de que China se una al TPP”, declaraba el mandatario de Australia, Malcolm Turnbull. “Debemos trabajar con China, los países de Asia, la India, Australia, Nueva Zelanda”, declaraba por su parte el peruano Pedro Pablo Kuczynski (CL 24/1).

En el mismo sentido, y tras la guerra declarada por Trump a la economía mexicana, que ha sido el chivo expiatorio del derrumbe del sueño americano, el canciller mexicano Videgaray anunciaba el inicio de los trabajos de México para intensificar las relaciones comerciales y tratados comerciales con América Latina, Europa, Asia y África, ante el nuevo contexto mundial y para enfrentar las políticas del presidente estadounidense, Donald Trump. “Con respecto a China...hemos elevado nuestra asociación al carácter de asociación estratégica integral y estamos viendo un incremento de los flujos de comercio” (XH 31/1).

Por su parte, el ministro de Relaciones Exteriores chino pedía esfuerzos conjuntos para acelerar la formación de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP), y enfatizaba que “la práctica en la realidad ha demostrado que cualquier cooperación regional debe tomar en cuenta las necesidades del desarrollo económico en lugar de los factores políticos”. Y dejaba la puerta abierta al pedido australiano: “Ya sea la RCEP o el TPP u otros arreglos regionales es un camino posible para una alianza de cooperación Asia-Pacífico más amplia” (XH 7/2). El proyecto de RCEP involucra a 10 miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) y a sus seis principales socios comerciales –China, Japón, la República de Corea, la India, Nueva Zelanda y Australia–, y cuenta entre sus objetivos “un compromiso más amplio y más profundo con mejoras significativas respecto de los acuerdos de libre comercio existentes en la ASEAN, reconociendo al mismo tiempo las circunstancias individuales y diversas de los países participantes”.

Por otra parte, y con una importancia también fundamental, Rusia encabezaba este mes una iniciativa junto a seis países más para avanzar en conjunto contra la evasión fiscal. Hungría, Lituania y Malta, miembros de la UE, y tres economías emergentes –Indonesia, Mauricio y Gabón–, firmaron el Acuerdo para la puesta en marcha de la Autoridad Competente Multilateral (MCAA) para la gestión del reporte de las cifras de las empresas país por país, según consignaba en un comunicado la OCDE (DW 27/1). El hecho es de vital importancia porque la evasión y la fuga son mecanismos centrales de expoliación por parte de los monopolios trasnacionales a las economías de la periferia.

De hecho, en el mismo mes, se conocía que el Deutsche Bank, entre 2011 y 2015, fugó de Rusia más de 10 mil millones de dólares, a través de una maniobra conjunta entre sus sedes de Moscú, Londres y Nueva York (DW 31/1). Una vez más, los mismos capitales que desde sus usinas liberales vierten ríos de tinta señalando con el dedo la corrupción de los gobiernos de las economías emergentes, populistas e inmorales, quedan al descubierto como la principal fuente de la corrupción a escala planetaria, demostrando la podredumbre de un sistema que “no se aguanta más”.

Como hemos recorrido en este artículo y como venimos señalando mes a mes, el imperialismo está caduco porque están caducas sus condiciones materiales de existencia. Las bases de la reproducción capitalista están implosionando, sacudidas desde sus entrañas por sus propias leyes de acumulación. La reducción del tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías que a diario consumimos –y las que nadie consume y se acumulan en stocks invendibles por doquier también– implica la muerte del imperio de los monopolios. La tarea de la hora es impedir que en la caída, el tigre herido arrastre consigo al conjunto de la humanidad. Evitar la guerra tiene como condición necesaria pasar al frente del control de las fuerzas productivas y la planificación económica global. De eso se trata la transición. Pasemos a ver ahora cómo se libraba esta disputa en el plano de la política internacional.



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