Revista Mensual | Número: Marzo de 2017
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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Desconcertados

Estás desorientado y no sabés qué bondi hay que tomar para seguir
Amargo desencuentro, porque ves que es al revés…
¡Qué desencuentro! ¡Si hasta Dios está lejano!
Todo es cuento, todo es vil
La araña que salvaste te picó ¡Qué vas a hacer!


El fin del imperialismo y la desorientación oligárquica. Las alternativas que emergen

Desconcertados

“Si vos sos la noche, yo soy el día
si vos sos el fuego, la leña yo soy”

Arcano XIV, Skay Beilinson y los Seguidores de la Diosa Kali (2007)

La votación del pueblo británico para salirse de la Unión Europea (Brexit) y del pueblo norteamericano para proclamar como su presidente a un antiglobalización manifiesto como el republicano Donald Trump constituyen dos hechos de enorme significación en los marcos de la actual crisis del capitalismo, ya que reafirman el planteo de Fidel Castro, quien en el año 2010 aseveró que estamos transitando el fin del imperialismo (https://www.youtube.com/watch?v=1pALvzRKdro).

La votación en el centro financiero y bursátil europeo a favor del Brexit, que implica retirarse del proyecto de unidad e integración económica concebido por los grupos económicos transnacionales, desarrollado luego de la implosión de la URSS (siendo además ello “la punta del iceberg” de numerosos países de la región que ansían seguir sus pasos), manifesta claramente la pérdida de consenso interno sobre dicho proyecto. Los resultados de la elección presidencial norteamericana así lo expresan también, ya que el presidente electo sostiene que la pérdida de puestos de trabajo es resultado de la política de generar acuerdos transnacionales de libre comercio que, en sus palabras, fueron un “desastre” (https://www.youtube.com/watch?v=BPj4bWPFfuM); así, el grueso de sus votantes le ha encomendado recuperar el nivel de empleo de los años donde el sueño americano parecía posible. La crisis ha llegado a los centros económicos y la propuesta de la clase dominante para su resolución ha sido retornar a anacrónicas políticas proteccionistas. Han sido los pueblos que en los marcos de la democracia burguesa han hecho explícito el problema al que nos enfrentamos como humanidad: la concentración y centralización del capital colisiona contra los intereses de las mayorías, puesto que las empuja necesariamente hacia las filas de los desposeídos y de la “población sobrante”. Los tratados de libre comercio son la clara expresión de esta política: el Acuerdo Transpacífico comprendía el 40% de la economía mundial (aclaración: Gran Bretaña no forma parte del TPP), con normas que profundizaban la primarización de las economías del Tercer Mundo y creaban organismos transnacionales para su regulación, por encima de los Estados Nación adherentes. Es decir, dichos acuerdos comerciales normalizan el proceso de concentración, crean marcos que propicien su desarrollo y ordenan una super estructura jurídica que se corresponde con aquel fenómeno. A todo aquello dijeron que no los trabajadores británicos y norteamericanos, que junto con otros sectores (empujados a la expropiación, capas retrasadas de la burguesía), pretendieron detener lo imparable.

En este contexto, en América Latina todos los destacamentos locales del capital financiero imperialista, las llamadas oligarquías nacionales, sintieron el cambio y quedaron descolocadas frente al escenario descripto. La política del Trump de ir contra los acuerdos de libre comercio deja a la deriva a dichas oligarquías, que se proponen recuperar un proyecto neoliberal para la región bajo la tutela del país del norte, expresado por los actuales gobiernos de Brasil y Argentina como “volver a relacionarse con el mundo”, en contraposición a los organismos regionales como el MERCOSUR, UNASUR, ALBA constituídos recientemente por los gobiernos populares. Más aún, la decisión de renegociar en sus aspectos fundamentales el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) haciendo eje en lo perjudicial que para los EEUU significó la relación con México, dio un golpe frontal en el mentón a los partidos políticos representativos de los intereses de aquellos destacamentos locales del capital financiero que históricamente se han sostenido a partir del vínculo con ese país.

En este sentido, el derrumbe de la globalización hace estallar las antiguas alianzas y proyectos gestados por el imperialismo y sus destacamentos locales, dando como resultado una pérdida de rumbo generalizada. Sostener el proyecto imperialista supone ejecutar políticas económicas y sociales que empujan a la expropiación, miseria y desocupación a las grandes mayorías, por lo que imposibilita generar el consenso necesario para su aplicación. Mientras la acumulación capitalista promueve la necesidad de transnacionalizar las formas de organización jurídico-políticas, las viejas instituciones nacionales se descomponen al no corresponderse más con las bases materiales: dejan de ser necesarias tanto para el imperialismo como para las enormes masas de trabajadores empujados al hambre y la desesperación. Así, en los países que intentan retomar la senda neoliberal son permanentes los escándalos de corrupción que llegan a los más altos funcionarios, incluyendo a sus presidentes como es el caso de Michel Temer y Mauricio Macri; la descomposición de la institucionalidad surgida al calor de la división internacional del trabajo se expresa en la generalizada corrupción de sus principales figuras, imposibilitadas de mantener en secreto sus siempre turbios negocios; en la puja entre “poderes independientes”, otrora sostenedores del “republicanismo” y de la división de poderes; y en el crecimiento de la violencia política.

Por otro lado, los países de la región que luchan por darle una salida a semejante caos, con Venezuela y Bolivia a la cabeza, plantean la necesidad de que la clase trabajadora y el pueblo se organicen como única salida al derrumbe del capitalismo. La solución a los problemas que atraviesa la humanidad no deviene de la mera descomposición del sistema, sino de una salida que supere el actual marco democrático burgués y logre crear una sociedad sin relaciones de explotación. Esta es la disputa que se está dando en la región y en el mundo. Trataremos de presentar a través de los hechos fundamentales sucitados en el mes todo este escenario.

Estás desorientado y no sabés qué bondi hay que tomar para seguir

Afirmábamos con anterioridad la inmensa desorientación que generó en las oligarquía locales la decisión de EEUU de abandonar el Tratado Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés) y por lo tanto el proyecto regional que, bajo su égida, podía contrapesar a los organismos generados al calor de los procesos nacionales y populares (CELAC, UNASUR, MERCOSUR). Así lo manifestaba el ex presidente de Colombia y actual Secretario de UNASUR, Ernesto Samper, quien afirmaba: “Trump decidió aplazar iniciativas como el TPP para acentuar su idea proteccionista. El TPP era una pieza que faltaba en el Pacífico latinoamericano para jugar no bilateralmente sino en términos multilaterales con Asia. La región tiene que buscar aliados por fuera” (P12 29/1). En esta misma línea, el presidente de la Argentina, Mauricio Macri, y la presidenta de Chile, Michele Bachelet, firmaron la Declaración de Chacabuco que se propone impulsar la convergencia entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico, y declararon que “las tendencias proteccionistas observadas a nivel internacional se contradicen con el esfuerzo para alcanzar el crecimiento sostenible y el desarrollo inclusivo” (CL 12/2). Los presidentes de Perú y Colombia, Kuczynski y Santos, respectivamente, se reunieron en similar cumbre y declararon: “ante las turbulentas aguas de la retórica proteccionista de EEUU se deben redoblar los esfuerzos de la Alianza del Pacífico”. Los países de dicho bloque deben “permanecer unidos por los ideales en materia de comercio, que tanto bien nos han hecho, el respeto por los acuerdos y las soluciones multilaterales” (TS 29/1). De esta manera, frente al derrumbe del mundo, los países semi coloniales, gobernados por oligarquías serviles y subordinadas, claman por “permanecer” dentro de los acuerdos y “soluciones” que los capitales concentrados ya no puede sostener debido a la profunda crisis en la que están inmersos. Nunca presentado con mayor claridad el carácter subordinado de aquellos destacamentos locales del capital financiero; si el mundo imperialista se derrumba, si se pierde la conducción política de todo aquello para lo que fueron formados, la solución es sostenerlo a ojos cerrados y salir a buscar “por fuera” alguien que quiera sustituir aquel liderazgo perdido. En su incapacidad desnudan su esencia como estamentos subordinados, destacamentos de un ejército extranjero que sólo saben representar esos intereses.

Así, los presidentes de Brasil y Argentina, Témer y Macri, realizaron una cumbre bilateral con motivo de potenciar el vínculo entre ambas naciones y dejar claro un mensaje a la región y el mundo. Sobre ello decían: “abogamos porque el MERCOSUR promueva una mayor integración con los otros países de Suramérica y establecer una relación más próxima entre el mismo y la Alianza del Pacífico” (ET 9/2) y anunciaron que, superado el obstáculo venezolano, los diplomáticos de ambas naciones encabezarán la búsqueda del “por fuera”, es decir, se proponen armar una agenda de acuerdos de libre comercio con otros bloques y países, siendo el acuerdo con la Unión Europea (UE) su principal esperanza (LN 5/2). Los sectores de la derecha que lograron asumir la conducción de dos de las economías más importantes de la región –proclamándose como vencedores definitivos en la disputa contra el populismo–, ven derrumbarse la alianza con el país del norte, que ha sido históricamente el máximo garante de esta política en la región. Así, andan como parias intentando que otro país o bloque les asegure su reproducción, la cual Estados Unidos ya no puede realizar, como si la crisis no fuese mundial.

En esta misma línea, México ha sido el país más golpeado en el repliegue del país del norte en su política de libre comercio, ya que Donald Trump instrumentó muchas de las medidas que en su campaña suscitaron una importante adhesión: la construcción de un muro fronterizo que “contenga” la inmigración de ciudadanos mexicanos, la propuesta de que México pague ese muro, y la disolución del tratado de libre comercio entre ambas naciones y Canadá. Desde que todo aquello se hiciera público, las distintas fracciones políticas y el pueblo mexicano comenzaron a cuestionar públicamente las actitudes del presidente Peña Nieto frente a esta situación y se le exigió que frente a esta humillación cancele la tradicional visita del presidente mexicano a Washington para conocer a las nuevas autoridades. La desaprobación fue generalizada, ya que dos de cada diez mexicanos, según las encuestas, repudiaron la política del presidente yanqui. Así, Peña Nieto decidió no acudir a la asunción y a cambio tuvo una “conversación telefónica” donde se comprometió a no hablar más públicamente del muro (LN 27/1), es decir, retirar el tema de los medios de comunicación y de las declaraciones oficiales mientras se realiza la construcción del mismo, reafirmando así su cipayismo y su imposibilidad de reproducirse como clase sin el acuerdo con el capital concentrado.

Amargo desencuentro, porque ves que es al revés…

Frente a la imposibilidad del imperialismo de sostener su alianza con las oligarquías locales las consecuencias económicas se encarnan en la descomposición de la institucionalidad burguesa. Brasil es un claro exponente de esta situación, desde la asunción del gobierno de Michel Temer que, al no lograr consenso en las urnas, debió usurpar el ejecutivo a través de un golpe institucional, buscando tapar así todos los hechos de corrupción que mes a mes se vienen haciendo públicos, y que alcanzan a su función presidencial. 

Este mes, frente a las políticas de ajuste fiscal impulsadas desde el gobierno federal de Temer, la reacción popular no se hizo esperar. En el Estado de Espíritu Santo, la Policía Militar se declaró en huelga en reclamo de mejoras salariales, dando vía libre a que se sucedieran una numerosa cantidad de hechos violentos y delictivos. Al transcurrir seis días del acuartelamiento, el saldo fue de 106 muertes “violentas”, saqueos a comercios, quema de autobuses y robos (P12 9/2). La expansión del conflicto a otras localidades hizo que el gobierno central envíe 1.700 militares para controlar la situación. También en Río de Janeiro se realizaron masivas movilizaciones que protestaron en contra de la privatización de la compañía estatal de agua solicitada por el gobierno central para aumentar los fondos enviados al Estado en cuestión y que el mismo pueda afrontar gastos corrientes (LN 26/1 y 13/2). Las manifestaciones también fueron duramente reprimidas.

Ahora bien, la escasa adhesión del gobierno de Temer no solo se expresa en los sectores que sufren el ajuste sino que también en esferas del Estado que históricamente han sido funcionales al poder de turno. Este mes, se profundizó la feroz disputa entre el Poder Judicial y el Gobierno, echando por tierra la tan mentada división de poderes necesaria para el funcionamiento “democrático”. Esto se expresó en dos hechos significativos: la suspensión, mediante un Juez Federal, de la designación del ministro Wellington Moreira Franco como Secretario General de Gobierno, dada su implicancia en el escándalo de corrupción conocido como “Lava Jato” y la suspensión por parte del Tribunal Regional Electoral del estado de Río de Janeiro (transitando fuertes enfrentamientos callejeros) del mandato del gobernador electo de dicho estado por incumplir normativas vinculadas a las declaraciones juradas a la hora de presentar las candidaturas, convocando a nuevas elecciones directas de autoridades (LN 9/2). El primer caso, del fallido ministro, expresa con total claridad la crisis política que transita Brasil: al día siguiente de haberse conocido la decisión judicial, el juez Hilton Queiroz la revocó y restableció al ministro… pero ¡una hora más tarde! Una jueza de Río de Janeiro anuló esa revocatoria y suspendió nuevamente la designación de Moreira (TS 9/2). Una disputa pública, de enorme exposición, entre el Poder Judicial y el gobernante PMDB, que no hace más que desdibujar los límites construidos por la burguesía en su institucionalidad y mostrar las enormes fracturas que el bloque gobernante ofrece en el escenario de crisis general.

Como resultado de todo aquello, los sondeos de opinión arrojaban que tan solo el 10% de la población aprobaban al gobierno del presidente brasileño Michel Temer, dando como favorito al ex presidente Lula Da Silva y aumentando su popularidad con motivo de lo descripto anteriormente (LN 16/2). Así, el gobierno de Temer que asumió con el apoyo de los capitales concentrados, bajo la promesa de erradicar al “populismo” del país, no ha logrado cumplir con las demandas de los mismos. Además, la ferocidad del programa neoliberal profundizó el descontento de las masas y agudizó la fractura al interior de la misma burguesía, ya que un sector ve peligrar su preproducción al entregar el país a las fauces del capital concentrado.

¡Qué desencuentro! ¡Si hasta Dios está lejano!

La otra cara de la crisis de la política burguesa nos la ofrece la desventurada Mesa de Unidad Democrática (MUD) de Venezuela, en sus persistentes intentos por capitalizar su triunfo electoral de diciembre de 2015 y erradicar del poder al proyecto revolucionario iniciado por Hugo Chávez. Los fallidos intentos de la MUD por hacerse del ejecutivo son una clara expresión de la no correspondencia de la institucionalidad burguesa con la necesidad histórica, acelerada aún más por los aciertos políticos del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV).

La mayoría absoluta obtenida en la Asamblea Nacional, largamente celebrada como uno de los principales factores para “el fin del populismo”, fue anulada y dejada sin efecto por el Consejo Nacional Electoral, al encontrar fraude en dos distritos en los que resultara electa la MUD. Sin embargo, el núcleo desconoció esta decisión y como resultado de ello, fueron declarados en desacato y suspendidos de sus funciones normales hasta que no se cumpla con la sentencia dictada. Luego la oposición lanzó una campaña para recolectar firmas y realizar un referendo revocatorio, también impugnado y demorado por acciones fraudulentas. Además, las principales figuras, “referentes” de la oposición, se han dedicado a recorrer los organismos regionales para pedir la ayuda de las potencias imperialistas, para que “intervengan” y declaren conjuntamente la “dictadura” que allí se vive. También convocaron a una “desobediencia civil” y a un estado de movilización permanente, sin embargo, todas estas medidas no han logrado su objetivo principal que es el derrocamiento del gobierno bolivariano. Así lo expresaba el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Julio Borges: “No podemos hacer leyes ni el control de la administración; ni siquiera el presupuesto lo pudimos votar” y  “Nicolás Maduro está gobernando por fuera de la Constitución de Venezuela” (ET 14/2). De esta manera, el presidente de la Asamblea Nacional, principal referente de la oposición, admitió públicamente su incapacidad para poder algo, sea controlar lo que el gobierno hace o deja de hacer, sea votar el presupuesto nacional; representa un claro ejemplo de la dura derrota política infligida a la MUD durante todo el 2016; derrota que no hace más que explicar la incapacidad oligárquica de construir consenso tras sus intereses. Con cierto grado de conciencia de ello, al reconocer también la escasa convocatoria de las últimas movilizaciones de la “desobediencia civil”, la MUD anunció una “reestructuración” de su plataforma opositora y organización interna, la cual está siendo víctima de diferencias y disputas internas (ET 19/2).

El hecho que finalmente detonó la fractura al interior de la oposición fue la convocatoria del Vaticano (acordada con Nicolás Maduro) a ambas fuerzas políticas a una mesa de diálogo para tratar de encontrar soluciones negociadas a distintos temas de referencia. La participación de la MUD en la misma dejó explícita la fractura en su interior entre lo que convocaron a la violencia política contra el gobierno revolucionario, y quienes promovieron la “vía institucional”. Luego de escasos meses, al no lograr imponer su interés, en un comunicado la MUD expresó que “El régimen no tiene palabra y sin garantías no tiene sentido llegar a acuerdos con quien no tiene la menor intención de cumplirlos” (LN 27/1). Es decir, la instancia en cuestión no había logrado que los puntos que la MUD había expresado como objetivos principales (referéndum, liberación de criminales denominados “presos políticos”, etc.) se cumplieran; no pudo lograr obtener la fuerza suficiente para subordinar al gobierno revolucionario bajo su programa. En ello reconocía el “error” de cálculo (sobreestimarse/ subestimar al otro) al aceptar el convite del Papa Francisco y se refugiaba en un proceso de reestructuración (ET 12/2).

Sea desde el gobierno del Estado como en Brasil o desde la oposición radicalizada como en Venezuela, podemos trazar el hilo común de la incapacidad de los destacamentos locales del capital financiero de obtener consenso tras sus intereses, de lograr poder resolver los problemas evidenciados en la crisis capitalista. Ahora bien, donde impactan con la solidez de un núcleo político que acierta en sus análisis respecto del momento histórico, comprende las tareas que ello plantea y convoca y organiza a los sectores sociales capaces de llevar esas tareas a cabo, como es el caso de Venezuela, aquella incapacidad oligárquica se resquebraja poco a poco frente a la roca con la que choca. Donde las limitaciones, debilidades e irresoluciones mellaron hondo, los frentes nacionales y populares transitan aún una profunda introspección que parece otorgar cierto tiempo a las políticas neoliberales. Veámoslo con mayor detenimiento.

Todo es cuento, todo es vil

Venimos analizando la desorientación de las oligarquías locales frente al escenario global, privándolas de conducción política y un mínimo sentido de orientación respecto del camino a seguir. La crisis del mundo Unipolar, el fin del Imperialismo abre una inmensa posibilidad a todos los procesos que en mayor o menor medida enfrentan su descomposición y en ello buscan alternativas de vida para sus pueblos. El problema central radica en la caracterización política de dicho escenario y por lo tanto la conducta respectiva a seguir. En la región, en estos últimos 13 años, hemos transitado procesos populares que han planteado que la salida es “humanizar” el capitalismo, como es el caso de Brasil y Argentina, motorizar los mercados internos a través del desarrollo de un sector empresarial local (escindido de los destacamentos locales del capital financiero, aunque subordinados en última instancia), “repartir mejor” lo existente sin superar los marcos establecidos por la institucionalidad decadente. Por otra parte, los procesos desarrollados en Venezuela y Bolivia, plantean la necesidad de crear un ordenamiento político y social nuevo, sustentado en la colectivización de los medios de producción y la masiva participación de la clase trabajadora y el pueblo en general en los asuntos públicos y de interés común. Toda esa gama de movimientos nacionales y populares han compartido un sentido común, una orientación: el combate al imperialismo, el enfrentamiento frontal con sus destacamentos locales y la amplia movilización de masas en todo ello. Luego, conforme dicho enfrentamiento agudizaba su carácter, las diferencias respecto de los objetivos estratégicos, las distintas ideologías (por lo tanto, clases sociales) que conducían políticamente cada uno de dichos procesos hicieron surgir las limitaciones (históricas y determinadas por lo tanto por cada pueblo, por cada experiencia nacional) que permitieron los contratiempos electorales a los que ya nos hemos referido. Donde se pudo rectificar el rumbo estratégico, donde el análisis y la práctica se correspondió con el momento histórico, dichas experiencias se han afirmado y consolidado. Donde aún se buscan explicaciones, no se superan las limitaciones propias, no se comprende el problema, las mismas reflejan su estado de conciencia en la incapacidad recurrente para obtener avances en su enfrentamiento frontal con las fuerzas del imperialismo. Es decir, no solo es necesario que el modo de producción capitalista se encuentre en su descomposición, sino que también es menester organizarse como pueblo para construir un orden nuevo.

Lo común a cada uno de estos procesos en la pelea contra el imperialismo, fue la necesidad de crear organismos regionales que reemplazaron la extinguida institucionalidad imperialista pergeñada luego de la Segunda Guerra Mundial (Organización de los Estados Americanos). Tales instancias, como la CELAC, el ALBA, la UNASUR, han podido cumplir un importante papel como mecanismo de obtención de soberanía a pesar de la injerencia norteamericana, coordinando acciones comunes (no al ALCA, bloqueo a Cuba, defensa de gobiernos asediados por golpes de Estados) o proyectos comunes (Banco del Sur, etc.). Y no solamente como un mero ente que une partes, sino más bien como una expresión de ese mundo emergente, encabezado por Rusia y China, que pretende evitar el abismo nuclear, la caótica caída del imperialismo yanqui y proponer ordenamientos nuevos frente a tal escenario. Es por ello que en ese acuerdo de contra qué se pelea, la CELAC (organismo que reúne a todos los países de América salvo EEUU y Canadá) realizó una nueva cumbre protagonizada por los gobiernos que aún persisten en su antiimperialismo (recordemos que otros presidentes se encontraban mendigando conducción política) y se definió claramente respecto de ciertos temas comunes.

En primer lugar, denunció un decreto injerencista, redactado por el saliente presidente Barak Obama que declaró a Venezuela una amenaza contra la seguridad nacional de los EEUU, preparando así el siempre latente escenario de una intervención militar (HTV 25/1). El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, afirmó al respecto: “Una América Latina en paz demanda que se ponga fin al acoso, a la conspiración en contra de la hermana República Bolivariana de Venezuela” y “Estados Unidos lleva años tratando de hundir este proceso profundamente humanitario y solidario. Venezuela es un elemento para la estabilidad de muchas de nuestras naciones” (ET 25/1).

Luego, frente a la creciente postura xenófoba que los países centrales elaboran como respuesta al enorme problema de la población sobrante para el capital, problema que ellos mismos generan, nuevamente desde los países latinoamericanos que transitan procesos emancipatorios se planteaba una alternativa. Así, el presidente de Ecuador, Rafael Correa declaró que “La solución para detener la migración no son muros y fronteras, es la solidaridad, la humanidad y la creación de soluciones de paz para todos los habitantes de la tierra” (TS 25/1) para luego anunciar la creación de una Ley de Movilidad Humana que garantiza los derechos de las personas en situación de migración y sostiene que en su país “nadie será ilegal por su condición migratoria” (TS 28/1). También en Venezuela, frente a las declaraciones xenófobas del vicepresidente de la vecina Colombia respecto de los migrantes venezolanos, el presidente Nicolás Maduro respondió: “Rechazo de manera indignada las declaraciones xenófobas, llenas de odio de Germán Vargas Lleras. Nosotros amamos al pueblo colombiano, en Venezuela hay 5.800.000 colombianos y colombianas” (ET 29/1), dando cuenta del enorme esfuerzo de aquel país por contener las consecuencias de un conflicto civil que tiene ya 50 años de antecedentes.

Frente a los problemas generados por la etapa actual del modo de producción capitalista, no cualquier sector social puede enfrentarlos y darle respuesta. El grado de acumulación y concentración han generado en enorme contingente de población sobrante para el capital, que busca destinos idealizados o meros “refugios” que puedan otorgarles los medios para su supervivencia que su lugar de origen no les da. La respuesta del imperialismo decadente es cargarlos con toda la responsabilidad de ello, levantar muros fronterizos y expulsarlos; la respuesta de los procesos antiimperialistas es recibirlos asumiendo aquello como parte del caótico mundo por resolver.

La araña que salvaste te picó ¡Qué vas a hacer!

Sin embargo, dentro de cada uno de los países, en cada experiencia de organización y lucha antiimperialista podemos encontrar contenidas las diferencias y limitaciones que conducen a resultados bien divergentes.

Hemos analizado detenidamente durante meses la incapacidad de los destacamentos locales del capital financiero en Brasil de ejecutar de forma consensuada las políticas económicas y sociales requeridas por su acumulación; más bien pudimos transitar un fuerte escenario de conflictividad social, repleto de huelgas, ocupaciones de tierras, rebeliones estudiantiles y movilización en general. Sin embargo, una y otra vez volvemos a la pregunta sobre la apatía generalizada por la que la población de Brasil transitó el golpe de Estado al gobierno del PT y la facilidad con que su otrora aliado del PMDB pudo realizarlo. No solamente ello, sino que una y otra vez los ajustes brutales realizados por su gobierno –si bien han encontrado la conflictividad mencionada y han acumulado masa crítica en su contra– han podido realizarse. Es decir, todas las capas de la población enfrentadas con dichas políticas (la mayoría) si bien se han manifestado, no han encontrado un vehículo que positivice toda esa oposición. En ello, no cabe duda que el Partido de los Trabajadores constituye el piso indiscutido por sobre el cual transitarán dicha experiencia (y es por ello que llueven denuncias de supuesta corrupción a su principal líder, Lula da Silva), pero la pregunta es ¿Cómo?

Recordemos que meses atrás, Lula espetaba a sus socios partidarios y reconocía una pérdida en la orientación estratégica del núcleo político entonces gobernante al afirmar: “No sé si es defecto nuestro, si es del gobierno. El PT perdió la utopía” y “Tenemos que definir si queremos salvar nuestra piel y nuestros cargos o nuestro proyecto”, en lo que ya parecía advertir la profunda crisis interna que se avecinaba (http://www.elmundo.cr/lula-defiende-revolucion-en-el-pt-y-advierte-perdimos-la-utopia/). La observación se hacía luego de que los gobiernos del PT transitaran distintas etapas, pero todas ellas caracterizadas por sostener como eje de todas las políticas el crecimiento del mercado interno y la incorporación de numerosos sectores hasta entonces marginados a una “nueva clase media”, se definió al sujeto político de la transformación social por el nivel de consumo y el objetivo político del gobierno a través de la incorporación de millones a cierto estándar de consumo que realice las mercancías de sectores empresariales más o menos desarrollados. Tal connivencia con el empresariado local, derivado de la concepción ideológica que sustenta aquello de “perder las utopías” llevó al PT a encabezar las políticas de ajuste y transferencia de ingresos por ellos reclamada, resquebrajando el apoyo obrero y popular del mismo. De allí, el resultado por todos conocido.

Luego de muchos meses de introspección y crisis, el PT decidía este enero realizar una reunión (suerte de congreso interno) para analizar la situación local y definir la estrategia electoral. En ella se aclamó la candidatura presidencial de Lula da Silva (“Brasil, urgente, Lula presidente”. TS 24/1), quien arrojó una serie de definiciones muy claras para refrendar lo expuesto más arriba: “Nos quedamos gritando ´fuera Temer´y Temer está ahí dentro. Gritamos ´no habrá golpe´y hubo golpe. Estamos gritando contra las reformas y las están aprobando en tiempo récord” (LN 14/2). La principal conclusión partidaria fue la necesidad de la unidad, debido a fuertes cuestionamientos internos respecto del último mandato de Dilma Rousseff, donde se realizó el ajuste mencionado. Con todo ello y a pesar de la crisis partidaria, comienzan a aparecer análisis que dejan de condenar las políticas neoliberales, la artera traición de sus personeros, el pragmatismo insensible del empresariado y se pone el eje en las incapacidades propias, en por qué no se pudo.

Podemos encontrar en la experiencia venezolana una respuesta contemporánea a las limitaciones expuestas en ciertos procesos nacionales y populares que se enfrentan al imperialismo y sus destacamentos locales.

¿En qué radica el éxito del Partido Socialista Unificado de Venezuela, durante el 2016, frente a los constantes ataques internacionales, la guerra económica, el sabotaje interno?

En la definición del rumbo socialista del proceso podemos encontrar una primera definición; el objetivo estratégico es construir una alternativa humanizada y solidaria sostenida en la colectivización de los medios de producción y cambio. La disputa se plantea contra el capitalismo y por lo tanto contra su ordenamiento jurídico y político. Es natural que por ello sea acusado permanentemente de “dictadura”; podemos decir que desde la perspectiva del imperialismo es una lectura correcta, puesto que la colectivización de los medios de producción que las oligarquías se apropiaron a sangre y fuego, rara vez se haya hecho por consenso. Ahora bien, sólo desde su perspectiva, puesto que hemos demostrado que su gobierno, su necesidad de acumulación condena a las mayorías populares a una vida de miseria y hambre. En palabras del ecuatoriano Rafael Correa: “Hay que evitar la democracia mercantil, mediatizada y/o oneigizada. Las grandes desigualdades en América Latina han creado democracias ficticias en las que pareciera que la soberanía radica en el capital y no en el pueblo” (TS 25/1). Pues bien, afirmar que la llamada democracia mercantil, subsumida a la acumulación capitalista, no puede dar respuesta a las necesidades vitales de nuestro tiempo significa, por lo tanto, construir una alternativa propia que surja de la negación de todo aquello, que sea otra cosa. Y en ello no es menester hacerse del aparato del Estado y repartir mejor, sino definir y organizar al único sujeto político capaz de emancipar la humanidad de la explotación capitalista: la clase trabajadora.

Es por ello que la revolución bolivariana no solamente enunció la construcción del Socialismo, la colectivización, sino que (luego de ser derrotado electoralmente) se propuso organizar dichos sectores en órganos básicos de funcionamiento, las llamadas Comunas, que concentran núcleos políticos, productivos y militares en escala básica. Es decir, la convocatoria a los trabajadores y el pueblo en general a participar activamente de la construcción de una alternativa real al escenario decadente. De ello es que surge una nueva institucionalidad, una nueva Democracia, en correspondencia con el momento histórico y esencialmente antagónica al ordenamiento jurídico y político confeccionado por la oligarquía local. A través de ella es que pasan las principales decisiones sobre los destinos de Venezuela.

Es así que el presidente Nicolás Maduro nombraba una nueva Junta Directiva de PDVSA para combatir la corrupción en la empresa petrolera; su pronunciamiento no hizo hincapié en valores “éticos” o en ninguno de los lugares comunes de la común hipocresía al nombrar este tipo de problemas: Maduro afirmó: “Espero de esta nueva Junta sentimiento de pertenencia, disciplina y valores de clase obrera para establecer una economía saludable y socialista” (CD 29/1). La conducta requerida para dirigir el principal instrumento económico del país surge de comprender las tareas de la clase obrera respecto de toda la sociedad: no consumir mejor, no ser “clase media nueva”, sino tomar en sus manos los medios de producción y cambio y organizarlos bajo sus intereses, que son los del conjunto.

Por otra parte, frente a las persistentes acciones de grupos paramilitares organizados por la desesperación del imperialismo, Nicolás Maduro anunció la creación de la Gran Misión Justicia Socialista en Venezuela para combatirlas. Afirmó que “Esta misión es para combatir la criminalidad, los secuestros, los asesinatos de los paramilitares” (TS 12/2), y anunció la incorporación de diez mil nuevos civiles a los cuerpos populares de seguridad, la Guardia del Pueblo, para asumir la responsabilidad sobre estos crímenes aberrantes. En ello, afirmó la necesidad de “la participación popular para el enfrentamiento de estas formas delictivas militarizadas, a través de la inteligencia social, porque solamente la comunidad y los barrios saben qué es lo que ocurre en el terreno” (TS 12/2).

Pero quizás el símbolo más imponente de este fenómeno, la nueva institucionalidad representativa de la democracia participativa encabezada por los trabajadores y el pueblo, enfrentada a la decadente democracia mercantil, haya sido la confrontación con el multimedio CNN. Durante años y años la cadena norteamericana ha sido uno de los principales amplificadores de los argumentos falaces de la oposición, han servido de caja de resonancia regional para deslegitimar el proceso bolivariano. Este último mes la cadena de noticias emitió un programa sobre la presunta entrega fraudulenta de pasaportes venezolanos en la embajada de Venezuela en Iraq, haciendo responsable primero al vicepresidente Tareck El Aissami, principal responsable de la política de seguridad interna y combate al narcotráfico (TS 14/1). La resultante de esta difamación fue la suspensión de la señal por parte de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones argumentando que la cadena “distorsiona y difama la verdad de forma sistemática y reiterada en el desarrollo de su programación diaria, de la cual se desprende de forma clara y perceptible contenidos que presuntamente constituyen agresiones directas que atentan contra la paz y la estabilidad democrática de nuestro pueblo venezolano” (ET 15/2).

¡Dictadura!, se vuelve a oír, ¡Libre Prensa! Nuevamente nos encontramos frente al mismo problema: los medios corporativos de comunicación, como parte activa e íntegra del capital financiero, son un momento orgánico a la acumulación capitalista; defienden esos intereses, atacan a quienes lo combaten, utilizando cualquier herramienta a su disposición. La revolución socialista venezolana combate frontalmente todo lo que aquello representa y defiende, y en ello no hay puntos de convivencia. La política bolivariana actúa frente a ellos como lo hace con todos los elementos representativos de la institucionalidad burguesa: desconoce su legitimidad mientras construye lo nuevo que la reemplace.



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