Revista Mensual | Número: Abril de 2017
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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De hienas y chacales

Crisis política en EEUU: 'los motores se detienen, pero no tengo miedo'
El reinado de la cachiporra
Londres se está incendiando, y yo, yo vivo junto al río
Sal de ahí conteniendo el aire y luego vuelve a respirar
Olvídalo, hermano, tú puedes hacerlo solo
La batalla se acerca


La tarea de construir un nuevo orden mundial ante el irrefrenable derrumbe del imperialismo

De hienas y chacales

“Londres llama a los pueblos lejanos
Se ha declarado la guerra – y la batalla se acerca
Londres llama al inframundo
Salgan ya del armario, chicos y chicas
Londres llama, no nos miren a nosotros
La falsa beatlemania ha mordido el polvo
Londres llama, nosotros no nos bamboleamos
A excepción del reinado de la cachiporra”
“London Calling”, The Clash

 

Como venimos señalando mes a mes, las fuerzas desbocadas del capital hiper concentrado se manifiestan ahora como caos, no sólo en la periferia del globo, sino también en el mismísimo centro del sistema imperialista. La implosión de la crisis al interior de las sociedades centrales constituye “el signo de los tiempos”, la señal inequívoca de la imperiosa necesidad por superar el (des)orden vigente.

La raíz del estallido se encuentra en la imposibilidad objetiva de reproducir a escala ampliada toda la masa de capitales existentes. Dicha imposibilidad exacerba la competencia intrínseca a la lógica del capital, poniendo a la humanidad al borde de una guerra mundial abierta, que dado el actual grado de desarrollo técnico-militar, supondría la extinción de la mayor parte de la vida del planeta. Como nuestro lector ya sabe, los destinatarios de esa escalada bélica del imperialismo lo constituyen, precisamente, los países que encarnan y asumen la necesidad de construir un nuevo modo de relación entre los pueblos: China, Rusia e Irán, y los países que conforman el ALBA –con Cuba y Venezuela a la cabeza.

Esa disputa entre los grandes capitales por garantizarse las condiciones de su reproducción, expone a los ojos de las grandes mayorías aquello que señalara el líder revolucionario Ernesto “Che” Guevara: “la ‘civilización occidental’ esconde bajo su vistosa fachada un cuadro de hienas y chacales”. Esa exposición constituye un momento necesario de la toma de conciencia de las amplias mayorías del planeta de la necesidad de superar el orden mundial vigente. Es esta fractura entre el interés objetivo de esos grandes grupos monopólicos –las ya famosas 147 corporaciones que controlan más del 40% de la economía mundial– y el de las grandes mayorías desposeídas lo que se expresa, a su vez, como crisis del sistema de partidos y de las democracias representativas.

Crisis política en EEUU: “los motores se detienen, pero no tengo miedo”

Durante el mes de marzo, el gobierno del republicano Donald Trump presentaba al Congreso el proyecto de presupuesto, bajo el ampuloso lema “Estados Unidos primero: un plan para restaurar la grandeza de Estados Unidos”. La ocasión se convertía en una nueva muestra de la disputa entre las distintas fracciones de capital estadounidense.

Mientras que el Departamento de Defensa recibiría un incremento del 10% (52.300 millones de dólares), llegando así a los 615.000 millones de dólares, numerosas carteras sufrirían drásticos recortes para financiar dicho aumento: un 28,7% para el Departamento de Estado, un 31,4% para la Agencia de Protección Ambiental, un 20,7% para las áreas de Trabajo y Agricultura, mientras que en Salud, Comercio y Transporte, los recortes son del 16,2%, 15,7% y 12,7% respectivamente. De esta manera, el primer presupuesto de la gestión Trump presentaba los mayores recortes desde la presidencia del republicano Ronald Reagan (1981-1989), junto con el mayor aumento del gasto militar desde 2008 (LN 28/2 y 17/3, CL 27/2).

Ante esto, las reacciones no se hicieron esperar en el arco opositor. Nancy Pelosi, líder demócrata en la Cámara baja, lo llamó “la deconstrucción del gobierno federal”, dijo que debilitaría al país en vez de fortalecerlo y calificó de “estúpidos” los recortes en educación. El ex pre candidato demócrata para la presidencia, Bernie Sanders, calificaba el proyecto como “moralmente obsceno”, además de señalar que se trataba de una “mala política económica” (LN 17/3).

Pero más importante aún fueron las declaraciones del propio presidente de Estados Unidos quien dijo que “tenemos que empezar a ganar guerras de nuevo”, y agregó que “tengo que decir que cuando era joven, todo el mundo solía decir que nunca perdimos una guerra. Nunca perdimos una guerra. Ustedes se acuerdan, algunos estaban ahí conmigo. Estados Unidos nunca perdió. Ahora nunca ganamos una guerra. Nunca ganamos y no peleamos para ganar. Tenemos que ganar o directamente no pelear”, remató (LN 28/2). Estas palabras echan por tierra buena parte de la campaña de Trump: recordemos que el magnate llamaba entonces a desarmar la política belicista de los gobiernos previos, so pretexto de concentrarse en los problemas internos de los estadounidenses.

De esta manera, se ponía en evidencia que –contra toda retórica– la excepcionalidad yanqui no puede ser puesta en cuestión por ninguna fracción de capital con asiento en EEUU: el militarismo de la alicaída potencia del norte constituye, de hecho, la única respuesta posible de los capitales concentrados estadounidenses al resquebrajamiento de su hegemonía. Postular un EEUU que “vuelva a ser grande” sobre la base de retirarse del mundo, esto es, de eliminar los mecanismos a través de los cuales los monopolios yanquis han succionado la riqueza producida por las masas laboriosas a lo largo y ancho del orbe, es poco menos que ciencia ficción.

Por otro lado, durante el mes que estamos analizando tenía lugar una segunda edición de la disputa en torno del tema migratorio. Tras el “veto” judicial al decreto que prohibía el ingreso a EEUU de personas provenientes de 7 países de mayoría musulmana, la administración Trump presentaba una nueva versión de la prohibición.

La única diferencia con el primer decreto es que Irak fue excluido esta vez de la lista de países “suspendidos”, mientras que Irán, Siria, Sudán, Somalia, Libia y Yemen continuaban allí. El Secretario de Seguridad Nacional, John Kelly, fundamentaba el revival: El decreto firmado por el presidente Trump hará a Estados Unidos más seguro, y se ocupa de las preocupaciones de larga data sobre la seguridad de nuestro sistema de inmigración”. La veda impuesta a los seis países durará en principio 90 días, plazo en el cual planean implementar un protocolo para “prevenir la infiltración de terroristas o criminales”. El decreto achica el programa de refugiados al bajar el límite de 110.000 personas por año establecido por Obama a 50.000 y todas las aplicaciones de asilo quedaron suspendidas por 120 días (LN 7/3).

Nuevamente, las reacciones no se hicieron esperar. El líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, llamo al decreto vía Twitter una “prohibición musulmana actualizada”, y una medida “mezquina y antiestadounidense”. Por su parte, Nihad Awad, director ejecutivo nacional del Consejo para Relaciones Islámicas Estadounidenses (CAIR, según sus siglas en inglés), una organización dedicada a promover la integración de musulmanes en el país, dijo que el decreto era “discriminatorio e inconstitucional”, aunque representaba una “victoria parcial” al ser una versión moderada de su antecesor y añadió que “”la fuerza motriz detrás de esta prohibición musulmana son los islamofóbicos y los supremacistas blancos en el gobierno de Trump”.  Por su parte Omar Jadwat, director del Proyecto de Derechos de Inmigrantes de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU, según sus siglas en inglés) declaró que “la única manera de arreglar realmente la prohibición musulmana es no tener una prohibición musulmana” (LN 7/3).

Tal como había sucedido con el primer decreto, la justicia se pronunció en contra de la medida. Esta vez, el juez Derrick Watson congeló el decreto migratorio, aduciendo que “un observador razonable y objetivo, iluminado por el contexto histórico específico… concluiría que el decreto se emitió con el propósito de desfavorecer una religión particular”. Trump, por su parte, anunciaba su voluntad de llevar la disputa hasta sus últimas consecuencias: “este fallo nos hace ver débiles, que por cierto, ya no lo somos (…) vamos a pelear este fallo terrible, a llevar este caso tan lejos sea posible, incluyendo todo el camino hasta la Corte Suprema. Vamos a ganar” (LN 16/3).

Por último, la imposibilidad de los capitales norteamericanos de sostener el acuerdo bi-partidista en tanto alternancia superficial esencial para sostener el dominio hegemónico del capital concentrado estadounidense al interior de su propio territorio, tuvo otra escaramuza durante marzo en el aparato de justicia al chocar el gobierno de Trump con un reconocido fiscal federal que rechazó el pedido de renuncia que el magnate le hizo a él y a los demás procuradores, a quien finalmente decidió echar del cargo. Se trata del fiscal de Manhattan, Preet Bharara, uno de los 93 fiscales federales designados por Obama, de los que 47 renunciaron en las últimas semanas. El gobierno insistió anteayer en que los demás debían hacer lo mismo. Se acostumbra que los 93 fiscales federales del país dejen sus cargos con la llegada de un nuevo presidente, pero las salidas no son automáticas. “Yo no renuncié. Me acaban de echar. Ser fiscal federal en Nueva York será siempre uno de los mayores orgullos de mi vida profesional”, escribió en Twitter Preet Bharara (LN 12/3). El hecho de que se traten de cargos secundarios en la administración estatal, no oculta que ninguna de las facciones que se encuentran en disputa están en condiciones de ceder ni un palmo en su confrontación, y así es que lo único que pueden hacer en la actualidad es descomponer el entramado jurídico-político por ellos creado.

El proceso de acelerada descomposición del sistema político estadounidense está condicionado por la imposibilidad de que el conjunto de capitales existentes se reproduzca a escala  ampliada, que hemos analizado pormenorizadamente en nuestro primer artículo. El tradicional bipartidismo del Tío Sam, con la alternancia entre los partidos Demócrata y Republicano, estaba asentado en la posibilidad de que las distintas fracciones de burguesía expresadas en ellos pudieran “repartirse el botín”. Agotada esa posibilidad, la lucha facciosa se encarniza y en su fragor, desnuda a los ojos de las mayorías el carácter profundamente antidemocrático del sistema político.

El reinado de la cachiporra

Veamos ahora las tensiones que atraviesan a la sociedad estadounidense “por abajo”. Hace años que la cantidad de inmigrantes que llega al país del norte viene decreciendo, principalmente porque el “sueño americano” ha terminado y los riesgos que deben correr estos son demasiado altos por tan escasos beneficios. Durante el primer mes de gobierno de Donald Trump, según un informe emitido por el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el número de inmigrantes ilegales que ingresaron a través de la frontera con México se redujo en un 40%. A su vez, la cantidad de detenidos en la frontera sur en febrero de este año fue de 18.672 personas, mientras que en enero había sido de 31.578 personas (RT 9/3), evidenciando que si a las ya duras condiciones de vida que se le imponen a las capas más precarizadas de la clase trabajadora, se le agrega la posibilidad de deportación inmediata, deja de ser una opción tentadora para radicarse.

Por su parte, la población afro-americana, descendiente de esclavos, que habita esas tierras hace cientos de años, también debe afrontar la dureza de un Estado que aumenta la represión al son de que las condiciones laborales se precarizan cada vez más. Según datos divulgados por el diario estadounidense The Washington Post, la cifra de asesinatos perpetrados por policías en el gigante del norte continuó aumentando, afectando principalmente a la población de color. Los negros asesinados por la policía fueron 126 en 2014, 154 en 2015 y 162 en 2016 (HTV  21/2).

Pero las dificultades, de todas maneras, no son propiedad exclusiva de inmigrantes y negros. La imperiosa necesidad de los capitales más concentrados de avanzar sobre las condiciones de vida de amplios sectores de la sociedad en los países centrales constituye un hecho que se ha vuelto ineludible incluso para los órganos de prensa de esos mismos capitales. De ello dan cuenta los diversos análisis en torno al enorme apoyo cosechado por el pre candidato demócrata Bernie Sanders, así como las voces de alarma sobre el apoyo brindado por una parte importante de la clase obrera blanca al actual presidente Trump.

Según un informe publicado por el gobierno de China, durante 2016 en Estados Unidos “se produjeron 58.100 casos de uso de armas, incluidos 385 contra concentraciones masivas de gente, con un saldo de 15.000 muertos y 30.600 heridos” (HTV 9/3). Los datos no refieren en este caso al ataque directo de fuerzas de seguridad a la población oprimida, sino que muestran cómo esa descomposición acelerada de los mecanismos de dominación hace emerger en todos los sectores las marcas profundas de ese dominio.

El imperialismo es un muerto que se descompone entre nosotros”, enseñaba el dirigente revolucionario ruso Lenin. Esa descomposición no es, por tanto, un fenómeno externo, lo que se descompone a un ritmo acelerado son las relaciones a través de las cuales la burguesía organizó durante siglos la sociedad. Por ello, la violencia endémica de la sociedad yanqui, aun cuando encarna en un miembro de la sociedad civil, no es otra cosa que la personificación de esas relaciones erigidas sobre la base de la expropiación. La violencia, el consumo de drogas, las diversas formas de extremismo en las sociedades centrales son la reacción de esas capas trabajadores y pequeña burguesía que crecieron bajo el imperio de la meritocracia y el mito del individuo que forja su propio destino, médula espinal del llamado “sueño americano. Agotadas las bases materiales de esa construcción ideológica, el sueño deviene en pesadilla.

En la raíz de esa violencia hay, entonces, una violencia primigenia, que es la de la clase dominante, que solo puede reaccionar frente a las manifestaciones de las crisis profundizándola aún más, porque ellos son esa crisis, son su encarnación. La respuesta a ese turbulento despertar de la sociedad yanqui es, justamente, más represión. De hecho, EEUU es el país con mayor cantidad de presos por habitante: 693 reclusos por cada 100.000 personas (HTV 9/3). En la actualidad 2.3 millones de personas en Estados Unidos se encuentran detenidas, casi un cuarto de la población mundial de reclusos (datos publicados en http://www.forodeseguridad.com/artic/reflex/8104.htm).

Londres se está incendiando, y yo, yo vivo junto al río

Al otro lado del Atlántico, los países de la Unión Europea también hacían su aporte para clarificar cuál es la política del capital concentrado para las grandes mayorías del planeta. Una vez más, con Alemania a la cabeza, el bloque europeo incrementaba las medidas para repeler a los inmigrantes y refugiados de las guerras que ellos mismos patrocinan. Alemania marcaba el paso, con la sanción de una ley con nuevas exigencias para los refugiados, entre las que destaca la revisión de sus computadoras y teléfonos celulares. El texto prevé también acelerar el envío a sus países de origen de los solicitantes de asilo cuya petición sea rechazada. La nueva normativa autoriza el uso de tobilleras electrónicas para vigilar a potenciales terroristas extranjeros. “Aquellos a los que se les deniegue la solicitud de asilo tendrán que abandonar el país”, dijo el ministro del Interior, Thomas de Maizière, argumentando que “es de ley que el Estado pueda cerciorarse de que los datos facilitados por un solicitante de asilo sobre su nacionalidad son correctos”. Estas medidas tienen como propósito aumentar la expulsión de refugiados, que ya el año pasado alcanzó la cifra de 80.000 de deportaciones frente a las 50.000 de 2015. El Ministerio del Interior sostiene que más del 50% de las 280.000 peticiones de asilo formuladas en 2016 debieron ser mejor estudiadas y que unas 1.600 personas están “potencialmente involucradas” en acciones terroristas (LN 23/2).

Por su parte, los gobiernos de Austria y Hungría, países que desde el comienzo de la llamada “crisis migratoria” se mostraron en franca y abierta oposición a la recepción de refugiados impulsada por Alemania, también “presentaban en sociedad” nuevas medidas migratorias. Por un lado el gobierno austríaco aprobó una nueva normativa que prevé imponer multas económicas de entre 5 mil y 15 mil euros o penas sustitutivas de cárcel (hasta 6 semanas) a los inmigrantes que no abandonen el país una vez que su solicitud de asilo haya sido rechazada. El proyecto de ley, que todavía debe ser aprobado por el Parlamento, prevé también multas o penas de cárcel para aquellos inmigrantes que mientan sobre su origen o proporcionen otros datos falsos, así como el retiro de cualquier asistencia pública a quienes se les haya denegado el asilo, salvo un servicio sanitario básico (DW 28/2). En el caso de Hungría, el Parlamento sancionó una ley que garantiza la detención de todos los refugiados del país y los confina en campamentos cerca de las fronteras. Tanto los solicitantes de asilo que lleguen a Hungría como los que se encuentran actualmente en el país serán detenidos y trasladados a campamentos situados cerca de las fronteras, donde deberán permanecer mientras se estudian sus solicitudes (RT 7/3).

Como los trabajadores y pueblos del llamado “tercer mundo” sabemos bien, el avasallamiento de los derechos básicos del ser humano por parte de los grandes capitales que gobiernan la UE no constituye ninguna novedad. Por eso es preciso ver más allá de la espontánea indignación que puede –y debe– causar la lisa y llana encarcelación de personas que huyen de países devastados por el hambre y la guerra que esos mismos capitales siembran por doquier.

La llamada “crisis migratoria” ha convertido las tensiones del bloque europeo en una fractura expuesta. Recordemos que hasta hace algunos meses, desde Bruselas se seguía intentando desarrollar alguna política común en la cuestión. Sin embargo, lejos de ello, hoy vemos cómo se acentúa la resolución “país por país”, algo que llevó, como analizamos oportunamente, a la desaparición de facto del Acuerdo de Schengen, uno de los pilares de la Unión, que “borraba” las fronteras nacionales entre los países miembros, en lo referente a libre tránsito de personas.

El endurecimiento de la política migratoria –que es, siempre, una política anti inmigratoria– constituye, entonces, otro de los síntomas de la decrepitud de la institucionalidad forjada por la burguesía. Lo que empuja a las fracciones de burguesía nacionales a “cerrar” sus fronteras es su imposibilidad objetiva de garantizar la reproducción del conjunto de las sociedades que gobiernan. La creciente expulsión de mano de obra, producto de la permanente automatización de la producción que la competencia entre capitales genera, convierte a esa creciente masa de población sobrante para el capital en una amenaza inminente para el (des)orden vigente. Ante ello, la única respuesta posible para los monopolios que controlan la UE es la represión.

Por otro lado, en Reino Unido, los avances hacia la concreción del Brexit mostraban que no son sólo las estructuras supranacionales las que crujen en el Viejo Continente. Finalmente, con 274 votos a favor y 135 en contra, el Parlamento británico aprobaba el proyecto de ley que consagra la decisión de abandonar la UE. Lo hacía imponiendo como condición que el acuerdo que se alcance con Bruselas deberá ser revisado por la legislatura (13/3 DW).

Tras el hecho, la primera ministra escocesa Nicola Sturgeon reiteraba su decisión de convocar a un referéndum sobre la independencia escocesa, con el argumento de que Escocia está siendo obligada a abandonar la UE en contra de su voluntad. El plan supone pedir al Parlamento escocés autorización para presentar formalmente a Londres el pedido del referéndum. Recordemos que, en la consulta efectuada en septiembre de 2014, se impuso la opción de mantenerse en el Reino Unido por el 55% de los votos, contra un 45% que se manifestó por la independencia. En esa ocasión, Londres, con apoyo de Bruselas, desplegó una fuerte “campaña del miedo”, señalando que, de triunfar la opción independentista, Escocia quedaría fuera del bloque.

En esta ocasión, la respuesta británica consistió en asegurar que se buscará una asociación futura con la UE que sea beneficiosa para toda Gran Bretaña (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte). En el comunicado, Londres redujo la competencia del gobierno escocés al de una administración local, al recomendarle que se centre en facilitar buenos servicios públicos para la población de Escocia, algo que lejos de apaciguar los ánimos, alimenta las tensiones ya existentes (LN 14/3). Junto con esto, la primer ministro británica, Theresa May, señalaba que “Escocia abandonará la UE se independice o no del Reino Unido”, haciendo alusión –tal como señalábamos respecto al referéndum del 2014– a que una Escocia independiente sería un Estado nuevo, y como tal, debería solicitar su ingreso al bloque (DW 15/3).

Pero este no sería el único “frente interno” para Londres. En Irlanda del Norte se llevaban adelante elecciones anticipadas, tras el colapso del Gobierno compartido entre protestantes y católicos. La situación derivó en amenazas por parte del gobierno central de suspender la autonomía norirlandesa en caso de no lograrse garantizar la gobernabilidad. Las elecciones consolidaron el avance del partido independentista Sinn Féin, que obtuvo 27 de los 90 escaños, apenas uno menos que el tradicional Partido Democrático Unionista (DW 2/3 y 4/3).

Sal de ahí conteniendo el aire y luego vuelve a respirar…

La hostilidad hacia los refugiados que la política imperialista expulsa desde el Norte de África y Medio Oriente hacia Europa –que analizábamos más arriba– no es patrimonio exclusivo de los gobiernos del bloque. Las fuerzas de seguridad alemanas registraron 3.533 ataques contra solicitantes de asilo y albergues de refugiados en 2016. De esas agresiones, 2.545 tuvieron lugar fuera de los centros de acogida. Los ataques dejaron a 560 inmigrantes heridos; 43 de ellos eran niños, según los datos proveídos por el Ministerio del Interior a petición de la fracción parlamentaria del partido La Izquierda. A esas cifras se suman 217 agresiones contra organizaciones no gubernamentales y voluntarios que ofrecen ayuda a los refugiados. Los centros de acogida fueron objeto de 988 ataques, cifra inferior a los 1.031 registrados en 2015 (DW 26/2).

Al igual que planteábamos con respecto a los niveles de violencia de la sociedad estadounidense, estos ataques exponen de manera cruda el hondo dominio ideológico que los grandes capitales ejercen, aún en su ocaso, en los trabajadores y demás sectores populares de los países centrales. Al atacar a los inmigrantes, culpándolos de las tasas de desocupación y la precarización laboral en sus países, esos trabajadores se mantienen en el terreno de su enemigo. Donde ven “la causa de sus males”, deben poder ver, en realidad, otro de los efectos de un único mal: la migración forzada, producto de la guerra y el hambre, por un lado, y la precarización y el creciente desempleo, por el otro, no son más que las consecuencias de la descomposición de una clase cuyo interés –la reproducción de capital– se ha convertido en una traba para el desarrollo de la humanidad.

Ese dominio ideológico se expresa, también, en el apoyo que importantes sectores de la clase obrera brindan a los distintos partidos nacionalistas que germinan por Europa. Empujados objetivamente a enfrentar los designios del gran capital, que debe ahora avasallar las condiciones de vida con que logró durante décadas “separar” al movimiento obrero europeo de sus pares de la periferia del sistema imperialista, los trabajadores rechazan la globalización, refugiándose detrás de fracciones de burguesía condenadas a ser fagocitadas por el capital más concentrado. Por ello no puede confundirse ese nacionalismo, que expresa el rechazo de trabajadores y pueblos europeos –bajo la conducción ideológica de capitales concentrados menos competitivos a escala mundial– al “gobierno global” de los grupos económicos, con el fascismo surgido en el siglo XX.

Es ese rechazo al proyecto de los grandes monopolios lo que se expresa, también, en la crisis de los partidos socialdemócratas del Viejo Continente. En un artículo publicado por el órgano de doctrina de la oligarquía vernácula, La Nación, la corresponsal Luisa Corradini reseña: “En un estrepitoso fracaso, la izquierda moderada holandesa pasó de 38 a 9 bancas o de 28% a 5,7% en el Parlamento… los socialdemócratas dirigían el país junto a la derecha conservadora... El año pasado, la izquierda moderada europea perdió 12 de las 18 elecciones nacionales (…). En pocos años, el partido griego [el Pasok]… cayó de 44% a 5%, es decir, dividió por nueve su caudal electoral. Ese derrumbe coincidió con su participación en un gobierno de unión nacional con la derecha (ND) y un pequeño partido de extrema derecha (LAOS) con el objetivo de aplicar una política de violenta austeridad (…). En España, el PSOE llegó segundo en las últimas elecciones. Pero, con 22% de votos, realizó uno de los peores registros de su historia. En Francia, si las cosas siguen como hasta ahora, el Partido Socialista (PS) podría simplemente estallar: por un lado quedarán los simpatizantes del ala izquierda del PS liderados por Benoît Hamon, candidato oficial en las presidenciales de abril y mayo; por el otro, nadie sabe muy bien quién.

Tras la detallada reconstrucción estadística de lo que la propia columnista denomina “la debacle socialdemócrata”, aparece, con claridad, el contenido de esa debacle que de forma aparentemente contradictoria, preocupa a los personeros del gran capital: “Con el blairismo en Gran Bretaña, Schroeder en Alemania y las experiencias escandinavas como la ‘flexiseguridad’ danesa, a comienzos de la década pasada, la izquierda moderada buscó integrarse a la ola neoliberal. Pero, de ese modo, dejó de ser ofensiva. Para muchos, adaptándose, traicionó (…). Y todos los estudios lo confirman: ese sentimiento de traición lleva a la gente a alejarse cada vez más de la política o, peor aún, orientarse hacia los extremos” (LN 18/3).

La muerte de la socialdemocracia no es otra cosa que el fracaso del imperialismo en “contener por izquierda” al movimiento obrero de los países centrales. Esa traición que señala perversamente la cronista es el resultado histórico de la derrota que el gran capital –a sangre y fuego– logró sobre el ala revolucionaria de los partidos obreros entre las dos guerras mundiales. Sobre la base de esa victoria, la burguesía convirtió a la socialdemocracia en el ala izquierda del imperialismo. Tras la implosión de la URSS, y el fin del mundo bipolar, la socialdemocracia fue parte necesaria del tan mentado “bipartidismo” europeo. Por eso, su debacle no es la debacle de la izquierda –lo que lejos de generar preocupación, generaría algarabía en la pluma de los órganos de prensa del capital concentrado– sino más bien un momento necesario del derrumbe de la súper estructura política, jurídica e ideológica que la burguesía supo construir y ya no tiene como sostener.

En ese sentido, algunos datos de los procesos electorales que se avecinan en los dos principales países europeos permiten entrever la profundidad de ese quiebre. En el marco de las elecciones presidenciales que se avecinan en Francia, las encuestas muestran que el 81% de la población considera que la situación del país empeorará, sea quien sea el ganador (CL 17/3). Una amplia mayoría de la sociedad francesa ha tomado conciencia de que el simple ejercicio electoral del voto no es una herramienta suficiente para resolver los problemas a que se enfrenta. Se trata, entonces, del alejamiento de determinada política y la imposibilidad, por el momento, de formular otra.

En Alemania, que también enfrenta elecciones nacionales ente año, el Partido Socialdemócrata (SPD) competirá por fuera de la coalición que llevó a la actual canciller, Ángela Merkel, al cargo. El candidato Martin Schulz encabeza las encuestas, con una intención de voto del 31%, con una propuesta de gobierno que desanda las políticas liberales que el SPD impulsó entre 2003 y 2005. Entre las  promesas de campaña, se encuentra la extensión de los subsidios por desempleo, reducción del número de contratos de horario limitado, ampliación de la participación de los trabajadores en los nombramientos de las empresas así como incrementar la protección ante el despido de trabajadores que organicen elecciones de comités de empresas (DW 21/2).

El derrumbe del sistema de partidos, como alerta la columnista, “empuja” a los trabajadores hacia los extremos. Es decir, quebrados los mecanismos de contención, se acelera la polarización social y más temprano que tarde, esos trabajadores y pueblos europeos se verán obligados a retomar la senda de los “derrotados”.

Olvídalo, hermano, tú puedes hacerlo solo

El estallido de la crisis en las entrañas mismas de las sociedades centrales que acabamos de analizar exacerba el belicismo imperialista a lo largo y ancho del globo. Como señalamos mes a mes desde estas páginas, la imposibilidad de que el conjunto de capitales existentes logre reproducirse a escala ampliada, supone en el plano de la política, la implosión del sistema de alianzas del imperialismo. Esa implosión impele a cada fracción de burguesía a buscar por sus propios medios lo que otrora era garantizado por la sumisión a la política de los grandes monopolios anglo-yanquis.

Como contrapartida, esa exacerbación militarista también expone de forma cada vez más nítida a los ojos de las grandes mayorías la necesidad de derrotar de forma definitiva a esas fuerzas, como condición necesaria para garantizar la paz. Los 6 años de guerra en Siria han dejado en claro para buena parte de los pueblos de la región –y también de otras regiones– que el terrorismo no es otra cosa que un nuevo modo de intervención imperialista.

Ese proceso de toma de conciencia respecto a quién es el enemigo que se enfrenta y cuál es el carácter de la disputa es observable en las acciones que las fuerzas en pugna despliegan. Algunas cifras de la guerra en Siria permiten apreciar en toda su magnitud la fuerza destructora de los capitales hiper concentrados en su decrepitud. La cifra de muertos se eleva más de 321.000 personas desde el inicio de la guerra, mientras otras 145.000 fueron reportadas como desaparecidas. Entre los muertos figuran más de 96.000 civiles. Sólo en 2016, según datos de UNICEF, murieron por lo menos 652 niños, de los cuales al menos 255 fueron asesinados en una escuela o cerca de ella en 2016. Adicionalmente, 2,3 millones de chicos sirios son refugiados en otras partes de Medio Oriente (LN 14/3).

En este escenario, el eje conformado desde septiembre de 2015 entre Siria, Irán, Irak, Rusia y la milicia libanesa Hezbola, que nacía entonces como una unidad de acción contra el terrorismo que la política imperialista siembra en la región, mostraba su transformación en una alianza de más largo aliento. La República Árabe Siria anunciaba su decisión de defender a Hezbola en cualquier conflicto futuro con Israel (HTV 23/2).

Por su parte, durante el mes de marzo el Estado que preside Benjamin Netanyahu realizaba 16 misiones aéreas en territorio sirio, en su tozudo intento de torcer el triunfo de las fuerzas de la paz en la región. Los ataques estuvieron dirigidos directamente contra el Ejército de la República Árabe Siria, abandonando cualquier intento de “disfrazar” las maniobras como “anti terroristas”.  En la última misión realizada las defensas anti aéreas sirias lograron derribar un caza F-16 de fabricación estadounidense. Ante esto el ministro de Defensa de Israel, Avigdor Lieberman, lanzaba la siguiente amenaza: “La próxima vez si el sistema de defensa aérea sirio actúa en contra de nuestros aviones, lo destruiremos”. Tras la amenaza, el ministro aseguraba: “No queremos conflictos con los rusos” (RT 19/3).

Pese a los buenos deseos de Lieberman, la respuesta rusa no se hizo esperar. Gary Koren, el embajador israelí en Rusia, era convocado a sólo un día de haber presentar sus credenciales al Ministerio ruso de Asuntos Exteriores. Con este fuerte gesto diplomático, Rusia dejaba en claro que no está dispuesta a permitir los ataques israelíes a su aliado árabe (HTV 20/3).

Como señalaba el presidente sirio, Bashar Al Assad, la guerra siria es un eslabón entre la guerra fría y la tercera guerra mundial. La lucha de la humanidad por dejar atrás la barbarie imperialista tiene, en la República Árabe, una orgullosa trinchera ganada.

La batalla se acerca…

En este escenario, signado por la derrota imperialista en Medio Oriente y la profunda fractura que atraviesa y desgarra a las sociedades centrales, los grupos económicos con asiento en EEUU y Europa están obligados a “apuntar sus cañones” contra Rusia y China.

En el caso de Rusia el cerco que se le intenta tender está vinculado a la avanzada de la OTAN en la frontera del este de Europa. Dicha avanzada radica en el aumento sin cesar de tropas y material bélico principalmente en Estonia, Lituania y Polonia. Al mismo tiempo, EEUU encara la renovación de su arsenal nuclear apostado en Alemania.

Sin embargo, a la par que se ve empujado a avanzar contra Rusia, el bloque imperialista sufre la inevitable agudización de sus fracturas internas. Durante el mes que estamos analizando, las tensiones entre EEUU y Alemania volvían a estar a la orden del día.

La ministra de Defensa de Alemania, Ursula von der Leyen, anunciaba la intención de Berlín de aumentar su ejército en 5.000 efectivos, con 500 reservas adicionales y 1.000 puestos civiles. Esta ampliación forma parte de un plan de crecimiento que pretende alcanzar los 198.000 efectivos para el año 2024. La inversión aproximada para dicho incremento de las fuerzas armadas ronda los 955 millones de euros al año (RT 22/2). Este aumento del gasto en defensa y la ampliación de la cantidad de tropas están vinculados a las pretensiones alemanas de encabezar la Alianza aumentando su presencia, y así depender menos de las fuerzas estadounidenses para su defensa.

Si bien las tensiones entre Europa y EEUU en torno a la OTAN preceden largamente el mandato del republicano Donald Trump, la asunción del magnate ha acelerado dichas tensiones. Durante el mes de marzo, tenía lugar la primera reunión entre Trump y Merkel. Tras un gélido encuentro, donde ambos mandatarios no intercambiaron el tradicional “apretón de manos”, el presidente estadounidense señalaba: “Tuve una gran reunión con la canciller alemana, Angela Merkel. Sin embargo, Alemania debe grandes cantidades de dinero a la OTAN y a EEUU; tienen que pagar a EEUU por la defensa poderosa y muy costosa que proporciona a Alemania”. Por si el mensaje era poco claro, se explayaba: “He reiterado a la canciller Merkel mi firme apoyo a la OTAN, así como la necesidad de que nuestros aliados de la OTAN paguen su parte justa por el costo de la defensa. Muchas naciones deben grandes cantidades de dinero de los años pasados, y es muy injusto para EEUU” (RT 18/3).

En lo que respecta al cerco contra China, las principales “puntas de lanza” del imperialismo yanqui son Japón y Corea del Sur. En este mes, el secretario de Estado estadounidense, Rex Tillerson, declaraba en una entrevista concedida al portal de noticias Independent Journal Review, la posibilidad de que ambos aliados dispongan de armas nucleares en un futuro (RT 18/3).

Esos intentos por “mostrar músculo” por parte de EEUU ponen cada vez más en evidencia la debilidad de la desvencijada potencia. En Corea del Sur, uno de los principales arietes imperialistas en la región de Asia Pacífico, la Corte Constitucional dictaminó que la presidenta Park Geun-hye, aliada de Washington, debe abandonar el cargo, acusada de abuso de poder y otros delitos en relación con un caso de corrupción que involucra a una amiga y confidente. Con un apoyo de 234 de los 300 miembros del Parlamento se inició en diciembre el “impeachment” contra la dirigente conservadora y a causa de ello fue apartada temporalmente de sus funciones. El proceso fue iniciado por la oposición pero apoyado por numerosos diputados del partido de gobierno. El escándalo involucra además a ex asesores presidenciales, ministros y a empresas como Samsung, el mayor fabricante mundial de smartphones. Este escándalo desató las mayores protestas desde el movimiento democrático de la década de 1980, con millones de personas participando de manifestaciones a fines de 2016 para exigir la renuncia inmediata de la mandataria (LN 10/3), mostrando que los aliados en los que se apoyan las fuerzas imperialistas también quedan sujetos al mismo proceso de descomposición de sus mentores.

Otro de los focos de tensión en la región de Asia Pacífico lo constituye la isla de Taiwán. La isla mantiene, desde el triunfo de la revolución comunista china, liderada por Mao Tse Tung, pretensiones de independencia. Esos aires separatistas de Taiwán son alimentados por el imperialismo, en sus desesperados intentos por debilitar a China. En ese sentido, durante el mes que estamos analizando salía a la luz que Taiwán ha desplegado misiles de Estados Unidos en su territorio –que es, en verdad, territorio chino. Según ha informado la agencia de noticias CNA, citando al Ministerio taiwanés de Defensa, los sistemas de misiles PAC-3, de fabricación estadounidense, fueron trasladados a las áreas de Hualien y Taitung “en respuesta a la estrategia militar china” en el mar de la China Meridional. Se trata de la primera vez que las autoridades taiwanesas reconocen el despliegue de los misiles PAC-3 en las regiones orientales. Como si esto fuera poco, de acuerdo con la misma agencia CNA, las Fuerzas Armadas de Taiwán aumentarán las patrullas de rutina, además de sus ejercicios navales, para mejorar su capacidad a la hora de velar por los derechos de pesca y la seguridad de los marineros taiwaneses en el mar de la China Meridional (HTV 2/3).

La respuesta de Pekín no se hizo esperar. En la apertura del Plenario Anual de la Asamblea Nacional Popular, el primer ministro chino, Li Keqiang aseguraba: “nunca toleraremos ninguna actividad, en ninguna modalidad, que intente separar a Taiwán de la madre patria” (HTV 5/3). Junto con estas declaraciones, se anunciaban una serie de medidas tendientes a garantizar la defensa de la soberanía del Gigante Asiático, en el marco del incremento de las amenazas por parte del imperialismo yanqui que venimos analizando. Por un lado, el gobierno de Xi Jinping incrementaba el presupuesto militar en un 7%, llegando de este modo a representar el 1,3% del PBI (RT 4/3). A su vez, frente a un EEUU que no ceja en su disputa por las aguas del Mar Meridional de China, el país de Mao daba a conocer sus planes para incrementar su infantería de Marina desde los 20 mil uniformados actuales a 100 mil (RT 13/3).

Como señalamos mes a mes desde estas páginas, para los grandes monopolios con asiento en EEUU y Europa, la intentona belicista es la última carta para intentar sostener un dominio que se resquebraja a lo largo y ancho del globo. Para esas fuerzas ya no es posible “construir” futuro. Dominar supone, siempre, garantizar la reproducción de las fracciones subordinadas. El quiebre del orden mundial forjado tras la Segunda Guerra no es otra cosa que la consecuencia directa de la imposibilidad del gran capital de seguir reproduciéndose, y, al hacerlo, reproducir al conjunto social –aunque en carácter de subordinado. Esa imposibilidad, cuya base material hemos analizado en nuestro primer artículo, convierte a dichas fuerzas en destructivas. De esa imposibilidad brota el impulso guerrerístico. Es el “tigre herido” del que hablaba el comandante Chávez. Herido de muerte, el imperialismo puede, sin embargo, arrastrar a su propio final a la humanidad entera.

Precisamente por eso, porque la guerra es su necesidad, pero no la nuestra, la necesaria repuesta militar por parte de las fuerzas que encabezan el proceso de transición en ciernes no basta. Esa política de contención, que busca disuadir al “tigre herido” de pegar el zarpazo, es apenas un momento de la superación de la barbarie imperialista. Las posibilidades de la humanidad de dar vuelta la página de la historia –debiéramos decir de la pre historia– radican en construcción de un modo radicalmente distinto de relación entre los hombres entre sí y de éstos con la naturaleza.

En ese sentido, cobran toda su relevancia las acciones de Rusia y China en la arena internacional. Nos hemos referido en numerosas oportunidades a la forma en Rusia ha intervenido en Medio Oriente: no como “gendarme mundial”, sino como aliado de un pueblo –el sirio– que solicitó su ayuda para luchar contra el terrorismo financiado y entrenado por las potencias imperialistas. Es decir, poniendo por delante el inalienable derecho a la autodeterminación de los pueblos, sosteniendo a un gobierno que ha sido elegido de forma democrática pero que además es apoyado y defendido activamente por el pueblo que se organiza para luchar contra la intervención.

En la misma línea, el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, al ser interrogado sobre si el Gigante Asiático buscaba reemplazar a EEUU como líder global, indicaba: “China cree en la igualdad de todas las naciones, grandes y pequeñas, y no creemos que ningún país deba liderar a los demás” (XH 8/3). Refiriéndose al orden mundial, señalaba que: “el sistema internacional actual fue una construcción de nuestros antecesores desde las cenizas de la II Guerra Mundial y resultado del esfuerzo y la sabiduría comunes. Es como un edificio bien diseñado cuyo piedra angular es el multilateralismo y en el que la ONU y demás organizaciones internacionales son importantes pilares (...) lo que debemos hacer es restaurar el edificio, y no levantar otra estructura (...) el sistema internacional no puede seguir sin cambios, debe ser reformado para que refleje más fielmente la nueva realidad, responda a las necesidades de los países y se ponga al día de los nuevos tiempos” (XH 8/3).

Lejos de ser su piedra angular, el multilateralismo ha sido apenas una fina capa de revoque para maquillar la construcción de un orden mundial hecho a imagen y semejanza de la necesidad de los grandes monopolios con asiento en EEUU y Europa. Se trata, entonces, de otra de las tantas “promesas incumplidas” de la burguesía, que prorrumpió en la historia al grito de “igualdad, libertad, fraternidad”, pero afirmó su dominio desarrollando nuevas formas de esclavitud y rivalidad entre los pueblos.

Pero esas banderas que bajo el dominio de la burguesía hoy se revelan como “cáscaras vacías” o, más bien, con un contenido que contradice el envase, no dejan de ser legítimas demandas de la humanidad. Concretarlas supone que sea otra fuerza la que “pase al frente”. Se trata, entonces, de “montarse sobre esa contradicción”, como enseñaba Mao, y acelerar al máximo esas tendencias para controlarlas y desde allí, construir el “nuevo orden” necesario.

En ese sentido, el presidente de China, Xi Jinping, aseguraba: “Bajo tales condiciones China tiene que conducir al mundo hacia un nuevo orden y garantizar la seguridad internacional” (HTV 25/2). Pasemos a ver cómo se libraba en Nuestramérica la lucha por ese tan necesario “nuevo orden”.



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