Revista Mensual | Número: Julio de 2017
Bajar en formato pdf
Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
[<< Volver a la primera plana]

¿Hay alguien ahí?

Del G-7 al 1 contra 6
Estados (Des)Unidos de Norteamérica
Reactivar sin reventar, esa es la cuestión
La locomotora... de un tren fantasma
Eran las cúpulas de la Europa sublevada
De Alemania para el mundo, pero... ¿por casa cómo andamos?
"El que domina a los otros es fuerte; el que se domina a sí mismo es poderoso"


El portazo yanqui al Acuerdo de París y la fractura indisimulable del G-7

¿Hay alguien ahí?

“La acción no debe ser una reacción, sino una creación” (Mao Tse Tung)

 

“Debe ser creación heroica” (José Martí)

 

 

Mes a mes venimos analizando desde nuestras páginas la profundidad de la crisis del capitalismo y su agudización desde 2008. La (des)conducción y anarquía de los monopolios que (des)controlan la producción de todo lo que la humanidad consume –y lo que no también− ha arrastrado a la economía global a una encerrona insalvable.

El abandono por parte de los Estados Unidos del Acuerdo de París −es decir, del compromiso mundial por la reducción de emisiones de gases contaminantes−, la fractura exhibida al interior del G-7 entre las potencias mundiales y la posterior gira mundial de la canciller alemana Ángela Merkel son manifestaciones de la insalvable fractura del bloque hegemónico EEUU-UE, resultado a su vez de la agudización e implosión de las contradicciones inherentes de la acumulación capitalista desde 2008.

Como correlato del prolongado periodo de estancamiento de la economía mundial, la especulación se exacerba como vía de obtención de réditos rápidos y altos, pero con la consecuente generación y proliferación de “burbujas” especulativas por doquier. Este riesgo de nuevos estallidos augura una crisis de dimensiones colosalmente superiores a la de las hipotecas subprime en 2008, tiñendo el concierto global de un clima de incertidumbre generalizada.

En este escenario, China y su iniciativa de “Un Cinturón, Una Ruta” emergen como alternativa de integración entre los pueblos que priorizan relaciones ganar-ganar, frente al caduco proyecto globalizador impulsado por los monopolios desde el fin de la Segunda Guerra.

Del G-7 al 1 contra 6

Sin dudas, el dato sobresaliente de la cumbre del G7, celebrada en la ciudad italiana de Taormina entre el 25 y el 27 de mayo, fue el abandono de los Estados Unidos del Acuerdo de París. Dicho acuerdo fue suscripto por 195 países a fines de 2015 con el fin de reducir la emisión de gases contaminantes y combatir el calentamiento global. Recordemos que el Acuerdo de París se logró luego de múltiples negociaciones y cumbres (siendo París la número 21) que involucraron a la mayoría de los países del globo durante los últimos 20 años, desde la declaración en 1997 del Protocolo de Kyoto. Los mayores ejes del debate en París fueron tanto la necesaria reducción de las emisiones por parte de las primeras potencias contaminantes, China y EEUU, como el apoyo económico de los países centrales a los emergentes y periféricos para acelerar el cambio de matriz energética en países con menores recursos y tecnología. Es decir, fue un trabajoso esfuerzo mundial por detener el cambio climático y, por ende, la feroz degradación del medio ambiente y naturaleza en su conjunto.

Según señalaba el comunicado final de la cumbre, EEUU “se encuentra en proceso de revisión de su política en el ámbito del cambio climático y del Acuerdo de París. De esta manera, el país norteamericano no puede unirse al consenso en estos asuntos” (RT 27/5). De esta manera, quedaba expuesta de manera grosera la profundidad de la fractura del bloque imperialista, a la que venimos asistiendo mes tras mes.

Recordemos que Trump ya había sostenido en otras oportunidades que “el concepto de calentamiento global fue inventado por los chinos para que la producción manufacturera de Estados Unidos no sea competitiva” (2013) y que “el calentamiento global es un fraude absoluto, ¡y carísimo!” (2014) (LN 4/6).

Si bien estas declaraciones son anteriores a consagrarse como presidente de la primer economía de mundo, en marzo de este año, ya bajo su gestión, la llamada “Orden Ejecutiva de la Independencia Energética” suspendía el plan de la administración Obama conocido como “Clean Power” para la promoción de la energía renovable, reforzando el uso de combustibles fósiles en la matriz industrial norteamericana y levantando restricciones ambientales a la explotación de carbón y petróleo (CD 28/3).

Tras el portazo del presidente estadounidense, la canciller alemana, Ángela Merkel, calificaba la decisión como  “extremadamente lamentable, (…) por no decir más” (LN 3/6), coronando el fracaso de la cumbre del cascoteado grupo de los países más industrializados del mundo (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido).

Días después, la intensidad del cruce entre la locomotora europea y la gestión de Trump escalaba, tras las declaraciones del magnate inmobiliario a través de las redes sociales contra Alemania. “Tenemos un déficit comercial MASIVO con Alemania, además de pagar menos de lo que deberían en la OTAN y en defensa. Muy malo para Estados Unidos. Esto va a cambiar”, escribía en Twitter (LN 31/5).

Es importante señalar que estas contradicciones no nacieron ahora. Recordemos que bajo la gestión demócrata el intento de armar una zona de libre comercio entre Europa y EEUU (el TTIP) chocó con la resistencia de vastos sectores del capital a uno y otro lado del Atlántico. También bajo las órdenes de Obama comenzaba el tiroteo de sanciones cruzadas: el Departamento de Justicia yanqui contra el gigante alemán Volkswagen y la Comisión Europea contra la norteamericana Apple. Pelea que se continuaría con Trump y la penalización al Deutsche Bank, o la más reciente a Fiat Chrysller (DW 23/5).

Por lo tanto, esta pelea no es nueva. Lo nuevo es que Trump –a diferencia de su antecesor− expresa a fracciones del capital estadounidense asentadas centralmente en el territorio norteamericano y que, por tanto, empujan la liberalización de cualquier tipo de “atadura” fiscal, impositiva, etc., ya sea interna o externamente impulsada, que implique aún menores márgenes de ganancia.

Al igual que las guerras y la destrucción en diversas partes del mundo −impulsadas por estos grandes capitales concentrados−, su política “anti-europea” no es más que la expresión del momento en que se encuentran estos gigantes económicos, colisionando entre sí por los atiborrados mercados e imposibilitados de competir por los mismos, manteniendo los acuerdos alcanzados hasta el momento. Es decir, una feroz disputa de monopolios contra monopolios, encarnación del caos a que nos han llevado.

Sus movimientos de “liberalización/globalización” de las barreras impuestas por los mercados nacionales, por un lado, y de “protección/defensa de lo propio” fronteras adentro por el otro, aunque parezcan antagónicos, conforman una unidad. Es decir, no son más que dos momentos de un mismo movimiento, el de su desesperada lucha por sobrevivir a la competencia en las grandes ligas.

Estados (Des)Unidos de Norteamérica

La salida de Estados Unidos del Acuerdo de París también tuvo su correlato en la agudización de las fracturas internas entre los diversos Estados que lo conforman, en tanto 29 de los 50 ya tienen autorizaciones para el uso de electricidad renovable y muchos regulan a nivel local exenciones fiscales y otros tipos de apoyo para fomentar la reducción de emisiones.

En medio de la fractura, el dato significativo fue la negativa de California de retirar su compromiso con los principios esbozados en París. Siendo el Estado que cobija al pujante complejo tecnológico Silicon Valley, su producto bruto es del tamaño de la sexta economía del mundo. Así, California reafirmó su compromiso vigente de reducir las emisiones de gases contaminantes en un 40%, en relación a los valores de 1990, para el año 2030 (CR 5/6).

Al pertenecer al grupo de las llamadas industrias “limpias” y ocupando en muchos casos posiciones monopólicas a escala global, las compañías tecnológicas se resisten a que Estados Unidos rompa el acuerdo parisino, por las posibles sanciones comerciales que esta medida podría acarrearles en el mercado mundial.

Desde el sector agroindustrial, Monsanto y Cargill, dos de los popes del escenario mundial en la cadena de suministros agroalimentarios, se rebelaban contra la ruptura consumada en el G7: “Desarrollamos tecnologías y productos que ayudan a los productores a adaptarse y mitigar el cambio climático; tenemos una visión de largo plazo sobre la agricultura en la que vemos cómo los productores pueden alimentar al mundo de la forma más sustentable posible, usando menos recursos”, señalaba un informe de Monsanto (LN 5/6). “Salirse del acuerdo internacional de París tendrá un impacto negativo en el comercio y la vitalidad de la economía”, sentenciaba por su parte el CEO de Cargill, David Mac Lennan. Y a modo de declaración de guerra, añadía: “Estamos comprometidos en toda la cadena con el cambio climático” (LN 5/6).

También Roger Johnson, presidente de la Unión Nacional de Agricultores (NFU, por sus siglas en inglés), alzaba la voz contra la medida: “La decisión es una vergüenza, que no reconoce las amenazas reales e inmediatas que el cambio climático implica para los agricultores familiares, los productores ganaderos y la seguridad alimentaria de nuestra nación” (LN 5/6). La entidad emitía un comunicado titulado “La retirada de los Estados Unidos del Acuerdo de París desconoce la ciencia e ignora los impactos devastadores para la producción alimentaria, las granjas familiares y las generaciones futuras” (https://nfu.org/2017/06/01/u-s-withdrawal-from-paris-accord-shirks-science-neglects-devastating-impacts-to-food-system-family-farms-and-future-generations).

Por su parte, y en un abierto desafío a Trump, Apple emitía u$s 1.000 millones con un “bono verde”, para financiar iniciativas ambientales (CR 15/06).

Esta discusión sobre si suscribir o no los tratados internacionales de reducción de emisiones contaminantes trasluce otro momento de la lucha entre las distintas fracciones del capital. Mientras que los sectores de más peso a escala mundial se manifestaban contra la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, los sectores de petróleo, gas y carbón −con mayor asiento en territorio norteamericano− pateaban el tablero en un manotazo de ahogado, buscando rehuir cualquier gasto o inversión que implique un cambio de su matriz productiva.

El ejemplo nos permite analizar su “cara oculta” y desentrañar su lógica. Las “industrias verdes” estadounidenses impulsan el libre comercio y se oponen a las barreras y sanciones comerciales en sus propias fronteras simplemente porque al día de hoy no hay quién les compita dentro del propio EEUU. Por lo tanto, no necesitan dichas barreras y utilizan ello como argumento ideológico para dar clases de moral y ética sobre el uso de la energía renovable. Si de repente otros capitales concentrados estuvieran en condiciones y se propondrían competir en su propio territorio, pasarían de ser “libre-comerciales/globalizadores” a ser “proteccionistas/nacionalistas”. Por supuesto, apuestan a que esto no suceda, no al menos en el corto plazo, ya que el alto grado de desarrollo tecnológico y productivo que poseen les permite estar al frente del proceso y, por lo tanto, “apostar en verde”.

El caso de las petroleras estadounidenses muestra lo mismo, sólo que agrega una variación más. En el resto del mundo son “libre-comerciales/globalizadores”, mientras que con respecto a sus reservas y sus negocios fronteras adentro se convierten en “proteccionistas/nacionalistas”, debido a que sí existen otras petroleras monopólicas no estadounidenses compitiendo o pretendiendo hacerlo en su propio territorio. Por lo tanto, tienen que mostrar los dientes y defenderse: barreras arancelarias, sanciones a Rusia −que es también una potencia gasífera y petrolera−, etc.

Como diría Groucho Marx, “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”.

Llegados a este punto, es necesario señalar que el capital en su conjunto no se desarrolla sino socavando las dos fuentes de toda riqueza: la naturaleza y el trabajo. Esta ley de hierro aplica a la totalidad del capital, por lo tanto cabe resaltar que tampoco desde los sectores de vanguardia de la acumulación monopolista actual, ni desde los “verdes” ni desde los otros, es posible resolver la contradicción entre la búsqueda de ganancias y el cuidado del planeta. Incluso esos capitales que hoy pugnan por suscribir el tratado parisino se desarrollaron históricamente sobre la base de explotar irracionalmente los recursos no sólo en sus países sino a lo largo y a lo ancho de la periferia mundial.

Otra manifestación de la fractura en la cadena de mando imperialista, que deja en evidencia las políticas de la administración Trump, es el abroquelamiento de la OPEP y los otros países productores no miembros de la entidad, al decidir recortar el bombeo diario de barriles de petróleo como herramienta de presión al alza en el precio internacional del crudo.

EEUU impulsa fuertemente que las petroleras extraigan petróleo (un recurso no renovable) de los pozos en otros países, conservando estratégicamente sus reservas. Últimamente, sin embargo, ha hecho uso de las mismas intensivamente, para provocar una caída abrupta del precio internacional por sobreoferta, desestabilizando política y económicamente a los países que viven exclusivamente de la renta petrolera, buscando de este modo incrementar su control sobre ellos (Medio Oriente, Venezuela, etc.). Por eso, la unión de criterio entre países productores de petróleo, aún cuando en los mercados compitan entre sí por la colocación del “oro negro”, resulta muy importante para la geopolítica. En este sentido, a fines de mayo el grupo de países afectados por las medidas estadounidenses de la administración Trump sellaba nuevamente un acuerdo, esta vez para extender hasta marzo de 2018 la limitación de los niveles de producción (RT 25/5), buscando con ello reducir la cantidad de petróleo ofertada en los mercados y, por lo tanto, hacer subir los precios.

El dato sobresaliente es otra vez la anuencia de Arabia Saudita, quien históricamente funcionaba como agente de los intereses yanquis dentro la OPEP, sobre la base de un costo de extracción ínfimo de menos de u$s 9 por barril dentro de su territorio nacional. La coincidencia de intereses repentina entre países con posicionamientos históricos tan dispares −como Arabia Saudita, por un lado, e Irán o Venezuela, por otro− responde a la determinación política de la gestión Trump de liberalizar la explotación de petróleo no convencional fronteras adentro de los Estados Unidos, reduciendo al mínimo las protecciones medioambientales con que se regulan este tipo de explotaciones en todo el mundo, por su potencialidad contaminante.

Reactivar sin reventar, esa es la cuestión

Venimos señalando mes a mes el escuálido crecimiento de la economía global, que no logra repuntar tras el largo parate en que la sumergió el estallido de la burbuja de las hipotecas subprime en el año 2008.

Como botón de muestra, destacábamos el mes pasado que el FMI ubicó en un 3,7% la expectativa de crecimiento global para el 2017 (CL 12/5). Este mes, las proyecciones del Banco Mundial bajaban la vara a un 2,7%, en el que se cuentan tasas por encima del 6%, como la de China y la región de Asia Pacífico en su conjunto, que se contraponen fuertemente con otras más raquíticas, como el 1,7% de la UE o el 2% de los Estados Unidos (https://openknowledge.worldbank.org/bitstream/handle/10986/26800/9781464810244.pdf).

En este contexto, el banco central estadounidense, la FED, subía en junio su tasa de referencia en 0,25% puntos, llevándola a un rango de 1% a 1,25% de rendimiento. Según indicara el organismo en un comunicado, la decisión fue tomada después de comprobar que “el mercado de trabajo ha seguido fortaleciéndose y que la actividad económica ha crecido moderadamente en lo que va de año” (RT 14/06).

Sin embargo, cabe recordar que el primer trimestre de 2017 volvió a mostrar la peor cara de la economía norteamericana, con el ritmo de crecimiento más lento de los últimos tres años –0.7%– (LN 29/4), por lo que el crecimiento al que alude la FED es por demás frágil e inestable.

Ya hemos señalado en anteriores oportunidades la reducción de la inversión luego del cimbronazo de 2008, el estancamiento de la productividad, el importante número de trabajadores que han abandonado su participación en el mercado laboral y por eso han dejado de computarse como desocupados, el alarmante aumento del endeudamiento de los hogares con que se sostiene el repunte del consumo en sectores como el automotriz y demás indicadores económicos que cierran la puerta a creer en un crecimiento sólido como motor de la suba de tasas de la Reserva Federal. Por tanto, estas medidas inducen a pensarlas más como un resguardo ante el creciente peligro de proliferación de burbujas en la economía yanqui, antes que como un signo de vitalidad. Además, como hemos advertido, el incremento de las tasas funciona como una aspiradora de capitales volcados a los emergentes, que regresan ávidos ante la promesa de mayores réditos en territorio norteamericano y, fundamentalmente, de “mayor seguridad jurídica”.

En este sentido, este mes el Cronista alertaba sobre la brecha entre lo que el mercado evalúa como tasa ideal (según la llamada “Taylor Rule”) y la tasa de la FED, con un desfasaje que ya superó los 295 puntos básicos (CR 30/5). Es decir que −según los parámetros de mercado en la relación entre crecimiento, índice de actividad, nivel salarial, riesgo de burbuja y otras variables− las tasas deberían estar muy por encima de lo que la FED las mantiene. La entidad las sube a cuentagotas por el bajo crecimiento y la certeza de que si corta el chorro de dinero “barato” la economía profundizará su caída, pero las sube al fin, porque la amenaza de burbuja es cada vez más vigorosa y, por lo tanto, su potencial estallido infinitamente más peligroso que el de 2008.

A contrapelo de la FED, una vez más el Banco Central Europeo (BCE) mantuvo las tasas de referencia en un 0%,  luego de que la inflación no sólo no diera señales de llegar a la meta de 2%, señalada como indicadora de repunte, sino que incluso cayera entre abril y mayo más de medio punto (DW 8/6). En este sentido, el BCE elude cualquier alerta de estallido, priorizando la permanente inyección de euros a la estancada economía europea.

La locomotora… de un tren fantasma

Como venimos siguiendo cada mes, desde las usinas del capital se viene señalando a las compañías high-tech del sector informático y de automatización como la punta de lanza de una “cuarta revolución industrial”, fundamentalmente a partir del rol central de las mismas en la digitalización de los procesos productivos y, con ello, la posibilidad de mayor escala y división de los mismos.

En este sentido, la industria tecnológica fue el motor dominante en el alza de los índices bursátiles de Wall Street a finales del mes de mayo. Particularmente, las llamadas “Cinco Fantásticas” –Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google–  treparon entre 25% y 32%, cada una en su cotización (CR 31/5).

Por otra parte, el índice Nasdaq, que mide el desempeño de las acciones de las principales 100 compañías tecnológicas inscriptas en la Bolsa de Nueva York, ganó este año casi tres veces más que el Dow Jones, compuesto por las primeras 30 compañías industriales de la misma bolsa, entre las que se encuentran petroleras como Chevron y Exxon Mobile, de consumo masivo como Coca Cola, Proctor & Gamble, Wall Mart, etc. además de Microsoft y Apple.

El contraste entre uno y otro es claro: mientras el primero acumula una suba de 17,25% en lo que va del 2017, el alza en el segundo se ubica en un 6,4% (CR 24/5). Es decir, tres veces menos, lo que nos lleva a presumir también que los incrementos en el Dow responden en gran medida al empuje de las tecnológicas. A su vez, las 5 empresas que más dinero acaparan en los EEUU son Apple, Alphabet, Microsoft, Amazon y Facebook, por un valor total de mercado de 2,9 billones de dólares (TE 3/6).

Ahora bien, ¿pueden las compañías tecnológicas traccionar el crecimiento económico global?

En primer lugar, hay que señalar que pese a ser una rama relativamente “nueva” de la producción global, un puñado de compañías maneja el grueso de la inversión en desarrollo tecnológico e innovación científica aplicada, por lo cual la concentración es altísima. Por otra parte, el peso del costo laboral en sus balances es muy inferior al del resto de las ramas de la producción. Algunos ejemplos muestran una incidencia de menos del 3% del desembolso global de capital (CR 28/11/16). Sumado a ello, el 5% de estas compañías tiene un promedio de alza de su productividad cercano al 4%, mientras que el 95% restante no pasa del 0,4% (LN 27/11/16).

Recordemos que el semanario británico del mundo de las finanzas The Economist advertía a comienzos de este año: “El costo de producir la copia segunda o millonésima de una pieza de software es aproximadamente cero. Cada conductor del camión necesita instrucción individual; pero un sistema de conducción autónomo capaz puede ser duplicado sin fin (…). Un nuevo documento de trabajo de Simcha Barkai, de la Universidad de Chicago, concluye que, aunque la participación de los ingresos de los trabajadores ha disminuido en las últimas décadas, la parte que fluye hacia el capital (incluidos los robots) se ha reducido más rápidamente. Lo que ha crecido es el margen que algunas empresas pueden cobrar sobre sus costos de producción, es decir, sus ganancias. Del mismo modo, un documento de trabajo del NBER publicado en enero sostiene que la disminución de la participación laboral está vinculada al aumento de las ‘empresas superestrellas’. Un número creciente de mercados son de tipo ‘el ganador toma la mayoría’, en el que la empresa dominante gana fuertes ganancias” (TE 25/3, traducción propia).

Lo que desnuda el Economist es el menor costo de producción que tienen las “empresas hi-tech” en relación a la producción manufacturera, considerando la baja incidencia del “costo laboral” (menos del 3%) en la producción de software. Por lo cual, en plena competencia capitalista, las primeras pueden obtener mayores márgenes de ganancia (es decir, ganancias por encima de la media). Ello, sumado a la capacidad de las tecnológicas de aumentar sus niveles de productividad muy por encima de los niveles medios, como vimos anteriormente, explica el despegue e hiperconcentración de las hi-tech. Es decir, gastan menos en salario y la productividad de sus trabajadores es muy superior a las otras ramas. Es así como su peso es creciente en la economía mundial en relación a sus pares. Así, podemos revisar la carrera entre las tecnológicas (Google-Amazon-Uber, etc) y las automotrices (Ford-Fiat) por llegar primero al auto “sin conductor”, donde las primeras han dado muestras de su enorme capacidad de competir y hasta ganar en esta rama. En este sentido, la metáfora de la viborita comiéndose la cola es la mejor representación de este proceso de concentración y centralización del capital: la burguesía devorándose a sus propios miembros. Queda claro entonces que no hay una clase social en ascenso detrás de los monopolios, sino una en franca decadencia y descomposición.

Eran las cúpulas de la Europa sublevada

Señalábamos al comienzo que el principal hecho de la cumbre del G7 era la consumación indisimulable de la fractura en el bloque histórico Estados Unidos-Europa.

En este sentido, y al día siguiente de que el cónclave anunciara la imposibilidad norteamericana de suscribir compromisos comunes en materia ambiental, la canciller alemana declaraba: “Europa no puede depender de nadie más que de sí misma (…). Nosotros, los europeos, tenemos que tener nuestro destino en nuestras propias manos. (…) Los tiempos en que podíamos depender completamente de otros han pasado” (RT 28/05). Para reforzar los posicionamientos del gabinete alemán, el ministro de Asuntos Exteriores, Sigmar Gabriel, analizaba la cumbre como “una señal del cambio en la correlación de fuerzas (…) y por ello Europa ocupa un nuevo papel en el mundo, con el que debe comprometerse”. Por su parte, el ex embajador estadounidense ante la OTAN, Ivo Daalde, sentenciaba: “Este parece ser el fin de una era en la que Estados Unidos hacía de líder y Europa lo seguía” (todo en DW 30/5).

De esta forma, los planes de conformar el tratado de libre comercio más amplio del planeta entre EEUU y Europa, que proyectaba albergar a casi 850 millones de consumidores además de oxigenar a los monopolios occidentales ante la pérdida de competitividad frente a China, se hundían definitivamente en el océano Atlántico. En este sentido, la salida de Merkel en gira mundial debe entenderse como la necesidad de Europa de recoger el guante, ante la orfandad que implica el viraje en la política norteamericana que encarna la administración Trump.

Sin duda otro de los puntos álgidos del mes, en materia de fractura en la cadena de mando imperialista, fue el rechazo de Europa a las nuevas sanciones contra Rusia aprobadas por el Capitolio norteamericano. El ministro de Exteriores alemán, Gabriel, y el canciller austríaco, Christian Kern, criticaron las medidas por considerar que afectarán la construcción de un gasoducto a través del Báltico y perjudican “a empresas europeas, implicadas en la extensión de un proyecto destinado al suministro energético (DW 1/6).

Es que las sanciones llegaban justo al mismo tiempo que la Comisión Europea solicitaba a los 28 Estados miembros de la UE la autorización para negociar con Rusia la construcción del gasoducto Nord Stream 2, por un consorcio que implicaría a Gazprom, la francesa Engie, las alemanas Uniper y Wintershall, la austríaca OMV y la anglo-holandesa Shell (DW 15/6).

En el mismo sentido, la canciller Merkel recibía al primer ministro chino, Li Keqiang, tan sólo una semana después de la visita del presidente indio Nerenda Modi (DW 31/5). Además, este mes, el gigante alemán BMW inauguraba una planta en China, donde fabricará unos 450.000 vehículos por año; mientras que la nave insignia de la industria francesa, Airbus, anunciaba el inicio de la construcción de su primera línea de montaje de helicópteros en territorio oriental (CR 1 y XH 2/6).

En este escenario, la historia y la experiencia de Europa operan, sin duda, en la resistencia a ser carne de cañón y escenario del conflicto con el eje sino-ruso que la gestión de Trump precipita aceleradamente. Lo que acabó no es el tiempo en que Europa podía confiar su destino a Estados Unidos (lo que nunca hizo, por otra parte), sino el tiempo donde más vastos sectores de la burguesía imperialista podían entrar en el reparto de la riqueza y, por ende, construir un consenso para y en la acción. Los hechos que vamos analizando son sus manifestaciones, las formas en las que se expresa esa decadencia e incapacidad de construir hegemonía.

De Alemania para el mundo, pero… ¿por casa cómo andamos?

La fractura entre los estados “ricos” del bloque europeo y los llamados PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España), que vieron explotar sus economías con el estallido de la burbuja financiera, es sin duda una de las manifestaciones más ostensibles de la heterogeneidad que Alemania intenta comandar como mercado común. A finales de mayo, el cónclave de los ministros de Economía y Finanzas de la eurozona cerraba sin poder resolver los pasos a seguir en el rescate con salvavidas de plomo a la economía griega. Mientras que el FMI deslizó la necesidad de una reducción de la deuda reclamada por los acreedores al país heleno, la negativa germana a cualquier recorte se mantuvo inflexible. “Hemos tenido una primera discusión en profundidad sobre el tema de la sostenibilidad de deuda griega. Hemos mirado con cuidado las necesidades, opciones y limitaciones pero en este punto no hemos alcanzado un acuerdo global”, declaraba el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem (DW 22/5).

Promediando el mes de junio, el grupo sí alcanzaba un acuerdo para desembolsar un nuevo tramo de ayuda para Grecia por un total de 8.500 millones de euros, de los cuales el gobierno de Alexis Tsipras debió utilizar 7.400 millones para cancelar pagos atrasados y la cuota correspondiente de julio (DW 15 y CR 16/6).  La obscenidad volvía a poner el problema de la sustentabilidad de la deuda en el tapete: “Grecia ha implementado más reformas que el conjunto de los otros países europeos y sólo una reestructuración de la deuda griega puede hacer que su economía vuelva a respirar. (…) La deuda griega frena el crecimiento de manera persistente”, denunciaba Tsipras (CR16/6). Actualmente, la deuda se sitúa en unos 320.000 millones de euros, es decir, el equivalente al ¡180% del PBI de Grecia! Sin duda, el dato más significativo es que hacia 2008 la deuda griega en relación a su PBI era de 109%. Ante el parate pos crisis, el país comenzó a negociar acuerdos con la troika (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI) para refinanciar su deuda o conseguir nuevo financiamiento. A partir de entonces, la ratio pasó en 2010 al 146% hasta llegar al 180% en 2017 (https://tradingeconomics.com/greece/government-debt-to-gdp ). Es decir, con la “ayuda” de la troika, la deuda creció un 70% y la economía helena no da signos de recuperación.

La soberanía griega, por tanto, no tiene ya ninguna base material: su economía ha sido absolutamente expropiada. Grecia ya es de otros, fundamentalmente de sus acreedores alemanes. Por eso, Alemania no quiere soltar la presa, pero tampoco se atreve a comérsela, ya que es tal el costo político de hacer “desaparecer” a un país −y mucho más si este es europeo y la “cuna de la civilización occidental”− que nadie se quiere tragar ese bocado, seguro de que el atracón puede provocarle una indigestión fatal. Ni qué hablar si el devorador es nada menos que Alemania, con su historia de conquista y saqueo a cuestas.

Como venimos analizando en meses anteriores, el caso de España ha sido también paradigmático como muestra de las “reformas” exigidas a los países gravemente endeudados para recibir “ayuda” del BCE y del FMI. Y aunque declarativamente “desde todos los puntos de vista, de resultados, puesta en marcha de las reformas, del sector bancario y financiero, las cosas van verdaderamente en la buena dirección en España” −según dijera el comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici−, en los hechos otro banco español era absorbido por los pulpos de la plaza financiera durante junio, ante la evidente insolvencia y la elevada exposición a “activos tóxicos” (DW 22/5 y CR 8/6).

Así, el banco Santander compraba por un valor simbólico de ¡un euro! al Banco Popular, nada menos que el quinto banco de la plaza española. Con él se hundía una parte de los más de 76 mil millones de euros con que el estado español “rescató” a las entidades bancarias en 2012. En concreto, el Banco Central Español estimaba que solamente podrá recuperar un 21,4% del total que desembolsó (CR 8/6). Por lo tanto, el trabajo de generaciones de españoles, pretéritas y futuras, iba a parar por la módica suma de un euro a los bolsillos del banco más grande del país ibérico, el segundo más grande de Europa y uno de los veinte más grandes del mundo.

“El que domina a los otros es fuerte; el que se domina a sí mismo es poderoso”

De esta manera, queda claro que ponerse al frente de la etapa que transita la economía global es imposible desde los intereses de una clase sin futuro. El achicamiento del tiempo de trabajo socialmente necesario, que resulta de la competencia capitalista y del consecuente monumental desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado desde el último cuarto del siglo XX a esta parte, implica el agotamiento de la base material para la subsistencia de la burguesía como clase. Y ello se manifiesta en el resquebrajamiento de toda la arquitectura política global fundada en base a este dominio. Pero como se ha comprobado durante el último siglo y medio, su descomposición implica también su creciente virulencia hacia cualquier “alternativa” que plantee partir de otros principios ordenadores, siendo el oriente del mundo el mayor blanco de los ataques.

En este sentido, la Unión Europea elaboraba en mayo un nuevo esquema de sanciones antidumping contra las compañías de origen chino, en la búsqueda de corregir lo que  llama “distorsiones del mercado”. Al respecto, la agencia estatal de noticias china se despachaba: “Los legisladores de la UE han obviado las reformas económicas de China para asegurar que el mercado juegue un rol decisivo en la distribución de los recursos (…). China ha estado apoyando la globalización y defendiendo el libre comercio cuando las principales economías del mundo están favoreciendo el proteccionismo, como bien ilustra la política del presidente estadounidense, Donald Trump, ‘Comprar estadounidense y contratar estadounidense’. En un momento en el que las fisuras en la alianza transatlántica se han ensanchado tras la primera gira por el extranjero de Trump como presidente de EEUU, la canciller alemana Angela Merkel ha avisado que Europa ya no puede contar plenamente con su aliado tradicional y debe hacerse cargo de su propio destino. En este contexto, con ambos abogando por el comercio libre y un comportamiento responsable en los asuntos mundiales, Europa y China verán sus intereses comunes ampliados. Una asociación más fuerte entre China y Europa es buena para ambos, y no deberían distraerse de la gran causa de la cooperación China-UE” (XH 30/5).

Otro de los ataques desde las usinas monopolistas hacia el ascenso chino a nivel global era la rebaja de la calificación de los mercados chinos de Aa3 a A1, aduciendo perspectivas de “bajo crecimiento en los próximos años al mismo tiempo que se percibe una excesiva toma de deuda” (RT 24/5). Como respuesta, el Ministerio de Hacienda chino emitía un comunicado donde señalaba que Moody’s maneja un enfoque “procíclico” que no es apropiado para medir el desempeño de la economía oriental: “Estos puntos de vista sobreestiman las dificultades que afronta la economía china y subestiman la capacidad de China de profundizar en la reforma estructural del lado de la oferta y expandir la demanda de todo el país” (XH 24/5).

Como puede verse, en primer lugar el gabinete chino buscaba despegar la trayectoria de su economía de la de las economías del Occidente imperialista. Los “ciclos” −como expresión de fuerzas que no pueden controlarse, sino que tienen una dinámica propia de alzas y bajas− no existen en el marco de una economía con metas anuales, quinquenales y de largo plazo planificadas y sometidas a un estricto y permanente control por parte de la dirección del aparato estatal, quien administra los resortes estratégicos del mercado, propiedad del pueblo chino.

Por otra parte, la subestimación de las capacidades chinas salta a la vista: en el mismo mes en que Moody’s alerta por el bajo crecimiento, la tasa de crecimiento prevista por el Banco Mundial para China casi triplica la de los países centrales y duplica la media mundial (https://openknowledge.worldbank.org/bitstream/handle/10986/26800/9781464810244.pdf). Además, en materia de competitividad de las empresas estatales chinas, uno de los objetivos sobre los que se propuso afinar el lápiz la gestión de Xi Jinping, los números difundidos en mayo del primer cuatrimestre mostraron un impresionante aumento de los rendimientos del 18,1% interanual, arribando a 445.000 millones de yuanes (alrededor de 64.700 millones de dólares), según informaba la Comisión de Supervisión y Administración de Activos Estatales (Csabe) (XH 25/5).

Sobre la solidez que su modelo de desarrollo interno viene demostrando año a año, y la dirección política del PCCh decidida a, como decía Mao, “ponerse al frente de la tendencia para acelerarla y así poder controlarla”, sumado al repliegue y la descomposición del andamiaje occidental, China viene jugando un rol vital en el ordenamiento del escenario global. Este mes se conocía, a través de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), que los flujos de inversión directa china en el extranjero aumentaron un 44% interanual hasta alcanzar los 183.000 millones de dólares, posicionándose como el segundo inversor global, sólo detrás de los Estados Unidos. Sin embargo, cuando se observan las inversiones en la franja de países “sub-desarrollados”, China lidera cómodamente el ranking mundial, seguida muy por detrás por Francia (XH 8/6).

Detrás de estos números, asoma la iniciativa llamada “Un cinturón, una ruta”, que analizáramos en profundidad en nuestra edición anterior, y cuyo eje está puesto en el desarrollo de las relaciones “ganar-ganar” como rectoras del nuevo orden mundial en construcción.

En el mismo sentido, en tiempos donde el cambio climático y el compromiso por cuidar una armonía entre el desarrollo material de la humanidad y la capacidad de la naturaleza de absorber ese desarrollo aparecen en el centro de la escena global, ante la evidencia de que la voracidad intrínseca a la producción capitalista destruye la posibilidad de futuro para la vida en el planeta, el posicionamiento de China también ha sido señero.

Luego de una reunión en el marco de la gira europea de Li Keqiang, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, señalaba: “Hoy, China y Europa demostraron su solidaridad con las generaciones futuras y su responsabilidad ante el planeta”. China es actualmente el mayor inversor a nivel mundial en energías renovables, con más de 10 mil millones de dólares invertidos en 2016 (LN 3/6). Según datos del Banco Mundial, al contabilizar las emisiones de gases contaminantes en toneladas métricas/habitante, China se ubica en la mitad de la tabla, muy por debajo de los niveles de emisión de Estados Unidos, Canadá o los países de la península arábiga, por ejemplo (http://datos.bancomundial.org/indicador/EN.ATM.CO2E.PC).

En este contexto, una de las principales iniciativas de integración entre los pueblos −y por su tamaño sin lugar a dudas la más grande y extensa a escala planetaria, que no pretende girar atrás la rueda de la historia sino impulsar la misma hacia la superación del caótico presente− es la comandada por el PCCh, cuyos elementos aglutinantes lo constituyen la consolidación del BAII y el engrosamiento de la lista de países que participan de la iniciativa “Un Cinturón, una Ruta”, que ya supera los 190 estados-nación. A su vez, el ingreso en el mes de junio de India y Pakistán a la Organización para la Cooperación de Shangai (OCS) constituye un hito en la historia del conflicto en que la secesión de Cachemira, promovida por los intereses coloniales británicos, sumergió a la región (XH 8/6).

En el mismo sentido de la construcción de órganos multipolares de gobernanza, la revitalización de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) comandada por Rusia −y que nuclea a los Estados otrora miembros de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)− fue otro de los hechos destacados del cierre del mes de mayo, con una cumbre que emitió un comunicado fijando el retiro de aranceles y la creación de un mercado de alimentos autosuficiente en la región como objetivos inmediatos (DW 27/5).

De esta manera, el cambio en la correlación de fuerzas evidenciado en el portazo norteamericano en la cumbre del G7 implica un realineamiento a nivel global de magnitudes históricas. Con la cadena de mando del imperialismo absolutamente fracturada y con todo lo que hemos señalado aquí como la base material objetiva de la imposibilidad de recomponerla, la organización a escala mundial de la fuerza de la cooperación y los frutos del trabajo emerge como la única salida posible para la humanidad. Pasemos a analizar ahora la lucha política por alumbrar ese nuevo orden, imperiosamente necesario.



[ << Volver a la primera plana ]