Revista Mensual | Número: Agosto de 2017
Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
[<< Volver a la primera plana]

Una sombra ya pronto serás

Enemigos íntimos: el desplome de la política imperialista
Crisis en la UE: lo atamo’ con alambre
Lucha facciosa en el corazón del imperio
Cerco a Rusia y China: misión imposible
La impaciencia impotente de EEUU en Corea
La impotencia imperialista en Medio Oriente
El Eje de la Resistencia en Irak y Siria


De la periferia hacia el centro: el comienzo del fin del orden imperialista

Una sombra ya pronto serás

Todos se han ido, es el fin,

y no hay lugar adónde ir.

Veo las caras del tiempo frío,

sueño olvidarme de lo que ha sido.

Estoy herido, es el fin,

y no hay lugar adónde ir.

(“No me des la espalda”, Las Pelotas)

 

Durante el mes de julio, la cumbre del G-20 condensaba las principales líneas de fractura que atraviesan la superestructura política y jurídica que la burguesía supo construir. Por un lado, la escisión entre esa élite política, en tanto representante de las 147 corporaciones que controlan la producción y el comercio mundial, y las grandes mayorías del planeta. Dando cuenta de ello, el gobierno alemán destinaba unos 20 mil policías para garantizar la seguridad durante el encuentro, en el marco de numerosas movilizaciones convocadas contra la cumbre. Bajo el lema “Solidaridad sin fronteras en lugar de G-20”, alrededor de 170 organizaciones se convocaron para marchar por las calles de Hamburgo en repudio a las políticas del grupo. Entre los organizadores, se encontraban los principales partidos de oposición alemanes –La Izquierda y Los Verdes–, sindicatos como Verdi e IG Metall, el Partido Comunista Alemán (DKP) y la Organización Internacional Socialista (ISO). Según los organizadores de la movilización, más de 24 mil personas marcharon, con reclamos como “El planeta Tierra primero” o “A luchar contra la pobreza” (CL 2/7 y DW 3/7).

En el marco de una verdadera ola de protestas, se registraron también duros enfrentamientos con la policía, que llegaron a desbordar –según las propias autoridades alemanas– el operativo de seguridad montado para proteger a los líderes reunidos en la cumbre. Bloqueos a las calles en que debían pasar los presidentes, boicot al transporte público de la ciudad, quema de vehículos y ataques a comisarías constituyeron, según la jefatura de policía, “una ataque masivo y coordinado”. Según cifras oficiales, un total de 476 agentes resultaron heridos en los enfrentamientos, mientras que entre los manifestantes, se desconoce el número total, aunque 11 resultaron con heridas graves por el derrumbe de una valla (LN 8/7 y DW 9/7).

Por el otro, el enfrentamiento al interior del bloque imperialista, cuyo contenido no es otro que la agudización de la competencia entre grupos económicos que analizábamos en nuestro primer artículo. En ese sentido, la decisión del presidente estadounidense Donald Trump de retirar a su país del Acuerdo de París marcaría también el encuentro de las 20 economías más grandes del mundo, que tuvo lugar en la ciudad alemana de Hamburgo. Sin embargo, como analizamos en detalle en nuestro artículo anterior, el acuerdo climático está lejos de ser el único elemento de discordia entre las grandes potencias. La canciller alemana Ángela Merkel lo expresaba en los siguientes términos: “No voy a andar con vueltas. Sobre el comercio las discusiones son difíciles. Los asesores tienen aún mucho trabajo” (LN 8/7).

La postal de Hamburgo no podía ser más elocuente: doble fractura expuesta del bloque imperialista. Por un lado, el repudio social hacia ese bloque, síntoma inequívoco de la imposibilidad de los monopolios de presentar su interés como el del conjunto de la humanidad. Por el otro, la creciente disputa entre EEUU y la UE, expresión de la lucha feroz entre los grupos económicos por no convertirse en el pato de la boda. Como nuestro lector ya sabe, ambas fracturas son, en verdad, expresión de una misma contradicción, irresoluble en los marcos del capitalismo: el choque entre el carácter privado de los medios de producción y de cambio, y el carácter cada vez más social de la producción.

Enemigos íntimos: el desplome de la política imperialista

Con este contenido, las discrepancias entre los socios imperialistas también emergían en torno a dos aspectos “nodales” del escenario geopolítico mundial: el acuerdo nuclear con Irán y las sanciones a Rusia por el conflicto en Ucrania. Tanto el levantamiento de las sanciones que pesaban contra la nación persa debido a su programa nuclear, como el paquete de medidas económicas y financieras para castigar a Rusia por su supuesto papel como instigador de la cuasi guerra civil en Ucrania se lograron a través de acuerdos entre el bloque europeo y Washington. Acuerdos que, como hemos analizado largamente desde estas páginas, no estuvieron exentos de contradicciones entre los socios transatlánticos.

A finales de junio, la decisión por parte del Congreso estadounidense de incrementar las sanciones a Rusia, generaba controversias en el Consejo Europeo. Más precisamente, Alemania y Austria se mostraban contrarios a la medida, ya que las mismas podrían perjudicar a empresas europeas involucradas con capitales rusos en la construcción de dos nuevos gasoductos para abastecer con gas ruso al Viejo Continente (RT 26/6). Por otro lado, tras los anuncios por parte de EEUU de introducir nuevas sanciones a Irán, la jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, en una conferencia de prensa nada menos que con el canciller ruso, Serguei Lavrov, aseguraba: “Tenemos la obligación de aclarar que el acuerdo nuclear no pertenece a un solo país, sino pertenece a la comunidad internacional” (HTV 11/7).

En el mismo sentido, durante la visita a Francia del presidente estadounidense Trump, su homólogo francés, Emmanuel Macron, renovaba los llamados a mantener los compromisos contenidos en el Acuerdo de París, a la vez que afirmaba que su país ya no consideraba la salida del presidente sirio Bashar Al Assad como un pre requisito para participar en las discusiones sobre el futuro de Siria (LN 14/7). 

De esta manera, a un lado y otro del Atlántico, emergen las dificultades para sostener la política común en la arena internacional desarrollada en los últimos años. Cualquier análisis al respecto no puede omitir el hecho fundamental de que en todos los casos señalados (cerco a Rusia por el conflicto en Ucrania, desestabilización en Medio Oriente con epicentro en la guerra en Siria) dicha política se ha mostrado impotente. Hemos analizado desde estas páginas cómo el levantamiento de las sanciones a Irán, de la mano del reconocimiento del carácter pacífico de su programa nuclear, no era más que el reconocimiento “formal” de una realidad previa: la imposibilidad por parte de los grupos económicos de frenar el papel internacional de la nación persa y su creciente influencia a escala regional y mundial. Es decir, estos cambios de posición sobre cuestiones centrales del escenario mundial responden, en primer lugar, a la creciente imposibilidad de las potencias imperialistas de construir las condiciones necesarias para la realización de sus intereses. Es esta no correspondencia entre el interés del capital más concentrado y las necesidades de las grandes masas lo que se expresa luego como “desorientación” e idas y vueltas en materia de política internacional.

Precisamente porque no hay condiciones para que el conjunto de capitales existentes se reproduzcan a escala ampliada, resulta imposible que exista “una” política desde el centro imperialista hacia la periferia. El grado de concentración alcanzado, que se refleja en las 147 corporaciones que controlan la producción y el comercio mundial, implica que esos socios que otrora acordaban –no sin contradicciones– el reparto de la periferia, estén obligados ahora a devorarse unos a otros. Para los capitales concentrados que comandan la UE, el acuerdo con Irán ha significado la posibilidad de participar en la explotación de las ricas reservas de gas y petróleo persa. A la par, las sanciones a Rusia han resultado para dichos capitales un verdadero “tiro en el pie”, en tanto Moscú constituye el principal proveedor energético del bloque. Por otro lado, como hemos analizado en múltiples oportunidades, el caos que la política imperialista ha sembrado en Medio Oriente golpea las costas europeas en los miles de refugiados que llegan allí –y no a EEUU– en busca de asilo.

Crisis en la UE: lo atamo’ con alambre

Esta imposibilidad de consensuar una política al interior del bloque imperialista no constituye un fenómeno circunscripto a las relaciones entre EEUU y la UE. Muy por el contrario, se trata más bien de una suerte de “explosión en cadena”, que sacude y quiebra la superestructura política y jurídica en todos sus niveles.

En los últimos tres años, la Unión Europea se ha visto sumida en una severa crisis, al punto que no pocos voceros del capital más concentrado han llegado a preguntarse sobre sus posibilidades de seguir existiendo. A modo de raconto histórico, recordemos la convulsión política en torno de la crisis de deuda griega, con el histórico referéndum en que el pueblo heleno hizo explícita su voluntad de no subordinarse a los dictámenes de Bruselas; la llamada crisis de refugiados, que volvió a marcar en el mapa las fronteras nacionales que los acuerdos fundantes del bloque habían pretendido eliminar y por último, la decisión de Gran Bretaña de abandonar la Unión.

En ese marco, venimos analizando mes tras mes cómo para los capitales que comandan la UE resulta cada vez más difícil construir un mínimo de consenso respecto a los planes de desguace del Estado de Bienestar que la agudización de la crisis demanda. En aras de ganar competitividad en la feroz disputa inter capitalista que mencionábamos más arriba, los capitales concentrados con asiento en Europa –centralmente Alemania y Francia– se ven obligados a avanzar sobre las condiciones de existencia de las masas de trabajadores y pequeña burguesía, destruyendo con ello las bases materiales sobre las cuales les fue posible subordinarlos detrás de su interés. Frente a ese avance, sectores de burguesías nacionales y los trabajadores de los distintos países del Viejo Continente, se ven impelidos a enfrentar el proyecto europeo, ya por derecha –en los variopintos nacionalismos resurgidos en los últimos años–, ya por izquierda –bien con el surgimiento de nuevos partidos y movimientos, como el Podemos en España o el Syriza en Grecia, bien con la “renovación” y el “giro a la izquierda” de los viejos partidos “socialdemócratas”, como atestigua la emergencia del laborista Corbyn en Gran Bretaña y la radicalización de Pedro Sánchez en el Partido Socialista Obrero de España.

Según un sondeo de opinión realizado por PewResearch, el 61% de los franceses, el 57% de los italianos y el 50% de los alemanes está de acuerdo en que su país realice una consulta popular sobre la continuidad de la pertenencia a la UE. En España el porcentaje es similar. Sólo una media del 51% de la población en 10 países de la UE tiene una opinión favorable sobre la Unión Europea. Por otro lado, consultados sobre el reparto de poder entre los órganos del bloque y los Estados nacionales, sólo un 19% prefiere dar más poder político y económico a Bruselas, mientras que un 42% quiere que el poder vuelva a las capitales nacionales (LN 11/7).

En este sombrío escenario, el flamante presidente de Francia, Macron, se reunía con la canciller alemana Merkel, para acordar una suerte de relanzamiento de la UE. Explicando la importancia de la alianza franco- germana para el destino del bloque, Macron señalaba: “La simbiosis entre Francia y Alemania es la condición para que Europa pueda avanzar. No existen soluciones pertinentes si no lo son para Francia y Alemania”. Sin embargo, en el marco de la primera cumbre europea en la que participó, Macron enfrentaba su primera derrota, en su intento de convencer a sus aliados de acordar mayores poderes a Bruselas para controlar las adquisiciones extranjeras en Europa con el objetivo de proteger sus sectores estratégicos (LN 24/6). Al parecer, el resto de los socios europeos no está tan convencido de que “lo que conviene a Francia y Alemania, conviene a toda Europa”.

Al interior de su país, Macron también enfrentaba sus primeros reveses. Pese a toda la retórica de los medios concentrados de comunicación, que intentaron presentar el triunfo electoral del ex banquero Rothschild como una suerte de renovación política, el récord de abstención en las elecciones legislativas que analizamos el mes pasado generaba los primeros cimbronazos al nuevo gobierno, con la renuncia de cuatro ministros (TE 24/6).

Pese a ello, el mandatario galo anunciaba sus planes de encarar una reforma política con el fin de reducir un tercio el número de diputados y senadores, así como facilitar la llegada al Congreso de partidos pequeños (LN 4/7). Si bien dichos planes gozan de un importante apoyo según las encuestas (un 93% de los consultados acuerda con que haya menos parlamentarios), no sucede lo mismo con los anuncios de profundizar la reforma laboral llevada a cabo por su antecesor Francois Hollande. La intención de eliminar las negociaciones colectivas, pasando a un modelo de acuerdo por empresa, junto a la simplificación de los requisitos para despedir personal, era recibida como una declaración de guerra por los sindicatos y la oposición de izquierda. Tanto la CGT como el líder del partido Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, convocaban a enfrentar la reforma con movilizaciones en la calle (LN 4/7 y TE 8/7).

Para avizorar la profundidad de este enfrentamiento, conviene recordar algunos números de las últimas elecciones. En la segunda vuelta de las presidenciales, sobre 47.581.118 de electores, 20.753.798 votaron por Macron –un 43,61% del padrón–, 16.183.202 no asistieron a votar o votaron en blanco –el 34%– y 10.644.118 apoyaron a la candidata del Frente Nacional, Marine Le Penn –22,37%. En la segunda vuelta de las elecciones legislativas que tuvieron lugar apenas un mes después, la abstención llegó al 57,4%, es decir que más de 27.300.000 ciudadanos no fueron a votar. El partido del flamante presidente obtenía el 49,12% de los votos positivos, equivalente a casi 9 millones (Ver Análisis… de junio y julio de 2017). He allí la representatividad de la principal espada de la UE para reordenar la tropa y disputar en la arena internacional…

Por suerte para el bloque europeo, la Gran Bretaña de Theresa May –quien fuera presentada como una suerte de revival de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher– no corre mejor suerte. Habiendo perdido la mayoría absoluta en las elecciones del mes pasado, May se vio obligada a sellar un acuerdo con el Partido Unionista de Irlanda del Norte (DUP), en miras de lograr conformar gobierno (LN 27/6). De esta manera, la posición del gobierno británico para enfrentar las negociaciones para la salida del bloque europeo termina siendo más débil que antes de las elecciones, particularmente si se tiene en cuenta la consolidación del Partido Laborista conducido por Jeremy Corbyn, quien  había ganado las internas de su partido basando su campaña en un “giro a la izquierda” y retorno a las bases. En este sentido, durante el mes que estamos analizando el gobierno de May presentaba al Parlamento la ley de revocación, norma que cancelará toda la legislación europea en Gran Bretaña en vista del divorcio con la Unión Europea. Sin embargo, el proyecto era resistido por la oposición tanto laborista como liberal, amenazando con votar en contra (LN 14/7).

Vemos entonces cómo, al interior del bloque europeo y de los países que lo conforman, se expresa también esa colisión inevitable entre la creciente concentración y centralización de la producción y un entramado jurídico político que tiene como vértice los estados nacionales, aún cuando éstos se reúnan en bloques regionales. Esos estados nacionales, entendidos como el ámbito de realización del interés de determinadas fracciones de burguesía, siempre en tensión y disputa –competencia mediante– con otros estados rivales, ya no se corresponden con el creciente grado de concentración y centralización del capital. Esa contradicción hace estallar los mecanismos de legitimación y dominación política basados en el sistema de partidos y el sufragio universal: ya no es posible “encolumnar” a las masas de desposeídos detrás de su burguesía nacional, por la sencilla razón de que ello descansaba sobre la posibilidad de que dicha burguesía logre reproducirse y de que ésta pueda, a su vez, garantizar la reproducción del conjunto de la sociedad.

Lucha facciosa en el corazón del imperio

Como venimos analizando mes tras mes, en EEUU esa contradicción se expresa, centralmente, en la lucha facciosa al interior de los distintos niveles del aparato del Estado. Veíamos en ese sentido en nuestro número anterior la “rebelión” de estados y ciudades ante la decisión del presidente Trump de abandonar los compromisos fijados en el Acuerdo de París, con miras a detener el calentamiento global. Desde su asunción, cada medida que el mandatario republicano ha intentado llevar adelante ha enfrentado una férrea oposición, ya desde las filas demócratas, ya desde miembros de su propio partido. Los enfrentamientos llegaron, incluso, a atravesar la sacrosanta división de poderes, quintaesencia del sistema republicano que EEUU se jacta de practicar, con el freno judicial al decreto (anti)migratorio impulsado por Trump, o las trabas que en el Congreso –controlado por el Partido Republicano– enfrentan los intentos del magnate por reformar el sistema de asistencia médica implementado por su antecesor Barack Obama –conocido como “Obamacare”.

Sin embargo, la principal manifestación de la crisis del sistema político yanqui se encuentra en el llamado “Rusiagate”, que tiene como principales protagonistas a las agencias de inteligencia y al entorno del actual huésped de la Casa Blanca. El origen del asunto se remonta a la campaña electoral previa a las elecciones presidenciales en las que el magnate republicano terminó imponiéndose a la candidata demócrata, Hillary Clinton. Ya desde entonces, las agencias de seguridad echaron a correr la acusación de que Rusia podría interferir en las elecciones, para favorecer a Trump, quien se había manifestado durante la campaña a favor de revisar la política anti rusa de la gestión de Obama.

Luego de la asunción de Trump como presidente, el escándalo continuó desarrollándose. Recordemos que el entonces asesor de seguridad Michael Flynn debió presentar la renuncia a su cargo, luego de ser acusado por el FBI de haber mantenido diálogos secretos con autoridades rusas. Acto seguido, la Casa Blanca decidía apartar de su cargo al jefe del FBI James Comey, responsable de las investigaciones, dando así una nueva escalada al enfrentamiento.

En este escenario, en el marco de la cumbre del G-20 que hemos analizado al inicio de este artículo, el presidente estadounidense mantenía su primer encuentro bilateral con su homólogo ruso, Vladimir Putin. Tras la reunión, que se extendió por más de 2 horas, Trump anunciaba en conferencia de prensa: “Hemos tenido conversaciones muy, muy buenas. Estamos esperando que ocurran muchas cosas muy positivas para Rusia, Estados Unidos y todos los interesados”. A su vez, el secretario de Estado yanqui, RexTillerson, anunciaba que en el encuentro, ambos mandatarios habían alcanzado un pacto para implementar un cese al fuego en el sudoeste de Siria (LN 8/7).

Apenas dos días después del encuentro, el diario The New York Times informaba que, luego del triunfo de Trump en la interna republicana, el hijo mayor del magnate y su yerno –que se desempeñaba como jefe de campaña del actual mandatario estadounidense– mantuvieron una reunión con una abogada rusa que aseguraba tener información que podía perjudicar a Hillary Clinton (LN 10 y 11/7). De esta manera, dicha reunión servía de “nueva evidencia” de los vínculos espurios entre el gobierno de Trump y el Kremlin. De hecho, el legislador demócrata Brad Sherman, de California, presentaba una moción de cuatro páginas para “iniciar un juicio político a Donald John Trump, Presidente de los Estados Unidos, por crímenes y delitos graves”, argumentando que “las revelaciones recientes de Donald Trump Jr. indican que la campaña de Trump estaba ansiosa por recibir ayuda de Rusia… Ahora parece probable que el presidente tuviera algo que ocultar cuando trató de limitar la investigación del asesor de seguridad nacional (quien debió renunciar) Michael Flynn y la investigación general del caso ruso” (CD 13/7).

Como venimos señalando mes tras mes, esta verdadera guerra entre la Casa Blanca y las agencias de inteligencia, deja cada vez más en evidencia la feroz disputa facciosa por determinar la política exterior de la alicaída potencia del Norte. Lo significativo aquí es, entonces, que se torna visible la existencia de ese llamado “gobierno en las sombras”. No sólo queda al descubierto la existencia de líneas maestras de la política yanqui que no están subordinadas a quién gane las elecciones. Los hechos analizados muestran que el consenso sobre dichas directrices ha estallado por los aires. Allí radica la crisis política que acabamos de analizar: la lucha facciosa desnuda los intereses en pugna, y de ese modo, la legitimidad lograda bajo el ropaje del interés general garantizado a través del voto de las mayorías se descascara irremediablemente. De ello da cuenta el permanente descenso de la imagen presidencial: según un sondeo del diario The Washington Post, la popularidad de Trump descendió 6 puntos desde abril, ubicándose en un 36% de aprobación (LN 17/7). Si bien los medios concentrados intentan presentar ese deterioro de la popularidad del presidente como un derivado de las características particulares del magnate, cabe recordar que durante toda la campaña electoral su entonces rival Hillary Clinton no gozaba de mejor suerte.

Cerco a Rusia y China: misión imposible

Como señalamos mes tras mes, esta imposibilidad por parte de los capitales más concentrados de construir consenso sobre sus intereses -una imposibilidad que como hemos señalado ya, hoy se expresa incluso en el enfrentamiento al interior del propio bloque imperialista– exacerba su momento militar, dejando al desnudo el carácter de su dominio. Por ello, la profundización de la belicosidad imperialista es una manifestación más de su insalvable debilidad. Una debilidad que se expresa, también, en la necesaria fractura del sistema de alianzas que conlleva la exacerbación del “todos contra todos” que la agudización de la crisis impone. Analizaremos primero el incremento de la presión militar contra Rusia y China, en tanto puntas de lanza del proceso de transición en ciernes, para detenernos luego en los dos escenarios donde ambas fuerzas despliegan su estrategia: Corea del Norte y Medio Oriente.

En lo que respecta a Rusia, con ocasión de las maniobras Sea Breeze 2017, EEUU desplegaba en el Mar Negro el crucero de misiles Hue City y el destructor de misiles Carney, con un total de 800 tripulantes y efectivos de la Infantería de Marina a bordo. De las maniobras participaban también los Ejércitos y las fuerzas navales de Bélgica, Bulgaria, Canadá, Francia, Georgia, Grecia, Italia, Lituania, Moldavia, Noruega, Polonia, Portugal, el Reino Unido, Suecia, Turquía y Ucrania (RT 8/7).

Casi en simultáneo, la Alianza Atlántica iniciaba también maniobras militares en Bulgaria, con la participación de más de 25 mil militares, provenientes de 20 países. Dichos ejercicios se extendían luego hasta Hungría y Rumania (HTV 11/7). Por otro lado, el Ministerio de Defensa ruso informaba que sus aviones militares debieron despegar 14 veces en una semana para interceptar aviones espías extranjeros en su frontera (RT 23/6).

En este clima de extrema tensión, tenía lugar un incidente aéreo entre un caza F-16 de la OTAN y el avión del ministro ruso de Defensa, Serguei Shoigú. Mientras la aeronave ministerial sobrevolaba las aguas del Mar Báltico, el F-16 se acercó a la misma, obligando a intervenir a un Su-27 de la Fuerza Aérea rusa, que formaba parte de la comitiva, para “ahuyentar” al caza de la Alianza (RT 21/6).

Por su parte, ante el constante incremento de la presencia de fuerzas de la OTAN en su frontera, la cartera rusa de Defensa señalaba que Moscú cuenta con más de 30 batallones y compañías tácticas en la región occidental de Rusia, preparados para entrar en acción en caso de ser necesario (RT 21/6).

En simultáneo, el “tigre herido” –como llamaba el Comandante Hugo Chávez al decrépito imperialismo yanqui– extendía también sus garras hacia la región de Asia-Pacífico. A finales de junio, EEUU iniciaba con Australia los ejercicios conjuntos denominados Talisman Saber 2017, que involucran al Ejército, la Marina de Guerra, la Fuerza Aérea y el Cuerpo de Marines de ambos países. De la maniobra, que tenía lugar en las aguas del Pacífico, participaron también militares de Japón, Nueva Zelanda y Canadá, sumando en total unos 30 mil efectivos (RT 29/6 y HTV 10/7).

Por otro lado, las Fuerzas Armadas de la India, EEUU y Japón llevaban a cabo las maniobras navales anuales Malabar 2017 en el océano Índico, con el objetivo de afianzar la cooperación militar, con el despliegue por parte de Washington del portaviones USS Nimitz, junto a su grupo de combate y otras embarcaciones equipadas con misiles guiados: el USS Kidd, el USS Shoup, el USS Howard, y el USS Princeton (RT 10/7).

En el marco de tamaño despliegue, tenía lugar un incidente que motivaba las rotundas protestas de la parte China. El destructor yanqui USS Stethem pasó a menos de 22 km de la isla Triton en el archipiélago de las islas Paracel. Dichas islas están bajo soberanía china, y constituye uno de los territorios que Vietnam reclama como propio al Gigante Asiático. La respuesta de Pekín no se hizo esperar: tres naves militares y dos aviones de combate fueron enviados a la zona como medida de advertencia contra el buque estadounidense, exigiéndole la inmediata evacuación (LN 4/7).

A su vez, frente a estas embestidas, China y Rusia respondían profundizando su alianza estratégica. A principios de julio, el mandatario chino Xi Jinping viajaba a Moscú para reunirse con su par ruso, Vladimir Putin. En la conferencia de prensa conjunta posterior al encuentro, Jinping señalaba: “Sea cual sea la situación exterior, nuestro compromiso y confianza en el desarrollo de las relaciones ruso-chinas siguen siendo inquebrantables y constantes” (RT 4/7).

Como pasaremos a analizar respecto de los escenarios de la península de Corea y Medio Oriente, al desplazarnos en nuestro análisis de la situación político-militar internacional, desde el centro del sistema imperialista hacia las manifestaciones de esa crisis en la periferia, aparece un elemento central para comprender el desarrollo de los hechos: la constitución de un bloque de fuerzas que se dispone a enfrentar a esos grupos económicos que no pueden más que exacerbar el caos que constituye su esencia.

La impaciencia impotente de EEUU en Corea

Sin ninguna duda, uno de los escenarios en que la cooperación sino-rusa enfrenta los mayores desafíos es la península de Corea. Durante los últimos meses, el hostigamiento por parte de EEUU al heroico pueblo de la república comunista no ha hecho más que incrementarse.

Durante el mes que estamos analizando, Washington enviaba dos bombarderos B-1B con capacidad nuclear a sobrevolar la península (LN 21/6). Dando cuenta de la determinación yanqui de continuar en esa senda, durante la visita del presidente surcoreano Moon Jae-in a Washington, el presidente estadounidense Trump aseguraba: “La paciencia estratégica con el régimen de Corea del Norte fracasó. Ha fracasado por muchos años. Francamente, la paciencia se acabó” (LN 1/7).

En este marco, Pyongyang llevaba adelante una nueva prueba de misiles. En esta ocasión, se trataba de un misil intercontinental, con capacidad de alcanzar territorio estadounidense. Como era de esperarse, la Casa Blanca repudió el lanzamiento: “Estados Unidos condena firmemente el lanzamiento de un misil balístico intercontinental por Corea del Norte. La prueba de un IBCM representa una nueva escalada en la amenaza hacia Estados Unidos, nuestros socios y aliados, la región y el mundo”, manifestó el secretario de Estado yanqui, Rex Tillerson, a través de un comunicado (LN 5/7).

Ante esta nueva escalada, Rusia y China, a través de un comunicado conjunto, pedían “a todas las partes moderación y renunciar a los actos provocadores y a la retórica guerrera” (LN 5/7). Junto con esto, ambos países realizaban una propuesta para “desactivar” el conflicto. El plan ideado por Pekín y Moscú supone el reinicio de los diálogos entre las partes, sobre la base de que Corea del Norte suspenda su programa de misiles balísticos y que Estados Unidos y Corea del Sur declaren simultáneamente una moratoria sobre ejercicios de misiles a gran escala (CD 4/7).

Por otro lado, China y Rusia también desplegaban una política común en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (CSNU). Allí, tras condenar los ensayos misilísticos de Corea del Norte, insistieron en que la respuesta militar no es una opción para resolver la crisis, rechazando también el incremento de sanciones como respuesta (HTV 5/7).

Por su parte, el embajador norcoreano en India, KyeChun-yong, aseguraba que la propuesta sino rusa para resolver el conflicto contaba con el visto bueno de Pyongyang: “En ciertas circunstancias podríamos hablar de la congelación de nuestras pruebas nucleares y de misiles. Si EEUU suspende por completo de manera temporal o permanente sus ejercicios militares (con Corea del Sur), nosotros pararemos temporalmente también” (RT 21/6).

La situación descrita y la declaración por parte del embajador norcoreano en India no constituyen datos menores. Para dimensionar su contenido, resulta imprescindible tener en cuenta que el desarrollo nuclear y misilístico de Pyongyang constituye la principal arma de defensa que esta nación ha desarrollado tras decidir constituirse en un país comunista y ser literalmente arrasada por fuerzas estadounidenses en 1950, guerra e invasión que culminó con la fractura de la península. La disposición de Corea del Norte de aceptar la senda propuesta por Rusia y China para desactivar el conflicto habla a las claras de la potencialidad del eje sino ruso de enfrentar las fuerzas desbocadas del capital e intentar controlarlas. Por otro lado, estos antecedentes y su desarrollo deben ser elementos a tenerse muy en cuenta a la hora de analizar la situación venezolana, como haremos en los próximos dos artículos de este Análisis…

La impotencia imperialista en Medio Oriente

En la región de Medio Oriente, las fuerzas decrépitas del imperialismo vienen sufriendo duros reveses frente al llamado Eje de la Resistencia, conformado por Irán, Siria y la milicia libanesa Hezbola, con el firme respaldo de Rusia.

Veamos algunos datos para dimensionar el caos en que el gran capital ha sumido a la región. Según Joel Bubbers, director del British Council para Siria, la situación en la República Árabe “es la peor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. Uno de cada dos sirios está muerto o desplazado [dentro o fuera del país]… La tasa de muerte y destrucción, comparada con otras guerras, es mucho peor. En el Líbano murieron 200.000 personas en 15 años de guerra civil, y en Siria van 400.000 en seis años” (LN 18/7). Según cálculos del Banco Mundial, los 6 años de conflicto han destrozado la infraestructura del país, generando pérdidas económicas estimadas en 226 mil millones de dólares. El vicepresidente de la entidad, Hafez Ghanem, sintetizaba el cuadro: “La guerra ha hecho añicos el tejido social y económico del país” (LN 11/7).

Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, acérrimo opositor al gobierno legítimo de Al Assad y partícipe necesario de las numerosas operaciones de prensa para intentar construir consenso internacional sobre la necesidad de derrocar al mandatario sirio, en el período comprendido entre el 23 de mayo y el 23 de junio, la llamada “coalición internacional anti EIIL” encabezada por Washington batió su propio récord mensual de civiles muertos en sus operaciones, con un total de 472 asesinados (HTV 23/6).

Analizando la política yanqui en el escenario sirio, el órgano de la oligarquía vernácula, La Nación, señalaba: “El único actor sin una estrategia definida es Washington (…). Ahora bien: no ha surgido aún una doctrina clara... Según un reciente artículo publicado por el diario The Washington Post, la indefinición estadounidense responde, en parte, a la existencia de criterios diferentes entre la Casa Blanca y el Pentágono” (LN 25/6). Hemos analizado más arriba cuál es el contenido de eso que la tribuna de doctrina llama “no estrategia”. Se trata, ni más ni menos, de la expresión política y militar de la desaparición de las bases materiales del imperialismo. Dicho de otro modo, ese caos que se analiza como falta de estrategia es, en verdad, la manifestación de la esencia misma del capital, expuesta por efecto de la crisis.

La situación en Irak muestra el mismo contenido. Como nuestro lector ya sabe, desde la invasión yanqui en 2003, que acabó con el gobierno de Saddam Hussein, instalando en su lugar la lisa y llana descomposición de la sociedad, ha convertido a Irak en base de operaciones de las FFAA estadounidenses. Desde allí, las agencias de inteligencia de EEUU, Reino Unido e Israel, han desarrollado esa tropa de mercenarios bajo el ropaje de terrorismo islamista denominada EIIL.

Sumándose a la larga lista de evidencias sobre el apoyo financiero y militar que las FFAA estadounidenses brindan a los grupos terroristas que dicen combatir, en los días previos a la recuperación por parte de las fuerzas iraquíes de la ciudad de Mosul, un helicóptero de la coalición “anti” EIIL bombardeaba zonas de la ciudad donde acampaban soldados y civiles iraquíes (HTV 29/6). Quedaba claro, una vez más, cuál es la misión de EEUU en la región. 

Como pasaremos a analizar a continuación, con su propio territorio convertido en base de operaciones del Tío Sam, el pueblo y el gobierno iraquíes han desarrollado, sin embargo, una alianza con el eje Siria, Rusia e Irán, para erradicar esa verdadera fuerza de ocupación que son los grupos terroristas.

El Eje de la Resistencia en Irak y Siria

En este escenario, durante el mes que estamos analizando, las autoridades iraquíes anunciaban la liberación de la ciudad de Mosul, tras largos meses de asedio. El primer ministro iraquí, Al-Abadi, decía a su pueblo al respecto: “Hoy, Irak ha vencido el temor provocado por Daesh y su gobierno (…). Este logro es suyo, fueron ustedes los que realizaron este logro”, enfatizando también que “la coalición autoproclamada [liderada por EEUU] no desempeñó ningún papel [en la victoria]” (HTV 10/7). En el mismo sentido, el portavoz de las fuerzas armadas iraníes, el general Seyed Masud Yazayeri, analizaba las profundas implicancias de la recuperación de Mosul, al señalar: “El terrorismo violento en la región no difiere de las guerras subsidiarias de EEUU, por tanto, la derrota de los terroristas en casi todo Irak, en especial Mosul, pone de relieve la derrota de EEUU en la región y la victoria de la resistencia” (HTV 12/7).

En Siria, por su parte, las fuerzas que luchan contra el terrorismo imperialista también cosechaban importantes victorias. Las fuerzas combinadas del Ejército de Siria, la milicia libanesa Hezbolá y la aviación rusa, lograban durante el mes que estamos analizando recuperar el control de la localidad BirQasab –ubicada a 75 kilómetros de Damasco– que se encontraba  dominada por “rebeldes” respaldados por EEUU; restablecer las comunicaciones entre Palmira y Deir Al-Zur, liberando la carretera que une ambas ciudades y recuperar los últimos cuatro puntos de los altos de Golán sirios ocupados por terroristas (HTV 21, 25 y 29/6).

Estas victorias militares del llamado “Eje de la Resistencia”, son también, tal como analizábamos respecto al empantanamiento yanqui, “la continuación de la política por otros medios”. Es decir, la fuerza que logra la victoria no debe buscarse en el calibre de las armas empuñadas, sino en los intereses que empuñan dichas armas.

Como hemos señalado en otras ocasiones, la guerra en Siria ha marcado un quiebre en la correlación de fuerzas a escala mundial. Dos hitos principales signan dicho quiebre. En septiembre del 2015, tras 4 años de intervención bajo la forma de terrorismo extremista en Siria, el gobierno de dicho país, junto con Irak, Irán y Rusia conformaban un Centro de Intercambio de Información en la ciudad iraquí de Bagdad, con el objetivo de coordinar esfuerzos en la lucha antiterrorista (RT 26/9/2015). Decíamos en aquel momento:

El hecho permite observar cómo avanza el proceso de toma de conciencia respecto a quién es el enemigo común en la región y la necesidad de superar las contradicciones existentes al interior de los países de Medio Oriente y de éstos entre sí para derrotarlo (…). Es sobre la base de la conformación de este frente común contra el terrorismo (imperialismo) que hacia finales de mes Rusia lanzaba su programa de ataques aéreos a las posiciones del EIIL en Siria. De esta manera, el ‘Eje de la Resistencia’ pasaba a la ofensiva, a través de un plan propio para derrotar al terrorismo, asentado en los principios de respeto de la soberanía nacional y las normativas internacionales, ya que el propio gobierno sirio es quien solicita y avala los bombardeos en su territorio (RT 30/9/2015)” (Análisis de Coyuntura, Octubre de 2015).

Un año más tarde, ese Eje de la Resistencia que veíamos pasar a la ofensiva, quebraba de forma definitiva la estrategia imperialista en Siria, con la reconquista de la ciudad de Alepo. El miembro de la CIA Paul Pillar sintetizaba para Reuters las implicancias del hecho: “La caída de Alepo oriental hará que EEUU asuma la realidad: la esperanza de que la oposición moderada se convierta en el futuro Gobierno sirio sigue aminorándose” (HTV 8/12/2016).

El contenido de los avances de las fuerzas que luchan contra el terrorismo extremista financiado y dirigido por los capitales anglo-yanquis es entonces la toma de conciencia de las masas de los países de la región respecto de quién es el enemigo al que se enfrentan. Dicha “conciencia” se vuelve observable en la organización que esas fuerzas se dan para emprender la batalla. Al respecto, resulta significativo el papel que vienen desempeñando las milicias populares, tanto en los campos de batalla de Siria como de Irak.

En ese sentido, el portal de noticias de la milicia libanesa Hezbola, Almanar, señalaba el papel desempeñado por la Brigada de los Fatemiyun, de origen afgano, destacando que ellos jugaron un papel fundamental en la liberación de Alepo y las localidades situadas en la periferia de esta ciudad. “Estos soldados han sido entrenados desde 2014 por oficiales del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y de Hezbolá. Es un cuerpo compuesto por un número comprendido entre 8.000 y 14.000 hombres, algunos de los cuales conducen tanques y usan armas de francotirador. Ellos se concentran en Damasco y Alepo, pero también están activos en los frentes de combate de Hama, Homs y Deir Ezzor” (Almanar 6/7).

Por otro lado, en territorio iraquí, las Fuerzas de Movilización Popular de Iraq se han convertido en el principal aliado del ejército en su lucha contra el EIIL. Esta coalición de milicias populares, en sus orígenes compuesta exclusivamente por chiítas, recibe apoyo y entrenamiento por parte del Cuerpo de Guardianes de la Revolución de Irán así como de la milicia libanesa Hezbolá. Sin embargo, el desarrollo del conflicto llevó a que se incorporen en sus filas iraquíes sunnitas. Según el líder de la organización, Falah al Fayad, a finales de 2016 se contaban entre 40 mil y 50 mil sunníes entre los milicianos (Almanar 10/11/2016).

Como vemos, entonces, en la lucha de los pueblos de Medio Oriente contra la intervención extranjera bajo la forma de “extremismo islamista”, mucho es lo que la experiencia de la anti imperialista República Islámica de Irán tiene para aportar. Por ello, el destinatario final de la embestida yanqui en la región no es otro que la nación que allá por el año 1979 volteó el gobierno pro imperialista del sha, abriendo el camino de la autodeterminación. En este sentido, el director de la CIA, Mike Pompeo daba cuenta del verdadero enemigo del imperialismo en la región: “La República Islámica de Irán es un poderoso Estado-nación (…) y su fuerza e influencia ha aumentando notablemente sobre todo en los últimos años (…) Teherán claramente aspira a ser el poder hegemónico en la región, y aunque actualmente estamos enfocados en destruir EIIL, Irán presenta nuestro mayor desafío a largo plazo” (HTV 12/7).

Recordemos que, durante el mes de mayo, el presidente estadounidense Donald Trump viajaba a Arabia Saudita para participar de una cumbre junto a sus aliados árabes en la región, donde instaba a “todas las naciones conscientes a trabajar juntas con el fin de aislar” a la República Islámica (RT 25/5). Tal como analizábamos en nuestro número anterior, dicho “trabajo conjunto” daba sus primeros frutos con la ruptura de los vínculos diplomáticos con Qatar por parte Arabia Saudita, Barhein, Egipto y Emiratos Árabes Unidos, acusando a Doha de financiar el terrorismo. A los ojos de los mencionados países árabes, el principal vínculo de Qatar con el terrorismo lo constituye su decisión de mantener relaciones diplomáticas con Irán. En palabras del columnista internacional del diario Clarín, Marcelo Cantelmi, quien difícilmente pueda ser tildado de “pro-iraní”, la “insólita crisis armada con Qatar, inventada con argumentos falsos sobre el financiamiento por parte de ese emirato al terrorismo” no es más que “una construcción diseñada por EEUU y sus aliados árabes para agravar el aislamiento de Irán, desbaratar el deshielo con la potencia persa y debilitar su gobierno moderado aliado de la corona qatarí” (CL 7/7).

Claro que, como se ha hecho casi uso y costumbre en los últimos tiempos, los intentos de aislar a sus enemigos (en este caso, a Irán, como señala Cantelmi), redundan en el desgranamiento de la fuerza propia y el engrosamiento de aquellos a quienes se pretende debilitar. Qatar no sólo desiste de romper lazos con Irán, sino que ante el bloqueo diplomático impuesto por sus ex aliados árabes, mostraba su disposición a estrechar los vínculos con Rusia, al anunciar su decisión de simplificar los visados para que ciudadanos de ese país ingresen a territorio qatarí (HTV 24/6).

Es este cambio en la correlación de fuerzas que acabamos de analizar lo que ha permitido al eje Rusia e Irán, sentar en la mesa de diálogo a distintas facciones de la oposición siria para negociar con el gobierno de Al Assad. Fruto de dichos diálogos, que vienen desarrollándose en la capital de Kazajstán, con la participación de Turquía, se implementaban en mayo de este año cuatro zonas de “distensión” en Siria: en el norte cerca de Idlib, al norte de Homs, la mayor parte de Guta del Este y el suroeste de Siria. Durante el mes que estamos analizando, tras la reunión bilateral entre el presidente ruso Putin y su homólogo estadounidense Trump, se ponía en funcionamiento la última de estas 4 zonas (RT 9/7).

En este escenario, tras reunirse con Putin, el presidente francés Emmanuel Macron aseguraba que la salida de Al Assad no constituye una condición previa a la resolución de la crisis que desangra Siria (HTV 21/6). En la misma línea, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Sigmar Gabriel, aseguraba en una rueda de prensa con su homólogo ruso, Serguei Lavrov: “Debemos hablar con este régimen para resolver el conflicto. También sabemos que el futuro de Al-Asad y de su Gobierno solo puede resolverse en el transcurso de tales negociaciones”. En ese sentido, también destacó la voluntad del gobierno sirio de dialogar con sus adversarios (HTV 29/6).

Estas afirmaciones en boca de altos funcionarios de Alemania y Francia son más que elocuentes. Que dos potencias imperialistas reconozcan que no pueden imponer determinada salida a un país del tercer mundo, tras seis años de guerra, muestra de forma palmaria ese cambio en la correlación de fuerzas que acabamos de analizar.

La imposibilidad de los grupos económicos de continuar la “balcanización” de Medio Oriente, lejos de desalentar la escalada bélica, no hace más que incrementarla. Esta afirmación, que los hechos analizados mes tras mes no hacen más que corroborar, supone entonces que no basta simplemente con “contener” militarmente a las fuerzas desbocadas del capital. No se trata de “demostrarle” a esos monopolios que no ha de permitírseles imponer el caos, y esperar que éstos comprendan la lección y se sienten a ver como su dominio se convierte en pasado. Sucede que ese caos que siembran por doquier no es una política posible, que esos capitales pueden cambiar por otra ante los constantes fracasos. Es la manifestación cruda y dura de su esencia, el cénit de las contradicciones contenidas en la historia de la humanidad.

Acabar con el caos supone, entonces, acabar con el imperialismo, en tanto ese caos no es más que la consecuencia necesaria de un mundo organizado bajo la égida del capital. Por esta razón, debemos presurosamente pasar a analizar la región y particularmente el país donde, por estos meses agitados, se encuentra quizá el epicentro de la lucha de la humanidad por convertir en pasado “el reino del todavía” y sentar las bases definitivas de una nueva sociedad. Veamos entonces cómo se desarrollaban los acontecimientos en Nuestra América y particularmente en Nuestra Venezuela.



[ << Volver a la primera plana ]