Revista Mensual | Número: Octubre de 2017
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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Sin Imperio

No hay pulso
Un gigante con pies de barro
NAFTA al fuego
Acechando al trabajo en ambas márgenes del atlántico
El sol sale por el este


Sumergido en su crisis terminal,
el capital avanza con violencia contra el trabajo en el corazón del imperio

Sin Imperio

Sos verdugo de tu muerte,
y has corrido igual suerte
el momento negro de elegir
entre vivir o morir.
Esclavo de tu fracasos
tus errores o es que acaso, has olvidado?
que el culpable eres tu y solamente tu, yeah!

(Imperio)


No hay pulso

Como venimos analizando mes tras mes, desde el colapso financiero global de 2008 el pulso de la economía mundial no logra revivir. Sin embargo, detrás de la magra perspectiva de crecimiento mundial del Fondo Monetario Internacional (FMI) para 2017, de apenas 3,5%, se albergan disparidades tan grandes como el 7,2% de crecimiento previsto para India, o el 6,6% para China, que contrastan con el 2% de EEUU, el 1,7% para la Unión Europea (UE) o el 1,2% para Japón. Estos desequilibrios a escala global exponen con claridad dónde persiste el núcleo de la crisis: el bloque EEUU-UE-Japón no logra despegar y, particularmente, la economía norteamericana –la más grande del mundo– se ubica por debajo del crecimiento medio, continuando la tendencia de 2016, año en el que creció sólo 1,6%, tocando su piso más bajo desde 2011 (CR 17/3).

En este sentido, durante septiembre se conocía que la tasa de crecimiento potencial de los países centrales se redujo a menos de la mitad de lo estimado por los mercados. Es decir, que del 2% anual logrado entre 2009-2010 (años de plena crisis), esta proyección pasó a menos del 1% por año para el período 2011-2016 (años de supuesta recuperación). Peor aún, las cifras muestran nuevamente que para EEUU la tendencia hacia la baja persistirá, proyectándose una caída por debajo del 0,5% por año para el 2025 (CL 3/9). Según Jorge Castro, analista internacional del conglomerado argentino Clarín, esta abrupta caída del crecimiento potencial se explica por “el debilitamiento de la productividad de todos los factores (PTF), que se ha reducido a 0,5% anual en este período (en EE.UU. cayó a 0,2% por año en 2016)” (CL 3/9).

Empujados por la necesidad de sobrevivir en el marco de la competencia, los monopolios han impulsado incesantemente el desarrollo tecnológico transformando los medios de producción, como forma de reducir los costos y maximizar sus ganancias a partir del aumento de la productividad, es decir, logrando que el trabajador produzca más en la misma jornada laboral. Ese desarrollo conlleva también, necesariamente, al desalojo del proceso de producción de importantes masas de trabajadores y trabajadoras a lo ancho y a lo largo del globo, en tanto la incorporación de tecnología aplicada a la producción –y controlada por el capital– tiende a reemplazar mano de obra por máquinas/robots, reduciéndose así aún más los “costos laborales”.

Pero sucede también que, para reproducirse en la competencia del mercado, cada capital debe acumularse en forma ampliada a partir de la apropiación del valor creado por la fuerza de trabajo, convirtiéndolo en ganancia a partir de la venta de las mercancías producidas. Por lo tanto, si no hay trabajadores que generen valor –y este es estrictamente fruto de la acción humana porque el robot se desgasta igual que cualquier máquina, transfiriendo su costo de producción pero sin agregar nuevo valor–, no hay valor nuevo que se produzca. Si no hay nuevo valor, tampoco hay ganancias que puedan acumularse y el capital no logra reproducirse.

Hete aquí el núcleo de la crisis, que el capital no ha podido –ni puede– resolver, resultado de su propia lógica, agudizándose aún más esta tendencia durante los últimos 15 años a partir de la “Industria 4.0” o las tecnologías hi-tech. Este núcleo de industrias de alta tecnología es quién hoy concentra y controla el flujo de la información de los procesos productivos y de distribución desplegados a escala global, es decir, detentan el poder de la big-data o inteligencia de datos de gran escala que contiene el conocimiento estratégico sobre la producción y los mercados.

El salto en la productividad de los países centrales se traba entonces por tres cuestiones centrales:

-En primer lugar, un puñado cada vez más pequeño de capitales es el que está en condiciones de continuar acumulando en la medida que tiene las condiciones de sostener una avanzada en materia de investigación y desarrollo de nuevas tecnologías, es decir, la concentración y centralización del capital se profundiza en la medida en que la competencia entre monopolios agudiza la lucha por lograr “el siguiente salto tecnológico”.

-En segundo lugar, en la medida en que incorpora tecnología a la producción desplaza y reemplaza su única fuente de producción de valor, el trabajador, por lo cual a medida que se tecnifica es menor la proporción de fuerza de trabajo de la cual poder extraer valor y por lo tanto incrementar su productividad.

-En tercer lugar, y no menos importante, para poder avanzar en un nuevo salto en la productividad, el capital monopolista necesita barrer con derechos y leyes que los trabajadores del mundo conquistaron tras siglos de lucha, para profundizar el grado de explotación en momentos en donde el achicamiento de la producción de valor se acelera. Como veremos más adelante la lucha de clases se precipita en tanto ingentes masas de trabajadores toman conciencia de dicho proceso –aunque aún sin plan propio–, negándose a entregar mansamente los derecho adquiridos, como expresa el enfrentamiento en Francia ante el intento de reforma laboral aplicado por el gobierno de Macron.

Un gigante con pies de barro

Como anticipábamos, la crisis se siente con particular crudeza en el corazón del imperialismo: EEUU. El debilitamiento de la economía norteamericana es palpable tanto en su escueto crecimiento global como en su industria que durante agosto bajó 0,9%, lo que significó su mayor caída desde mayo de 2009. De igual forma, las ventas minoristas disminuyeron 0,2% (LN 16/9). El impacto es directo en el deterioro del dólar que cayó un 6,5%, desde marzo a esta parte, frente a una amplia canasta de monedas como analizáramos el mes pasado (LN 16/9).

Sin embargo, durante el mes de septiembre, la noticia central fue la autorización del gobierno de Trump al Tesoro norteamericano de subir el límite de endeudamiento llegando a los 20 billones (millones de millones) de dólares por primera vez en la historia de este país, superando los 19,94 billones fijado en 2016 y alcanzados en marzo de 2017 (RT 12/9).

La deuda estatal de EEUU registró un valor superior a 20,16 billones de dólares, una cantidad que equivale a 62.000 dólares por habitante o 167.000 dólares por contribuyente. Peor aún, la Oficina de Presupuesto del Congreso pronosticó que la deuda aumentará de manera pronunciada en los próximos 30 años, hasta alcanzar el 150% del PIB en 2047 (RT 12/9).

El endeudamiento del Gobierno federal de EEUU se puede dividir en dos grandes bloques: la deuda pública y la deuda doméstica. La deuda pública asciende ya a 14 billones, siendo China el mayor poseedor de bonos estadounidenses, con un caudal total que alcanza los 1,166 billones de dólares (XH 19/9). En cuanto a la deuda doméstica se compone de valores adquiridos por otros órganos federales y promedia los 5,6 billones de dólares (RT 12/9).

En los números de la deuda yanqui podemos leer nítidamente cómo las fracciones de capital que no encuentran posibilidades de reproducirse en la producción, en tanto la menor producción de valor reduce las ganancias potenciales, acuden a la especulación financiera para buscar réditos altos y rápidos a costa de su altísimo riesgo, como mostró el estallido de 2008. Que Washington duplique su deuda en 8 años (en 2008 se encontraba en 10,9 billones) y continúe incrementándola aceleradamente muestra que la lógica del capital de libre competencia está herida de muerte, en tanto parece ser la emisión monetaria descontrolada sin ningún tipo de respaldo real la única que pueden garantizar números aparentemente “positivos” a los privados, sosteniendo el consumo de las grandes masas desplazadas vía crédito.

Según el informe del Banco de Basilea que oficia de “banco central” de los bancos centrales de las principales economías mundiales, el porcentaje de lo que se denomina “Empresas Zombie” –cuyos ingresos resultan insuficientes para mantenerse vivas– pasó de 5% en 2007 a 10,5% en 2015. Es decir, que durante el período en el que, en teoría, estas economías debían estar recuperándose de la recesión de 2008/09 (CR 30/8), la emergencia de empresas inviables se duplicó y subsisten a costa de los créditos baratos y de alto riego que desataron los bancos centrales por medio de tasas cercanas a cero y la enorme emisión de dólares y euros.

NAFTA al fuego

Como analizamos los últimos meses, esta decadencia norteamericana tiene también su expresión en la imposibilidad del gobierno de Trump de sostener acuerdos globales como el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, violando incluso toda la normativa internacional establecida hasta aquí precisamente bajo su dominio, desnudándose la imposibilidad de alcanzar “consensos”. En otras palabras, se trata del fin de la “gobernanza mundial” estadounidense impuesta pos segunda guerra mundial. El problema central para ello es que las bases estructurales sobre las cuales EEUU pudo condicionar al resto del mundo hoy ya no existen, simplemente porque hoy ya no hay valor/riqueza que repartir a los “socios”.

Es por ello que la nueva política de aislamiento del gobierno norteamericano cosechó amplios rechazos al interior y exterior de EEUU. No sólo sus pares europeos manifestaron su desacuerdo frente al desplante yanqui en la cumbre del G-7 y del G-20, sino que muchos estados federados, como California, se negaron a cumplir con los designios del presidente e incluso plantearon que mantendrían los compromisos externos asumidos aun a pesar de Trump.

En este sentido, durante septiembre, se desplegó un nuevo capítulo de este creciente aislamiento que propugna Trump, en ocasión de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) –que integran EEUU, Canadá y México. Al respecto, el presidente norteamericano, no dudaba en sentenciar: “No creo que podamos llegar a un acuerdo. Con lo cual, creo que probablemente acabaremos con el NAFTA en algún momento” (RT 23/8).

El apremio norteamericano respecto de la renegociación del NAFTA, que entró en vigencia el 1ro de enero de 1994, se vincula centralmente: al déficit comercial norteamericano con Canadá, sumado al desplazamiento de miles puestos de trabajo que migraron hacia el sur del rio Bravo ante la diferencia en el costo laboral en México –producto del bajo pago de las hora hombre de trabajo que realizan las multinacionales en la nación azteca–, y a equilibrar las porciones de mercados que se distribuyen los monopolios de origen norteamericano al interior de sus fronteras.

Es decir que mediante la actualización de un acuerdo económico, firmado hace 23 años, el gobierno de EEUU pretende revertir las “ventajas” acordadas con sus históricos socios del hemisferio norte, que implicaba obtener mercancías baratas provenientes de sus vecinos para abastecer el amplio mercado interno norteamericano. El beneficio era mutuo en la medida que los monopolios trasladaban su producción al otro lado de la frontera donde los costos de producción –fundamentalmente el costo laboral– eran mucho menores y aseguraban sus ganancias al poder abastecer con esa producción el pujante mercado norteamericano, que fluían entre las reducidas o nulas barreras arancelarias entre los países miembro del acuerdo. El acuerdo podía subsistir en la medida que la bicicleta financiera se sostuviera in-eternum y las familias norteamericanas continuaran endeudándose por varias generaciones.

Pero tras el colapso de 2008, la enorme desocupación posterior y la consiguiente reducción del consumo –así como los insostenibles niveles de endeudamiento– desmoronaron la capacidad de absorción del mercado norteamericano y, por ende, la posibilidad que los monopolios continúen expoliando las precarias condiciones laborales de sus vecinos. Tampoco, por lo tanto, pueden sostenerse los beneficios arancelarios que permiten el ingreso de mercancías altamente competitivas en relación a la producción local yanqui.

Como contraparte los oficiales negociadores de México y Canadá, veían el acuerdo en discusión “como un éxito que solo necesita revisiones moderadas para mantenerse al día con las economías cambiantes” (RT 27/8). Es claro que los gobiernos de estos dos países buscan seguir garantizándole a sus trabajadores y sectores empresariales nacionales, en el caso de México, y a los pulpos globales, en el de Canadá, participación en las riquezas producidas en el bloque geográfico de América del Norte.

Pero las amenazas de Trump de retirarse por completo del acuerdo encontraron resistencias no solo de sus vecinos sino también del lobby interno yanqui encabezado por la industria energética con las empresas hi-tech al frente (recordemos que un grupo de 29 estados de la federación, liderados por California, anuncio que no se saldría del acuerdo climático, firmado en Paris en 2015, por contener/controlar los elementos técnicos más desarrollados en materia de industria verde). El 23 de agosto pasado, los jefes ejecutivos de las tres mayores asociaciones empresariales estadounidenses escribieron una carta pública a Robert Lighthizer, representante de Comercio de Estados Unidos, advirtiéndole contra los intentos de eliminar o debilitar las disposiciones del NAFTA sobre el arbitraje de inversionistas. Estas permiten que los inversores demanden a los gobiernos y fueron invocadas 59 veces bajo el NAFTA (TE 2/9). Como analizáramos el mes pasado, también el conglomerado norteamericano de la alimentación, Cargill, se posicionó abiertamente en contra de reformular el NAFTA.


Acechando al trabajo en ambas márgenes del atlántico

Este raquítico crecimiento global y la tendencia decreciente en su tasa potencial no son exclusivas del mercado estadounidense. Como hemos analizado en otras ocasiones, la situación al otro lado del Atlántico no dista mucho de las precarias condiciones de “crecimiento” que muestra EEUU. Hemos visto en Análisis… anteriores cómo a la salida de la crisis de 2008, los principales perjudicados fueron los trabajadores norteamericanos en la medida que la enorme desocupación fue acompañada por ejecuciones de desalojo masivo ante la imposibilidad de pagar los créditos hipotecarios, así como altos niveles de pobreza que se expresaban en la gran masa de norteamericanos que subsistían/subsisten a base de cupones para alimentos provistos por el Estado. Pues bien, para los años 2010-2011 cuando EEUU auguró su recuperación y la salida de la recesión, las condiciones del mercado de trabajado norteamericano habían cambiado drásticamente, los empleos reaparecían pero con una reducción del 50% o más del salario por hora de trabajo, siendo el caso de General Motors o Ford localizadas en Detroit los más sintomático pasando de un salario promedio de U$S 70-75 por hora a obtener hoy un promedio de U$S 33 al mejor pago.

Este proceso de profunda flexibilización y precarización laboral desarrollado en EEUU, solapada bajo las consecuencias de la “crisis”, responden a la necesidad del capital de incrementar la productividad en un momento en que la reducción de valor nuevo producido se acelera –como anticipamos más arriba– a costa de derribar las conquistas históricas del movimiento obrero europeo y norteamericano –y latinoamericano también, como veremos en el tercer artículo de esta publicación.

En Europa igual explicación encuentran las medidas económicas tomadas por el gobierno del Partido Popular en España y la reciente flexibilización laboral encarada por Macron en Francia, que no son otra cosa que la aplicación a rajatabla de la hoja de ruta diseñadas por la burguesía alemana y adoptada entre 2002-2005 durante el gobierno del canciller socialdemócrata Gerhard Schroeder, para imponer condiciones de competitividad en el mercado común europeo.

De acuerdo al instituto estadístico oficial Destatis, la productividad de la industria teutona encierra una tasa de desempleo que llega al 5,7% de la población activa, junto a 7,6 millones de trabajadores precarios –una de las tasas más elevadas de la Unión Europea– al mismo tiempo que el 45% de las contrataciones realizadas en 2016 fueron de corta duración (LN 23/9). Este tipo de empleos escapan al perímetro de influencia de los sindicatos y tampoco gozan de los beneficios de las convenciones colectivas, como los aumentos salariales. Los mini-jobs germanos representan ingresos para unos 2,5 millones de personas que sobreviven gracias a estos “contratos de actividad reducida” (menos de 12 horas semanales) pagados 8,84 euros por hora y limitados a 450 euros por mes. “Las reformas de los últimos 15 años condujeron a fortalecer Alemania económicamente. El tercio superior de la sociedad disfruta con creces de los beneficios. El tercio medio también, gracias al escaso desempleo. Pero el tercio inferior no sólo percibe magros ingresos y pensiones; también debe pagar mayores alquileres porque el corazón de las ciudades se encarece cada vez más. Sólo basta observar el número de menores pobres en una ciudad pujante como Fráncfort (30%) (LN 23/9), señalaba Philip Stielow, vocero de la VDK la mayor obra social del país.

Según el gobierno federal, la tasa de pobreza aumentó seis puntos entre los jóvenes nacidos en los años 80, en relación a la década anterior. Hoy, el 14,7% de los chicos alemanes vive bajo el umbral de pobreza. Estos índices no impiden que la canciller Ángela Merkel defienda su política económica al plantear que Alemania “es un motor de crecimiento luego de ser el enfermo de Europa” (DW 5/9). Queda de manifiesto entonces que uno de los “ganadores de la globalización”, como lo nombrara el analista Jorge Castro en el matutino Clarín, sentó condiciones de triunfo sobre la derrota de los sectores obreros y populares. Alemania se convirtió en un Estado envidiado por muchos en el mundo como resultado de un contrato social que ofreció a los dirigentes de los trabajadores asientos en los consejos de administración de grandes empresas y, al movimiento obrero un escudo de protección ante el irrefrenable agotamiento del tiempo de trabajo socialmente valido que vive el conjunto del capital. Quince años después este acuerdo parece resquebrajarse también al interior de la locomotora europea. La incesante modernización de los medios de producción más desarrollados que ostenta la industria alemana, centralmente en las empresas automotrices que emplean 880 mil trabajadores, no solo desplazó mano de obra a condiciones de informalidad que rozan la supervivencia sino que anida un tercio de familias que cayeron directamente a la pobreza o indigencia.

La supremacía alemana sobre las fracciones de la burguesía que se domicilian en otras economías europeas, a partir de sus mejores condiciones de productividad y competitividad, obliga a los líderes de los países vecinos que responden a los intereses del gran capital a llevar adelante el modelo alemán de crecimiento a costa de perder aún más competitividad.

Pero la crudeza de las condiciones que se imponen desde Alemania a sus vecinos, con promesas de “crecimiento” de aplicar sus recetas, fueron desestimadas sintéticamente por el ex ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis quién advertía sobre la precaria situación económica de Alemania y su papel en Europa: “Los griegos están pagando caro por haberse engañado con una falsa sensación de seguridad. Y los alemanes viven hoy bajo la misma ilusión (…) los ahorros amontonados por las empresas, los hogares privados y los bancos en Fráncfort que ya no saben dónde guardar el dinero que fluye de otros países europeos. Hasta el presupuesto del gobierno registra un superávit. Pero estos excedentes son un signo de debilidad, no de fuerza (…). Un superávit de casi el 10% de la balanza por cuenta corriente significa que la nación tiene que tomar sus ahorros y enviarlos al extranjero para invertirlos en países deficitarios. ¿Suena eso prudente, sobre todo cuando el capital alemán crea en el extranjero burbujas que revientan, tal como pasó en Grecia y España?" (DW 12/9).

El argumento es trasparente: el proceso de acumulación capitalista, pos caída del muro de Berlín, derivó en una brutal concentración de riquezas en manos de las fracciones del capital que se radican o tienen origen en el país hoy gobernado por Merkel producto de la apropiación de valor producido en el resto de Europa y en las industrias menos competitivas de la misma Alemania. La concentración en el mercado interno alemán no encuentra forma de seguir acumulando bienes y necesita volver a expoliar de valor a los trabajadores de los países pobres. De esta manera vuelve a alojarse en las economías periféricas de la zona euro vía especulación y en forma de otorgamiento de créditos para consumo. A eso llaman burbuja. Eso ya explotó hace 10 años y hoy se encuentra “inflada” en un 100%.

Empeorando el panorama, el propio Deutsche Bank, en un informe de investigación publicado el mes pasado, advertía que para 2025 la tendencia de crecimiento en Alemania parece reducirse a solo el 0,75%: “La robusta recuperación cíclica está enmascarando la creciente erosión del crecimiento”, sentenció (DW 12/9). Es decir, que el “motor europeo” tenderá a apagarse en igual medida que su par norteamericano, en tan sólo ocho años…

Esta es la vía que parece seguir la “renacida” economía de España, exhibiendo índices de crecimiento sobre la base del alza de las exportaciones que se ubican en torno del 8,5% anual, en los últimos 6 años, y un auge de la inversión del 5% anual en igual período. La península ibérica creció 3,5% anual en 2015 y una tasa similar en 2016, el doble de la expansión de la Zona Euro que fue de 1,7% por año. Estos números posicionaron a la producción española como la más competitiva de Europa, junto con la alemana (CL 27/8).

Pero estos indicadores encierran la particularidad de que desde 2013 los costos laborales cayeron un 35% por unidad de producto; lo que posibilitó que la productividad de la industria manufacturera se equiparara a la alemana y, al menos este año, se muestre superior en un 2,5% (CL 27/8). El rejuvenecido mercado español está sostenido, por un lado, sobre la base de una mejora en la productividad de sus medios de vida y, por el otro, en una reducción de más de un tercio en la participación de los trabajadores en la distribución de la riqueza que se produce. La fórmula del éxito tiene como esencia la incorporación inevitable de nuevas tecnologías en los núcleos productivos, que suplantan a mujeres y hombres trabajadores de sus puestos de trabajo (3.382.324 desocupados según datos publicados por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, XH 5/9), y que, mediante coerción tácita, achatan los salarios de los trabajadores ocupados. Una vez más el círculo, en la lógica de reproducción capitalista, es macabro y la foto feliz del crecimiento tiene una marca de agua como película con final trágico.

El costado de apropiación de las riquezas por parte de los núcleos del poder capitalista también cumple a rajatabla las leyes del gran capital. El gobierno de Mariano Rajoy transformó el flujo de capitales líquidos del exterior en inversión extranjera directa (IED); y hoy el stock asciende a US$ 634.539 millones, 42,7% del PBI, y es responsable de 42% de las exportaciones (CL 27/8). Según cifras del Ministerio de Hacienda, 0,4% de los españoles concentran casi la mitad del PBI. Hace diez años, fueron poco más de 233 personas las que declararon al fisco tener un patrimonio neto superior a los 30 millones de euros. Un lustro después, en 2015, la cifra aumentó hasta las 549 personas. Los casi 17.000 contribuyentes de Madrid que declararon el impuesto de patrimonio en 2015, aportaron cero euros al fisco, gracias a una “bonificación” del 100% decretada por el Gobierno regional (RT 7/9).

Esto muestra que la mejora en la producción del mercado español es acumulada por las transnacionales que controlan, a su favor, las fuerzas productivas de punta y así expolian de riquezas al pueblo ibérico, principalmente a sus trabajadores, y concentran en cada vez menos manos españolas las migajas de rentabilidad que se producen.

Con esta impronta en sus vecinos y, en busca de no perder competitividad al interior de la Unión Europea (UE), el gobierno francés presentó y luego decretó la reforma del Código Laboral, principal promesa de campaña del presidente Emmanuel Macron. El decreto presidencial fue resultado de la imposibilidad de consensuar entre el Parlamento y las organizaciones de trabajadores una ley en la que se flexibilizarán las condiciones de despidos, se limitará el poder de los sindicatos y se crearán nuevas formas de representación de las obreras y los obreros (LN, CR y DW 1/9).

El nivel de precariedad es enorme; por ejemplo, en el futuro los obreros –incluso con contratos indefinidos– podrían ser despedidos más fácilmente debido a que las empresas no tendrán que probar razones comerciales, como pérdidas sostenidas. Habrá un tope del monto de indemnización por despidos injustificados: un tribunal de trabajo podrá otorgar un máximo de diez salarios mensuales a un empleado que haya trabajado durante diez años en una empresa. Los que sean despedidos después de dos años reciben un máximo de tres salarios mensuales. Después de treinta años de trabajo, habrá como máximo 20 salarios mensuales. Si el empleador despide a una persona, por falta de competitividad de la empresa, esta puede elegir entre una cláusula de protección o una compensación. El pago de la indemnización por despido es de 0,5 salarios mensuales por cada año de empleo. El límite máximo para los pagos de indemnización es de 12 salarios mensuales. A partir de los 50 años aumenta la prima por despido, tras 15 años de empleo, a 15 meses de remuneración, o 18 remuneraciones mensuales a partir de los 55, a los 20 años de empleo (DW 22/9).

Es decir que, luego de veinte años de empleo, los trabajadores recibirán como máximo una compensación equivalente a 1 año y medio de su trabajo! Desde ya la reforma laboral gala consiguió respaldo en la OCDE (DW 14/9).

El fundamento de Macron para impulsar tremenda flexibilización radica en que “Francia es la única gran economía de la UE que no consigue vencer el desempleo desde hace 30 años (LN 1/9). La tasa de desempleo en Francia es de 9,2% de la población activa, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos (Insee), muy superior a la de Alemania (alrededor de 3,8%) y la de Gran Bretaña (cerca de 4,4%), según Eurostat.

Es decir, que la única salida para mitigar el desempleo, que genera el capital vía control de la aplicación de tecnología al trabajo, es profundizar las condiciones de explotación del trabajador que permitan emplearlo y despedirlo de acuerdo a las “necesidades del mercado”, sin necesidad de respetar las mínimas condiciones de subsistencia de esos trabajadores. Una fórmula que en Alemania ha mostrado el incremento abismal de la pobreza, aparece hoy maquillada bajo el “éxito” español o el futuro de Francia.

Frente a tremenda embestida del capital el movimiento obrero europeo se encuentra paralizado recuperando herramientas históricas de lucha (como grandes y masivas huelgas) pero que hoy no logran revertir la situación, ni siquiera agitar a los personeros del capital…

El sol sale por el este

Como contraparte, de acuerdo a los índices dados a conocer, el bloque BRICS aparece cada día más firme en construir bases sólidas de acuerdos económicos, pero fundamentalmente consensos políticos de largo alcance. Durante la última década, como mencionamos anteriormente, el crecimiento económico mundial fue de 2% y proyectándose a la baja, mientras que el grupo BRICS logró durante ese lapso una media de 5,1%. Hace diez años, el peso de éste en la economía mundial era del 12%, y actualmente representa el 23% de la producción global además de representar el 44% de la población mundial (XH 1/9 y 4/9).

Esta perspectiva de crecimiento y peso objetivo en la economía global puso en el centro de la escena la IX Cumbre BRICS realizada en Pekin durante septiembre. Durante la misma, el mandatario ruso Vladimir Putin destacó que “los cinco países integrantes de esa alianza han reforzado de forma significativa sus posiciones en el mundo, a la vez que han logrado hacer un avance serio en áreas claves de cooperación: política, económica y humanitaria (RT 31/8). Putin puso de relieve el hecho de que la cooperación del grupo internacional se basa en los principios de “igualdad, respeto y consideración de las opiniones en pos de formar un orden mundial multipolar y justo de crear posibilidades iguales para el desarrollo de todos los países (RT 31/8).

A su vez el presidente de China, Xi Jinping, reclamó a los demás países del bloque promover reformas estructurales e identificar nuevos motores de crecimiento en sus economías (CR 4/9), poniéndose como ejemplo, en tanto en los últimos diez años China hizo 1.500 reformas y su PBI creció 299% (CR 4/9). Xi abogó por fomentar la cooperación comercial en el bloque “aprovechando su máximo potencial”, y anunció que Pekín lanzará un programa de unos 76 millones de dólares para apoyar la cooperación económica de las cinco naciones (HTV 4/9). Como correlato a las declaraciones y hoja de ruta de la cumbre gubernamental, el mandatario chino en su discurso en la ceremonia de apertura del Foro Empresarial de los BRICS, aseveró que: “China ha ido haciendo una contribución cada vez mayor a la economía regional y global en los últimos 10 años, al tiempo que su propio desarrollo se ha situado en una vía rápida (XH 4/9). Un ejemplo de ello lo muestra el incremento del volumen total de exportaciones e importaciones de bienes en un 73% (XH 4/9).

En este sentido, los hechos muestran que las políticas de crecimiento basada en la cooperación, complementariedad e integración que proponen las economías BRICS intentan no sólo controlar el caos de la anárquica producción asentada en la libre competencia sino que han posibilitado a la inversión capitalista una tasa de retorno que no encuentran en otras partes del globo pero subordinadas a las condiciones de la planificación. En la pugna por encauzar los destrozos a los que somete a la humanidad la forma de producción capitalista, la concurrencia BRICS se opone a las barreras proteccionistas, comprendiendo que la socialización de la producción mundial es irreversible; que el carácter mundial de la producción de valor/riqueza, a partir de la expansión de los medios de producción en el proceso de trasnacionalización durante los 70 y globalización desde la década del 90, choca de frente con el dique de contención que ahora, y en plena decadencia, pretenden construir el bloque imperialista con EEUU a la cabeza.

Por otra parte, el desarrollo de las fuerzas productivas, producto del trabajo y del conocimiento desarrollado por el conjunto de la humanidad, puesto en función de resolver la angustiante situación en la que nos encontramos las mujeres y hombres entre nosotros y nuestra relación con la naturaleza, es tarea ineludible para la nueva gobernanza global como pretenden ser los BRICS. Controlar lo más desarrollado de la técnica, las industrias hi tech, en las diferentes ramas de la producción para poner las rentabilidades que se obtienen en función de resolver problemas económicos, políticos, sociales o ambientales es el desafío al que convoca China a sus pares BRICS cuando exige reformas estructurales en las economías de India, Sudáfrica y Brasil, que los saquen del lugar en que los colocó el imperialismo a partir de fines del siglo XIX.

中國夢 (“Sueño Chino”, lema de Xi Jinping)

Como desarrollamos en sucesivos artículos de nuestra publicación, la base sobre la cual China empuja al resto de sus pares del BRICS y al mundo se encuentra en la expansión de los núcleos más desarrollados de la producción durante los últimos 25 años, lo que la dotó de condiciones para competir/organizar los eslabones más competitivos de la producción mundial. La planificación de la economía bajo la egida del Partido Comunista Chino (PCCh) permite al gigante asiático trazar la hoja de ruta mundial en materia de robótica, inteligencia artificial y automatización de la producción de mercaderías. La mayor evidencia del éxito chino es que la planificación de la economía ejercida por el PCCh posibilitó un espectacular crecimiento de su mercado interno: 299%!!! en los últimos 10 años. Al mismo tiempo logró incorporar a las vastas mayorías de trabajadores rurales a puestos de trabajo en la industria manufacturera, reduciendo así la pobreza extrema de estas poblaciones, con una media salarial que duplica la de otras economías asiáticas –por ejemplo Tailandia, Taiwán o Vietnam– donde se alojan grandes fracciones de capital que sustraen valor en base a un costo salarial paupérrimo.

En este sentido, en agosto se conoció el plan chino para convertirse en “el mayor centro de innovación en inteligencia artificial del mundo en los próximos años (CR 25/8). El gobierno planea ampliar la escala de consumo de tecnología inteligente (TI) en 11% al año hasta U$S 900.000 millones para 2020, según informó el Consejo de Estado. Para lograrlo diseñaron un plan que cambiará el marco regulatorio para incentivar la ayuda económica a empresas del rubro. En 2016, por ejemplo, China adquirió 90.000 robots, cerca de la tercera parte del total mundial, y la revolución robótica podría elevar aún más la competitividad económica de China (CR 25/8).

Un punto central de la planificación de la producción es poder reducir en los próximos 15-20 años la contaminación ambiental, realizando el cambio de la matriz energética de forma tal de producir y crecer de forma sostenible, pero fundamentalmente sustentable acorde a las condiciones de la naturaleza. Este punto es fundamental para China considerando la adopción de las condiciones del Acuerdo de París, que la obliga a la reducción de gases tóxicos. En este sentido, durante septiembre, China anunció que se acoplará a la creciente tendencia global de prohibir los autos con motor de combustión. Según la Organización Internacional de Constructores de Automóviles, en China se produjeron un total de 28 millones de vehículos en 2016. La cifra incluye vehículos comerciales y autos, y representa casi el 30% del total mundial de 94 millones el año pasado. A Beijing le preocupa el aumento de la contaminación urbana, el cambio climático y el hecho de que China depende de la importación de petróleo. También, el gobierno estimuló a la naciente industria de vehículos de nuevas energías (NEV) con medidas como subvenciones y facilitando el trámite de registro a aquellas personas que compren un NEV. Hace poco se identificó a los NEV como una prioridad de la política industrial china conocida como Hecho en China 2025, y el sector es una de las 10 industrias de alta tecnología en las que el país quiere crear empresas nacionales exitosas que sean competitivas a nivel mundial (CR 12/9 y XH 11/9).

En este mismo sentido, durante septiembre se inauguró la primera central solar termoeléctrica comercial de China en su fase de pruebas. Tiene una capacidad instalada de 50 megavatios de electricidad, equivalente a la energía producida por 60.000 toneladas de carbón en un año, mineral altamente contaminante. La técnica dominada/aplicada es sorprendente: la planta puede reflejar la luz solar hacia un receptor para calentar agua que produce el vapor que alimenta una turbina para generar la electricidad. Es la primera vez que esta tecnología se utiliza comercialmente en China (XH 11/9).

Así lo que está en discusión no es si se crece o no se crece en la economía mundial, sino más bien, cómo se crece. El enorme desarrollo de la técnica y la mecánica, producto del trabajo del conjunto de la humanidad, y el conocimiento de él derivado, está en condiciones de resolver la angustiosa situación política, económica, social y ambiental en el que nos sumergió la lógica de producción capitalista.

La libre competencia entre monopolios no hace más que exacerbar las penurias globales en formas de guerras sangrientas, comerciales o atómicas, especulaciones espurias, vía burbuja o acuerdos de Tratados de Libre Comercio, devastación medioambiental, con tormentas violentas y catastróficas o plagas elaboradas en laboratorios. Frente a este enorme avance sobre el trabajador y la naturaleza que, sin imperio y sin ley, impulsa el capital, desde la parte oriental del mundo se ensayan, en este proceso de transición, las relaciones ganar-ganar.

Bajo un mundo donde la competencia ha dejado librado al azar el futuro de la humanidad, desde los BRICS con China a la cabeza, se propugnan relaciones de cooperación que buscan mitigar, parcialmente, los efectos destructivos del capital, mientras las grandes masas desplazadas toman conciencia y empiezan a darle forma –incipientemente– a un nuevo sistema que derrote y entierre definitivamente el imperio del capital.



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