Revista Mensual | Número: Octubre de 2017
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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Mi Perro Dinamita

Mi perro dinamita está fiero como un tártaro
No mueve el rabo con docilidad
Ni hace el muertito
Ni da la patita
Aquí y allá algún fueguito ensaya mi perro
Y dice No! y me desobedece
Yo no sé si a tu perro le gusta ladrar a lo bobo. Mi perro No! no quiere No!


Crisis política y social en el centro
y caótica situación militar en todos los frentes abiertos

Mi Perro Dinamita

“Yo no sé si a tu perro le gusta ladrar a lo bobo

mi perro No! no quiere No!

Con el hocico afiebrado No!

Recuperando palitos, corriendo a lo bobo

Por qué, si es su rock'n roll?”

(Mi Perro Dinamita, Los Redondos)

 


Mi perro dinamita está fiero como un tártaro

Durante el mes de septiembre, la cuestión de la inmigración volvía a estar en el centro de la escena política en EEUU. El presidente Donald Trump anunciaba sus planes de rescindir el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), que resguarda de la deportación a casi un millón de jóvenes llegados de forma ilegal a la alicaída potencia del norte siendo menores de edad, conocidos como dreamers. Al respecto, Trump argumentaba en las redes sociales: “Que nadie se equivoque, vamos a poner el interés de los ciudadanos estadounidenses primero” (CD 6/9).

Sin embargo, según un sondeo, el 78% de los votantes registrados es favorable a la regularización de los dreamers. Por otro lado, 400 directivos de distintas empresas –entre ellas Facebook, General Motors y Hewlett-Packard– se expresaban a través de un comunicado a favor de mantener el programa, aduciendo que los dreamers “son una de las razones por las que seguimos teniendo una ventaja competitiva global”, cifrando en 460.000 millones de dólares las pérdidas que su salida podría acarreara la economía estadounidense (CD 6/9).

De esta manera, una vez más, quedaba al descubierto la imposibilidad de los capitales concentrados yanquis de acordar y sostener en el tiempo una política de Estado (en este caso, una política migratoria). Como nuestro lector ya sabe, no se trata de un fenómeno nuevo ni surgido en la presidencia del magnate republicano. Cabe recordar durante el mandato de Barack Obama los bloqueos en el Congreso para aprobar una reforma migratoria o, incluso, las arduas negociaciones sobre el “techo” del gasto público, que más de una vez amenazaron con “apagar” –por falta de fondos– el gobierno federal.

Dicha imposibilidad no es otra cosa que la expresión en la arena política de la permanente reducción del tiempo socialmente necesario para producir las mercancías que abarrotan el mercado mundial. Es absorbiendo dicho tiempo que los capitales se reproducen a escala ampliada. Y dicho tiempo no alcanza para todos. Por eso, se ven obligados a disputar en cada terreno la imposición de sus condiciones, agudizando de ese modo la lucha facciosa y minando las posibilidades de construir acuerdos a largo plazo.

Finalmente, apenas diez días después de su anuncio sobre la derogación del programa, Trump mantenía reuniones de trabajo con los líderes de la oposición demócrata, para lograr un acuerdo que evitara la deportación de los dreamers. El mismo Trump señalaba al respecto: “Estamos trabajando en un plan, sujeto a obtener masivos controles fronterizos. La gente quiere ver que eso pase. Tenemos 800.000 jóvenes, traídos aquí, sin ninguna culpa suya. Estamos trabajando en un plan, veremos cómo funciona, vamos a tener una seguridad fronteriza masiva como parte de eso, y creo que algo puede pasar” (LN 15/9).

El acuerdo, de prosperar, beneficiará a unos 800.000 inmigrantes indocumentados, al brindar el primer acuerdo migratorio por ley desde la presidencia de Ronald Reagan, ya que los demócratas en el Congreso han intentado, sin éxito, desde 2001, aprobar una ley para proteger a los jóvenes inmigrantes indocumentados. Ahora, con el respaldo de Trump, la duda es si conseguirán suficientes votos de republicanos moderados (LN 15/9).

Las contradicciones saltan a la vista. En un mismo acuerdo, se establece la regularización de la situación migratoria de casi un millón de indocumentados y el reforzamiento de las fronteras para evitar el ingreso de más inmigrantes. De ser aprobado dicho acuerdo, ¿cuál es la política migratoria de largo plazo de la alicaída potencia? “Vamos viendo” parece ser la respuesta.

No mueve el rabo con docilidad

El agotamiento de las bases materiales para que el conjunto de capitales existentes se reproduzca a escala ampliada tiene, como no podía ser de otro modo, también su expresión en el Viejo Continente. En ese sentido, las negociaciones entre la Unión Europea (UE) y Gran Bretaña sobre los términos de la salida de Londres de la Unión constituye un elemento central, en tanto pone de manifiesto que la crisis actual no sólo enfrenta a los grupos económicos con capitales de menor grado de concentración y centralización, sino que asistimos a una lucha entre grandes grupos económicos.

Uno de los puntos más álgidos de dichas negociaciones lo constituye la situación de la isla de Irlanda. Allí conviven Irlanda del Norte, nación que forma parte del Reino Unido, y la República de Irlanda, país soberano y miembro de la UE. Irlanda del Norte fue, entre los años 1968 y 1998, escenario de una cruenta guerra civil entre los llamados “unionistas”, de religión protestante y partidarios de mantenerse en el Reino Unido, y los “republicanos irlandeses”, mayoritariamente católicos que luchaban por integrar la provincia a la República de Irlanda. La salida británica de la UE supondrá entonces que la frontera entre ambas regiones se convierta en una frontera externa para la UE. Con ello, la libre circulación que actualmente rige, Acuerdo Schengen mediante, desaparece. Unas 35 mil personas que cruzan diariamente la frontera entre Irlanda e Irlanda del Norte, sin ningún tipo de control, verán sustancialmente modificada su rutina cuando Reino Unido abandone la Unión. Del mismo modo, empresas de uno y otro lado de la frontera, que se benefician actualmente con el libre comercio para colocar sus productos, deberán afrontar aranceles comerciales. Todo ello forma parte, ahora, de las negociaciones entre Londres y Bruselas.

El Gobierno británico quiere convertir Irlanda “en una especie de caso de prueba” para la futura relación aduanera entre los dos bloques. Es decir, en nombre de preservar los acuerdos de paz y la alta interdependencia entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda, Londres intenta establecer, junto con su salida de la UE, el tipo de relación comercial que regirá una vez consagrada su salida. Esta pretensión ha sido desechada por Bruselas desde el principio. En ese sentido, en lo que respecta a la situación de la isla de Irlanda, la Comisión Europea sostuvo que es responsabilidad de Reino Unido proponer soluciones para las consecuencias del brexit (DW 7/9). La postura de la UE en las negociaciones responde a la necesidad de dejar en claro para todos los miembros del bloque los altos costos que acarrea la decisión de “sacar los pies del plato”. En momentos en que buena parte de la población europea pone en cuestión los beneficios de permanecer en el bloque, los capitales concentrados que comandan la UE necesitan dejar en claro a todos los socios que no hay posibilidad de mantener los beneficios de ser miembro sin soportar, también, los costos.

Para Gran Bretaña, por su parte, los problemas derivados del brexit no se reducían al frente externo. Por el contrario, las negociaciones al interior del Parlamento británico sobre el paquete legislativo que elimine la vigencia de las normas comunitarias y permita adaptar toda esa legislación a la británica, a fin de que no haya vacío legal, reabría las disputas intestinas del Reino Unido. El Partido Nacionalista Escocés (SNP), que con 35 diputados constituye la tercera fuerza política en la Cámara de los Comunes, cuestionaba que las leyes en cuestión no garantizaban que competencias en áreas como pesca y agricultura –que ahora controla Bruselas– se trasladasen al Parlamento autónomo escocés una vez disuelta la relación con la UE (CD 12/9).

Como hemos analizado en otras oportunidades, el movimiento de disolución de la superestructura de la UE, del cual el brexit constituye su ejemplo más nítido, responde a la imposibilidad de los grandes grupos económicos con asiento en el Viejo Continente de encabezar una estrategia que garantice la reproducción del conjunto social. La apuesta por salirse del bloque para reforzar las fronteras nacionales y desde allí disputar en la arena internacional no es, sin embargo, más que un momento de la descomposición de esos mismos intereses. Por ello, no hace más que profundizar el caos. No es la Unión Europea lo que ha caducado: es determinado modo de relación entre los hombres para resolver la reproducción de sus condiciones de existencia. Cualquier estrategia que intente mantener dicha relación no hará, por tanto, más que agudizar las contradicciones existentes.

Ni hace el muertito

Veamos ahora cómo se expresaba esta crisis al interior de los estados que conforman la UE. En Francia, el presidente Emmanuel Macron llegaba a los 100 días de gobierno con apenas 36% de popularidad, nivel incluso menor al que gozaba su predecesor François Hollande al cumplir idéntico período (DW 23/8). Con este escaso capital político, el ex banquero Rothschild se ha embarcado en una pretensiosa reforma laboral, que incluye entre otras medidas la reducción de las indemnizaciones, la reducción de cargas sociales, el teletrabajo y la formación profesional. El objetivo declarado del proyecto es bajar la tasa de desempleo, que se ubica en torno del 9,5%, superando el 20% para los menores de 25 años (TE 9/9). Como nuestro lector ya sabe, el fondo del asunto es en verdad la necesidad de los capitales concentrados galos de avanzar sobre las condiciones laborales en aras de ganar competitividad.

Sería el secretario general de una de las centrales obreras de Francia, Philippe Martínez, quien cuestionaría el argumento gubernamental de favorecer la creación de empleos, al asegurar: “ninguna persona puede sostener seriamente que el código de trabajo facilita la contratación” (CL 31/8). En este marco, la Confederación General del Trabajo (CGT), que encabeza Martínez, realizaba una jornada de protesta, en la que participaron 500.000 personas diseminadas en 180 manifestaciones en todo el país (LN 13/9 y RT 12/9).

Si bien el intento por parte de los trabajadores galos de “detener” el avance sobre sus conquistas resulta un movimiento necesario, conviene tener en cuenta que se trata, ni más ni menos, de intentar mantener un status quo –el Estado de Bienestar– cuyas bases materiales están agotadas. Como hemos señalado en otras oportunidades, dicho Estado de Bienestar constituyó una estrategia por parte de los grandes capitales para evitar que el movimiento obrero europeo siguiera la senda revolucionaria, encabezada entonces por los obreros rusos organizados en soviets y construyendo su propio Estado. Sobre la base de las superganancias obtenidas gracias a su alto grado de composición orgánica, los monopolios podían destinar una parte de ese valor –succionado a los propios trabajadores europeos y centralmente, a sus pares del llamado tercer mundo– a “mejorar” las condiciones de vida de una parte del movimiento obrero de los países centrales. Con ello, el imperialismo alentó la tendencia oportunista de los trabajadores, que sostenía la posibilidad de alcanzar el socialismo por la vía de las reformas parciales.

Cuando los trabajadores franceses salen a la calle contra los intentos de trastocar ese orden de cosas, están pidiendo continuar recibiendo las migajas del festín en que los grandes grupos económicos se devoraban el resto del mundo. El problema no es, simplemente, que eso supone ser partícipes de la expoliación de la periferia. El problema es que no hay ya migajas por las cuales reclamar. Es el agotamiento de las bases materiales de dicha conducta lo que empuja, objetivamente, a superarla. Claro que ello implica, también, asumir que esa conducta era ya errada allá por los años 50. Es decir, rendir cuentas con la historia y retomar la senda abandonada.

Pese al complicado escenario político en Francia, sin ninguna duda es en España donde la crisis de los estados nación se muestra en todo su esplendor. Desde hace ya algunos meses, la región de Cataluña prepara un referéndum independentista, amenazando de ese modo la unidad del Estado español. Recordemos que España alberga en su seno diversas nacionalidades. No es la catalana la única que ha reivindicado para sí el estatus de nación independiente: allí tenemos el ejemplo de la nación vasca, cuya lucha por la independencia cristalizó incluso en la emergencia de una insurgencia armada como la ETA. En los años recientes hemos visto el desmantelamiento de esta agrupación y la captura de sus principales dirigentes, sepultando, al menos de momento, las ansias independentistas vascas.

 Sin embargo la actual debilidad política del estado central, ya había quedado expuesta en la imposibilidad tras las elecciones presidenciales de 2016 de formar gobierno, que tuvo en ascuas al país durante casi un año, en el cual ninguna de las fuerzas políticas lograba el consenso para imponer presidente. El hecho consumaba la larga agonía del bipartidismo español, forjado en el llamado Pacto de La Moncloa, cuando tras la dictadura franquista que ahogó en sangre los intentos de transformación revolucionaria, los principales partidos acordaron las líneas maestras de la política española. Sobre la base de dicho acuerdo, fue posible durante décadas la alternancia de los dos partidos –el derechista Partido Popular (PP) y el socialdemócrata Partido Socialista Obrero de España (PSOE)– convertidos en verdad en el ala derecha e izquierda del programa de gobierno de la gran burguesía española.

Es en este escenario que tiene lugar el intento independentista catalán. Es decir, en el agotamiento de las condiciones para la reproducción del conjunto de los capitales existentes. Es sobre esa base material, que las distintas facciones elaboran su estrategia para intentar sobrevivir, o al menos para no perecer primero. No es por ello un dato menor el hecho de que Cataluña sea una de las regiones más ricas de España, siendo precisamente uno de los reclamos esgrimidos que aporta al Estado central muchos más recursos que los que recibe.

A principios de septiembre, el Parlamento regional catalán sancionaba una ley facultando al gobierno regional –la Generalitat–, encabezado por Carles Puigdemont, a convocar un referéndum para el 1º de octubre próximo. Los bloques opositores, minoritarios en bancas, pero que sumaron más del 50% de los votos en las últimas elecciones autonómicas, denunciaron un “atropello a sus derechos”. Los diputados de Ciudadanos, el PSOE y el PP se ausentaron durante la votación para intentar deslegitimarla. Así, la mayoría separatista, la coalición gobernante “Junts pel Sí” y los anarquistas de la CUP, se impuso en soledad. La ley salió con 72 votos a favor, 11 abstenciones (de Podemos) y ningún rechazo –dada la ausencia de los partidos opositores. La única pregunta que se realizará en el referéndum será: “¿quiere que Cataluña sea un Estado independiente en forma de república?”. El resultado será vinculante, en caso de triunfar el sí, en un plazo de 48 horas se declarará la independencia y se abrirá la transición hasta la constitución de la nueva república (LN 7/9).

El gobierno de Rajoy respondió con toda la dureza al alcance de la mano. En primer lugar, tras una presentación del gobierno central, el Tribunal Constitucional (TC) suspendía cautelarmente la ley sobre el referéndum aprobada por el Parlamento catalán, así como el decreto de convocatoria. Por otro lado, el mismo tribunal notificaba de forma personal a los 947 alcaldes de Cataluña, a 75 altos cargos de la Generalitat, a los jefes de los medios públicos y de la policía local (los Mossos d'Esquadra), y a directores de escuelas de la responsabilidad penal en que incurrirían si participaran de algún modo en la preparación del referéndum (LN 8/9).

La siguiente medida que dispuso Madrid –sin precedentes en 40 años de democracia– fue cortar el financiamiento automático de Cataluña. Se trata de 1.400 millones de euros mensuales. De este modo, cada gasto que la Generalitat quisiera afrontar con dichos fondos, debería ser primero autorizado por el Ministerio de Hacienda. Fuera de esos giros, el gobierno de Puigdemont apenas recauda unos 250 millones de euros. Puigdemont tildó la medida de “estado de excepción encubierto que ni siquiera tienen el coraje de llamar por su nombre” (LN 16/9).

Según una encuesta del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat (CEO), el 49,4% de los catalanes rechaza la independencia, contra un 41,1% que la ansía. Son números consistentes con el resultado de las elecciones regionales de 2015, en las que las opciones secesionistas ganaron la mayoría de bancas, pero con un caudal de votos inferior al 50%. La posición independentista es mayoritaria en los pueblos del interior y en ciudades medianas, pero en Barcelona y sus alrededores, donde vive la mitad de la población, resulta minoritaria (LN 17/9).

Mayoritario o no, el independentismo catalán expone de manera cruda la persistencia de contradicciones pretéritas no resueltas. Al calor de la crisis, entre las grietas de los resquebrajados mecanismos políticos y jurídicos de la burguesía, asoman conflictos que en épocas de “vacas gordas” parecían resueltos. Sin embargo, el grado de socialización y transnacionalización de la producción vuelve obsoletos los intentos de resolver dichas contradicciones afirmando particularismos regionales. Es cierto que los Estados nacionales y las instancias supra nacionales (como la UE) se han erigido sobre la base de la coerción. Y al verse ahora amenazadas, sólo pueden atinar a incrementar los mecanismos coercitivos. Pero bajo ese disfraz democrático, que reivindica el derecho del pueblo catalán a su autodeterminación, asoma el intento desesperado de la burguesía catalana de construir su propio “espacio vital” y sobrevivir –al menos un tiempo más. El problema democrático no es meramente una cuestión de formas. Su contenido radica en la tarea que las masas tienen planteado resolver. Y el carácter de dicha tarea es mundial, porque las fuerzas que hay que controlar –que bajo el interés de los grandes grupos económicos conduce a la destrucción de la vida en el planeta– son de carácter mundial. Por ello, el proceso independentista catalán no es más que un momento de la descomposición de ese mundo viejo que no acaba de morir.

En este sentido, resulta por demás significativa la postura sostenida por Podemos –expresión política surgida al calor de las luchas de “los indignados” tras las repercusiones en España del estallido de la crisis del 2008–, que por un lado defiende el derecho del pueblo catalán a expresarse en las urnas, reivindicando el costado democrático-popular del reclamo, aunque se oponen a la escisión catalana de España en tanto la misma no se encuentra enmarcada dentro de la perspectiva de lucha contra la concentración y centralización del capital y su expresión política basada en el acuerdo pos franquista del bipartidismo PP-PSOE (P12 19/9).

Ni da la patita

En este escenario signado por la creciente imposibilidad de los grandes grupos económicos de construir las condiciones necesarias para su reproducción, viene desarrollándose en los países centrales la “amenaza del terrorismo”. Hace ya algunos meses, ese terrorismo ha adoptado la forma de ataques perpetrados por los llamados “lobos solitarios”, es decir, individuos aislados cuya filiación o adscripción a ideologías extremistas resulta imposible de predecir. Estos sujetos, además, realizan sus acciones con elementos tan cotidianos como un cuchillo de cocina, con lo cual, cualquier ciudadano se convierte en un potencial terrorista. Desde fines de agosto se produjeron en Bélgica, Francia y Gran Bretaña distintos atentados con estas características, en los que personas armadas con simples cuchillos atacaron tanto a miembros de fuerzas de seguridad como a civiles. El hecho de mayor envergadura fue la detonación de un explosivo –también casero– en el subterráneo de la ciudad de Londres, que dejaba un saldo de 29 personas heridas. Si bien los ataques no ocasionaron víctimas mortales, los tres países elevaban, como consecuencia de los mismos, los niveles de seguridad. En Francia, el estado de emergencia en seguridad está vigente desde los atentados que tuvieron lugar en París en 2015. Reino Unido, por su parte, ya había elevado su estado de alerta a nivel crítico hace 3 meses, tras el ataque a un recital en Manchester, que dejó 22 muertos. Más allá de los diversos nombres utilizados (“estado de emergencia”; “alerta a nivel crítico”), en todos los casos las consecuencias son las mismas: permanente aumento de la presencia militar en las calles (RT 25/8, 13/9, 15/9, LN 16/9, DW 26/8).

Vale señalar también que, contra toda retórica, en la mayoría de los casos, los individuos que llevan adelante los ataques no son refugiados recién llegados a Europa sino descendientes de árabes que han nacido en el Viejo Continente. Es decir, su enrolamiento en ideologías extremistas es una muestra más de la creciente expulsión y fractura social al interior de los países centrales. Por otro lado, los grupos terroristas pseudo-islamistas que captan con sus consignas radicales a esos sectores expulsados y sin perspectiva de futuro, no son otra cosa que las fuerzas mercenarias que esas mismas potencias entrenan y financian para caotizar Medio Oriente. Es producto de esa creciente descomposición social –que expresa la imposibilidad de seguir organizando la vida desde el interés del capital– que los grupos económicos se ven obligados a convertir ese caos que constituye su esencia en “estrategia”. Es decir, es lo que pueden intentar para mantener su dominio cuando dicho dominio no tiene ya bases de sustentación.

Aquí y allá algún fueguito ensaya mi perro

Como analizamos mes tras mes, esa profunda crisis que sacude el centro mismo del sistema imperialista impele a los grandes capitales a incrementar la escalada bélica a lo largo y ancho del globo. Es en este sentido que resulta ilustrativo el fallido intento de poner un freno a dicha escalada en el Senado de EEUU. Durante los debates de la ley de autorización de Defensa Nacional para 2018, el republicano Rand Paul propuso una enmienda que pretendía evitar el envío de tropas yanquis a cualquier lugar del mundo sin estipular cuándo deberían regresar, argumentando que “lo que tenemos ahora es, básicamente, una guerra sin límite ni lugar y fuera del tiempo en cualquier lugar del planeta” (RT 13/9).

Como era de esperar, la propuesta no prosperó, justamente porque el momento bélico actual expresa la incapacidad objetiva de reproducir su dominio. A lo sumo, sobre esa tendencia objetiva resultado de las condiciones materiales para su (no)reproducción, el capital concentrado trasnacional puede intentar, como veremos, direccionar la escalada bélica hacia las regiones donde más se expresa el enfrentamiento con quienes se muestran capaces de oponerle ya no sólo resistencia, sino atisbos de superación: el eje sino-ruso-iraní.

Durante el mes que estamos analizando, la presencia de las tropas de la OTAN en torno de Rusia continuaba incrementándose, con el envío por parte de EEUU de vehículos de combate y tropas a los países bálticos (HTV 28/8). Por otro lado, Washington también enviaba al Viejo Continente dos bombarderos estratégicos B-52H, capaces de portar armas nucleares (RT 14/9). La ofensiva anti rusa no era, sin embargo, potestad exclusiva de Washington: aviones de reconocimiento de la Fuerza Aérea del Reino Unido y de EEUU realizaban vuelos cerca de la frontera rusa (RT 13/9). Por otro lado, Londres decidía reabrir una base militar ubicada cerca de Noruega… que limita con Rusia (RT 17/9).

En este escenario, Rusia y su aliado Bielorrusia movilizaban más de 100.000 soldados, 250 blindados y 70 aviones en maniobras conjuntas organizadas en las fronteras bielorrusas. Los ejercicios constituyen el mayor despliegue de poderío militar ruso desde el fin de la Guerra Fría, hace un cuarto de siglo. Ante semejante demostración de fuerza, el secretario general de la alianza atlántica Jens Stoltenberg, por su parte declaró al respecto que “la OTAN seguirá muy de cerca los ejercicios” (LN 15/9).

En el caso de China, el mes pasado analizábamos que junto con los puntos de conflicto que se intenta tender en las regiones del Mar Meridional con varios países de la región por reclamos territoriales, se sumaba hace casi dos meses un nuevo frente con la India en la región limítrofe entre China y Bután, aliado de Nueva Delhi. Durante todo el mes de agosto, divisiones tanto del ejército indio como del chino estuvieron cara a cara por el control del territorio. Rápidamente, el gobierno norteamericano se prestó a brindar ayuda a la India (LN 30/8), pero luego de un mes de tensión ambos países anunciaban la retirada de sus tropas en la región en disputa. El ministro de Exteriores chino, Wang Yi, dijo que “esperamos que la otra parte saque una lección de este incidente y prevenga que estas situaciones se repitan en el futuro. Esperamos que la relación entre las dos partes se mantenga estable y sana gracias a los esfuerzos conjuntos” (HTV 31/8).

En este marco, durante el mes que estamos analizando, aparecía un nuevo escenario de desestabilización en las fronteras del Gigante Asiático, con la crisis en la vecina Birmania. En dicho país, de población mayoritariamente budista, vive una minoría étnica de religión musulmana llamada “rohyngya”, históricamente segregada. En el origen de dicha situación se encuentra, como no podía ser de otra manera, la historia colonial de Birmania, ya que dicha población musulmana fue desplazada hacia el país cuando éste era una colonia inglesa, en calidad de mano de obra (Red Voltaire 3/10).

La reactivación de este conflicto se dio a finales de agosto, con una serie de ataques a puestos del ejército perpetrados por un grupo autodenominado “Ejército de Salvación Rohingya”, que desencadenó a su vez una dura respuesta del ejército birmano. La escalada provocaba la migración forzada de unas 400.000 personas hacia la vecina Bangladesh (RT 7/9 y Red Voltaire 3/10). En este escenario, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, exhortaba “a las autoridades birmanas a suspender las actividades militares y la violencia, y proteger el Estado de Derecho”, calificando los hechos como un “genocidio de manual” (LN 14/9). En una reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la embajadora de EEUU también calificaba en esos términos los acontecimientos (Red Voltaire 3/10).

De esta manera, una vez más, la exacerbación de conflictos existentes en los distintos países –en este caso, Birmania– aparece como condición necesaria para que el imperialismo yanqui intente construir un mínimo de consenso sobre la necesidad de una intervención militar. Particularmente, en este caso, la zona en conflicto es limítrofe con China, por lo cual la desestabilización en la región constituye un momento del ataque al gigante asiático. Habrá que seguir de cerca el desarrollo de los acontecimientos, en especial, el origen y el accionar del autodenominado “Ejército de Salvación Rohingya”, como la experiencia siria nos ha enseñado.

En lo que respecta a Irán, EEUU continuaba sus intentos por dinamitar el Acuerdo Nuclear alcanzado entra la nación persa y el llamado Grupo 5+1 (los cinco miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, a saber: EEUU, Reino Unido, Francia, China y Rusia, más Alemania). Como nuestro lector ya sabe, dicho acuerdo establece algunos límites al programa nuclear iraní, a modo de garantías de su carácter pacífico. De ese modo, el mundo ha reconocido el derecho de la República Islámica de Irán a desarrollar energía nuclear, dejando sin efectos las sanciones multilaterales que pesaban sobre la nación persa.

Durante el mes de septiembre, la embajadora estadounidense para las Naciones Unidas, Nikki Haley, señalaba la necesidad de que las inspecciones acordadas a las instalaciones nucleares por parte de la Organización Internacional de Energía Atómica, incluyeran también todas las instalaciones militares de este país. Como no podía ser de otra manera, la respuesta iraní no se hizo esperar. El canciller persa, Mohamad Yavad Zarif señalaba: “La mayoría de los asuntos formulados por la Sra. Haley muestra su notable desconocimiento del contenido del acuerdo nuclear” (HTV 30/8). Por su parte, la propia AIEA (Agencia Internacional de Energía Atómica) dejó en claro que “no vamos a visitar un sitio militar como Parchin (sureste de Teherán) para enviar una señal política”, aislando aún más la posición norteamericana (HTV 31/8). A mediados de septiembre la posición de EEUU quedó por completo en soledad, ya que los presidentes de Irán, Hasan Rohani, y de Francia, Emmanuel Macron, coincidieron en la necesidad de aplicar por completo los puntos del acuerdo nuclear (HTV 19/9), mostrando que Europa se niega a seguir ciegamente a EEUU en conflictos que la afectan en forma directa, tanto por los gastos materiales y en vidas que le acarrean como por las consecuencias cuando los mismos se desarrollan cercanos a sus fronteras, generando entre otros males los desplazamientos masivo de población.

Y dice ¡No! y me desobedece

Hasta aquí, hemos recorrido las manifestaciones de la profunda crisis política que sacude el corazón mismo del sistema imperialista, así como también el cerco que ese debilitado y belicoso bloque imperialista tiende sobre Rusia, China e Irán, la tríada que encabeza el proceso de transición en ciernes. Pasemos ahora a analizar cómo se desarrollaban los acontecimientos en aquellos países donde “el tigre herido” –como llamaba el Comandante Chavez al imperialismo– ha logrado ya “dar un zarpazo”.

Un dato puede ayudarnos a ilustrar el descalabro militar de EEUU en la región de Medio Oriente. Según revelaciones del sitio digital Military Times, ni el propio gobierno estadounidense conoce con exactitud la cantidad de tropas desplegadas en Iraq, Siria y Afganistán. De hecho, el número real de soldados diseminados en dichos países sería bastante superior al que figura en los libros oficiales. El propio secretario de Defensa, James Mattis, daba cuenta de esta dificultad, aunque aseguraba que antes del envío de nuevas fuerzas, se haría un inventario riguroso para determinar con exactitud el número de militares presentes en cada uno de esos países. The Wall Street Journal, citando fuentes confidenciales del Pentágono, cifraba en 20 mil hombres las fuerzas allí desplegadas (CD 24/8).

Veíamos el mes pasado cómo el presidente Trump, contrariando la posición sostenida en campaña, decidía ampliar la presencia yanqui en Afganistán. Dando una muestra palmaria de su comprensión de la época histórica en la que nos encontramos, el magnate republicano definía en los siguientes términos la misión de las Fuerzas Armadas yanquis en Medio Oriente: “no vamos a reconstruir naciones de nuevo. Vamos a matar terroristas” (LN 23/8). Sólo cabe acotar, ante tamaña revelación, que contra toda apariencia de elección voluntaria, lo que la frase –y centralmente, el accionar yanqui a lo largo y ancho del globo– revela es la imposibilidad objetiva de “reconstruir naciones”.

En el caso del Líbano (país cabecera de la organización política anti imperialista Hezbolá, que viene llevando adelante sendas ofensivas en Siria e Irak), hace años que había perdido terreno en manos del Estado Islámico, pero durante el mes de septiembre iniciaron una campaña militar con miras a recuperar los terrenos perdidos en la frontera con Siria. A fines de agosto el Líbano declaró la victoria ante el grupo terrorista EI. De esta forma quedan concluidos y alcanzados los objetivos de la operación antiterrorista llamada Fajr Al-Jarud (“amanecer de los suburbios”), nombre que se refiere a las montañas fronterizas donde operaba Daesh. La operación fue llevada a cabo por el Ejército libanés, el Movimiento de Resistencia Islámica del Líbano (Hezbolá) y las tropas sirias. La exitosa ofensiva llevó a los terroristas a retirarse. Este avance pone punto final a tres años de inestabilidad que vivió la estratégica región fronteriza, y que podía haber llevado al país árabe al borde de una crisis como la que vive Siria (HTV 30/8).

En la República Árabe Siria, donde los capitales yanquis llevan ya seis años intentando la fractura del país a través del accionar de los grupos terroristas entrenados y financiados por la CIA, los esfuerzos combinados de los ejércitos sirio, ruso e iraní continuaban recolectando triunfos. Diversas fuentes daban cuenta que los propios patrocinadores de los grupos armados que luchan contra el gobierno sirio encabezado por Al Assad comenzaban a reconocer la derrota. La agencia de noticias estadounidense The Associated Press (AP) señalaba que “diplomáticos desde Washington hasta Riad están pidiendo a los representantes de la oposición siria llegar a un acuerdo con el presidente Bashar al-Asad sobre su supervivencia política”. El ex embajador estadounidense en Siria, Robert Ford, que es ampliamente considerado como el instigador clave del conflicto sirio en 2011, descartaba la posibilidad de expulsar a Al-Assad del poder, subrayando que “no hay una alineación militar imaginable que vaya a ser capaz de eliminarlo (…). Todos incluyendo Estados Unidos, han reconocido que Al-Asad se está quedando” (HTV 25/8). Por su parte, los británicos retiraban sus instructores militares, que pretendían preparar a 70.000 rebeldes para derrocar al presidente sirio (HTV 7/9).

Sin embargo, el jefe de la dirección general del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Rusia, Korobov, señalaba que unos 70 grupos terroristas que combaten en Siria estaban reagrupándose en torno al grupo Hayat Tahrir al-Sahom, sumando en total unos 25 mil combatientes, armados con las más avanzadas tecnologías radioeléctricas y sustancias tóxicas (RT 25/8).

En el centro de los avances contra el terrorismo patrocinado por las potencias imperialistas se encuentra la ofensiva contra el principal bastión que aún conservaba el grupo terrorista EIIL en el país, la ciudad de Deir Ezzor (HTV 12/9). Dicha ciudad se ha convertido en el centro de los combates ya que, por un lado, las fuerzas leales a Al Assad, con el apoyo de Irán y Rusia, lograban romper el cerco; pero al mismo tiempo, las brigadas kurdas que combaten al EIIL y son apoyadas por EEUU también rodean la ciudad. De hecho, el portavoz del Ministerio de Defensa ruso, mayor general Igor Konashenkov, denunciaba que “las tropas gubernamentales sirias han sido bombardeadas dos veces desde zonas de la ribera occidental del Éufrates controladas por las Fuerzas Democráticas de Siria (dominadas por las milicias kurdas) y el Ejército estadounidense” (Portal de noticias Al Manar 21/9). De esta manera, la recuperación de la ciudad de Deir Ezzor podría derivar en un enfrentamiento entre las fuerzas estadounidenses que apoyan a las milicias kurdas, por un lado, y el ejército sirio apoyado por las fuerzas armadas rusas, por el otro. Como pasaremos a ver a continuación, en el marco de la estrategia yanqui de exacerbar las contradicciones existentes en Medio Oriente, el histórico reclamo del pueblo kurdo por constituirse como Estado ocupa un lugar central.

En Irak, la región autónoma del Kurdistán iraquí avanzaba en su decisión de realizar un referéndum independentista, agitando los fantasmas de la balcanización de la región (HTV 30/8). El Gobierno central de Bagdad tachaba de “inconstitucional” la convocatoria, advirtiendo el grave perjuicio para todo el país que implicaba (HTV 30/8). Recordemos que el pueblo kurdo constituye la minoría étnica más grande de Medio Oriente que no cuenta con un Estado propio. Su población, estimada en unos 60 millones de personas, se encuentra repartida entre Irán, Irak, Turquía y Siria. Las aspiraciones kurdas a constituirse como Estado independiente datan de la Primera Guerra Mundial, cuando las grandes potencias trazaron las actuales fronteras de la región repartiéndose las áreas de influencia.

La trascendencia del hecho llevaba a todos los actores involucrados a sentar postura. El portavoz de la cancillería Iraní, Bahram Qasemi, señalaba que “la República Islámica de Irán advierte que esta errada decisión viola evidentemente la soberanía nacional y la integridad territorial de Irak, y vuelve a enfatizar que la adhesión de todas las partes a la Constitución y la solución de las diferencias mediante el diálogo y las vías legales será la mejor opción para la nación iraquí” (HTV 30/8). También el gobierno turco se manifestaba su oposición al referéndum, a través del viceprimer ministro, Bekir Bozdag, quien tachó la iniciativa de “error histórico” (goo.gl/Gqp8Rk).

El único país de la región que se mostró favorable a las pretensiones independentistas de los kurdos iraquíes fue nada menos que Israel. De hecho, según medios de comunicación turcos, el presidente del Kurdistán iraquí, Masud Barzani, habría llegado a un acuerdo secreto con el régimen de Tel Aviv para transferir a los judíos israelíes de origen kurdo –una comunidad de unas 200.000 personas– de los territorios ocupados a Kurdistán, una vez consagrada la independencia (HTV 14/9). Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, manifestaba su apoyo a los “esfuerzos legítimos del pueblo kurdo para lograr su propio Estado” (HTV 14/9).

De esta manera, las mismas potencias que a finales de la Primera Guerra Mundial trazaron el mapa de la región –mapa que no contenía un Estado kurdo– aparecen ahora “apadrinando” los deseos de autonomía de un pueblo al que ellas mismas han sojuzgado. Resulta por ello claro que no es la autodeterminación kurda lo que defienden EEUU e Israel. Se trata, por el contrario, de exacerbar las contradicciones no resueltas para empantanar el necesario proceso de unidad en su contra.

Unas líneas merece el Estado sionista de Israel en estos párrafos, porque, como acabamos de plantear, está jugando un activo papel en la balcanización de los países árabes. Durante el mes de septiembre, esta punta de lanza de las políticas imperialistas realizó maniobras militares masivas con la intención de mostrar músculos de cara a las ofensivas que viene impulsando. Israel movilizó todos sus medios para organizar un ejercicio sin precedentes desde hace 20 años (HTV 4/9). Sin embargo, las maniobras, que contaron con un apoyo político, militar y mediático sin precedentes, fueron un fracaso. El Estado Mayor fue incapaz de confirmar si el Ejército israelí podría contrarrestar una ofensiva de fuerzas extranjeras contra las colonias. Los expertos militares israelíes se muestran unánimes acerca del “rotundo fracaso de las recientes maniobras militares israelíes en el frente norte”, informa el diario libanés Al Akhbar. El Parlamento israelí también comparte este punto de vista y describió como “fracaso” la mayor maniobra militar de Israel en los últimos 20 años (spanish.almanar.com.lb/127052).

Por su parte, la Comisión de Relaciones Exteriores y Seguridad del Knesset (parlamento israelí) subrayó que Israel “no está preparado para ninguna guerra” y advierte sobre daños terribles para la entidad sionista en el caso del estallido de un nuevo conflicto. El informe ha causado, de acuerdo con el Canal 2 de la televisión israelí, tensiones en el Parlamento debido a que algunos miembros de esta Comisión señalaron con el dedo el primer ministro Benyamin Netanyahu, después de la derrota del ejército israelí en la guerra de Gaza. Para ellos, “Netanyahu no aprendió las lecciones de las anteriores guerras                                                                         ” (spanish.almanar.com.lb/126168).

Como vemos entonces, en tanto enclave imperialista en la región, el régimen de Israel no escapa a esa profunda crisis que atraviesan las potencias imperialistas. La debacle militar no es otra cosa que la expresión de la caducidad de una política cuyas bases materiales están perimidas. Fruto de esa misma impotencia, el régimen de Tel Aviv amenazaba con la posibilidad de cortar el financiamiento a las Naciones Unidas, en represalia por las resoluciones que dicho organismo ha emitido condenando la ocupación de tierras palestinas (HTV 28/8). Precisamente, la contracara de ese aislamiento la encontramos en los anuncios de HAMAS –organización político militar que controla la Franja de Gaza– y Al Fatah –que gobierna en Cisjordania– de conformar un gobierno de unidad en las tierras que la resistencia palestina aún logra mantener a reguardo de la embestida israelí   (spanish.almanar.com.lb/125919).

Yo no sé si a tu perro le gusta ladrar a lo bobo. Mi perro ¡No! No quiere ¡No!

 

“Hay un dicho: la marcha sigue cuando un perro ladra. Si están tratando de conmocionarnos con el sonido de un perro ladrando, entonces claramente están teniendo un sueño de perro”
Ministro de Relaciones Exteriores de RPDC, RiYong-ho

 

“Un perro asustado ladra más fuerte”
Kim Jong Un, Lider de RPDC

 

En este escenario de profunda descomposición y escalada bélica, hace algunos meses ya se ha recrudecido también la tensión en la península de Corea. Allí, la República Popular Democrática de Corea (RPDC), conocida como Corea del Norte, bajo el gobierno del Partido Comunista de ese país, ha desarrollado un programa de misiles y armas nucleares, con el objetivo explícito de “disuadir” a EEUU de lanzar un ataque en su contra, como lo hiciera a mitad del siglo XX. En los últimos 3 años, la RPDC ha realizado más de 57 lanzamientos de misiles en ensayos. En los últimos siete realizados este año, por primera vez, Pyongyang probó misiles balísticos de alcance medio e intercontinental (goo.gl/CSwiRu), logrando recorrer una distancia de más de 2.000 kilómetros (LN 29/8).

Junto con estas pruebas de misiles, los primeros días de septiembre la RPDC detonaba una bomba de hidrógeno, con una potencia aproximada de 120 kilotones, ocho veces mayor que la utilizada en la prueba del año anterior (TE 9/9). Recordemos que este desarrollo se efectúa en el marco del aislamiento económico que EEUU ha impuesto a Pyongyang. En ese sentido, tal como sucediera con la República Islámica de Irán, el desarrollo científico y técnico que supone el programa nuclear da cuenta de la determinación con que el pueblo y el gobierno norcoreanos están dispuestos a defender su soberanía. A la par, muestran la impotencia de Washington para detener las fuerzas que se proponen enfrentarlo.

El hecho motivaba una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en la cual la embajadora de EEUU, Nikki Haley, reclamaba una ampliación de sanciones, asegurando que se había acabado el tiempo para “medias tintas” y que Kim Jong Un estaba “suplicando por una guerra”. En la misma reunión, China y Rusia insistieron con que la única resolución posible a la crisis en la península es el diálogo. Para ello, tal como en meses anteriores, los representantes de dichos países proponen un acuerdo que contemple tanto el congelamiento por parte de Corea del Norte de su programa nuclear como la suspensión de los ejercicios militares conjuntos de EEUU y Corea del Sur, algo que ha sido descartado por Washington (LN 5/9).

Por su parte el embajador chino ante la ONU, Lui Jievy, dijo que Pekín nunca permitirá que la escalada termine en una guerra: “la situación en la península se está deteriorando constantemente mientras hablamos, cayendo en un círculo vicioso. El problema de la península debe resolverse pacíficamente. China nunca permitirá el caos y la guerra en la península”, dijo Jievy, dejando en claro que, ante la negativa de EEUU se negociar la paz, el gobierno Chino no va a permitir una guerra junto a sus fronteras (LN 5/9).

Como los hechos analizados permiten observar, por mucho que las fuerzas imperialistas se empantanen en el terreno militar, no pueden más que redoblar la escalada bélica. Esa exacerbación del momento militar no es otra cosa que la expresión del agotamiento del modo de organizar la sociedad que dichas fuerzas encarnan. Ya no hay bases materiales para organizar la humanidad desde la lógica de la competencia por la acumulación ampliada del capital. En ese escenario, los esfuerzos por detener la escalada bélica que los grandes grupos económicos no pueden más que exacerbar resulta un momento necesario, pero no suficiente, para superar el actual (des)orden vigente. Los pueblos que se ven empujados a enfrentar a las fuerzas imperialistas “chocan”, en esa lucha, con lo que tienen de ese viejo mundo que se desmorona. Como hemos visto, hay quienes pretenden “detener” el tiempo e incluso “volver la situación hacia atrás”.

Mucho de lo que hemos analizado para el caso del movimiento separatista catalán o las opciones “defensivas” del estado de bienestar europeo tiene que ver con estas contradicciones, de “arar el porvenir con viejos bueyes” pretendiendo, sin asumir al enemigo ni comprender el carácter del problema al que se enfrentan, evitar las consecuencias necesarias de vivir bajo el régimen del capital. Resulta evidente, por lo tanto, que a las fuerzas del imperialismo hay que oponerles otras que las controlen superándolas. De la resolución de esas contradicciones depende la posibilidad de futuro para la humanidad. Pasemos ahora a analizar el derrotero de esa lucha en la geografía de Nuestramérica.



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