Revista Mensual | Número: Noviembre de 2017
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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Fin de ciclo

Tan concentrados…
…como dispersos
Raspando el fondo de la olla
Promesas sobre el bidet
El verdadero “fin de ciclo”


El descontrol del capitalismo y la planificación socialista china

Fin de ciclo

“Ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos

(¡ni se apagan con sólo soplar!)”

(PR)


Como venimos analizando mes tras mes, la economía global continúa sin poder despegar luego del aterrizaje forzoso realizado tras el estallido financiero del año 2008. Con los índices de crecimiento por el piso y las burbujas por los techos, el des-orden económico mundial se encamina hacia una nueva eclosión, de mayor magnitud a la de las hipotecas sub-prime de aquellos años.

El proceso de concentración y centralización del capital rompe récords año tras año, haciendo insalvable la fractura del orden mundial tal cuál fue diseñada por las potencias occidentales tras la salida de la Segunda Guerra, en la medida en que la feroz competencia entre monopolios derrumba cualquier acuerdo y/o barrera que busque mitigar los efectos de su avance a escala global.

En este sentido, durante el mes de octubre, la burguesía alemana cerraba la compra de Alstom −la joya del capital francés−, estratégica productora y exportadora de turbinas, trenes y barcos; mientras que el gobierno de Donald Trump intentaba apaciguar el alto rechazo de su proyecto de “reforma fiscal”, que procuraba recortarle en un 20% la carga impositiva a los monopolios norteamericanos.

Mientras se acelera el desmembramiento del orden mundial imperialista, China marcha adelante en su intento de cohesionar aquello que la fractura del bloque occidental desarticula. En este sentido, el anuncio del uso del yuan como moneda internacional en los contratos de petróleo constituye un hito, en la medida en que hace manifiesto el fin de la hegemonía del dólar, a la vez que confirma el papel que el gigante asiático tiene para jugar en la construcción de un orden mundial alternativo al que se derrumba aceleradamente.

Pasemos a ver cómo se daban los hechos del mes de octubre.

Tan concentrados…

Comencemos por poner en números el grado de concentración y centralización del capital alcanzado escala global: 147 corporaciones con un entramado de 88 mil empresas transnacionales y 600 mil asociadas que se integran en las llamadas cadenas globales de valor controlan en conjunto la mitad del producto bruto global. Particularmente, dentro de ese entramado de 88 mil empresas trasnacionales, las 500 mayores compañías norteamericanas –que integran el S&P 500− controlan el 42% de la producción (CL 8/10).

En este sentido, la consultora Dealogic publicaba en octubre un informe sobre las compras y fusiones de activos en los tres primeros trimestres de 2017: la cifra asciende a más de US$ 2.5 billones. El 2015 fue el año récord de adquisiciones entre empresas a nivel global (superó los 5 billones) y el 2016 cerró en 3,6 billones de dólares, batiendo las marcas históricas en sectores específicos, como telecomunicaciones o la industria química. En el análisis de lo que va de 2017, sobresale el aumento de más del 21% en relación al año anterior en las regiones de Europa, Medio Oriente y África (TE 6/10).

El impulso de la ola de fusiones desatada tras el estallido de la burbuja hipotecaria en 2008 no sólo no se atenúa, sino que se exacerba, confirmando que el movimiento de concentración y centralización del capital responde a leyes intrínsecas que rebasan cualquier medida gubernamental. Luego del desfalco corporativo entre 2008-2009, la competencia y las fusiones entre los monopolios que subsistieron se aceleró, estimulados por la política de “tasas bajas” que permitió el endeudamiento de las corporaciones a bajísimos costos. Más aún, los intentos por “regular” la competencia por medio de una guerra de sanciones entre las autoridades antimonopólicas a ambos lados del Atlántico redundaron en desnudar el alto nivel de concentración y la incapacidad de detenerla. En este sentido, cabe señalar que 2016 registró el récord de operaciones fallidas para “frenar al oponente” por medio de sanciones.

En el caso alemán, Bayer, Volkswagen, Siemens, Bosch y otras pocas compañías trasnacionales, concentran ingresos superiores a los US$1.300 millones anuales, explican el 32% del total de las exportaciones, y son solo el… 0,02% del universo de empresas. Otro tercio de las exportaciones germanas pertenece a las Mittelstad, como se denomina al entramado de 3000 pequeñas empresas alemanas altamente especializadas en la producción de maquinarias avanzadas, autopartes, productos químicos y equipos eléctricos automatizados. Su facturación alcanza los US$1.500 millones anuales y son el 0,34% del total de empresas. Por último, el tercio restante queda para el 99,64% de las firmas, que facturan menos de US$70 millones al año (CL 24/9). Como lo muestran las cifras, el grado de concentración es brutal.

…como dispersos

Este proceso es la base del despedazamiento del orden global imperialista que se manifiesta ante nuestros ojos a diario, porque implica la lucha a “todo o nada” entre estos capitales concentrados, encarnados en los 147 grupos trasnacionales mencionados, dejando sin sustento económico real a todo el entramado político-jurídico-militar con asiento en los Estados-nación tal como los conocemos, proceso que analizamos en detalle en el siguiente artículo de esta publicación.

Sin ir más lejos, este mes el gigante alemán Siemens adquiría a la fabricante francesa de trenes de alta velocidad Alstom, una “joya de la abuela” de la burguesía francesa (CR 28/9).

Recordemos que Alstom fue rescatada por sucesivos gobiernos galos, desde 2003 hasta el año pasado. La más resonante fue la compra del 20% de su paquete accionario por parte del Estado francés, en 2014; pero también deben enlistarse las cuantiosas compras con que el gobierno de Valls mantuvo activa la planta de Belfort cuando la compañía amagaba cerrarla, a mitad del año pasado. Ahora, finalmente, las fauces alemanas pudieron más, y en el contexto de crecimiento y consolidación en el mercado mundial de la empresa china CRRC, una de las naves insignias de los capitales galos sucumbe sin gloria pero con mucha pena.

Según el Ministerio francés de Economía, Siemens se comprometió con la “preservación de los empleos y de los sitios industriales franceses” durante… ¡cuatro años! “Alemania está comprando a Francia y Macron nos está vendiendo barato”, atizaba el fuego Laurent Wauquiez, vicepresidente del partido conservador Los Republicanos (CR 28/9 y www.iprofesional.com).

El eje franco-alemán, que supo vertebrar, en tanto núcleo de capitales más competitivos, al conjunto de la unión económica del Viejo Continente, evidenciaba así su punto más alto de fractura. La brecha en materia de desarrollo y productividad de las multinacionales alemanas en relación al resto de las fracciones de capital que alberga la UE se ahonda cada vez más, volviendo insostenibles los acuerdos históricos.

A la fractura del bloque europeo como entidad supranacional −de la cual el Brexit es el hito, pero no la única manifestación−, se le sumaba este mes la materialización del desmembramiento de los Estados nacionales europeos, con la declaración de independencia de Cataluña respecto de España, que analizaremos en profundidad en el siguiente artículo.

Cataluña constituye, estructuralmente, el 19% del PBI español; es la primera región exportadora, con más del 25% del total de las ventas al exterior; su sector industrial es vigoroso, y representa la mitad de la producción química de todo el país y el 19% de la producción automotriz. Durante 2016, fue la segunda región en materia de recepción de inversiones extranjeras, con el 20,7%, sólo por detrás de Madrid; alberga el segundo puerto y el segundo aeropuerto en importancia económica del país y produce el 40% de la energía nuclear que genera España  (RT 29/9 y www.gestion.pe). Entre las seis primeras empresas de Cataluña por facturación, la primera (Seat), la quinta (Volkswagen) y la sexta (Lidl) son multinacionales alemanas (RT 7/10).

Los catalanes pretenden abandonar una España con récord de contrataciones temporarias, el 26,1% del total del empleo, que la posiciona como el tercer país de la OCDE con mayor incidencia de este tipo de relación laboral. La tasa de desocupación, de casi 20% en el país ibérico, constituye la segunda más alta de la UE y crece al 38,6% cuando se mide entre los más jóvenes (CL 30/9). Como analizamos el mes pasado, la recuperación de la economía española tras la eclosión europea pos 2008 se asentó en una reducción del 35% de la masa salarial, por un lado, y en una fuerte extranjerización, por el otro, que redunda en que la mitad de las exportaciones de España las facturan compañías extranjeras (CL 27/8).

Por lo tanto, en este marco, la avanzada del plan separatista catalán debe leerse como un momento de ese crujir y resquebrajarse de los Estados-nación, horadados por la concentración y centralización del capital, en general, y que en particular en Europa se expresa con fuerza tras la crisis de 2008 como imposibilidad de mantener cohesionada la fuerza que otrora se unificara detrás del Plan Marshall, el Estado de Bienestar y la Unión Europea.

En Estados Unidos, las intenciones separatistas de California, el Estado que cobija al gigante polo tecnológico de Silicon Valley, o incluso la resistencia de la Cámara de Comercio a la salida del NAFTA impulsada por Donald Trump −que analizamos el mes pasado− son otras tantas manifestaciones de esta misma tendencia (CR 11/10).

Asimismo, cabe señalar que la concentración en cada vez menos manos de las cadenas globales de valor es impulsada a su vez por la incorporación de nuevas tecnologías al proceso productivo y el consecuente achicamiento del tiempo de trabajo socialmente necesario para producir el cúmulo de mercancías que abarrotan el mundo. Esa aceleración del desarrollo tecnológico es a su vez una consecuencia necesaria de la competencia entre los monopolios por apropiarse de mayores tajadas de la riqueza socialmente producida, movimiento intrínseco a la reproducción del capital.

Esta es la base material de la lucha del todos contra todos que se desenvuelve en el escenario global. Este es el telón de fondo del desmoronamiento de los órganos de gobernanza global que el imperialismo forjó tras la Segunda Guerra Mundial. Por mucho que la gestión de Trump precipite y dramatice algunos desenlaces, las contradicciones al interior del bloque occidental y la lucha encarnizada entre los monopolios obedecen a las leyes de hierro del movimiento del capital. En este sentido, en los últimos meses hemos visto la salida de EEUU del Acuerdo Climático de París y la ruptura del G-7 (que era ya una ruptura del G-8), el documento inconcluso del Grupo de los 20, el tambaleo de todos los acuerdos de libre comercio tras el repliegue norteamericano −tanto del NAFTA como del TPP− y un cruce de sanciones en todas direcciones entre los Estados centrales, que no actúan más que como la defensa de esos 147 grupos, en pugna por reproducirse en escala ampliada.

Este desbarajuste caótico, que tiene su esencia en la negación del libre comercio a partir del desarrollo del monopolio, se manifestaba este mes también en la Organización Mundial de Comercio (OMC): “La Administración del presidente estadounidense actual está matando la OMC desde dentro”, afirmaba al periódico Financial Times la comisaria de Comercio de la Comisión Europea, Cecilia Malmström. “Si los estadounidenses tienen preocupaciones específicas, está bien, escuchémoslos, (…) pero no hemos oído nada concreto, sino que no les satisface el sistema en general”, sentenciaba (RT 17/10).

Raspando el fondo de la olla

Aparte de la colosal fractura del bloque imperialista que el actual grado de concentración y centralización del capital precipita, otro de los signos de los tiempos que corren en el escenario económico mundial es la proliferación de la especulación financiera y las burbujas por doquier. Las recetas aplicadas para reactivar la economía global luego de la eclosión de la burbuja de créditos hipotecarios en el 2008 −que produjo la quiebra del gigante Lehman Brothers− han conducido al mundo a nuevas y más grandes burbujas, que amenazan estallar con más intensidad que las anteriores.

Actualmente, el mercado cuenta con al menos tres grandes burbujas por las cuales temer. En primer lugar, entre 2010 y la actualidad, en algunos mercados como Canadá y algunas zonas de Estados Unidos, los valores de los inmuebles se han apreciado en más de un ¡¡1.040%!! En segundo lugar, las cotizaciones de las cripto-monedas en 2017 se han disparado casi un 3.600%, en el caso del ether, y un 343% en el del bitcoin. Por último −y por lejos la burbuja potencialmente más peligrosa− el espumante desempeño de Wall Street sigue batiendo récords, con una racha de cierres consecutivos máximos que no se veía desde 1997 −con la burbuja de las denominadas “.com” en ciernes. El S&P 500 lleva acumulado en el lapso de un año ganancias superiores al 20%. El S&P del sector financiero subió un 10% en los últimos dos meses (RT 1 y CR 10/10).

Alan Green, director del departamento de Desarrollo Económico Global de la Setson University, advertía que “las burbujas, especialmente las burbujas del mercado de valores, son notoriamente difíciles de identificar a medida que se inflan. Hay algunos indicios de que las acciones están sobrevaloradas en relación a los promedios históricos (por ejemplo, las ratios de precios / ganancias), pero al mismo tiempo tenemos una economía que en términos generales es sólida” (CL 18/10).

En primer lugar, identificar una burbuja cuando estalla no parece un aporte muy valioso al desarrollo económico global por parte del académico. En segundo lugar, la que él llama “sólida” economía norteamericana tiene una perspectiva de crecimiento del sólo 2,1% para este año y del 2% para el 2018 según el FMI, un endeudamiento que por primera vez en su historia supera los 20 billones (millones de millones) de dólares y una deuda estatal que supera el 107% del PBI y que la Oficina de Presupuesto del Congreso pronostica en un alza indetenible hasta el 150% en 2047 (RT 12/9).

Por eso parecen más certeras las alertas del premio Nobel de Economía 2017, el economista estadounidense Richard Thaler, quien aseguraba que se está viviendo “el momento con más riesgo financiero de nuestras vidas por los continuos récords que viene marcando Wall Street” (CL 11/10).

Tomando el caso de las criptomonedas que, recordemos, no están reguladas (al menos oficialmente) por ningún banco central ni gobierno del mundo, se evidencia un fenomenal nicho de especulación, como lo muestran los números de la disparada en su cotización.

Como mecanismo de defensa ante un eventual derrumbe, las autoridades chinas prohibían este mes a los ejecutivos de las bolsas de bitcoin salir del país, además de cerrar las plataformas del intercambio de la criptomoneda en el territorio de China. En los últimos años, el 90% de toda la compraventa mundial de bitcoines correspondía a China, pero actualmente la cuota del gigante asiático se sitúa en menos del 10%, por las medidas de seguridad y estabilidad impuestas por el gobierno del PCCh en resguardo de la economía nacional (RT 20/9).

Asimismo, en octubre, Rusia anunciaba el bloqueo del acceso a las páginas web de las bolsas y plataformas de negocios que ofrecen derivados de criptomonedas. “Creemos que nuestros ciudadanos y negocios corren riesgos injustificadamente altos usando criptomonedas como objeto de inversión. Además vemos que los bitcoines se van convirtiendo en un activo que se adquiere para obtener altos beneficios en el corto plazo o indicios de una pirámide financiera”, explicaba el vicepresidente del Banco Central, Serguéi Shvetsov. La Comisión de Servicios Financieros de Corea del Sur seguía sus pasos, al prohibir la recaudación de dinero por medio de todas las monedas virtuales (RT 2 y 10/10).

Es decir que tanto algunos analistas de mercado como algunos gobiernos se preparan para el estallido de una nueva burbuja financiera en algún momento, en el corto o (no muy) largo plazo. Los indicadores reafirman lo que venimos analizando aquí mes tras mes acerca de la reinvención constante de las burbujas especulativas tras la no-salida de aquel estallido global que sacudió al mundo en 2008.

Entendida como consecuencia inherente a las leyes de hierro del movimiento del capital, no hay forma de regular o encorsetar los niveles de especulación financiera, ya que esta no es sino un síntoma de la plétora de capital existente. Las burbujas están íntimamente ligadas al ritmo de introducción de tecnología en el proceso productivo, al proceso de centralización y concentración del capital, a la reducción de la riqueza a repartirse entre los monopolios, como consecuencia de la reducción de la incidencia del trabajo en la producción y, por lo tanto, de la reducción del tiempo de trabajo expropiado a los obreros por los patrones. Es decir, en la medida en que cada día se reduce más el ritmo de producción de nuevo valor/riqueza, por la introducción de tecnología al proceso productivo, la especulación aparece como encauce (falso) de la vasta masa de capitales que necesita reproducirse en escala ampliada para subsistir.

Promesas sobre el bidet

Ahora bien, en este escenario de acelerada concentración del capital, indisimulable fractura económica y política del bloque imperialista y alta combustión de la economía mundial, sin lograr el despegue de los índices de crecimiento de los países centrales y con niveles de burbuja muy superiores a los de 2008, el presidente de los Estados Unidos presentaba oficialmente su proyecto de Reforma Fiscal norteamericana. Porque, obviamente, todo este desbarajuste responde meramente a un desfasaje impositivo, ¡claro está!…

La reforma propuesta reduce la alícuota más alta del impuesto a las ganancias de los individuos del 39,6 al 35%; eleva la tasa más baja del 10 al 12%, y pone un “techo” del 25% en el gravamen que pagan las pequeñas y medianas empresas y del 20% en el de las corporaciones, un recorte de 15 puntos que lo coloca por debajo del promedio de la OCDE (LN 28/9). “Es un cambio revolucionario, y los ganadores más grandes serán los trabajadores de la clase media a medida que los trabajos comiencen a volcarse en nuestro país, las compañías empiecen a competir por la mano de obra norteamericana y los salarios comiencen a subir a niveles que no han visto en muchos años”, explicaba el presidente, echando mano a la vieja y conocida “teoría del derrame” (LN 28/9).

Jorge Castro, ex funcionario menemista y analista internacional del Grupo Clarín, exponía el optimista razonamiento: “Las transnacionales estadounidenses producen y venden en el exterior 4 veces más de lo que exportan desde EEUU; y para evitar el pago de la tasa corporativa del 35%, mantienen en el exterior las inmensas ganancias que han logrado en los últimos 30 años. El Departamento del Tesoro las estima en US$2,5 billones/US$3 billones (…). La tasa corporativa de 35% ya no es compatible con la primacía de EEUU en el capitalismo del siglo XXI. De ahí la decisión tomada por el gobierno de Donald Trump y los republicanos, que controlan las 2 cámaras del Congreso, de reducirla en 15 puntos. Si esto ocurre antes de fin de año, sería un acontecimiento mundial. Lo único que frena a EEUU para lograr el pleno despliegue de la nueva revolución industrial es el bajo nivel de inversión de las firmas norteamericanas, debido a que la tasa de 35% se ha convertido en el más extraordinario desincentivo a la expansión y el cambio tecnológico del país-frontera del sistema. No hay lugar a equívocos. Si EEUU invierte su ecuación impositiva, y pasa del mayor impuesto a las Ganancias del mundo avanzado al menor del G7, se modifica la acumulación global, y el eje del mundo vuelve de China −donde se ha radicado desde 2008/2009− a la civilización estadounidense” (CL 8/10).

Suponer que un alivio fiscal de 15 puntos retrotraería a foja cero el declive de Estados Unidos como centro  del orden mundial no resiste el menor análisis.

En primer lugar, en 2016 la tasa de crecimiento yanqui alcanzó, como dijimos, solo un 2,1%, con un alza nula o negativa del ingreso per cápita y un aumento de la productividad de 0,2%, el más bajo de la historia norteamericana desde la década del 30. El estancamiento de la productividad en Estados Unidos en relación a la media global de 1,5% en general y al incremento chino del 7% en particular es notorio.

No obstante, más del 85% de los puestos de trabajo en el sector industrial que el mercado laboral norteamericano destruyó en los últimos 15 años fueron debido al avance de la tecnología en el proceso productivo y sólo un 15% a la radicación de las empresas en países con menores costos laborales.

Por lo tanto, una primera cuestión a resolver es la siguiente: si ocurriera lo que Castro dice y la reforma fiscal impulsara una ola de inversión y un nuevo salto en la productividad laboral norteamericana, ¿cómo se conjugaría esto con las promesas de Trump hacia la clase obrera de ese país?

Por otra parte, el capital siempre busca la mayor tasa de ganancia posible. Por lo tanto, una reforma que reduce en 15 puntos porcentuales para todos la carga impositiva no redundaría en una distribución pareja de las potenciales inversiones que derramaría al conjunto de la economía y las clases sociales norteamericanas, sino que se concentrarían donde se prometa la mejor tajada; probablemente, siguiendo los indicadores actuales, en las codiciadas compañías de Silicon Valley.

El problema es que las compañías tecnológicas que hoy apuntalan la productividad y el crecimiento norteamericanos producen con poca mano de obra y alta tecnología, siendo exigua la cantidad de valor nuevo creado en su ciclo de producción. Más bien acumulan a costa de succionar tiempo de trabajo de las demás ramas, profundizando el estancamiento de las ganancias y, por tanto, de la inversión en nuevas tecnologías que incrementen la productividad.

Lo que se descompone en nuestro tiempo es la profunda contradicción entre los intereses de un puñado cada vez más raquítico de corporaciones que afanosamente –en el doble sentido, de con “afán” y con “afano”− buscan obtener mayores tajadas del mercado para reproducirse y no sucumbir, y los intereses de unas mayorías cada vez más vastas y cada vez más despojadas de sus condiciones de vida y de existencia. No hay reforma fiscal capaz de superar esa contradicción y ahí es donde radica el problema central del orden mundial capitalista.

 
El verdadero “fin de ciclo”

En medio de la batahola económica mundial, China anunciaba que lanzará a fines de 2017 el esquema de cambio petro-yuan-oro, hecho que el conjunto de los analistas coinciden en señalar como una modificación del sistema monetario internacional. “Todos los exportadores de petróleo a China tendrán que aceptar en primer lugar la moneda china, el Yuan respaldado en oro, a cambio de petróleo. Como incentivo, los chinos ofrecen cambiar los Yuanes recibidos por oro, contra entrega de petróleo. Los exportadores de petróleo, sin embargo, podrán retirar este certificados de oro fuera de China, es decir, el ‘petroyuan’ estará disponible para pagarse en los llamados ‘Bullion Banks’ en Londres. Estos han de ofrecer oro a los exportadores a cambio de los certificados en Yuanes recibidos” (CD 23/10).

Es un hecho dado que China es el principal importador de petróleo, con ocho millones de barriles al día. Por lo tanto, este movimiento implicará una fuerte presión sobre el precio del oro, que tendería a subir y, por tanto, colateralmente, se acentuaría la depreciación del dólar en relación al oro y al yuan, síntoma de la pérdida de posiciones de la moneda norteamericana como instrumento principal del comercio internacional, hecho que venimos analizando hace años.

Los balances hechos públicos este mes mostraron que las reservas probadas de oro en China alcanzaron las 12.100 toneladas al término de 2016, con lo que el país asiático se convirtió en el segundo mayor poseedor de oro del mundo después de Sudáfrica, que también integra el bloque BRICS (XH 2/10). Todos sabemos que nadie sabe, en cambio, cuánto oro tiene Estados Unidos, ni cuál es el sustento del dólar como expresión de una economía que debe más de un PBI y mantiene desde hace años una política de emisión y crédito a tasas bajas para insuflar la economía tras el estallido en 2008.

Al mismo tiempo, la petrolera estatal de Rusia, Gazprom, alcanzaba el primer puesto en el ranking de las 250 mayores empresas mundiales de la energía de S&P Global Platts, una división de Standard & Poor’s dedicada a los mercados energéticos. Así, la compañía rusa superaba al gigante estadounidense ExxonMobil, que reinó en este sector durante los últimos 12 años (RT 25/9).

Recordemos que los BRICS, vertebrados en el eje sino-ruso, constituyen el 25% del PBI mundial y el 41% del total de la población. El yuan como moneda de referencia global, las 2 principales reservas de oro del mundo formando parte de los BRICS y la petrolera estatal rusa como la número 1 del mundo no sólo son muestras de la incapacidad del imperialismo de organizar el mundo, sino también embriones potenciales de un nuevo orden global en ciernes.

Sobre esta base material, que hemos descompuesto para su análisis, se asienta la crisis de la superestructura política y jurídica del mundo burgués que padecemos diariamente, terreno en el que se desarrolla la lucha social que analizaremos, paso a paso, en el siguiente artículo.

Sin lugar a dudas, en dicho terreno, uno de los hechos fundamentales del mes analizado lo constituyó el desarrollo del XIX Congreso del PCCh, donde se explican los ejes del “socialismo con peculiaridades chinas”, constituido por tres componentes, enunciados por Xi Jinping: desplegar todo el potencial de productividad de la economía del país; evitar la polarización social y regional; y mantener y consolidar la unidad de la Nación y del Estado. Para Xi, el pueblo chino es el protagonista de la historia, no el Partido ni el Estado; y el pueblo es la Nación china.



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