Revista Mensual | Número: Enero de 2018
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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Buenos Aires, hora cero

Imposible retrotraer el océano a los ríos…

“Poder aterrizar sin perder el control”

Tiempo de descuento

Combatiendo/Conduciendo al capital

La caída de la hegemonía estadounidense en Medio Oriente desnuda la debilidad de todo el bloque imperialista a escala global


La cumbre de la OMC en Buenos Aires confirma la fractura del gran capital

Buenos Aires, hora cero

Romper, romper, romper…

Abre la mano y muéstrame qué tienes (…).

No me digas ahora que estás revelando

cosas de las que hablamos hace mucho tiempo.

Romper, romper, romper…

Estoy rompiendo con vos

(Sumo, “Breaking away”)

 


La cumbre de ministros de la Organización Mundial del Comercio (OMC), realizada en Buenos Aires en la primera mitad de diciembre, no hizo más que confirmar el derrotero, delineado durante todo el 2017, de la fractura al interior de las 147 corporaciones que controlan más del 50% del producto bruto global.

Como continuidad del abandono de Estados Unidos del Acuerdo contra el Cambio Climático de París, la fractura del G7, el documento inconcluso de la cumbre del G20 en Hamburgo y la incesante guerra de sanciones cruzadas entre popes industriales norteamericanos y europeos, la reunión en Buenos Aires fue la frutilla del postre para la inocultable división del bloque occidental. Cada cumbre, cada encuentro, exhibió la imposibilidad de las potencias otrora líderes mundiales de consensuar aspectos básicos de gobernanza y coexistencia global.

Como venimos insistiendo desde nuestro Análisis…, no se trata de un problema de voluntades ni de líderes, sino de que la quebradura visible en la superficie responde a una fractura profunda en la base del sistema capitalista: la imposibilidad de los monopolios de continuar reproduciéndose en escala ampliada en la medida en que el desarrollo de las fuerzas productivas acelera la reducción del tiempo de trabajo necesario para producir todo lo que la humanidad consume (y lo que no… también) y, por ende, el valor. En la medida en que cada vez se produce menor valor (riqueza), hay menos para apropiarse y repartirse por parte de los grandes monopolios.

Esta feroz competencia entre los capitales monopólicos agudiza la concentración y centralización del capital. Sin ir más lejos, este mes se conocía el dato de que tan sólo 3 (sí, sin ceros, ¡tres!) fondos de inversión controlan el 90% de las empresas que integran el índice S&P 500 de Wall Street (CR 27/11). Esta colosal concentración y centralización del capital a escala global es la madre de todas las fracturas, en la medida en que resulta difícil acordar con aquel que debe (literalmente) devorarme…

Mientras tanto, al tiempo que se acelera la descomposición del orden mundial construido a medida de los monopolios occidentales tras la salida de la Segunda Guerra, el bloque BRICS continúa desarrollándose y crece su papel en el escenario de transición abierto y ahondado por la crisis irresoluble del imperialismo.

Pasemos a analizar los hechos del mes.

Roto y mal parado

Si no fuera porque la contracara de esta imposibilidad por parte del bloque occidental de sustentar una política común es la radicalización de su agresividad y la escalada bélica, como veremos en el artículo siguiente, el cierre de la cumbre de la OMC sería un gran-blooper-gran.

Tras una reunión que no logró ni un solo punto de acuerdo, la ex canciller argentina Susana Malcorra, explicitaba lo evidente: “Hubo diferencias que han impedido avanzar en acuerdos” (LN 14/12).

A su vez, la comisaria de Comercio de la Unión Europea (UE), Cecilia Malmström, sentenciaba con crudeza: “Está claro que esto fue una ocasión perdida. (…) La triste verdad es que no fuimos capaces de ponernos de acuerdo para frenar los subsidios a la pesca ilegal, esto es realmente indignante, ni fuimos capaces de ponernos de acuerdo en dar siquiera un paso en las reformas agrícolas, ni de empezar a discutir nuevos temas porque muchos miembros dijeron que no tenían mandato para ello, como comercio electrónico, micro, pequeñas y medianas empresas, transparencia, ni en servicios” (LN 14/12).

Por su parte, en una entrevista al diario La Nación, el Director General de la OMC, Roberto Azevedo, intentaba minimizar la cuestión: “No hay una ola proteccionista dramática (…). Necesitamos más flexibilidad de parte de algunos miembros para conseguir resultados en el contexto multilateral (…). Por lo positivo, tenemos la disposición de seguir negociando. Eso quedó clarísimo”. No hay remate.

E inmediatamente, contradiciendo lo anterior, agregaba: “Por supuesto que la posición americana ha cambiado. Y cuando un actor de peso como Estados Unidos cambia, hay una necesidad de reorganización de la discusión. Eso seguramente no la facilita. Pero en algunas situaciones eso provocó una dificultad más grande. En cambio, en otras hubo problemas de otra naturaleza. No fue un solo país; fueron varios” (LN 15/12).

Resulta entonces que la razón de ser de una Organización Mundial de Comercio, ­−cuando el 80% del comercio internacional es obra del intercambio de las empresas trasnacionales entre sí (CL 18/9/2016) y 147 grupos controlan más de la mitad de lo que se produce en todo el mundo− queda extinguida, junto con la posibilidad de cualquier acuerdo global. Eso, y no otra cosa, es lo que eclosionaba en la cumbre fallida.

Además, la cita de marras de la comisaria europea expone crudamente que, en las actuales condiciones de concentración y centralización del capital, los Estados centrales occidentales ni siquiera pueden garantizar el respeto por los marcos de la legalidad internacional que ellos mismos construyeron a su medida en otros tiempos. No hay moral ni jurisprudencia por fuera de las necesidades de las clases, y la burguesía monopolista necesita raspar del fondo de la olla para estirar un poco más su existencia, como analizaremos más adelante en este mismo artículo.

Imposible retrotraer el océano a los ríos…

Bajo la discusión sobre libre comercio y proteccionismo, en la cumbre de la OMC se manifestaba el grado de concentración y centralización de la economía al que ha conducido la lógica de la competencia por lograr apropiarse de porciones de una torta de valor que se reduce aceleradamente…

El representante de la cartera de Comercio de EEUU, Robert Lighthizer, en línea con las posiciones de la administración Trump, arremetía: “Necesitamos aclarar lo que entendemos por desarrollo en la OMC. No podemos sostener una situación en la que las nuevas reglas sólo se aplican a unos pocos y otros tienen vía libre invocando su estatus de economías en desarrollo” (LN 12/12). Lisa y llanamente, el funcionario yanqui pide igualdad de condiciones jurídicas y legales para naciones profundamente desiguales en materia de desarrollo económico.

Esta “propuesta” desnuda dos aspectos de la irrefrenable crisis que viene sufriendo la economía yanqui desde el año 2008. Por un lado, la “igualdad” que Lightizer reclama supone hacer abstracción de que la acumulación de los centros imperialistas es un producto histórico de la succión de riqueza generada por las masas laboriosas de la periferia. Y esto no es metáfora, sino ley de hierro de la acumulación del capital. Por otro lado, la “bilateralización” de las relaciones comerciales propuesta por la nueva gestión de la Casa Blanca no es más que una nueva estrategia desesperada de los capitales norteamericanos; en la medida en que los acuerdos bilaterales suponen poner a negociar las condiciones del intercambio comercial a la economía que aloja al 80% de los accionistas de las 147 corporaciones que controlan medio producto bruto mundial, de un lado de la mesa, y a países como Guatemala, del otro, por poner sólo un ejemplo. En este sentido, la necesidad de cambiar las condiciones del comercio multilateral diseñadas por el bloque occidental EEUU-UE a la salida de la Segunda Guerra demuestra la creciente incapacidad de EEUU de sentar a sus aliados en la mesa y repartir las amplias riquezas como lo hiciera durante más de cuarenta años. Hoy no existen estas condiciones, en tanto no hay valor para repartir. Por lo tanto, debe literalmente devorar a sus socios y, por ende, sentarlos a la mesa uno a uno, pero esta vez como presa…

Por su parte, la comisaria europea Malmström salía al cruce en defensa de la multilateralidad. “Para la UE está claro: hay que preservar y fortalecer el sistema de comercio multilateral basado en reglas” (LN 12/12). La presidenta del encuentro, Malcorra, intentó una postura componedora pero firme ante el embate yanqui: “Esta conferencia va a preservar el sistema que representa la OMC. Los problemas de la OMC se resuelven con más OMC, no con menos” (LN 12/12).

¿Tiene la UE mayor sentido de la justicia social que la gestión Trump? No. Pero la Unión Europea, en la “bilateralización” del comercio mundial, objetivamente sucumbe. Su preservación como bloque supone cinchar como se pueda –y cada vez se puede menos− a las distintas fracciones de la burguesía del Viejo Continente y encolumnarlas tras los monopolios alemanes.

Es importante remarcar que ninguna de las posiciones puede dar salida al problema con que choca la economía global, que no es otro que el estallido de la contradicción central del sistema capitalista: la producción cada vez más socializada de las riquezas y la apropiación cada vez más privada de las mismas. Y cuyos síntomas se evidencian descarnadamente desde el estallido de las subprime en 2008 hasta nuestros días, manifiestos en los niveles siderales de burbuja, el crecimiento anémico, la baja inflación, la destrucción neta de puestos de trabajo en el sector industrial a partir de la introducción de nuevas tecnologías, las crecientes masas de trabajadores expulsados del sistema, etc.

Entonces, el proceso de concentración y centralización lleva a la fractura del bloque imperialista otrora aliado, porque se reduce el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir el conjunto de las mercancías que se vuelcan al mercado y, como resultado, sobra capital. En la competencia entre los monopolios, unos subsumen a otros y absorben su porción de mercado. Uno crece, el otro muere, no hay gris. Tanto en los Estados Unidos como en la UE se expresan sectores de esa gran burguesía monopolista mundial, de esos 147 grupos. La disputa objetivamente tiende a exacerbarse, porque responde a la lucha por la supervivencia como capitales, agudizándose el caos y la descomposición. Cada uno lucha por no ser el que sucumbe. Por lo tanto, está empujado, para poder competir, a reducir aún más el tiempo de trabajo necesario, agudizando todos y cada uno de los síntomas de la crisis que enumerábamos antes.

“Poder aterrizar sin perder el control”

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) pronosticaba a principios de diciembre que el crecimiento mundial llegaría al 3,6% este año. Recordemos que la OCDE monitorea el desarrollo de 45 economías que generan en conjunto el 80% de la producción mundial. Sin embargo, dentro de ese 3,6% están contenidos los índices de China e India, que lo duplican con comodidad, con tasas de 7% anual, el de Estados Unidos, que superó el 3% por primera vez en 12 años, y el 1,6% de Francia (CR 11/12).

Inclusive concediendo que este año inaugure una posible “recuperación” de la economía mundial, si se la mira desde el punto de vista del índice de crecimiento del producto bruto, hay otros indicadores que continúan ensombreciendo el panorama, y no son menores.

En este sentido, el semanario británico The Economist advertía que aunque el índice Dow Jones Industrial superaba este mes otro récord, de 24.000 puntos, y el índice S&P500 alcanzaba una suba del 17% en lo que va del año. Por su parte, el último informe trimestral del Banco de Pagos Internacionales (BPI) alertaba que los mercados de acciones, así como el de crédito, están “espumosos”, sobrevalorados. El 48% de los gerentes consultados sostenía que las acciones están sobrevaluadas y un 49% le daba una asignación más alta de lo normal a las bolsas de valores (TE 9/12).

El propio Martin Wolf, columnista estrella del periódico Financial Times, advertía: “Sin embargo, tenemos motivos para cuestionar la sostenibilidad de esta tasa de crecimiento. Dentro del G7, las tasas de inversión netas son más bajas que antes de la crisis financiera. Se pronostica que el crecimiento de la productividad laboral mejorará algo, pero se mantendrá muy por debajo de su media entre 1995-2007. Y, sobre todo, el alto endeudamiento continúa amenazando la recuperación (…). A largo plazo, la deuda corporativa ha crecido más rápidamente que el capital accionario productivo en EEUU y en la eurozona. Una parte de esta deuda se ha contraído para recomprar acciones y así aumentar sus precios (…). La deuda familiar continúa siendo alta en numerosas economías de altos ingresos, incluyendo la de EEUU y la del Reino Unido (…). Uno de los riesgos es que el capital está atrapado en compañías zombis. Sobre todo, después de cierto punto, más crédito tiende a reducir el crecimiento y a aumentar la desigualdad. El riesgo más inmediato es que unas tasas de interés más altas pudieran hacer que la deuda que es actualmente manejable se tornara inmanejable. Esto pudiera generar una segunda ola de crisis (…). Ahora que una recuperación está en marcha, es esencial desapalancar las economías (CR 11/12).

Es decir que, detrás de los indicadores de crecimiento, los altos niveles de endeudamiento y burbuja continúan asomando como nubes negras en el horizonte económico global, junto con el estancamiento de las tasas de productividad del trabajo y de inversión de los países centrales.

Entendida como consecuencia inherente a las leyes de hierro del movimiento del capital, no hay forma de regular o encorsetar los niveles de especulación financiera, ya que esta no es sino un síntoma de la plétora de capital existente. Las burbujas están íntimamente ligadas al ritmo de introducción de tecnología en el proceso productivo, al proceso de centralización y concentración del capital, a la reducción de la riqueza a repartirse entre los monopolios, como consecuencia de la reducción de la incidencia del trabajador en la producción y, por lo tanto, de la reducción del tiempo de trabajo expropiado a los obreros por los patrones. Es decir, en la medida en que cada día se reduce más el ritmo de producción de nuevo valor/riqueza, por la introducción de tecnología al proceso productivo, la especulación aparece como encauce (falso) de la vasta masa de capitales que necesita reproducirse en escala ampliada para subsistir. Encauce falso, en la medida en que la especulación no genera valor, sino que tan sólo refleja “apuestas” sobre valor futuro (aún no producido). Es decir, las acciones, los derivados y demás instrumentos financieros, son tan sólo papeles que se compran bajo la promesa de que valdrá más en un futuro si tal o cuál empresa logra efectivamente apropiarse de nuevo valor.

Por lo tanto, cuando Wolf propone “desapalancar las economías”, preocupado por la dimensión colosal de la burbuja especulativa, sin decir cómo hacer para que ese “desapalancamiento” no implique un derrumbe, transmite una linda expresión de deseos, sin posibilidad histórica de ser realizada por las direcciones de los monopolios imperialistas.

En este sentido, apremiado por la velocidad con que se desarma la hegemonía yanqui en la competencia global, el Senado de EEUU finalmente aprobaba este mes el proyecto de Ley de Reforma impositiva impulsado por el Partido Republicano, bajando la tasa del impuesto a las empresas del 35 al 21% (CD 2/12). La Oficina de Presupuesto del Congreso, conducida por el Partido Demócrata, estimaba en el orden de los U$S 1,4 billones el rojo fiscal que la reforma agregaría, en una década, al ya abultado déficit norteamericano (LN 3/12).

A la par que se aprobaba la baja impositiva, se conocía que el déficit presupuestario de EEUU en noviembre de este año ascendió a U$S 138.500 millones, 1,4% más alto que en el mismo mes de 2016, según datos del Tesoro (CR 13/12). Opera aquí la necesidad de apelar a todos los mecanismos jurídicos al alcance, en pos de “liberar” de carga fiscal a la masa de capitales norteamericanos que el gobierno de Trump aspira a que puedan pegar un salto en materia de competitividad. La contrapartida de ello es un aumento del rojo fiscal, volviendo cada vez más insostenible el funcionamiento de la administración del Estado yanqui, agarrado con alfileres vía una emisión descontrolada y la política de bajas tasas. Pero fundamentalmente sostenido en el acuerdo eternamente renovado de correr el límite del techo de deuda –ya que su no-renovación implicaría el default− que la Constitución impone al Congreso y que hoy sobrepasa los 20 billones de dólares.

Tiempo de descuento

Lo que expresa este proceso, inevitable bajo la lógica de reproducción capitalista, es la feroz concentración y centralización del capital en sectores muy reducidos, que se expresa en un sinfín de fusiones diarias, que controlan cada vez más sectores de la economía mundial. Un estudio presentado por tres investigadores de la Universidad de Amsterdam demostraba este mes que los fondos Vanguard, State Street y BlackRock son los principales accionistas del 90% de las empresas listadas en el índice S&P 500, es decir, las 500 más grandes de la bolsa de Nueva York. Un poder extremadamente concentrado en tan pocas manos, y que equivale a una cartera de inversión de U$S 13 billones (CR 27/11). Es importante aclarar que los fondos de inversión administran dinero ajeno. Aun así, el grado de concentración que muestra el dato es monumental.

En una de sus columnas semanales de opinión en el diario Clarín, el analista Jorge Castro graficaba este problema: en los EEUU, de los 2,2 millones de unidades en explotación en el agro, el 2,5% produce más de 60% de la producción (y vende cada una más de 1 millón de dólares anuales) y el 59,8% produce el 0,9% (recibiendo menos de 10.000 dólares anuales cada unidad de explotación). Las grandes unidades productivas tienen una tasa de retorno de 12% y las más chicas una tercera parte o menos (CL 16/12).

El mismo Castro asegura que, de cumplimentarse la Reforma Fiscal en los EEUU, los flujos de capital que incorporaría esta economía serían absorbidos por tan sólo el 30% de los capitales, y no distribuidos armoniosamente entre las distintas ramas y compañías. Por lo tanto, se exacerbaría la concentración, porque se verían favorecidas para un nuevo salto tecnológico el núcleo de compañías que ya trae la delantera en esta materia. Por tanto, el atraso productivo dejaría afuera del supuesto “resurgir del capitalismo” al 70% restante de la industria yanqui.

El proceso descrito de concentración y centralización del capital es –como remarcamos− una tendencia del capitalismo monopolista, y no una exclusiva de los EEUU. Sin ir más lejos, este mes, la fábrica francesa de aviones Airbus SE, junto con la británica Rolls Royce y la alemana Siemens, anunciaban su asociación en un proyecto de fabricación de un avión con motor eléctrico para el 2020  (CD 28/11). Cualquier necesidad de las naves insignias del capital europeo de competir contra el gigante norteamericano Boeing no es pura coincidencia.

Las inversiones extranjeras en tecnología en Europa alcanzaron en 2017 la cifra récord de U$S 19.000 millones, según un informe presentado por la firma Atómico. La fuerza laboral tecnológica creció tres veces más rápido que la media general en la UE del resto de sectores y constató un aumento del 17% en desarrolladores profesionales desde 2016. El país que mayor cantidad de fondos para el desarrollo de nuevas tecnologías absorbió este año en Europa fue el Reino Unido, con U$S 5.400 millones, seguido por Alemania con U$S 2.500 millones, Francia con U$S 2.100 millones y Suecia con U$S 900 millones (DW 30/11).

Por lo tanto, la tendencia a una caída en la relación entre el capital que se desembolsa y la ganancia a repartir − por la menor producción de valor, manifiesta en el colosal grado de concentración y centralización económica y en el anémico crecimiento mundial− es lo que dinamita cualquier posibilidad de construir consenso, no sólo entre los monopolios y el conjunto de la sociedad, sino al interior de las propias filas monopólicas. La situación de colapso de la arquitectura supranacional occidental, pactada pos Segunda Guerra, deviene de este cuadro en que subsume a la economía mundial la ley de hierro de la acumulación capitalista. No hay vuelta.


Combatiendo/Conduciendo al capital

Volviendo a la cumbre de la OMC, el ministro de Comercio chino, Zhong Shan, le cantaba allí “re-truco” a la comisaria europea: “China pide a los miembros de OMC que salvaguardan el régimen del comercio multilateral que construyan conjuntamente una economía mundial abierta” (XH 11/12). De esta forma, se evidenciaba que por encima de la bilateralidad a la que propone retrotraer a punta de pistola las relaciones comerciales EEUU, y del multilateralismo sustentado en la necesidad del capital europeo de no ceder espacios vitales en el marco de la competencia inter-imperialista, la postura de China en la OMC bregaba por una economía mundial abierta.

La lógica intrínseca del capital de apropiarse y acumular riquezas en pocas manos es lo que lleva a las 147 multinacionales a confrontar/competir sin mediar racionalidad alguna. Las posiciones proteccionistas o globales de las fracciones capitalistas domiciliadas en los EEUU y UE, o sea las 88.000 mil empresas y sus 600.000 asociadas, no encierran más que las necesidades de los monopolios de hundir a otros pares para apropiares de mayores porciones de mercado.

Si China puede sostener otra posición, es sobre la base de una organización de la producción nacional sobre otros pilares, fundamentalmente la propiedad del pueblo sobre los recursos y los resortes estratégicos de la economía, administrados a través del gobierno del Partido Comunista Chino (PCCH) y la planificación estricta del desarrollo y crecimiento.

Recordemos, además, que los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) representan el 23% del PBI global y un 45%, en ascenso, de la población mundial. Esta potencialidad coloca al bloque en el centro de la escena global. Su papel es gigante objetivamente. Pero, además, la decisión política de controlar el desarrollo de las fuerzas productivas en dirección a dar respuesta a las necesidades del conjunto de la humanidad, y no en función de que cierren los números de un puñado de compañías, agiganta su rol, porque coincide con la necesidad de superar la actual etapa histórica, dominada por la competencia y por la explotación del hombre por el hombre.

En este sentido, Rusia y China anunciaban este mes el primer paso para la creación de una plataforma de compra y venta de oro entre las naciones BRICS, separadas de las tradicionales formas de comercio del metal.  El comercio de oro en el mercado bursátil en 2016 fue cerca de diez veces superior a la cantidad del metal existente al día de hoy, lo que supone una estafa gigante y obviamente insostenible, además de una burbuja más (y van…). El vicepresidente del Banco Central de Rusia, Serguéi Shvetsov revelaba que “el sistema tradicional de comercio de oro basado en Londres y parcialmente en ciudades suizas es cada vez menos relevante a medida que surgen nuevos focos comerciales, sobre todo en India, China y Sudáfrica” (RT 26/11). Según datos del Consejo Mundial del Oro, Rusia es el mayor comprador oficial de oro y el tercer mayor productor mundial, mientras que China ha contribuido más que cualquier país del mundo al crecimiento de la demanda del lingote durante los últimos meses del año (RT 26/11). La iniciativa del bloque BRICS prevé las primeras transacciones entre Moscú y Pekín bajo estas normas en 2018, entre las que destaca que el 100% de las operaciones estarán respaldadas por oro físico (RT 10/12).

Un analista especializado en el mercado de metales preciosos, Claudio Grass, vaticinaba las implicancias: “Un sistema como este provocaría un alza en el precio de las existencias físicas del oro y la consecuente eliminación de los mercados tradicionales del metal, lo que haría que el dólar ‘aterrizara’ del vuelo que mantiene desde que se desligó del sistema de Bretton Woods en 1971 (…). Las estafas en papel en Londres y Nueva York estallarán cuando el precio en papel del oro caiga a cero o cuando sólo una fracción de los inversores reclame el oro físico que le corresponde (…). Estamos incursionando en una batalla entre divisas: una respaldada por un activo sólido y otra por promesas que las generaciones futuras pagarán mediante deuda, inflación e impuestos cada vez más altos” (RT 10/12).

En la misma dirección de construir mecanismos que reemplacen los que están estallando por los aires, con clara conciencia de que para superar el desorden de cosas vigente no se puede confiar en el imperialismo “ni tantito así” –tal como enseñara el Che−, el Consejo de Seguridad de Rusia encargaba este mes a la Cancillería y al Ministerio de Comunicaciones que impulsen la creación de una infraestructura de Internet independiente en los países miembros del BRICS. La fecha límite de la tarea se fijó para el primero de agosto de 2018 (RT 28/11).

Sin embargo, incluso partiendo de otras premisas, en el grado de crisis en que se haya la posibilidad de reproducción en escala ampliada de una masa cada vez más grande de los capitales monopolistas, la planificación económica sustentada por China ofrece una previsibilidad, además de un mercado de casi 1.400 millones de almas, ante la que caen rendidos una parte de las inversiones globales. En medio de la fractura y el desgajamiento del bloque occidental, la noticia de la intensificación del uso de la ruta de trenes de carga que une Zhengzhou, capital de la provincia central china de Henan, y la ciudad alemana de Hamburgo, con un total de 449 viajes entre enero y noviembre de este año, resulta significativa. De acuerdo con la Compañía de Desarrollo y Construcción del Centro Logístico Internacional de Zhengzhou, más de 234.000 toneladas de carga valoradas en U$S 2.440 millones fueron entregadas durante el citado periodo (XH 13/12).

Por otra parte, China y la UE construyen en Shenzhen un parque industrial de economía marítima. Wang Hong, director de la Administración Estatal Oceánica de China, señalaba que las provincias costeras chinas, que constituyen el 14% del territorio de China, generaron cerca de 60% PBI del país (XH 9/12).

Con el agotamiento de la forma de producción capitalista, encerrada en sus contradicciones inherentes, se pone en el centro de la discusión cómo dominar las fuerzas y el grado de desarrollo que la humanidad en su conjunto ha alcanzado, eliminando la (des)conducción de los monopolios y la apropiación cada vez más privada de la riqueza (cada vez más) socialmente producida.

Las condiciones objetivas que sustentan el liderazgo de China y los BRICS en la escena global, en medio del bizarro desconcierto de las otrora potencias, se apoyan en los pasos dados por estos gigantes en dirección a disputar los sectores más avanzados de la economía global, poniendo esta acumulación de excedente en función de cohesionar y engordar la fuerza capaz de construir una superación al caos que el imperialismo y los monopolios encarnan. Esa fuerza, que claramente no puede partir de un solo país, por muy grande que sea, es el corazón que la era está pariendo, en esta etapa de transición. Pasemos a ver cuán dolorosas se manifestaban las contracciones en el plano de la política internacional.



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