Revista Mensual | Número: Enero de 2018
Bajar en formato pdf
Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
[<< Volver a la primera plana]

¡Divididos las pelotas!

No se pronuncia
Siempre estuve en contra
No queremos el comunismo, no queremos el socialismo
Lucha de clases
Hemos derrotado al imperialismo


La democracia fraudulenta que promueve el imperialismo decadente y la victoria obrera y popular en Venezuela

¡Divididos las pelotas!

“Viejas compotas que no dan respiro
al caníbal que hay en mí”

PR (1993)

 


El año que comienza en 2018 será de gran significación para los pueblos latinoamericanos.

La toma del Poder Ejecutivo por gobiernos de derecha en la región fue presentada por los medios de comunicación corporativos y los líderes pro imperialistas como una “restauración” liberal que debía cumplir la misión histórica de erradicar las experiencias nacionales, populares y anti imperialistas que construyeron los pueblos trabajadores. Sin embargo, lo que ocurrió fue muy distinto, ya que puso en evidencia la incapacidad de los mismos para resolver los problemas de la sociedad, dado que solo gobiernan para reproducir el interés de los capitales concentrados. Estas “Democracias” se pretendían erigir como ejemplos regionales de países “serios”, pero terminaron revelando su contenido de clase y la imposibilidad que detenta el capital financiero para presentar su interés como el común.

El golpe de Estado en Brasil y su derrumbe, los asesinatos en México y Colombia, sumado al escandaloso fraude electoral ocurrido recientemente en Honduras así lo demuestran: la democracia que promueven es aquella que expresa los intereses del puñado de corporaciones monopólicas concentradas empujadas a confiscar la riqueza de la grandes mayorías, y es por esto que deben hacer caso omiso de la voluntad popular y reprimir cualquier intento de organización en su contra. A pesar de su poder comunicacional, la crisis del sistema representativo se hace patente en cada hecho ocurrido en la región, como es la poca participación electoral de la sociedad chilena en las últimas elecciones, que arrojan un resultado que ofrece un camino incierto en los años venideros.

Así, queda en evidencia que las acusaciones de “dictadores” a las naciones del ALBA ofrecen ese mismo contenido de clase, ya que los capitales concentrados las definen como “dictaduras” porque organizan a todos los sectores sociales empujados al hambre y a la miseria contra ellos, en la conciencia de que una vida digna sólo es posible mediante la derrota y el reemplazo del orden imperialista en decadencia.

De esta manera, el camino recorrido por el pueblo trabajador venezolano en tan sólo 140 días arroja una luz de esperanza a todos sus hermanos latinoamericanos para el año que se avecina y las batallas que propone.

Veamos todo ello con mayor detenimiento.

No se pronuncia

Los hechos ocurridos en Honduras este mes muestran claramente el proceso de descomposición del orden imperialista, como así también su debilitada posición respecto de su ofensiva hacia las naciones del ALBA.

Cabe aclarar que dicha nación centroamericana históricamente ha constituído un plafón para las políticas bélicas de los EEUU en la región, sirviendo, por ejemplo, parte de su territorio para el entrenamiento en manos de la CIA de los históricos “contras” que emprendieron la sangrienta guerra contra el gobierno revolucionario de Nicaragua a partir de 1979. Rara vez en el siglo XX ha podido escapar de la tutela militar norteamericana, que se manifestó a través de sucesivos golpes de Estado que garantizaron su dominio casi sin interrupción. Es recordado el último, en 2009, cuando un liberal y prominente miembro de la oligarquía agraria hondureña (históricamente asociada con el cultivo en extensión del Banano, controlado por la United Fruit Company), Manuel Zelaya, se hiciera con la presidencia y realizara un “giro” radical en su política externa e interna, al proclamar el ingreso del pequeño país a la Alternativa Bolivariana para las Américas y el inicio de intensas relaciones comerciales con la Venezuela revolucionaria de Hugo Chávez. El golpe de Estado perpetrado por las Fuerzas Armadas y apoyado por los EEUU obligó a Zelaya a abandonar el país. De esta manera se garantizaba la “normalidad” en el comportamiento externo de la pequeña nación y su alineamiento irrestricto con los mandatos norteamericanos que, por ejemplo, la hace integrar el “grupo de Lima”, conjunto de países americanos que impulsan la intervención extranjera en Venezuela al acusar al gobernante PSUV de “interrupción del orden democrático”.

El partido político que, luego de varias maniobras, se estableció en el poder sostenido a sangre y fuego por la tutela yanqui, compitió en las elecciones frente a la heterogénea Alianza de Oposición Contra la Dictadura, conducida por el conductor televisivo Salvador Nasralla e integrada por una amplia coalición partidaria dentro de la cual se encuentra Zelaya. Pues bien, al realizarse los comicios presidenciales, en principio bajo una tranquila normalidad, y conocerse el proceso de escrutinio sucedió algo inédito: cuando la Alianza opositora comenzó a estirar su ventaja, de 45,17% a 40,21% de la fuerza oficialista, el Tribunal Supremo Electoral informaba la suspensión del conteo en el 57% de las actas y su posterior consecución unos días después, en donde de modo inexplicable se revirtió la tendencia en la carga de datos y resultó vencedor el presidente Juan Orlando Hernández (ET 17/12). Fue la primera vez en 20 años, desde que se retiraran las fuerzas armadas del gobierno, en donde el TSE no presentaba el primer informe de los comicios el mismo día de las elecciones, lo cual provocó el vuelco masivo de gran parte de la población hondureña a las calles reclamando por el escandaloso fraude electoral allí cometido.

La respuesta oficial fue decretar el toque de queda, suspender las garantías individuales de los habitantes y lanzar a las fuerzas de seguridad a una feroz represión, la cual costó la vida de 33 personas, todas de la oposición (LN 3/12). Sin embargo, el gobierno perdió el control de la situación cuando las  propias fuerzas represivas declararon su negativa a “reprimir a sus propias familias”, el rechazo al toque de queda y exigieron el cobro de salarios adeudados, por lo que anunciaron que permanecerían en sus cuarteles (CD 4/12).

El sorprendido candidato opositor, Nasralla, realizó declaraciones exigiendo a la OEA, conducida por el paladín de la democracia Luis Almagro, a los observadores europeos y a los EEUU que emitieran comunicados u opiniones repudiando el fraude electoral, siendo que, como dijimos, Honduras pertenece al puñado minoritario de naciones americanas que persisten en acusar al gobierno venezolano de “dictadura” y promueven su abandono del poder.

En las acciones de las instituciones comandadas por los EEUU se evidencia en todas sus dimensiones la crisis que el imperialismo atraviesa, puesto que allí donde gobierna, su carácter concentrado y minoritario lo enfrenta con las grandes mayorías, a las que debe confiscar y por lo tanto revela su naturaleza anti democrática, ya que su “democracia” solo expresa los intereses de 147 corporaciones monopólicas concentradas. No es un problema de deseos o intenciones, en última instancia, sino de necesidad; el único sistema de gobierno que pueden formar es precisamente el des-gobierno, la organización de todo el trabajo social dirigido hacia las arcas de un puñado de corporaciones monopólicas, mientras se abandona a grandes capas de la sociedad a la miseria y al hambre, que son reprimidas y asesinadas si intentan oponerse. Las estructuras políticas que el capital forjó han quedado obsoletas frente a su necesidad de apropiarse de la riqueza por lo que el fraude y los golpes de estado comienzan a ser la manera en que se asegura estar en el poder, esto es lo que pasó este mes en Honduras, y cómo ejecutaron el golpe de Estado contra Zelaya, así hicieron en Brasil con Dilma Rousseff y en Paraguay con Lugo.

Es por ello que el silencio, primero, y posterior reconocimiento de los EEUU (y la OEA, por extensión) de los resultados electorales no hace más que exponer con claridad que lo que se defiende cuando se exclama por los valores “democráticos” son los intereses de las corporaciones monopólicas y su necesidad de esquilmar a las sociedades latinoamericanas, y que lo que se ataca al repudiar las “dictaduras” es la organización de los pueblos trabajadores para derrotarlos y reemplazarlos.

Así, Manuel Zelaya, ex presidente derrocado y partícipe de la Alianza, manifestaba que “estos hechos de fraude electoral que tratan de imponer por la fuerza la reelección del partido conservador hondureño, significa una continuidad del golpe de estado del 2009. Es extraño que ahora que se violó claramente la Constitución, estos organismos internacionales, por ejemplo de Estados Unidos, guarden silencio. Aquí estamos en estado de sitio, la gente está en las calles, hay  muertos, asesinatos y el Departamento de Estado de EEUU no se pronuncia. Yo pienso que han de avalar el fraude y luego del Departamento de Estado dice defender la democracia (…) pero si fuera Nicaragua o Venezuela, ya estarían los marines aquí con lo que está pasando. Aquí hay leyes militares que invaden el ámbito civil. Se han suspendido las garantías constitucionales, se ha centralizado el poder, se ha suspendido el debate así como la democracia” (CD 6/12).

Siempre estuve en contra

Brasil, también activo miembro del grupo de Lima y activo promotor de la suspensión de Venezuela del Mercosur hasta que se “recupere el orden democrático”, transita un similar camino, en donde el golpe de Estado realizado contra la presidenta Dilma Rousseff birló la voluntad de 54 millones de brasileños.

Sostenido por una “coalición” de partidos políticos tradicionales del Brasil, el presidente de facto Michel Temer ha podido ejecutar la mayoría de los pedidos de las corporaciones monopólicas (reformas laborales, congelamiento del “gasto” público por 20 años, privatizaciones, etc.) con tan sólo un 3% de aprobación social.

Además de generar un déficit de 50 mil millones de dólares y dejar sin trabajo a 27 millones de brasileños, equivalente a nueve Uruguay, dos Cuba y media, poco más de media Argentina (CD 22/11). A su vez, dicha política agrava la cuestión racial no resuelta en la nación sudamericana, quien cuenta con un pasado esclavista hasta bien entrado el siglo XIX: si bien las personas de color representan hoy al 54,9% de la población, el 63,7% de los desocupados tienen la piel negra o parda; a pesar de sumar el 53% de la población económicamente activa, ocupan el 6% de los puestos gerenciales y 5% de los cargos de director o presidente; los trabajadores negros y pardos reciben un 45% menos de salario que sus colegas blancos. En cambio, sí están sobrerrepresentados en las cárceles, donde el 61,6% de los reclusos son negros o pardos; además, el 71% de las víctimas de homicidios son negras o pardos, la mayoría jóvenes (LN 27/11).

El golpe de Estado precipitó, a su vez, la disputa facciosa entre los distintos sectores del aparato estatal brasileño, al promover a través de un Poder Judicial formado en los EEUU acciones contra grupos empresariales locales (Odebrecht, JBS, PetroBras) que paulatinamente fueron desmantelados y expropiados por las corporaciones monopólicas concentradas; de esta manera, las “denuncias” por hechos de corrupción a todos los miembros de la “coalición” gobernante comenzaron a brotar raudamente, contribuyendo así al enorme desprestigio de las fuerzas políticas tradicionales. Sin embargo, el acuerdo respecto del programa de gobierno y la certeza de que una acefalía y posterior llamado a elecciones anticipadas producirían el advenimiento de Lula da Silva, sostuvo a la “coalición” relativamente unida en su acción de gobierno, especialmente a la hora de frenar las denuncias por corrupción del presidente Temer.

La baja aceptación del gobierno y el indiscutido favoritismo de Lula en todas las encuestas, que lo arrojan ganador en primera o segunda vuelta bastante lejos de sus perseguidores inmediatos, junto con la cercanía de las elecciones que deberán realizarse en 2018 provocó, ahora sí, la salida del partido con más peso político en el gobierno de facto, el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), comprometiendo en el corto plazo los planes de ajuste sobre jubilados y pensionados. En una voltereta digna de un circo, el Gobernador de San Pablo y ahora opositor Geraldo Alckmin afirmaba: “No creo que tenga ningún sentido continuar en el gobierno. Siempre estuve en contra de participar en el gobierno de Temer” (LN 30/11).

El Partido de los Trabajadores, con su principal candidato Lula da Silva, el cual ostenta una condena penal en suspenso que podría impedirle participar, lidera todas las encuestas realizadas. Cabe aclarar que dicho partido ya anunció, como principal acción de su gobierno, la convocatoria a un referendo que ponga a votación la posibilidad de dar marcha atrás con todas las medidas del gobierno de facto y la democratización de los medios de comunicación. Así, en los cinco probables escenarios en los cuales participaría Lula, éste conseguiría el respaldo de entre un 34 y 36% del electorado en primera vuelta, seguido en todos los casos por Jair Bolsonaro, del Partido Social Cristiano (PSC) que alcanzaría entre 17 y 19%. Mientras, para un eventual ballotage conseguiría vencer con un 48 a 52% de los votos, según el candidato que tenga en frente (CD 3/12).

Sin dudas, este comicio, como también los que se realizarán en México y Colombia, resultará de suma importancia para evidenciar el estrepitoso fracaso de los gobiernos pro imperialistas de la región, mientras que para los frentes nacionales y populares implicará una revisión de los propios límites, observando con mayor empatía la necesidad de seguir el camino de Venezuela y Bolivia, que son los procesos políticos que se han planteado la pelea rotunda en contra del capitalismo y que hoy en día siguen construyendo una salida frente a la crisis a pesar de los contundentes embates del imperialismo, a los que no sobrevivieron Argentina ni Brasil.

No queremos el comunismo, no queremos el socialismo

Los “pronósticos” y “anticipos” de los medios de comunicación, de analistas y políticos vinculados a la égida imperialista, sobre los resultados de la primera vuelta electoral en Chile anunciaban un arrasador triunfo del ex presidente Enrique Piñera, el cual, auguraban, triunfaría en primera vuelta sin necesidad de ballotage. Sin embargo, los resultados distaron ampliamente de todo aquello. Con un 46% de participación (unos 6 millones 700 mil votos, de 14 millones 300 mil habilitados para hacerlo), el ex presidente obtenía el 36% de los mismos (2 millones 400 mil) mientras que las fuerzas de la “izquierda” o progresismo, que fueron divididas en dos opciones, sacaban combinadas poco más de 2 millones 700 mil votos. La verdadera sorpresa la daba el heterogéneo y novel Frente Amplio, encabezado por Beatriz Sánchez, compuesto por una amplia cantidad de fuerzas políticas vinculadas a la disputa estudiantil que hace años ocupa las calles de Chile, junto con otras fuerzas menores, que obtenía el 20% de los sufragios y arañaba la posibilidad de entrar al ballotage, lo cual fuera obtenido por Alejandro Guiller, con poco más del 22%, quien encabezaba una coalición formada por los partidos tradicionales de la concertación, es decir, Socialistas, Comunistas, Demócratas Cristianos, etcétera (es.wikipedia.org/wiki/Nueva_Mayor%C3%ADa_(Chile)).

A pesar de la zozobra de los resultados de la primera vuelta, la fractura del campo obrero y popular, junto con la enorme abstención electoral, que sin dudas indica una profunda crisis del sistema representativo, provocaron que finalmente Piñera se imponga en la segunda vuelta con el 54% del 49% de los votos emitidos; es decir, con 3 millones 790 mil de los 14 millones 300 mil habilitados para hacerlo, un 30% real del padrón, y con una minoría significativa en el parlamento. Mientras sus seguidores gritaban, eufóricos, “No queremos el comunismo, no queremos el socialismo”, el presidente electo prometía devolver a Chile a “la senda del progreso y desarrollo”, contrariamente a los resultados arrojados por su primer experiencia gubernamental (LN 18/12).

Como dijimos, la composición parlamentaria se decide en la primera ronda electoral, donde las fuerzas “progresistas” o de izquierda lograron combinadas mayor número de votos que el presidente electo, por lo que a la pequeña cantidad de votos obtenidos se le sumará un parlamento opositor. En los últimos años, Chile ha visto volcar sus trabajadores y estudiantes a las calles reclamando por la eliminación de políticas heredadas de la dictadura pinochetista, como las jubilaciones privadas, la educación privada, la Constitución o los convenios colectivos de trabajo; la combinación del descreimiento total hacia las fuerzas políticas que pretendieron recoger ese guante (que antiguamente han gobernado sin poder modificarlo, a pesar de sus promesas de campaña) con el advenimiento de un presidente neoliberal con una pequeña base electoral al poder, de ninguna manera augura un futuro de “normalidad” a Chile, sino más bien todo lo contrario: la búsqueda de una experiencia de organización que pueda expresar todo aquello que durante diez años ha estado batallando en las calles por una definitiva erradicación de la herencia pinochetista, tan alabada por los centros financieros de poder. Chile hoy posee 19 Tratados de Libre Comercio (de los cuales el más resonante es con EEUU) cuyas consecuencias lo han arrojado a ser el país más desigual de la región y con menores índices de sindicalización, sumado a los problemas que hemos mencionado anteriormente, constituyen una verdadera bomba de tiempo para el “triunfador” Piñera.

El candidato derrotado, Guiller, realizaba una dura autocrítica, que se alinea con todas las realizadas por los frentes nacionales y populares que han sufrido golpes similares en la región sudamericana: “Hemos sufrido una derrota dura y en las derrotas es cuando más se aprende. Tenemos que trabajar para renovar nuestros liderazgos, nuestras formas de acción política, ir más a los movimientos sociales, olvidarnos de tantos palacios e ir a las juntas de vecinos, a las organizaciones sociales. Es tiempo de renovación, no de retroceso” (LN 18/12).

Veamos este punto con mayor detenimiento.

Lucha de clases

Cuando triunfó en un ajustado ballotage el candidato del oficialista Alianza País del Ecuador, Lenin Moreno, el saliente presidente Rafael Correa arrojó una serie de definiciones que hemos analizado hace dos meses en éste Análisis de Coyuntura:  “Nuestro proceso empezó al revés: normalmente se organiza un movimiento político, una estructura política y se llega al gobierno. Nosotros llegamos al gobierno sin estructura. Y el problema es que hemos estado desbordados, no podemos multiplicarnos por 20. Pero sabíamos que nuestro desafío era conformar esa estructura política que dé apoyo al gobierno” (youtube.com/watch?v=dpzALXy7UXo), evidenciando un claro déficit en la organización de base de su Alianza País, a la vez que planteaba a los ciudadanos como el sujeto político capaz de transformar las estructuras de poder, promoviendo la democracia participativa como herramienta de “participación ciudadana”. Respecto de las definiciones sobre el Socialismo, afirmaba: “Socialismo es supremacía del trabajo humano sobre el capital. Estamos en contra de la utilización del trabajo humano como un instrumento de producción en función de las necesidades de acumulación del capital. Otra definición es la supremacía de la acción colectiva por sobre la individual; superemos esta falacia neoliberal del individualismo como eje de la sociedad. (…) ¿Cuáles son las diferencias con el socialismo tradicional? Primero, en el siglo XXI nadie puede sostener la colectivización de los medios de producción. (…) Otra fundamental: superar el materialismo dialéctico. Hoy nadie puede hablar de materialismo dialéctico (…), lucha de clases, etcétera” (youtube.com/watch?v=hYHV6eagENk), dando así, sustentabilidad teórica a aquello de denominar como “ciudadanos” a los sujetos políticos de transformación social, negando la división en clases de la sociedad.

Pues bien, a su vez el ex presidente argumentaba motivos personales para retirarse de la política y radicarse en Bélgica, donde es oriunda su esposa, dando plena confianza al movimiento que fundara la gobernanza de la nación sudamericana. En poco tiempo todo pareció derrumbarse; quien fuera elegido como “delfín” y continuador del valioso líder sudamericano comenzó a ejecutar el programa económico de los banqueros que se le opusieron en la elección presidencial y a promover una purga gubernamental hacia los dirigentes más cercanos a Correa. A partir de esto, es ex presidente anunciaba su retorno al país para normalizar su movimiento político y oponerlo a las medidas gubernamentales que sorpresivamente llevaba a cabo Lenin Moreno, afirmando que “En seis meses, ha retrasado 20 años el país. Sentimos seis meses de desgobierno, seis meses de una operación milimétrica de destrucción de los 10 años de Revolución Ciudadana. Ha traicionado el programa de gobierno (…) el mayor traidor que está gobernando con la derecha, con los banqueros. En la Convención (del Movimiento Alianza País) se va a tomar la decisión de expulsar a Lenin Moreno” (HTV 23/11), a la vez que se declaró “opositor” del actual mandatario (ET 1/12).

Resulta significativa la reflexión del ex presidente respecto de lo ecléctico que ha resultado el movimiento político que fundara, esto es las ideas que se defienden y los hombres y mujeres que están convocados a llevarlas a cabo. Por más traición que hubiera, es menester reflexionar sobre qué es aquello que garantiza la unidad de un movimiento político y qué es lo que provoca su fractura, cuando en tan solo seis meses el dirigente máximo de un movimiento político debe declararse opositor de un gobierno que fue elegido con su apoyo y es encabezado por un histórico dirigente del mismo. En este sentido, no se puede pensar una revolución sin poner en el centro la lucha de  clases, cuando Correa plantea que no es necesario cuestionar la propiedad de los medios de producción su Revolución Ciudadana queda en los marcos del capitalismo, por eso el sujeto de transformación es el ciudadano, invento de la burguesía para simular que todos tenemos los mismos derechos cuando en realidad nacemos en relaciones desiguales y eso es lo que hay que transformar. Por esto, en su Revolución Ciudadana prima que se puede mejorar las condiciones de nuestros pueblos en los marcos del sistema, sin embargo, la crisis actual nos demuestra todo lo contrario, cada vez hay menos margen para la reproducción de la humanidad bajo las relaciones que impone el capital y es menester dar un pelea furibunda. Esta cuestión es central y ha atravesado a los frentes nacionales y populares de la región que se han propuesto crear una alternativa como el caso de Argentina y Brasil. Estos límites que también expresa el candidato de izquierda en Chile, permiten que fuerzas políticas desprestigiadas, anti populares y condenadas al fracaso, puedan obtener cierto “tiempo” y aire para gobernar, mientras las fuerzas obreras y populares realizan su camino de aprendizaje sobre quién es el enemigo al que se están enfrentando, cómo se lo derrota y reemplaza.

Creemos que el caso venezolano es ciertamente representativo respecto de este problema en particular.

Hemos derrotado al imperialismo

Es precisamente en la nación caribeña donde se sintetizan dos de los puntos que más discusión han traído a los pueblos latinoamericanos en este último año: la democracia y su contenido y la unidad de las fuerzas obreras y populares en su enfrentamiento al imperialismo. En ambos puntos, la experiencia Venezolana ha emergido fortalecida y victoriosa.

Cabe recordar que en diciembre de 2015 el gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) recibía un duro contratiempo electoral, al resultar derrotado en las elecciones parlamentarias por la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y en donde el dato de mayor significación lo arrojaba la cifra de casi 2 millones de adherentes al Partido que no habían concurrido a las urnas, más que un crecimiento de votantes opositores. Desde ese momento, y teniendo en cuenta el contraste con Ecuador, la decisión oficialista consistió en radicalizar los instrumentos de democratización obrera y popular, dando fuerza a la convocatoria de los Consejos Comunales y haciendo centro especial en el papel de la clase trabajadora, en la necesidad de que sea ella la que conduzca el proceso que se llevaba a cabo. Víctimas de un feroz ataque imperialista, que combinó guerra económica, sabotajes, bloqueos financieros internacionales, persistentes ataques mediáticos, terrorismo interno y amenazas de intervención bélica de los EEUU, las fuerzas obreras y populares venezolanas resultaron victoriosas de la cruenta batalla ofrecida por el imperialismo decadente.

El rotundo triunfo electoral en la Asamblea Constituyente, la cual promueve entidad constitucional a todas las medidas tendientes a la democratización del poder económico y político, donde más de 8 millones de personas se movilizaron a manifestar su apoyo frente a las acciones del terrorismo paramilitar financiado y entrenado por la CIA; el rotundo triunfo electoral en las elecciones a gobernadores, en donde concurrieron más de 11 millones a las urnas a pesar del llamado de los EEUU a no votar y donde el gobernante PSUV se hiciera con 18 gobernaciones de las 23 en juego obteniendo poco más del 54% de los votos positivos y, finalmente, la arrasadora victoria electoral en las elecciones municipales de éste último mes, en donde el gobernante PSUV se hiciera con el 90% de las alcaldías en disputa, 295 de 335, y 20 de las 23 capitales de Estado (gobernaciones), demuestran de manera contundente el fracaso de la estrategia imperialista.

Esto es significativo en varios puntos: en primer lugar, la insistente definición del “grupo de Lima” y de los organismos adherentes a los EEUU de que en Venezuela existe una “dictadura”, cuando en tres oportunidades y de forma masiva, mucho más que en las naciones que lo integran, la sociedad venezolana concurrió a las urnas sin ningún tipo de problema. En segundo lugar, las definiciones respecto del carácter antipopular de la denominada “dictadura”, en donde dirigentes opositores como Julio Borges afirmaron por todos los medios de comunicación del globo que el gobierno detentaba un rechazo del 80% o superior (como el caso de Temer en Brasil), lo cual es refutado rápidamente al ver el resultado de las elecciones. Por último, aquello de que la “dictadura” se sostiene en el poder a través de la fuerza y la represión, afirmación desmentida al producirse la Asamblea Constituyente y evidenciarse la falta de apoyo social a la estrategia terrorista opositora, lo que luego provocó la ruptura de la heterogénea MUD y su actual desorientación y debilidad (CD 11/12).

En tan solo 140 días, Venezuela fue pacificada y las fuerzas opositoras diezmadas, mientras todos los argumentos repetidos hasta el hartazgo por los líderes pro imperialistas en la región se desarmaban uno a uno, especialmente con lo acontecido en Honduras que hemos mencionado al comienzo de este artículo. Nicolás Maduro afirmaba que “hemos derrotado al imperialismo estadounidense con votos. El camino es la unión popular” (LN 11/12). Es precisamente esa “unión” que se promueve, la que adquiere relevancia fundamental para el año que comienza en la región, en donde se pondrán a prueba varios e ilegítimos gobiernos regionales adherentes a las fuerzas imperialistas, así como muchas de las fuerzas obreras y populares reagrupadas tras ser derrocadas del gobierno o haber decidido un trascendental cambio de estrategia.

Como hemos señalado en numerosas oportunidades, el vuelco fundamental realizado por el PSUV fue el de comprender que sin la clase obrera como sujeto activo y protagónico del cambio social emprendido, ningún objetivo podía llevarse a cabo verdaderamente. La promoción de los Consejos Comunales, los CLAP, las brigadas de seguridad y defensa y tantos otros instrumentos masivos de democratización del poder es lo que en definitiva permite que las debilitadas fuerzas imperialistas choquen persistentemente contra una sólida roca que las fractura. El camino de la unidad, por lo tanto, radica en asumir con claridad qué es lo que se enfrenta, el imperialismo y cómo se lo reemplaza. En las indefiniciones, vacilaciones o equivocaciones sobre estos puntos que analizamos para los procesos que se han dado en otros países de la región, es donde el enemigo puede garantizar su caótica supervivencia, es allí donde ha logrado hacerse con la conducción política de los pueblos que debe confiscar y esquilmar. En palabras del vicepresidente de Venezuela, Tarek El Aissami: “Nuestra obligación como pueblo, nuestra obligación moral como fuerza histórica es derrotarlos una, dos, tres y las veces que haya que derrotarlos para que nunca más gobiernen este país” (ET 29/11).



[ << Volver a la primera plana ]