Revista Mensual | Número: Junio de 2018
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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¡Ya no hay más!

Rasero imperial
Fagocitándose
Todos contra uno y todos contra todos


¿Capitulación de Estados Unidos en la Guerra Comercial?

¡Ya no hay más!

“Se levanta a la faz de la Tierra

una nueva y gloriosa Nación

coronada su sien de laureles

y a sus plantas rendido un león (…).

De los nuevos campeones los rostros

Marte mismo parece animar

la grandeza se anida en sus pechos

 a su marcha todo hace temblar”

(Himno Nacional Argentino, fragmentos de la letra original de 1813)

 

“¿Cómo vence esta crisis la burguesía? (…).
Preparando crisis más extensas y más violentas
y disminuyendo los medios para prevenirlas”

(Marx y Engels, Manifiesto Comunista)


Sin duda, en los últimos meses, la política arancelaria de la administración norteamericana y la posibilidad latente de precipitación de una guerra comercial de escala global ocuparon el centro de los análisis sobre la situación económica mundial. Luego de gravar el ingreso de los productos de acero y aluminio importados desde cualquier parte del planeta, y de apuntar los cañones a China por el supuesto robo de propiedad intelectual a las compañías estadounidenses alojadas en suelo oriental –amenazando con arancelar el ingreso de más de mil productos chinos–, este mes los gobiernos de Trump y Xi Jinping parecían llegar a un acuerdo que dejaría sin efecto las medidas anunciadas.

Para evitar caer en explicarnos los hechos desde las “paradojas” o la excentricidad del presidente norteamericano, es necesario enfocar el análisis en las tendencias profundas de la economía global, de las cuales la seguidilla de acciones y contramarchas del errático gobierno estadounidense no son más que una manifestación.

Los números del primer cuatrimestre de 2018 ratificaron inequívocamente el liderazgo chino en el crecimiento global: ella sola explica más del 40% del total (CL 13/5). En contraste, los índices del Instituto de Política Macroeconómica, un think-tank alemán, sugerían este mes que la probabilidad de una recesión en la zona euro ha aumentado del 7% en marzo al 32% en abril; mientras que, en su “Perspectiva de la economía mundial”, publicada a fines de abril, el FMI rebajaba a 1,4% la proyección de crecimiento (TE 28/4). Frente a ello la única respuesta que ensaya el bloque es seguir apalancando con crédito barato del BCE hasta septiembre. Después no se sabe qué…

Del otro lado del Atlántico, la suba de tasas de la Reserva Federal es la contracara de la misma moneda, porque el achicamiento del tiempo de trabajo socialmente necesario para producir el conjunto de mercancías que la humanidad consume a diario (y las que no alcanza a consumir también) es un problema que traspasa las fronteras nacionales o continentales y enloda al conjunto del sistema capitalista.

Cada vez se produce más en menos tiempo, y aunque coyunturalmente algunos grupos se apropien de una tajada cada vez mayor y logren reproducirse, lo hacen sobre la base de expropiar a fracciones cada vez más vastas de capitales, por un lado, y de reducir cada vez más su base de sustentación, por otro: ese tiempo de trabajo socialmente necesario que el salto tecnológico achica constante y vertiginosamente. Así, cada medida que pretende “contener” en la inmediatez la crisis del capitalismo genera crisis más extensas y más violentas, como hemos visto suceder desde 2008. Pasemos a ver cómo se desarrollaron los hechos del mes.

Rasero imperial

La amenaza de guerra comercial que se cierne sobre la economía mundial desde hace unos meses, cuando la administración Trump anunció aranceles a la importación de productos de acero y aluminio, agregaba un nuevo capítulo este mes a partir del acuerdo entre China y Estados Unidos, que deja en suspenso las sanciones a más de mil productos chinos y las respuestas orientales quirúrgicas sobre el sector agrario norteamericano.

Es necesario analizar las causas profundas que subyacen tras las furtivas marchas y contramarchas del gobierno estadounidense, porque, a diferencia de la volatilidad de las medidas de Trump, las leyes de acumulación capitalista son tendencias inexorables y permanentes.

Recordemos que las respuestas anunciadas por China el mes pasado –de haber entrado en vigencia– hubieran afectado directamente a 300.000 agricultores norteamericanos, y disparado hasta un 20% la desocupación en estados de la unión como Minnesota. El elevado grado de socialización de la producción a escala mundial, alcanzado con las llamadas cadenas globales de valor, quedaba sintetizado en el análisis de Chad Bown, investigador del Instituto Peterson de Economía Internacional: “[aplicando sanciones comerciales] terminás disparándote en el pie, disparando a tus aliados en el pie, y tal vez lastimás al dedo gordo del pie de China” (CD 26/4).

En relación a disparar a los aliados en el pie, venimos señalando mes a mes la terrible fractura en el bloque occidental, entre la Unión Europea y Estados Unidos, como una de las formas primordiales que adquiere el proceso de concentración y centralización del capital en tanto no solo no hay más valor para repartir entre los históricos amigos sino que los socios son ahora la pieza a deglutir. En este sentido, el ministro belga de Finanzas, Johan Van Overtveldt, volvía a advertir: “Una guerra comercial es un juego en el que todos perdemos (…). Debemos estar tranquilos cuando pensamos en reacciones, pero el punto básico es que nadie gana en una guerra comercial” (HTV 29/4).

El ministro de Economía de Francia, Bruno Le Maire, en una entrevista a la emisora Europe 1, afirmaba de manera más contundente: “Llamé a mi homólogo estadounidense [el Secretario del Tesoro, Steven Mnuchin] hace dos días y le dije que estas decisiones –sanciones a Irán– eran contrarias a lo que queríamos construir con nuestros aliados estadounidenses (...). Tenemos compañías como Total, Renault y Sanofi en Irán, y queremos defender nuestros intereses económicos (…). Tenemos que trabajar entre europeos para defender nuestra soberanía económica. ¿Qué queremos ser? ¿Vasallos que obedecen ciegamente las decisiones que toman los norteamericanos? ¿Queremos que Estados Unidos sea el policía económico del planeta?” (RT 11/5).

Claro que la desconfianza del bloque europeo hacia su histórico aliado tiene fundamentos bien concretos. La suba de la tasa de interés de los bonos emitidos por la Reserva Federal Norteamericana (FED), que superaba este mes el 3% tras más de cuatro años, pone en estado de alerta al mercado mundial, sumergido en una burbuja sin precedentes. “Cuando suban, es probable que las empresas más débiles y los consumidores más endeudados tengan problemas. Si el costo del endeudamiento del gobierno aumenta, se hace más difícil financiar los déficits presupuestarios (TE 28/4), sentenciaba la prensa del establishment inglés.

Recordemos que la administración Trump ya introdujo una reforma fiscal que redujo del 35 al 20% el impuesto a las ganancias empresarias en Estados Unidos, lo que significa una reducción de más del 42%. Sobre llovido mojado, el reciente anuncio de la suba de tasas de la Reserva Federal refuerza el movimiento de capitales hacia el interior de las fronteras norteamericanas. Como en un barco que se hunde y cada uno busca salvar lo que pueda del naufragio, el gobierno republicano se propone sostener a una fracción de capital a capa y espada. Sobre todo a espada, si se tiene en cuenta que el proceso de concentración y centralización del capital solo implica lucha entre los grandes monopolios.

Los acuerdos entre las potencias imperialistas eran sobre la base de distribuirse el valor/riqueza producido a lo largo y ancho del planeta, a partir de controlar los eslabones centrales del conjunto de las llamadas cadenas globales de valor. En la medida en que cae la producción de valor, es decir, se reduce el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir como resultado de la monumental innovación tecnológica –proceso inherente a la reproducción del capital–, cada vez hay menos para repartir y se encarniza la lucha. Los desencuentros diplomáticos explícitos en torno a la cuestión iraní y la salida de Estados Unidos del acuerdo 5+1 que abordaremos en el siguiente artículo, así como la radicalización sangrienta del sionismo en la Franja de Gaza, son algunas de las manifestaciones más palpables de ese agotamiento.

El derrumbe de las relaciones de producción capitalistas es evidente hasta para los libres pensadores forjados por el gran capital. Como el mes anterior, el editor estrella del Financial Time, Martin Wolf, volvía a señalar lúcidamente la decrepitud de la otrora hegemónica mirada del bloque imperialista sobre cómo debe organizarse la vida en su conjunto. Occidente debe aceptar su relativo declive o, para evitarlo, participar de una lucha extremadamente inmoral, y probablemente ruinosa. Ésa es la verdad más importante de nuestra era. La visión dominante del resto del mundo solía ser que Occidente era intervencionista, egoísta e hipócrita, pero competente. Después de la crisis financiera y del aumento del populismo, la capacidad de Occidente de manejar adecuadamente sus sistemas económicos y políticos se ha puesto en tela de juicio” concluía su columna (CR 21/5). Podemos desmenuzar más en qué radica esa lucha inmoral y ruinosa.

Fagocitándose

Según un estudio de la consultora Accenture, “para el año 2035, la inteligencia artificial va a duplicar el crecimiento económico en una docena de países desarrollados e incrementar la productividad laboral en un 40%”. En el mismo informe elaborado se asegura que “en 2017 las fusiones y adquisiciones de empresas relacionadas con inteligencia artificial rondaron los U$S 21.000 millones, o sea, 26 veces más que en 2015 (LN 16/5).

Tomando la rama de la producción y comercialización de los de granos como muestra del proceso que describimos, las cuatro mega empresas que controlan este segmento –las denominadas ABCD: ADM, Bunge, Cargill y Dreyfus– pasaron de la mera compraventa de granos al control total en la cadena de valor agraria, centralizando para sí terminales portuarias, silos, transporte, procesamiento de alimentos, biocombustibles, financiación, etc. En la actualidad, ostentan una facturación de más de U$S 250 mil millones por año.

Sin embargo, para uno de los CEOs de Cargill, Gert-Jan van den Akker, “este modelo de negocios se ha terminado”. En la misma línea, un ejecutivo de ADM expresaba que es “anticuado”, ya que tres nuevas condiciones de producción cambiaron radicalmente el panorama: la irrupción de pesos pesados como Glencore, la mayor empresa de commodities del mundo con una facturación superior a U$S 220 mil que se metió de lleno en la rama, o COFCO, el gigante estatal chino que absorbió a Nidera y Noble; el avance de la tecnología en el almacenamiento de granos, ya sea en silo-bolsas o en silos de bajo costo; y finalmente, el amplio acceso a información sobre los mercados –precios, clima, rendimientos, oferta y demanda– así como a los distintos instrumentos de fijación de precios.

Los últimos resultados de Bunge fueron muy pobres, debilitando la posición de la compañía y abriendo las puertas a una potencial concentración aun mayor de la rama. La combinación ADM-Bunge crearía un gigante de más de U$S 100.000, con un tamaño similar a Cargill, y superaría a la reciente operación Bayer-Monsanto (todo en CL 25/4). En todo caso, parece ser que la única salida para los problemas de las grandes es una concentración aún mayor.

En el mismo sentido, la aparición de Tesla –la industria de autos eléctricos que produjo el primer auto de lujo completamente eléctrico en 2012– en el mercado europeo pone en jaque a la poderosa y conservadora industria automotriz alemana y los más de 8 millones de trabajadores que contiene. “Uno de los motivos del éxito alemán es que sus reformas laborales de comienzos de la década del 2000, combinadas con el euro relativamente barato, han hecho altamente competitivas sus exportaciones (…). Pero el modelo industrial conservador del país ahora está siendo puesto a prueba a una escala que quizás aún no se ha comprendido plenamente, aseguraba la canciller Ángela Merkel (LN 9/5).

En ambos ejemplos queda de manifiesto la misma tendencia: la disputa por el control del sector que produce los medios de producción se torna vital en la competencia interimperialista; y con el desarrollo tecnológico, progresivamente compañías tecnológicas y producción de medios de producción tienden a asimilarse. Por lo tanto, naves insignias de la industria mundial, quedan obsoletas en relación al dinamismo que adquiere el sector hi-tech (alta tecnología). Sin embargo, en cuanto a las tendencias de conjunto que señalábamos más arriba, las compañías tecnológicas incorporan poco valor al proceso de producción global y succionan mucho de las otras empresas, hete aquí sus abultadas ganancias.

Hasta el mapa tal cual lo conocemos está en permanente redefinición, al calor del proceso de concentración y centralización del capital. Este mes se conocía la noticia de que la economía del estado de California superó en tamaño a la del Reino Unido, lo que la convierte en la quinta mayor del mundo. El Producto Interno Bruto (PBI) de California, cuna de Silicon Valley, aumentó en U$S 127.000 millones de 2016 a 2017 y llegó a superar los 2,7 billones de dólares, según la agencia de noticias Associated Press (AP). El sector de empresas informáticas explica buena parte del salto, con un crecimiento interanual de U$S 20.000 millones (HTV 6/5).

La otra pata que se escinde de la cincha imperialista es el movimiento obrero de los países centrales, que participaron del reparto del botín succionado al tercer mundo, a través de los altos salarios y las condiciones laborales deluxe del Estado de Bienestar. En la actualidad, la Renta Básica Universal (RBU) se presenta como un espejismo al que acuden cada vez más países. Finlandia comenzó en enero de 2017 una prueba para 2.000 personas, en la que cada una recibe U$S 680 por mes. En cinco municipios en Holanda se están realizando pruebas de beneficios por desempleo. En Ontario, Canadá, acaba de cerrar la inscripción para su experimento de RBU con 4.000 participantes en cuatro ciudades y en Escocia cuatro autoridades locales, incluidas Glasgow y Edinburgo, están en la fase piloto de su proyecto (TE 28/4).

De esta manera, capitales y población son sobrantes para un núcleo cada vez más reducido y concentrado de empresas que controlan la economía global, como queda de manifiesto.

Todos contra uno y todos contra todos

Estas condiciones estructurales son las que hacen que el analista internacional del grupo Clarín, Jorge Castro, advierta sobre el entrampe en que se encuentran las 88.000 empresas trasnacionales y sus 600.000 asociadas, la mayorías de ellas de origen norteamericano, que “restringen hoy las exportaciones de alta tecnología a China, excluyendo a todas aquellas que pueden tener potencialmente un uso dual (civil/militar) (CL 13/5).

Para Castro, “si el gobierno de Trump disminuyera en 10% / 15% esta limitación fundada en la ‘seguridad nacional’, el déficit comercial de bienes desaparecería en dos años o menos (...). Es probable entonces que EEUU disminuya la percepción de riesgo estratégico que implica venderle a China productos de alta tecnología de uso dual (civil/militar). Pero esto no implica en modo alguno permitir las inversiones chinas en la industria high-tech norteamericana, sobre todo las que se fundan en el conocimiento propio de la nueva revolución industrial (Inteligencia artificial / Internet de las Cosas / Robotización). China es el principal competidor por el poder mundial con EEUU y, a la vez, su mayor y decisivo aliado estratégico (CL 13/5).

Si el control del sector de las empresas tecnológicas se vuelve determinante en el contexto de precipitado desarrollo científico aplicado a la producción al que aludíamos más arriba, el ejemplo de la región china de Shenzhen, donde se alojan casi 10.000 empresas de alta tecnología, es crucial (CL 4/5).

Este desarrollo, sintetizado en el plan “Hecho en China 2025” –que contempla un ambicioso programa de avanzada en alta tecnología e Inteligencia Artificial (IA) e implicó un aumento irrefrenable en la inversión en investigación y desarrollo del 18% año entre 2010 y 2015 (CL 4/5)– es el que apuntó a abortar o por lo menos bloquear la “guerra comercial” lanzada por EEUU, prohibiendo a sus firmas la exportación de insumos tecnológicos y otros componentes a empresas como ZTE.

Sobre esta base estructural es que, promediando el mes de mayo, China y EEUU acordaron renunciar a una “guerra comercial y comenzar a trabajar sobre la reducción del déficit comercial de Washington con respecto a Pekín (que en 2017 fue de U$S 375.000 millones). China se comprometió a aumentar sus compras de bienes y servicios producidos en la costa este del Pacifico, de acuerdo con un comunicado conjunto emitido entre las delegaciones de ambos países reunidas en la capital estadounidense. El vice primer ministro chino, Liu He, que encabezó la delegación del gigante asiático, afirmaba que “ambas partes alcanzaron un consenso, no van a librar una guerra comercial y van a dejar de subirse los aranceles respectivos”, según citaba la agencia estatal china Xinhua.

En concreto, mientras que China destina el 18% de sus exportaciones a EEUU (U$S 505.000 millones), el gigante asiático solo representa el 8,4% de las ventas al exterior de los norteamericanos, con una cifra de U$S 130.000 millones. El 40% de esos 130.000 millones de dólares se explica por productos de las industrias high-tech norteamericanas.

Desde la Casa Blanca, Trump suspendía inmediatamente la imposición de U$S 150.000 millones en aranceles a productos chinos, al menos mientras continúan las negociaciones para reducir el déficit comercial estadounidense respecto de Pekín, y comprometía públicamente a su departamento de Comercio a que levante la prohibición de exportaciones sobre la compañía de equipos telefónicos china ZTE, cuarta proveedora del mercado norteamericano de celulares (Toda la información consignada en XH 14/5, HTV y CL 20/5 y CR 21/5). Las dos partes “están trabajando juntas para traer de vuelta rápido a los negocios a la compañía masiva china ZTE”, publicaba Trump en Twitter (XH 14/5).

No llegaba a terminar el mes de mayo, cuando el mandatario norteamericano anunciaba una vuelta sobre las medidas arancelarias contra productos chinos por más de 50.000 millones de dólares, con tasas del 25%. “Instamos a Estados Unidos a cumplir con su promesa y con el espíritu de la declaración conjunta”, declaraba en una conferencia de prensa la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Hua Chunying, quien agregaba que China tomará medidas “resueltas y enérgicas” para proteger sus intereses si Washington actúa de “manera arbitraria e imprudente”. “Cuando se trata de relaciones internacionales, cada vez que un país cambia de postura y se contradice es otro golpe a su reputación”, fustigaba la funcionaria oriental (XH 1/6).

Si Estados Unidos introduce sanciones comerciales, incluyendo el aumento de sus derechos de aduana, entonces los frutos de las negociaciones comerciales y económicas (entre ambos países) no tendrán efecto”, remarcaba la agencia oficial Xinhua, volviendo a los fuegos cruzados (XH 2/6).

El colosal déficit norteamericano en la balanza bilateral no hace otra cosa que certificar que la competitividad de la industria del gigante asiático está alcanzando progresivamente –y llegando a superar– a la de la primer economía del mundo. La economía china creció 6,9% en 2017, con un aumento de la productividad de todos los factores (PTF) que superó 7% en el año, mientras que el aumento de la PTF en Estados Unidos no alcanza el 1% anual (CL 11/3).

Este es un punto a tener en cuenta para comprender por qué la administración norteamericana lleva la confrontación en lo retórico a un punto que después le es imposible sustentar en la acción, configurándose lo que los analistas internacionales de las usinas imperialistas llaman una “política exterior errática” o “los papelones de Donald Trump”. Además, como señalábamos el mes pasado, el impacto que una guerra comercial con China tendría sobre el empleo fronteras adentro de los Estados Unidos y sobre algunos sectores puntuales de la economía, como el agrario, sería mortífero. China consume, aproximadamente, la mitad de la soja exportada por Estados Unidos, por citar un ejemplo (CD 26/4).

Como señalamos mes a mes desde nuestro Análisis…, el proceso de globalización abierto en el último tercio del siglo XX conllevó la trasnacionalización del proceso productivo, integrado ahora en las llamadas cadenas globales de valor. Las empresas que controlan esa cadena han ubicado sus instalaciones estratégicamente a lo ancho y a lo largo del planeta, según disponibilidad de recursos, regulaciones fiscales y costos de la mano de obra. La globalización implica una tendencia a la homogeneización de la tecnología en control de las multinacionales, no porque la socialicen, sino porque liquida a un sinfín de capitales de escalas nacionales y regionales más atrasados, cuyas cuotas del mercado mundial se concentran en los pulpos globales. El grado de socialización del proceso de producción es cada vez mayor, integrándose el mundo cada vez más.

Como un sinnúmero de estudios e informes lo comprueban, de los millones de puestos de trabajo que se destruyeron en el sector manufacturero en Estados Unidos, tan sólo el 15% sucumbieron como resultado del advenimiento de la globalización, ante los inferiores costos laborales mexicanos o asiáticos, mientras que el 85% restante pereció fundamentalmente con el desarrollo tecnológico aplicado al proceso productivo, es decir, por la robotización. Y esta tendencia al reemplazo de la mano de obra por robótica se acelera, corriendo pareja con el proceso de concentración y centralización del capital.

Si el capital sobrevive en base a apropiarse de una parte impaga del tiempo de trabajo a la clase trabajadora, y el desarrollo tecnológico empuja a la reducción generalizada del tiempo de trabajo socialmente necesario, destruyendo puestos de trabajo aceleradamente, ello significa que la reproducción del capital implica, lisa y llanamente, bajo esta lógica, su autodestrucción. Es decir, la corrosión permanente de las bases para su reproducción futura y, por ende, el deterioro acelerado de la (super)estructura político-jurídica erigida sobre las mismas. Resulta evidente entonces que la crisis es insalvable en el (des)orden de cosas vigente, ya que responde a las leyes de hierro del movimiento y la reproducción del capital.

Por eso, no es un problema de si Trump o si Obama, de si excéntrico o mesurado, etcétera, sino que hay un choque brutal entre las necesidades económicas de la reproducción de una minoría de grupos económicos cada vez más concentrados y las condiciones políticas con que cuentan para su realización. En la medida en que, progresivamente, la acumulación monopolista va liquidando a cada vez más franjas de la propia burguesía (y desalojando del proceso productivo a una masa ingente de clase trabajadora, a la que –con suerte– condena a vivir de una renta universal), la capacidad de construir consensos y de revestir su interés particular como el interés general del conjunto de la sociedad, de construir hegemonía, es cada vez más ínfima e imposible.

Por lo tanto, es en la profundidad y las dimensiones de la crisis del capitalismo como sistema donde se encuentra la llave para comprender el ostensible aislamiento en política internacional de Estados Unidos, expresado este mes en el portazo del acuerdo nuclear con Irán, y el desmoronamiento de las superestructuras supranacionales montadas tras la salida de la Segunda Guerra, como la OTAN o el propio Consejo de Seguridad de la ONU, así como de los consensos al interior de los países centrales, manifiestos crudamente durante mayo con las desavenencias en la formación de gobierno en Italia y el juicio político a Rajoy en España, por ejemplo. El recrudecimiento del conflicto bélico que se palpita en todo el mundo, deviene de esta fractura. Pasemos a ver cómo se expresaba la crisis en el plano diplomático mundial.



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