Revista Mensual | Número: Enero de 2019
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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Con nuestra carne y sangre, alcemos una nueva Gran Muralla

Encuentro chico, infierno grande
¡Oh, Señor Dios, dispersa a nuestros enemigos, y hazlos caer!
Marchemos, hijos de la Patria, ha llegado el día de gloria
¿Despliega aún su hermosura estrellada, sobre tierra de libres, la bandera sagrada?
¿Acaso no lleva el negro de cada ojo, y la sangre de cada mártir su rojo?
¡Agrupémonos todos, en la lucha final!
Se alcen los pueblos con valor


Planificación socialista o caos imperialista: la necesidad de superar el capitalismo ante los riesgos de la debacle ambiental y la guerra nuclear

Con nuestra carne y sangre, alcemos una nueva Gran Muralla

“No puede haber amor donde hay explotadores y explotados.

No puede haber amor donde hay oligarquías dominantes

llenas de privilegios y pueblos desposeídos y miserables.

Porque nunca los explotadores pudieron

ser ni sentirse hermanos de sus explotados

y ninguna oligarquía pudo darse con ningún pueblo

el abrazo sincero de la fraternidad.

El día del amor y de la paz llegará cuando la justicia barra

de la faz de la tierra a la raza de los explotadores y de los privilegiados,

y se cumplan inexorablemente las realidades del antiguo mensaje de Belén

renovado en los ideales del Justicialismo Peronista.”

(Evita, Mensaje de Navidad, 1951)

 


Como señalamos mes tras mes, la crisis que se manifestó crudamente con el estallido de la burbuja financiera en 2008 no hace más que profundizarse. Ello se torna visible tanto en la agudización del enfrentamiento entre grupos económicos, ninguno de los cuales está dispuesto a ser el próximo en sucumbir, así como también en la creciente fractura entre el 1% que concentra más de la mitad de la riqueza socialmente producida y el 99% restante. Es decir, el desarrollo de la lógica de acumulación capitalista recrudece el enfrentamiento hacia el interior de la burguesía al mismo tiempo que precipita cada vez más la lucha entre ésta y los trabajadores y demás sectores populares de todo el globo.

A lo largo del artículo recorreremos cómo esta disputa se expresa, por un lado, como “crisis de gobernabilidad” dentro de los países del centro imperialista y, por el otro, como radicalización de la escalada bélica en los distintos países de la periferia a los que esos grandes grupos económicos necesitan seguir expoliando para ganar algo de tiempo.

Como si el riesgo creciente del estallido de una guerra que alcance rápidamente carácter nuclear no fuera suficiente, la naturaleza también da muestras certeras de la imposibilidad de continuar organizando la vida con la lógica del capital. En este escenario, los países del BRICS, con China y Rusia a la cabeza en sólida alianza con Irán, juegan un papel cada vez más decisivo en la construcción de un nuevo orden mundial. Veamos ahora cómo se desarrollaban los hechos durante el mes pasado.

Encuentro chico, infierno grande

La crisis de 2008 iniciada con la quiebra del banco Lehman Brothers (uno de los principales bancos de EEUU por ese entonces) tuvo como consecuencia –como toda crisis en el marco del régimen capitalista de producción– la aceleración de la concentración y centralización de capitales, así como también la pauperización de los medios de vida de millones de trabajadores en los países capitalistas más desarrollados. Como no podía ser de otra manera, si los grandes grupos económicos se vieron obligados a barrer las condiciones de vida con las cuales se habían propuesto “contener” a los trabajadores y demás sectores populares de los países centrales, no hace falta ser un gran gurú para adivinar cómo la pasamos los desposeídos de la periferia del orbe. La voracidad imperialista se expresó como tantas otras veces en la exacerbación militarista. Es decir, la necesidad de apropiarse de mayores porciones del valor producido por los trabajadores de la periferia empujó a dichos pulpos a avanzar incluso sobre las condiciones de reproducción de antiguos aliados. Expresión de ello son las llamadas “primaveras árabes”, organizadas por los servicios de inteligencia de las principales potencias occidentales para exacerbar contradicciones existentes en los países de Medio Oriente y el norte de África, con el fin de garantizar a través del caos lo que otrora conseguían con gobiernos adictos.

A su vez, la crisis sacudió el diseño de gobernanza mundial a través del cual esos grupos económicos que controlan el gobierno de los países centrales “ordenaban” su disputa por el control de la periferia. Es justamente la implosión de esos mecanismos la que explica el surgimiento del G-20, es decir, la “ampliación” de la mesa chica del “gobierno mundial”. Aunque resulte contradictorio, la imposibilidad de esos países de garantizar a sus aliados menores las condiciones de reproducción se expresa en que se ven obligados a sentarlos a la mesa. El formato G-20 expresa la falta de disposición de esos aliados a continuar dejando sólo en manos del G-7 la discusión de los asuntos globales, así como la irrefrenable emergencia de actores –principalmente China y Rusia– dispuestos a enfrentar a las potencias imperialistas. Esto es quiebre de consensos e intensificación de la disputa.

A diez años de la primera cumbre en la que participó, nuestro país fue anfitrión de su última edición. Las distintas delegaciones nacionales arribaron en el marco de las agudas crisis que atraviesan puertas adentro –como lo analizaremos pormenorizadamente más adelante. Las movilizaciones multitudinarias de los “chalecos amarillos” en Francia, la fractura del gobierno británico por el acuerdo sobre el Brexit, el cierre del gobierno de EEUU por la imposibilidad de un nuevo acuerdo presupuestario, la situación de inestabilidad entre Arabia Saudita y sus principales aliados por el asesinato del periodista opositor Khashoggi y las tensiones entre la UE y EEUU que sacuden a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), dan cuenta precisamente de la profundidad de la fractura de los mecanismos jurídicos y políticos a través de los cuales los grupos económicos garantizaron durante décadas su dominio.

El documento final de la cumbre es el mejor reflejo del estado de salud de estas fuerzas, ya que no sólo manifiesta la incapacidad de definir nuevos acuerdos, sino que incluso “desaparecen” como por arte de magia consensos pretéritos sobre el estatus de los refugiados o la necesidad de un orden mundial basado en reglas (LN 3/12). Para colmo de males, según los propios voceros del capital más concentrado a escala planetaria, esta imposibilidad no se explica por la oposición de países “enemigos” del orden mundial vigente como Rusia o China, si no por el enfrentamiento que mantiene EEUU con organismos creados a su imagen y semejanza, como lo es la Organización Mundial del Comercio (LN 2/12). De esta manera, tal como sucedió con la cumbre del G-7 que tuvo lugar este año, el encuentro de Buenos Aires sólo ha servido para confirmar la pérdida de la dirección por parte de los capitales más concentrados de la gobernanza mundial.

Cabe señalar otro hecho que expone la fractura y el grado de la lucha facciosa en los países centrales. Uno de los encuentros más esperados era la reunión bilateral pactada entre el presidente ruso Vladimir Putin y su homólogo estadounidense, Donald Trump. Como nuestro lector ya sabe, la relación entre ambos países es uno de los terrenos en que se pone blanco sobre negro la fractura de la clase dominante yanqui: mientras el presidente siempre se ha mostrado proclive a normalizar las relaciones, desde las agencias de inteligencia se dinamita esa posibilidad. En ese sentido, en los días previos a la cumbre, una provocación militar por parte de la Marina ucraniana a Moscú se convertiría en causa suficiente para que el inquilino de la Casa Blanca suspendiera latan ansiada reunión. Buques de la Marina ucraniana violaron el espacio marítimo ruso, obligando a la Armada de dicho país a capturarlos. Más adelante nos referiremos a estos hechos, pero en lo que respecta a la cumbre, se trata de una muestra clara de la profundidad de la fractura que sacude a los órganos de gobernanza mundial.

Ante esta agudización de la disputa intercapitalista es que florecen en las principales potencias imperialistas expresiones políticas nacionalistas, algunas de las cuales incluso pueden ser caracterizadas como fascistas. Pero a diferencia del fascismo de las décadas del 30 y 40, estas fuerzas no expresan un movimiento de avance de capitales con un alto grado de concentración que se quedaron fuera del reparto del mundo (como la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón de Hirohito). Por el contrario, son más bien la forma defensiva que adoptan sectores de la burguesía para quienes el desarme de los Estados nacionales a manos de la creciente transnacionalización económica supone la desaparición de sus condiciones de existencia como clase. Es decir, constituyen el intento por parte de dichos sectores, y también de buena parte del movimiento obrero y demás capas del pueblo, de mantener unas condiciones de existencia cuyas bases materiales están extintas.

 Sólo en Europa, la cantidad de habitantes gobernados por estas fuerzas se multiplicó por diez en los últimos 20 años, pasando de 12 a 120 millones de personas, según un estudio divulgado por el diario británico The Guardian. Entre 1998 y 2018, sus votantes se triplicaron, captando ya el 25% del electorado europeo, precisa el estudio realizado sobre los 28 miembros de la UE, más otros cuatro países del Viejo Continente que no forman parte del bloque. Hace 20 años, estas fuerzas representaban sólo a un 7% del electorado (LN 21/11).

En la misma línea debe leerse el abandono por parte del gobierno estadounidense de los acuerdos y tratados impulsados por su propio país. La necesidad de los grandes grupos económicos que se disputan el control del Estado ya no coincide con el desenvolvimiento de la tendencia histórica. Dicho de otro modo: esos capitales pasaron de ser causa del desarrollo de las fuerzas productivas a convertirse en una traba para su desenvolvimiento. Por eso sólo pueden generar caos y destrucción.

Sobre este endiablado asunto se explayaba el presidente de Francia, Emmanuel Macron, en una entrevista con el diario vernáculo La Nación, durante la cumbre del G-20. Según el ex banquero de la Rotschild, “el fenómeno nacionalista gana las sociedades europeas y mucho más allá. Su motor es la ineficacia de nuestros sistemas políticos y su permanencia en los debates y medidas que la gente ya no comprende más. Y es la consecuencia de un malestar de las clases medias y populares frente a una mundialización (comercial, digital, migratoria) que los angustia y cuyos beneficios no ven (LN 29/11). La respuesta del presidente Macron reproduce uno de los pilares fundamentales de la ideología burguesa: las masas somos ciegas, ignorantes y no vemos los beneficios que la magnánima burguesía nos prodiga. No es que bajo el comando de las 147 corporaciones que controlan la producción y el comercio mundial la llamada globalización no tenga para nosotros beneficio alguno: es que somos tan torpes que no lo vemos. No es que esta clase se haya convertido en la expresión del caos para la humanidad, poniéndonos al borde de una guerra capaz de aniquilar la vida en la Tierra: es que “la gente” no comprende.

¡Oh, Señor Dios, dispersa a nuestros enemigos, y hazlos caer!

La esencia de la crisis que analizamos a partir de la cumbre del G-20 no radica entonces en una lucha entre naciones, sino que responde al interés de una clase que no reconoce nación alguna, más que la de sus ganancias. Por ello, la propuesta de las facciones nacionalistas –sean abiertamente fascistas o no– no constituyen una verdadera salida para el atolladero en que el imperialismo ha sumido a la humanidad. Analicemos ahora el desarrollo de los hechos en los principales países del centro imperialista.

En el Reino Unido, el mes pasado veíamos cómo finalmente el gobierno conservador de Theresa May alcanzaba un acuerdo marco con las autoridades de la Unión Europea sobre las condiciones del Brexit. Dicho acuerdo, no obstante, debía sortear una serie de escollos antes de convertirse en realidad.

En primer lugar, era necesario que los Parlamentos de los 27 países miembro del bloque aprobaran el acuerdo. Rápidamente, por diversas razones, tanto España como Irlanda alzaron la voz para protestar. En el caso de España, el gobierno encabezado por Pedro Sánchez anunciaba que sólo aprobaría el acuerdo si en él se establecía que Gran Bretaña debería discutir directamente con España –y no con la UE– la cuestión del peñón de Gibraltar. Esta pequeña porción de tierra ubicada en la península ibérica se encuentra bajo dominio británico. Su importancia estratégica reside en que es el único acceso marítimo desde el Atlántico hacia el mar Mediterráneo. Esto significa que quien controle el cruce controla el acceso al Mediterráneo, principal vía fluvial de todos los países del sur de Europa y el norte de África. Si bien el gobierno de Londres no cedió su soberanía, sí debió aceptar que la relación entre el peñón y el resto de Europa sea discutida con España, y de no acatar esto, el gobierno de Sánchez podría imponer una frontera física que cercaría el peñón (RT 24/11).

El otro caso al que nos referimos también radica en un problema de fronteras, ya que en la isla de Irlanda se encuentra la frontera entre Irlanda del Norte (que forma parte del Reino Unido) y la República de Irlanda (miembro de la UE). La isla ha sido escenario de sangrientos enfrentamientos, ya que en Irlanda del Norte existen fuerzas que plantean la independencia de la corona británica. Por ello, la posibilidad de que el Brexit suponga una frontera dura entre ambos países constituye una preocupación tanto para Londres como para Bruselas. En aras de evitar un rebrote nacionalista e independentista, el acuerdo alcanzado establece una prórroga de dos años para definir el estatus de la frontera irlandesa, lapso durante el cual Gran Bretaña debe mantener la unión aduanera con la UE, para justamente impedir el establecimiento de controles fronterizos (LN 26/11). En líneas generales, el acuerdo establece un plazo hasta el 2020 para que los organismos estatales y empresas se adapten a un nuevo esquema de aduanas; el pago por parte de Londres de 40.000 millones de euros por salirse del bloque, y el permiso a los ciudadanos del bloque de pedir la residencia británica si llevan 5 años o más viviendo en el Reino (LN 26/11).

Pero el acuerdo encendería la oposición de los sectores partidarios del Brexit, ya que ven en el mantenimiento de la unión aduanera una concesión imperdonable de Londres a Bruselas. Una vez sellado el acuerdo entre los negociadores británicos y los del bloque europeo, el gobierno de May debió enfrentarse a la hecatombe desatada en su propio gabinete, con la renuncia de seis ministros un día después de divulgado el contenido del acuerdo. En este escenario, May decidía aplazar la votación en el Parlamento británico, ante la posibilidad cierta de que el acuerdo fuera rechazado. Acto seguido, la primera ministro británica iniciaba una gira por Europa, en pos de obtener garantías de parte de los principales gobiernos del bloque que aquietaran la oposición interna.

Pero la gira emprendida por la mandataria chocaba con un paredón, ya que al iniciarse las primeras conversaciones, la canciller alemana, Ángela Merkel, dejaba en claro que “no hay ninguna posibilidad de cambiar el acuerdo sobre el Brexit” (LN 12/12). Por lo tanto, en enero el Parlamento británico deberá expedirse sobre el acuerdo sin modificaciones ni nuevas concesiones.

En este escenario, Theresa May enfrentaba el 13 de diciembre una moción de censura en su contra, que de aprobarse la hubiera destituido de su cargo en forma inmediata. La votación fue 200 votos en contra y 117 a favor de la destitución (LN 13/12). Aunque en esta oportunidad pudo esquivar la destitución, el opositor Partido Laborista y un sector de su propio partido impulsan una nueva votación para el 14 de enero (RT 17/12). La fecha no es casual: una semana después (el 21/1) el Parlamento votará el acuerdo de salida de la UE.

Independientemente de cómo sea el resultado de la moción de censura, y la posterior votación del Brexit en el Parlamento británico, lo que queda claro es que en marzo, fecha tope para efectivizar la salida del bloque, ésta no hará más que agudizar la crisis política y la fractura social. Lo único que avanza en el Reino Unido es la ingobernabilidad, tal y como podemos analizar mes tras mes. Y todas las dificultades que enfrenta el gobierno conservador apenas le permiten mantenerse a flote, sin siquiera poder avanzar en un plan de gobierno.

La lucha facciosa no es en sí un fenómeno novedoso. Bajo el régimen capitalista de producción, la disputa entre las distintas facciones no es más que el correlato necesario de la competencia entre capitales. Lo novedoso, lo que indica que estamos ante una crisis irresoluble en los marcos del capital, es que no existen condiciones materiales para que una facción se imponga sobre las demás, justamente porque eso supondría que pueda garantizarle al resto ciertas condiciones mínimas de existencia. La imposibilidad de que el conjunto de capitales existentes se reproduzca es lo que mina el funcionamiento de los mecanismos de gobernanza.

Marchemos, hijos de la Patria, ha llegado el día de gloria

En Francia, el 17 de noviembre se desató la crisis más importante de las últimas décadas, a partir de la suba de los precios de los combustibles. Esta situación devino en una masiva protesta en París, protagonizada por un movimiento autodenominado “chalecos amarillos”, que realizó numerosos cortes de calles. En los días siguientes se fue engrosando una serie de protestas cada vez más masivas, en las que participaron a nivel nacional más de 100.000 personas, se bloquearon 18 sitios sólo en París, y unos 1.600 a nivel nacional. Al ser reprimidas, las masas que se movilizaban, en lugar de disolverse, comenzaron a enfrentarse con las fuerzas represivas en cada manifestación, dejando en la primera semana un saldo de 130 detenidos y 24 heridos (HTV 24/11).

La única respuesta que atinó a dar el Ejecutivo francés fue recrudecer la represión al movimiento, para intentar impedir su avance. Incluso durante la primera semana ordenó el acuartelamiento de tropas para utilizarlas con el objetivo de detener a los manifestantes (DW 22/11). Con el transcurrir de los días, el presidente Macron amenazó con instaurar el estado de excepción, pero esto sólo logró echar más leña al fuego en el ya caldeado ánimo popular. En las siguientes movilizaciones la cantidad de asistentes no registró bajas, pese a un notorio incremento de las detenciones, que llegaron a las 412 personas. En los enfrentamientos, 133 personas resultaron heridas, 24 de ellas pertenecientes a fuerzas policiales (DW 2/12). La envergadura de los acontecimientos precipitó el regreso de Macron de la cumbre del G-20, mientras los voceros del capital concentrado no dudaban en caracterizar como “insurreccional” el clima que se extendía en el país galo. Según calculó la policía francesa, en las dos primeras semanas se movilizaron 582.000 personas a lo largo de todo el país, pese a la creciente represión.

Este panorama llevaba al ex banquero devenido impopular presidente a postergar por 6 meses la implementación del impuesto a los combustibles. En pos de contener la furia desatada, Macron anunciaba también un aumento de 100 euros para los salarios mínimos y la quita de un impuesto a los jubilados que cobren menos de 2.000 euros por mes (LN 11/12). Sin embargo, las movilizaciones no se detuvieron. De hecho, pese a los anuncios, se sumaban estudiantes secundarios a las protestas, con el bloqueo de 281 establecimientos educativos en todo el país durante 4 días (CD 6/12). Para resolver esto, el gobierno movilizó 65.000 policías adicionales y detuvo a 700 adolescentes en sus escuelas mientras realizaban las medidas de fuerza (CD 6/12).

El gobierno, a la par de la implementación de esas medidas económicas, llamó a conformar una mesa de diálogo con los representantes del movimiento de los “chalecos amarillos”, quienes decidieron no acudir al encuentro con el mandatario por considerar insuficientes las medidas, a la vez que denunciaron presiones y amenazas a los dirigentes del movimiento (LN 4/12).

La participación sólo registró una merma luego de un atentado ocurrido en Estrasburgo. En esa ciudad de la región de Alsacia, un joven asesinó a 4 personas e hirió a otras 11 en un mercado (LN 12/12), hecho que permitió el despliegue, sin precedentes en el país, del aparato represivo. Casualidad o no, una vez más los atentados terroristas mostraban su inestimable aporte a las necesidades del gran capital.

Veamos ahora algunas consideraciones sobre el movimiento de los chalecos amarillos. En primer lugar, cabe señalar que si bien el detonante de las protestas fue una medida económica (la imposición de un impuesto a los combustibles que encarecía su precio), rápidamente las reivindicaciones superaron la mera oposición a dicha medida particular, pasando a denunciar la creciente precarización de las condiciones de vida en general para llegar incluso a demandar la renuncia del presidente. En su intento de recuperar las condiciones de vida con que los grandes grupos económicos lograron apartar a los trabajadores europeos de la senda revolucionaria, los trabajadores y demás sectores populares franceses se ven obligados a enfrentar a los personeros políticos de esos grupos. Lo hacen, todavía, para recuperar “privilegios” que se asentaban objetivamente en la expoliación de sus hermanos de la periferia y de su propia explotación, es cierto. Pero lo que nos interesa destacar es el carácter objetivo de ese enfrentamiento. No porque “no importe” la concepción con que se va a la lucha, sino más bien porque la historia demuestra que esa lucha “empuja” a corregir los errores de concepción. No alcanza en sí misma para hacerlo, pero genera las condiciones para que eso sea posible.

En segundo lugar, los centenares de miles que se movilizaron gozaban de una aprobación de más del 70% de la sociedad francesa, de la cual sólo un 21% de sus miembros apoya al gobierno encabezado por el ex banquero Macron (CD 6/12).Es esa masividad la que explica las concesiones de parte del gobierno. Concesiones que, crisis mediante, sólo pueden ser efímeras.

Por último, cabe destacar la confluencia en las manifestaciones de los más diversos sectores. Los diferentes medios de comunicación señalaban la presencia junto a los manifestantes “espontáneos” –que rápidamente se vieron obligados a tomar formas organizativas, como lo deja en evidencia la existencia de “dirigentes”– de militantes tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha, así como miembros de sindicatos. Este elemento es central para definir, por un lado, el carácter de masa de las protestas. Pero también pone en evidencia lo que señalábamos más arriba sobre la naturaleza objetiva del enfrentamiento. Quienes se enrolan en los movimientos nacionalistas, en su mayoría, lo hacen para intentar enfrentar los dictámenes de los grandes grupos económicos. Eso no significa que la estrategia que adoptan, que las definiciones que elaboran sobre sus objetivos, sean correctas, en el sentido de ser coincidentes con el movimiento objetivo de la realidad. Significa, al contrario, que van a chocar. Y en ese choque reside la posibilidad de que retomen la senda revolucionaria de sus antepasados. Eso es lo que saben los voceros del capital concentrado. Allí radica su temor. Y también, nuestra esperanza.

¿Despliega aún su hermosura estrellada, sobre tierra de libres, la bandera sagrada?

La crisis hace rato que viene haciendo mella en el gobierno de Trump. En cada edición del Análisis de Coyuntura hacemos el recorrido de quienes abandonan su gabinete, mostrando la incapacidad de garantizar gobernabilidad. Este mes le llegó el turno nada menos que al jefe de Gabinete, John Kelly, sumando un nuevo caído en desgracia (RT 8/12).

Una vez más, el gobierno se enfrentaba con una nueva parálisis en el funcionamiento de todas las instituciones estatales, excepto las consideradas esenciales (como el ejército o el propio Congreso, en donde se discute cómo resolver dicha crisis). Ello ocurre cuando el gobierno federal “gasta” todo el presupuesto asignado y el Congreso no aprueba el uso de nuevos fondos. En esta oportunidad, el desacuerdo reside en el tan mentado “muro” en la frontera con Méjico: el gobierno de Trump se niega a aceptar un presupuesto que no contenga los fondos necesarios para su construcción (CD 29/11).

El parate implica la suspensión de las más básicas prestaciones para el pueblo estadounidense, así como la suspensión momentánea de millones de trabajadores estatales, sin goce de sueldo. Cabe aclarar que no se trata de un fenómeno nuevo: desde el año 1974 Washington ha sufrido 19 interrupciones en el funcionamiento del Estado por situaciones similares. Es decir que, en promedio, cada 2 años y medio todo su aparato estatal deja de funcionar. En ese sentido, 2018 sí puede anotarse el dudoso logro de haber asistido a dos parálisis de gobierno en el mismo año.

El hecho de que ante la imposibilidad de garantizar la ejecución de su plan de gobierno, la única opción que encuentra el presidente sea chocar de frente con las demás fuerzas políticas del país da cuenta de la profundidad de la crisis en que se encuentra sumida la alicaída potencia. La disputa entre las diversas fuerzas políticas no es otra cosa que expresión de la conflagración entre los capitales concentrados, sumamente cruenta en este país.

Como si esto fuera poco, el gobierno de Trump sufría un nuevo revés judicial. Un juzgado federal, es decir con jurisdicción en todo el país, rechazó las nuevas medidas migratorias impuestas por el gobierno hace tan sólo unos meses, según las cuales los hijos de inmigrantes ilegales no podrían solicitar asilo. Esta interna es parte de la confrontación que mencionamos en los párrafos previos, y muestra otro aspecto de ella, ya que como siempre decimos desde estas páginas, el Estado expresa únicamente los intereses de la clase dominante. Por lo visto, hacia el interior de esta clase la fractura es talque el Estado de la principal potencia del mundo no logra definir una política de mediano plazo sin que se vuelva arena de disputa.

Con esta debilidad creciente es que las fuerzas imperialistas intentan sostener su hegemonía global. En las líneas que siguen analizaremos las peripecias que realizan para sostener semejante empresa, mientras en su centro sus fuerzas no dejan de resquebrajarse.

¿Acaso no lleva el negro de cada ojo, y la sangre de cada mártir su rojo?

Sin duda, es en Medio Oriente donde mejor puede observarse la debacle imperialista, ya que se trata de una de las regiones del globo donde más presencia militar ha tenido EEUU en los últimos años y donde esas fuerzas han mostrado su creciente debilidad para enfrentar a sus enemigos.

Los siete años de guerra imperialista en Siria han segado la vida de 470.000 personas. Sin embargo, es también en estas tierras donde comenzó el punto de inflexión en las contiendas regionales. Puntualmente, en 2015 con el involucramiento de Rusia e Irán en el conflicto, la balanza se ha inclinado de forma decisiva en favor de los pueblos dispuestos a defender su soberanía.

Durante el último mes, pudimos observar un recrudecimiento del accionar militar yanqui en el país, atacando posiciones civiles en diversas oportunidades en la provincia de Deir Ezzor, causando cientos de muertos entre la población (RT 24 y 30/11).

A su vez, abrió una brecha en la frontera entre Siria e Irak, para darles un paso seguro a los militantes del Estado Islámico hacia Irak y evitar así el exterminio completo de la agrupación (HTV 9/12). Esto fue denunciado por un parlamentario iraquí. Recordemos que en el último tiempo este país viene intentando terminar con 15 años de ocupación norteamericano. El propio ministro de Defensa iraquí declaró durante noviembre que la presencia de bases estadounidenses en Irak es ilegal (HTV 26/11).

El tercer hecho relevante fue el ataque con armas químicas que se produjo en la ciudad de Aleppo. Según denunciaron Moscú y Damasco, dicho ataque fue perpetrado por los llamados Cascos Blancos (HTV 25/11). Se trata de una organización patrocinada por Israel que, bajo el ropaje onegeril de brindar “ayuda humanitaria”, se ha encargado de realizar montajes para desprestigiar al gobierno sirio, simulando en varias oportunidades ataques con armas químicas por parte del gobierno de Al Assad.

“Paradójicamente”, esta radicalización culmina a finales de diciembre con el anuncio por parte deTrump del retiro completo de las tropas asentadas en Siria y de la mitad de las presentes en Afganistán. Con ello, sumarían 9.000 los soldados yanquis que se retirarían de la región antes de fin de año (P12 22/12 y RT 23/12).

En Afganistán las tropas se retiran en el año en que más han crecido los ataques desde que se inició la invasión en el 2001, y con un gobierno que controla menos de la mitad del territorio nacional. En el caso de Siria, el retiro de tropas se realiza soltándoles las manos a sus aliados kurdos del YPG (las unidades de protección kurdas) y al llamado Ejército Libre Sirio (que de sirio y de libre sólo tiene el nombre), únicas facciones que controlan reducidas regiones por fuera de la zona de distención de Idlib. La retirada de las tropas deja expuestos a sus aliados, quienes ahora deberán enfrentarse solos a todas las fuerzas antiimperialistas que luchan en la región. En el caso de las YPG deberán enfrentarse también a Turquía, que considera a los kurdos como una amenaza, por el siempre latente reclamo de esta etnia de formar un Estado independiente que ocupe el norte de Siria, de Irak y el sur de Turquía.

El retiro de las fuerzas yanquis hay que enmarcarlo en lo que venimos analizando a lo largo de todo el artículo: la creciente incapacidad por parte de los grupos económicos de establecer un orden acorde con sus intereses. Todo intento de hacerlo “choca” de lleno, necesariamente, con el interés de las grandes mayorías. Y allí donde esas mayorías toman conciencia de su enemigo y de la necesidad de subordinar todo a la pelea para derrotarlo, su victoria se vuelve inevitable.

Pero esto no significa que su retirada implique el fin de la guerra. La única opción por la cual esos grandes grupos económicos pueden intentar mantenerse a flote es la guerra. Por lo tanto, no puede esperarse otra cosa de su parte más que la radicalización belicista.

A su vez, la retirada de las fuerzas estadounidenses significa un paso más en el quiebre de sus alianzas en la región, no sólo con los kurdos, sino con todas las fuerzas que les responden, principalmente Israel y Arabia Saudita, que cada vez quedan más aisladas. El segundo aspecto sobre la retirada de Siria es que marca un paso más en la victoria de las fuerzas de la paz en la región, ya que aunque la radicalización imperialista no se va a detener –tal y como lo analizamos recién– sus fuerzas son cada vez más débiles y las nuestras no han dejado de crecer en conciencia y, por ende, en organización.

En esta misma línea es que analizaremos el conflicto armado en Yemen, que enfrenta a Arabia Saudita con las fuerzas rebeldes de Ansarolá, quienes han tomado el gobierno de su país hace más de tres años. Desde entonces, soportan una invasión terrestre y un bloque marítimo que ha empujado a 14 millones de personas al borde de la hambruna, mientras que 8,6 millones de niños no tienen acceso a agua potable, ni a los servicios de salud, hecho que según Unicef ha terminado con la vida de 85.000 menores (HTV 23/11).

Pero en estas terribles condiciones impuestas por el imperialismo, las fuerzas rebeldes continúan luchando, mostrando con ello la clara conciencia de que sólo puede esperarse más caos y tragedia si las fuerzas imperialistas logran imponerse. De hecho, el invasor saudí no ha podido tener ningún éxito significativo en ocupación del territorio. Más aún, ha sufrido varios reveses que le han costado miles de muertos y la pérdida de millares de equipos militares, incluidos alrededor de 1.200 tanques de fabricación yanqui Abrams M1A2 (AM 28/11).

En este marco es que la coalición encabezada por Riad ha comenzado a quedar aislada, ya que a partir del asesinato del periodista Jamal Khashoggi, cada vez más países se niegan a brindar asistencia militar a este país. Durante diciembre se sumaron Finlandia y Dinamarca al listado de naciones que ya no le venderán pertrechos ni equipos bélicos (RT 22/11 y AM 23/11). Sin embargo, el golpe más duro lo han dado los propios EEUU, ya que el Senado de ese país aprobó una moción para quitarle su apoyo militar(HTV 13/12).Con esta presión internacional, Riad no tuvo más opciones que acceder a sentarse a negociar la paz. Tengamos en cuenta que llegar a un acuerdo en la actual correlación de fuerzas es un eufemismo para decir que se sientan a negociar los términos de su derrota.

Al empantanamiento militar en Yemen se sumaba para la casa real de Al Saud la crisis política interna desatada por el asesinato de Khashoggi en el consulado árabe en Turquía. Dicha crisis amenaza incluso con convertirse en un golpe de estado por parte de otros príncipes, para que el heredero Mohamed Ben Salman sea relevado como futuro rey.

Recordemos que la sucesión real en este país no es automática hacia el primogénito –como en la mayoría de las monarquías– sino que hay un consejo que reúne a las tribus del país que debe acordar cuál de los hijos del rey será el próximo monarca. La elección de Salman desde hace tiempo que ha generado intrigas en su país, debido a su postura favorable a un desarrollo industrial y tecnológico independiente, que permita superar la dependencia del petróleo. No hace falta aclarar que para comprender el surgimiento de tales objetivos en la petromonarquía es necesario no perder de vista la creciente incapacidad del imperio norteamericano de garantizar a sus aliados las condiciones de su reproducción. De hecho, sus aliados occidentales no hacen más que recomendar a Riad que privatice la petrolera estatal Aramco, para garantizar así un mayor control sobre este estratégico recurso de su aliado.

Por eso debemos considerar tanto el proceso de paz en Yemen como el posible golpe de estado en el marco de la crisis de los grupos económicos en su intento de garantizar su hegemonía. Al igual que sucede en Siria con el retiro de tropas, el avance de un acuerdo de paz en Yemen también está en correspondencia con el derrumbe imperialista. En este caso, incluso enfrentándose a sus propios aliados árabes.

El otro aspecto a analizar sobre la crisis en Arabia Saudita es que el quiebre de la relación con EEUU lo acercan irremediablemente a Rusia y China, ya que en soledad este país no podría resistir los ataques imperialistas que amenazan la continuidad del gobierno. De hecho, los intentos de modernización tecnológica cuentan con inversores rusos y chinos como principales aliados.

Este quiebre en el bando imperialista en Medio Oriente deja a Israel cada vez más en soledad, con la inmensa tarea de seguir siendo cabeza de playa de los intereses yanquis mientras el mismísimo EEUU repliega posiciones. Así lo demuestra la reciente condena por parte de Arabia Saudita a la ley sionista que considera a Israel como un Estado judío, tachándola como el marco jurídico que posibilitará la limpieza étnica de los palestinos (AM 6/12).

Es en este contexto de soledad que el Estado sionista se resquebraja puertas adentro, tal y como lo analizamos el mes pasado con la salida de su ministro de Defensa, Avigdor Lieberman. Tras la renuncia, Lieberman anunciaba la decisión de retirar a su partido de la coalición de gobierno, debilitando aún más al jefe de Estado, Benjamin Netanyahu (TE 17/11).

Es en medio de este quiebre de la coalición gobernante, con el primer mandatario siendo juzgado penalmente por corrupción, sumada a la debacle de las fuerzas yanquis en la región, que cobra su real significado la decisión de no avanzar en una nueva escalada contra la Franja de Gaza que analizamos el mes pasado. Como si esto fuera poco, se abría nuevamente una disputa en su frontera norte con el Líbano, con la acusación por parte de Tel Aviv de que la organización Hezbolah habría cavado túneles para trasponer su frontera y poder infiltrar combatientes en su territorio (RT 4/12).

Recordemos que Israel ha invadido en tres oportunidades el Líbano en los últimos 70 años, siempre con pretensiones imperialistas. El resultado de las dos primeras invasiones trajo el acaparamiento de tierras que fueron ocupadas y nunca devueltas. Sin embargo, en 2006, luego de un mes de intensos combates frente a la resistencia encabezada justamente por Hezbolah, Israel tuvo que pedir la mediación de la ONU, retirándose del territorio invadido con cientos de muertos en las manos.

Doce años después, con la desfavorable correlación de fuerzas que hemos analizado, parecería una locura que se intente una nueva agresión al Líbano. Pero tal como señalábamos más arriba, el imperialismo no tiene ya otro camino para intentar mantenerse que la guerra lisa y llana.

Luego de contemplar los hechos analizados, es posible vislumbrar que, a medida que avanza la crisis de las relaciones mercantil capitalistas, la posibilidad de conflictos más cruentos se torna cada vez más real. No hay lugar para creer que el retiro de tropas yanquis en Medio Oriente signifique que se ha consumado la paz mientras no se resuelva el problema de fondo. El cerco que continuamente se tiende sobre Irán, Rusia y China es la muestra cabal de esto.

¡Agrupémonos todos, en la lucha final!

En lo que respecta a la agresión imperialista contra Irán, recordemos que a comienzos de año EEUU se retiró del acuerdo nuclear alcanzado en 2015 por las grandes potencias nucleares mundiales y el país persa. Dicho acuerdo había reconocido el derecho iraní a desarrollar tecnología nuclear, a cambio de ciertos controles por parte de la Agencia Internacional de Energía Atómica tendientes a evitar que Teherán desarrollara una bomba nuclear. Con ello, las razones del aislamiento internacional de Irán desaparecían y la República Islámica profundizaba su papel de fuerte contrapeso al imperialismo en la región. Con el abandono del acuerdo por parte de Washington, el Congreso yanqui rápidamente volvía a imponer sanciones económicas leoninas, con el objetivo de desestabilizar políticamente al gobierno revolucionario.

Durante el mes que estamos analizando, el enviado yanqui para Siria se ocupaba de hacer explícitos dichos objetivos, al asegurar que las sanciones impuestas contra Irán tienen como principal objetivo socavar el papel de este país en la región, particularmente en Siria (RT 23/11). Estas palabras, si bien no nos enseñan nada nuevo, constituyen la primera vez que un funcionario del gobierno de EEUU reconoce abiertamente que la motivación de las sanciones no es el supuesto riesgo de que la nación persa desarrolle tecnología nuclear, sino el carácter de la revolución, por ser antiimperialista.

De todas maneras, las sanciones impuestas no están surtiendo el efecto deseado, ya que tanto el eje antiimperialista, como la UE han esquivado las sanciones, o directamente las desconocen. En el caso de Europa, están creando un mecanismo financiero alternativo al Swift –que regula todas las transacciones financieras internacionales y es controlado por EEUU– con el explícito objetivo de continuar comerciando con Irán y salvaguardar el acuerdo de 2015.

La salida del Swift implica para la UE generar condiciones para escindirse de la política yanqui. Rusia, por su parte, anunció su disposición a sumarse al mecanismo europeo (RT 21/11 y AM 29/11). De esta manera, las sanciones que impone EEUU, lejos de aislar a Irán, profundizan el aislamiento de la Casa Blanca. En ese sentido, el asesor del Líder de Irán para Asuntos Internacionales, Ali Akbar Velayati, destacaba que “la hegemonía mundial encabezada por EEUU ha diseñado estrategias, tramado complots y recurrido a guerras subsidiarias con el fin de conseguir sus nefastas metas en la región, es decir, debilitar y desintegrar a los países islámicos provocando el caos y divergencias entre ellos por medio de diferencias étnicas y religiosas… [sin embargo EEUU] está en crisis y todos sus planes y estrategias desde el inicio del siglo XXI han resultado un fracaso. El imperio estadounidense está en decadencia” (HTV 26/11).

En el caso de Rusia, el recrudecimiento se dio a partir de la violación de las aguas territoriales rusas en el mar de Azov por parte de tres buques de guerra ucranianos. Tengamos en cuenta el precedente de esta acción bélica para poder enmarcarla. En primer lugar, si bien Ucrania y Rusia comparten la soberanía sobre el mar de Azov, su acceso es por el estrecho de Kerch, que une la provincia rusa de Krasnodar con la península recientemente reincorporada a la Federación Rusa de Crimea. El incidente consistió en que los tres buques militares cruzaron el estrecho bajo jurisdicción rusa sin dar aviso a las autoridades, por lo que la armada rusa consideró el hecho como una violación a su soberanía, procediendo a la detención de los barcos con su tripulación. Además el gobierno ruso tomó como medidas precautorias el cierre del estrecho y su vigilancia por parte de las fuerzas aeroespaciales (RT 25/11).

Por su parte el gobierno proyanqui de Ucrania –nacido de un golpe de estado orquestado por los servicios de inteligencia de las potencias occidentales– se apresuró a declarar en su Parlamento el estado marcial en todas las provincias que limitan con Rusia, trasladando tropas a las fronteras del país. El presidente Poroshenko no dudaba en señalar la posibilidad de que estallara una “guerra total” con su vecino (RT 26/11 y LN 28/11).

Sin perder tiempo, tanto la OTAN como los ministros de Asuntos Exteriores de Canadá, Francia, Alemania, Japón, Italia, Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Europea se apresuraron a repudiar el accionar ruso. Lo hacían a través de una declaración conjunta en la que declaraban que “no hay justificación para el uso de la fuerza militar por parte de Rusia contra los buques y el personal naval ucranianos”, instando a Moscú a que “se abstenga de impedir el paso legal a través del estrecho de Kerch” (HTV 26/11). En los hechos, EEUU daba un paso más, autorizando ventas adicionales de armas al gobierno de Kiev, a la vez que envió un buque de guerra al mar Negro, cercano a la zona del incidente (XH 6/12 y RT 17/12).

Por su parte, el ministro de Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, aseguraba que Moscú “advirtió en repetidas ocasiones al régimen de Kiev y sus protectores occidentales sobre el peligro de desorbitar la histeria en torno al mar de Azov y el estrecho de Kerch”, denunciando “una provocación escrupulosamente pensada y planificada” con el objetivo de generar la tensión en la región y crear “un pretexto para el aumento de sanciones contra Rusia” (RT 26/11). De hecho, como señalábamos más arriba, el hecho obligaba a Trump a suspender su reunión con Putin, durante la cumbre del G-20.

Para disuadir a Kiev de incrementar las tensiones, el gobierno ruso envió baterías adicionales del sistema antiaéreo S-400 (LN 29/11), además de reparar por completo la pista de aterrizajes del aeropuerto de Sebastopol, en Crimea, para que pueda ser utilizado por cualquier tipo de avión militar ruso (https://mundo.sputniknews.com/video/201812221084330795–video–cazas–rusia–aerodromo–crimea–nuevo/). A su vez, retuvo los buques hasta tanto se terminara de aclarar la situación, dejando en claro que ya tienen vasta experiencia del enemigo al que se enfrentan, frente a quien cualquier concesión sólo redundaría en mayores daños para sus intereses.

En el caso de China, la agresión imperialista se centraba en la detención en Canadá de una directiva de la compañía de telefonía celular Huawei, Meng Wanzhou. Esta aprehensión se dio en el marco de que, según dictaminó el gobierno yanqui, la empresa de telefonía celular eludió las sanciones antiiraníes, utilizando empresas dependientes de Huawei para poder seguir manteniendo negocios con Irán, y evitar ser sancionada (CL 7/12).

Frente a estos hechos, imposibles de comprender por fuera de la feroz disputa de los grupos económicos con asiento en EEUU por no perder la “carrera tecnológica” frente a Pekín, el gobierno chino citaba al embajador yanqui para realizar una protesta formal (HTV 9/12). Junto con esto, se anunciaba la detención de un diplomático y dos ejecutivos canadienses, acusados de participar en actividades que ponen en peligro a la seguridad nacional (HTV 9 y 11/12).

Nuevamente, conviene no perder de vista que los sucesos tuvieron lugar días después de la tregua a la guerra comercial pactada en Buenos Aires entre el presidente chino Xi Jinping y su homólogo estadounidense. Con ello, queda de manifiesto la creciente imposibilidad de EEUU de trazar “una” estrategia en pos de defender sus intereses, síntoma inequívoco de su debilidad.

Se alcen los pueblos con valor

Para finalizar el artículo, nos detendremos sobre la delicada situación ecológica que atraviesa nuestro planeta. Según un informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), agencia perteneciente a la ONU, la concentración en la atmósfera de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso –tres gases de efecto invernadero– volvió a aumentar el año pasado, alcanzando un nuevo récord. Los datos demuestran que las emisiones de gases se elevaron sin parar desde la firma del acuerdo de París.

Los niveles de dióxido de carbono aumentaron un 46% desde la era preindustrial. El metano, que figura en segundo lugar entre los gases de efecto invernadero más resistentes, también alcanzó un nuevo récord en 2017, representando el 257% del nivel más que en la era preindustrial. Los niveles del clorofluorocarburo CFC–11 industrial también aumentaron, pese a estar prohibida su producción.

El secretario general de la OMM, Petteri Taalas, dio una declaración alarmante de lo que esto significa, al plantear que “(...) nada indica una inversión de esta tendencia, que sin embargo es el factor determinante del cambio climático, de la elevación del nivel del mar, de la acidificación de los océanos y de un aumento del número y de la intensificación de los fenómenos meteorológicos extremos (...). La ciencia es clara. Sin reducciones rápidas del CO2 y otros gases de efecto invernadero, el cambio climático tendrá impactos cada vez más destructivos e irreversibles en la vida en la Tierra. La ventana de oportunidad para la acción está casi cerrada (...). El período propicio para actuar está a punto de acabarse” (LN 23/11).

Según finaliza el documento, para restringir el calentamiento del planeta atan solo 2° deberían triplicarse los esfuerzos a los que se comprometieron la mayoría de los países en París en 2015, ya que de sólo cumplir con ese acuerdo la temperatura aumentará 4°, poniendo en riesgo la existencia de vida en la superficie de la Tierra. Según relata el mismo informe, los únicos países que han cumplido lo acordado son los BRICS y Japón. Es decir que si bien las potencias imperialistas condenaron fervientemente la decisión de Trump de abandonar el acuerdo, en los hechos, no han actuado distinto al mandatario yanqui (LN 28/11).

En este delicado escenario, se realizaba en Polonia una Cumbre del Clima, convocada por el secretario general de la ONU Antonio Guterres, que reunió a 30.000 delegados de 197 países (DW 10/12). Para comprender la ineficacia de esta cumbre conviene recordar el análisis que sobre el calentamiento global realizaba el mes pasado el órgano de la oligarquía vernácula, La Nación. Según este diario –a quien difícilmente se pueda acusar de antiimperialista–el principal obstáculo para detener el calentamiento global reside precisamente en la incapacidad política de los gobiernos para tomar las decisiones necesarias. Señalaba el artículo citado que si bien todavía es técnicamente posible permanecer bajo el umbral del 1,5°C para detener el deterioro del planeta, esto “sólo sería posible bajo un régimen autoritario global que controle la economía con mano de hierro y planifique su desarrollo hasta mediados del siglo XXI, sin preocuparse de las elecciones, y con el único objetivo de evitar el derrape climático” (LN 18/11).

Cabe preguntarse en qué radicaría el carácter “autoritario” de un gobierno que arbitrase las medidas necesarias para garantizar la vida en el planeta. La respuesta es sencilla: tal gobierno, que respondería a la necesidad objetiva de las inmensas mayorías, sería “autoritario” porque debería “controlar con mano de hierro” la economía, es decir, los grupos económicos. Sería autoritario para el 1% de la población que se apropia de más de la mitad de la riqueza producida. Pero constituye la única democracia posible para el restante 99%.

Constituir dicho gobierno requiere el desarrollo de una nueva conducta, donde la competencia no sea el motor de la vida, como lo es bajo la égida de las 147 corporaciones que controlan la economía mundial y arrastran a la humanidad tras de su necesidad. Por eso, resultan centrales las palabras de Xi Jinping en la cumbre del G-20, cuando señalaba que “el G-20 debe captar la ley de la tendencia histórica y liderar esa dirección. La marea del desarrollo y el progreso humano ha ido avanzando, y la economía mundial ha tenido altibajos, pero la tendencia general de los países que avanzan hacia la apertura y la integración no ha cambiado. Independientemente de un futuro soleado o lluvioso, la cooperación y el beneficio mutuo son las únicas opciones correctas. (…) La brecha entre ricos y pobres y la presión de los conflictos sociales han aumentado (…) La economía mundial se enfrenta una vez más a elecciones históricas” (XH 1/12).

El mensaje es claro. En medio de victorias y derrotas parciales, las fuerzas que pugnan por superar el atolladero imperialista van tomando conciencia de que la cooperación es la única posibilidad de sobrevivir. Una cooperación que ya no puede quedar librada a fuerzas ciegas, sino que debe ser puesta bajo un plan racional, que tenga en cuenta las necesidades de las mayorías.

En ese sentido resulta central la propuesta realizada por China a sus pares del BRICS (Brasil, Rusia, India y Sudáfrica) durante un encuentro realizado en el marco de la cumbre del G-20. En un programa de cuatro puntos, insta a los integrantes del bloque a apoyar el multilateralismo, mejorar la gobernanza económica mundial, seguir impulsando el desarrollo común y fortalecer la cooperación dentro del BRICS. En lo que respecta a la protección del multilateralismo, el presidente chino Xi Jinping señaló que los miembros del BRICS deberían reforzar la coordinación teniendo como marco el G-20, la ONU y la OMC, además de defender juntos el orden internacional basado en normas, oponiéndose al proteccionismo y el unilateralismo (XH 1/12).

Mientras en la Cumbre del G-20 no fue posible ni siquiera consensuar un documento con definiciones concretas, en el encuentro del BRICS se avanzó con firmeza en la consolidación de un bloque que se oponga al unilateralismo de las potencias imperialistas, dejando en claro que para esto es necesaria la construcción permanente de un orden donde prime la cooperación entre los pueblos.

El recorrido que realizamos a través del artículo muestra a las claras que la crisis de las relaciones mercantil capitalistas ha entrado hace tiempo en una fase terminal, signada por la creciente destrucción de las dos bases en las que se asienta: la naturaleza y el hombre. Tal como denunció en su momento el papa Francisco, este sistema “no se aguanta”, no lo aguantan ni el planeta ni los pueblos que lo habitamos. Así queda en evidencia sobre cada campo de batalla en Medio Oriente, en la creciente relación entre los pueblos de África y China y en la pelea que damos en América Latina, con Venezuela y Cuba como faros. Pasemos, entonces, a ver cómo se desarrollaba esta lucha en Nuestramérica.



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