Revista Mensual | Número: Enero de 2019
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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La Caída

Dictaduras comunistas
Cambio de régimen
Un pueblo mil veces más preparado


El desmembramiento de la estrategia imperialista da paso a las alternativas de los pueblos

La Caída

“Al ver el campo tan triste y solitario

donde se muere sin agua la semilla,

los campesinos le rezan novenarios

cuando les faltan el frijol y la tortilla.

qué falta que hace que reviva Pancho Villa.

qué falta que hace que reviva Pancho Villa.”

Corrido de la Revolución Mexicana

 


En enero del nuevo año que comienza se cumplen dos años de la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, quien asumió con la promesa de que “América será para los americanos”, intentando volver al unilateralismo para sacar a su país de la profunda crisis económica que atraviesa. Así, desarrolló una “doctrina del patriotismo” que lo llevó a una guerra comercial con China, de la cual depende la economía mundial, mientras que en nuestra región intentó retomar la doctrina Monroe y presentarse como el gendarme de los países, pero esta vez sin la posibilidad material de sostener la alianza con las burguesías locales, dado que ya no puede sostener económicamente su existencia. A pesar de esto, se propuso destruir a los “gobiernos autoritarios” que según el imperialismo subsisten en la región: los de Cuba y Venezuela, a quienes más tarde agregó el de Nicaragua; sin embargo, al día de hoy lo que nos demuestran los hechos es el paulatino desmoronamiento de su estrategia. El conjunto de acciones y operaciones realizadas para destruir el núcleo de países alzados en rebeldía, el ALBA, ha chocado una y otra vez contra una férrea pared.

Desde que en enero de 2018 el ex secretario de Estado Rex Tillerson auguró una nueva era dorada al expansionismo norteamericano, reivindicando la plena vigencia de la Doctrina Monroe, fueron sucediéndose las escaladas bélicas, financieras y diplomáticas, muy especialmente contra Nicaragua y Venezuela. El financiamiento a grupos paramilitares disfrazados de “indignados”, las provocaciones de levantamientos militares, los bloqueos económicos, las “sanciones” financieras, la incesante propaganda en contra desde los medios de comunicación masivos conforman el paquete de medidas que el imperialismo se ha dado para intentar tumbar las experiencias revolucionarias que vienen desarrollando los pueblos trabajadores. En dos oportunidades el presidente de los EEUU afirmó públicamente que invadir a Venezuela era una “opción” que estaba sobre la mesa; en varias más, intentó que la OEA declare la “interrupción” democrática y exija la intervención de Naciones Unidas. A partir de promover una supuesta “crisis humanitaria” se ha querido aislar diplomáticamente a este país y cerrarle todos los caminos posibles para sortear el feroz y criminal bloqueo.

Sin embargo, los resultados obtenidos no han sido los esperados; la institucionalidad creada luego de la segunda guerra mundial, encargada de legitimar el dominio de Estados Unidos en la región, aduciendo el respeto a los principios de la democracia liberal, ya no puede presentarse como garante de nada, dado que sus principios están en total decadencia. La mayoría que supo acompañar en la OEA los mandamientos yanquis se fracturó y ya nunca más pudo recomponerse; las naciones que integran el CARICOM, empobrecidas y sometidas por el poder imperial, ya no responden a sus designios. A partir de esta crisis institucional se creó el Grupo de Lima, cuyo presidente, Pedro Pablo Kuzcynski (formado en los EEUU), debió renunciar al comprobarse un hecho de corrupción de global resonancia; a la par, su segundo miembro en importancia (y de los más activos), México, colocó en la presidencia a una fuerza política cuya primera acción de trascendencia fue invitar a Nicolás Maduro a su asunción, augurando un futuro poco prometedor al Grupo. En este contexto, el gobierno yanqui ha intentado provocar levantamientos que se muestran como sectores de la “legítima oposición”, que tienen muy poca representatividad en la base social por lo que solo han logrado generar caos, pero no ponerse al mando de las fuerzas injerencistas, mientras EEUU ha promovido la invasión militar extranjera efectuando abiertas provocaciones con ejercicios conjuntos y portaaviones circulando al límite de lo admitido.

No sólo las contradicciones internas de cada país hacen insostenible, en términos políticos, una aventura de ese orden, sino que ya han sido advertidos de que inclusive en el plano militar serán duramente derrotados. Al aislamiento pretendido, Nicolás Maduro contestó con giras por China, Rusia y la visita de Turquía, anunciando importantes acuerdos económicos y militares, realizando ejercicios conjuntos entre las fuerzas armadas de Rusia y Venezuela, bajo la atenta vista de varios buques de guerra de origen iraní.

De esta manera, todas las medidas que profundizaban la agresividad imperialista no hicieron más que disgregar sus fuerzas y fortalecer las que combate. Precisamente en ello radica la crisis que atraviesa: la incapacidad de construir hegemonía para desplegar su dominio, ya que no puede “sentar en la mesa” a los diversos sectores de la sociedad en aras de su objetivo. El grado de concentración y centralización del capital produce que las 147 corporaciones que controlan la producción global deban enfrentarse con capas de su propia clase que históricamente han sostenido su dominio al interior de cada país. En esta crisis, en donde el 1% de la población mundial debe declararle la guerra al 99% restante, la única solución posible para las fuerzas imperialistas es profundizar sus acciones terroristas y represivas, y con ello impedir con todas sus fuerzas que las masas obreras y populares se organicen en su contra.

Veamos todo ello con mayor detenimiento.

Dictaduras comunistas

El diputado –próximo senador– e hijo del presidente electo de Brasil, Eduardo Bolsonaro, afirmaba que “Habrá un golpe dentro de Venezuela y las Naciones Unidas tendrán que intervenir por medio de una fuerza de paz (…) y ahí está el papel de Brasil: liderar esa fuerza de paz”, mientras que ofrecía a su país como sede para un hipotético juicio a las “dictaduras comunistas” de la región, dentro de las que incluía a Venezuela. Su padre, el presidente electo Jair Bolsonaro, afirmaba que “todos saben en América Latina cuáles son las consecuencias de la izquierda (…) el ejemplo más claro es Cuba y el país que más se aproxima a esa realidad es Venezuela” (HTV 9/12). Por su lado, el presidente colombiano Iván Duque anunció la ruptura de las relaciones diplomáticas con Caracas al asumir el nuevo período presidencial Nicolás Maduro, desde el mes de enero de 2019 (HTV 22/11), iniciativa que fue apoyada por el gobierno de Perú, que planteó que esto mismo debía ser adoptado por todas las naciones que integran el debilitado Grupo de Lima. De esta manera, el minoritario grupo de países que impulsan la estrategia imperialista en la región, con Colombia y ahora Brasil a la cabeza, daba un paso más en su escalada agresiva contra los procesos revolucionarios latinoamericanos; ya sin eufemismos, y rememorando las épocas más oscuras de nuestra historia, el ex capitán brasileño advertía de su cruzada “anticomunista”.

Sin embargo, como hemos afirmado hace ya muchos meses, la radicalización de la agresividad imperialista no es más que una muestra de la debilidad estructural que atraviesa el imperialismo. Una clara muestra de esto es que en el transcurso del año, todas las acciones apadrinadas por los EEUU tendientes a socavar el apoyo social a la revolución bolivariana y aislarla internacionalmente no han hecho más que obtener los resultados exactamente opuestos a los deseados: han fortalecido a las naciones del ALBA y han disgregado a las fuerzas imperialistas, que hoy se encuentran aún más debilitadas. Basta recordar las “renuncias” de funcionarios que hasta hace días reivindicaban la doctrina Monroe y auguraban un destino de grandeza para el siglo XXI norteamericano; el descabezamiento del Grupo de Lima al ser depuesto el presidente del Perú, hombre patrocinado por las corporaciones financieras; la reciente invitación del presidente de México a las autoridades de Venezuela y Cuba a su asunción, por citar algunos ejemplos. A medida que ve la imposibilidad de sostener su dominio, incrementa en igual proporción las amenazas y provocaciones bélicas, dejando en claro que no es más que una reacción frente a la derrota política en todos los frentes, ya que no posee una alternativa política que pueda aglutinar fuerzas en torno de sus objetivos y deja al descubierto que su estrategia militar también va al fracaso al no poder construir una salida política; no puede ir una sin la otra.

Esta imposibilidad se replica tanto en la región como al interior de cada país, ya que allí donde las fuerzas obreras y populares aún no han podido reagruparse y darse una estrategia de lucha contra el imperialismo, donde los politiqueros financiados desde el norte se han impuesto en el gobierno, dan claros ejemplos de todo lo afirmado con anterioridad. En este sentido, Colombia, uno de los países que más ha impulsado las agresiones contra su vecina Venezuela, da claras muestras de la imposibilidad de participar en una invasión militar colegiada. Su presidente, Iván Duque, asociado a la oligarquía narco-terrateniente de su país, cuya máxima expresión es el ex presidente Álvaro Uribe, en pocos meses ha cultivado el rechazo del 64% de su sociedad, siendo una fiel expresión de cómo los intereses de las 147 corporaciones monopólicas colisionan contra las grandes mayorías. Desde el inicio de su gobierno ha pretendido dinamitar los Acuerdos de Paz obtenidos por la administración precedente y el ex grupo guerrillero FARC, trabando la posibilidad de acordadas parlamentarias que den curso a su implementación, alimentando la instalación de bandas paramilitares en las zonas especialmente rurales, que anteriormente controlaba la guerrilla. Así, los asesinatos selectivos a la dirigencia obrera y popular se han disparado a cifras inéditas, impidiendo de esta manera la eficaz organización de sus fuerzas contra la estrategia imperialista. Tan solo en 2018 han asesinado a 219 líderes sociales, de los cuales 69 han sido abatidos desde la asunción de Duque en el mes de agosto (TS 20/11). Especialmente, los ex integrantes de las FARC han sido perseguidos con saña, puesto que han conformado la organización político-militar que más ha enfrentado las aspiraciones de las corporaciones financieras allí en Colombia, siendo 84 los asesinados desde los Acuerdos de Paz (23/11).

Como si todo ello fuera poco, el Gobierno ha impulsado una serie de medidas tendientes a encarecer el costo de vida de la población asalariada (reforma impositiva) y la desfinanciación de la educación pública, con lo que concitó la oposición, en la calle, de sectores obreros y estudiantiles que desde el 11 de octubre han realizado más de siete movilizaciones multitudinarias contra ellas, reuniendo allí a los sindicatos docentes, la Central Unitaria de Trabajadores de Colombia, confederaciones de pensionados, organizaciones sociales, gremiales, agrarias, políticas, académicas, indígenas y campesinas (ET 28/11). Es decir, la profundización del saqueo de las riquezas socialmente producidas por un puñado de corporaciones y la represión como única respuesta política posible frente a esa situación generan una confrontación directa con las amplias masas, es por ello que en tan solo tres meses casi siete de cada diez colombianos se oponen al reciente gobierno electo.

De esta manera, es difícil concebir cómo podría una fuerza política tan desprestigiada y asediada por su población sostener una incursión bélica contra Venezuela, sin desmoronarse al poco tiempo. Además del saqueo feroz y del asesinato sistemático de los referentes más destacados de la sociedad, debería convocarlos a una guerra que ya ha visto caer todos los argumentos que supuestamente la justifican, teniendo un margen casi nulo para sostener políticamente una decisión de esa envergadura.

En este mismo camino transitan las declaraciones del gobierno recientemente electo en Brasil. Los resultados del golpe de Estado comandado por Michel Temer han sido verdaderamente catastróficos, arrojando a 54,8 millones de brasileños a la pobreza (crecimiento del 7,4% en comparación con los dos últimos años), siendo que más de 25 millones de personas perciben ingresos inferiores a los 5,5 dólares por día y unas 15,2 millones con menos de 1,90 dólares diarios, viviendo así en la pobreza extrema; tan solo desde abril de 2018, hay un 11% más de pobres en Brasil (TS 5/12). Así, las medidas anunciadas por Bolsonaro en materia económica y social no hacen más que profundizar esta tendencia, promoviendo con más fuerza el saqueo de la riqueza socialmente producida por el pueblo trabajador. Su futuro ministro de Economía, el liberal Paulo Guedes, ya ha anunciado privatizaciones de empresas públicas, despidos, reforma previsional, reforma laboral (flexibilización) y endeudamiento. Incluso, como hemos visto, sin tener ni un día hábil de gobierno, provocó la salida de los médicos cubanos que prestaban servicios en las zonas más postergadas de Brasil, dejando a unos 44 millones de habitantes sin atención sanitaria elemental. Este mes, los Gobernadores del país, sumándose a la federación de Alcaldes municipales que lo habían hecho el mes anterior, le escribían con preocupación una carta de protesta al presidente electo afirmando que “expresamos nuestra preocupación con el vacío existencial que se puede producir en los municipios con la disminución del contingente de profesionales del programa Más Médicos, siendo fundamental la inmediata recomposición y ampliación del citado programa” (CD 21/11). La profundización de la estrategia imperialista y su consecuente alineamiento irrestricto con la política exterior norteamericana le ha concitado la oposición de la totalidad de Alcaldes y Gobernadores del país, repetimos, sin haber gobernado ni un solo día aún. Como en Colombia, la única respuesta política posible frente a un escenario cada vez más adverso es el terror y el exterminio de los referentes más destacados de las fuerzas obreras y populares: el presidente electo advertía que “el pueblo de Brasil no sabe todavía lo que es la dictadura”, desconociendo los crímenes cometidos entre 1964 y 1985 y dando un claro mensaje a todas las fuerzas opositoras (TS 20/11).

En esta misma línea, el terrateniente presidente de la Unión Democrática Rural (UDR) y designado funcionario del ministerio de Agricultura advertía de la nueva situación política al poderoso Movimiento de los Sin Tierra al afirmar: “Tiene que preocuparse porque tiene que parar de invadir la propiedad (…) eso es vandalismo, es un proceso ideológico, anacrónico, que el mundo ha sepultado ¿Sabe dónde quedó? Aquí en el país vecino, en Venezuela o un poco más adelante en Cuba, es una vergüenza, esa gente presta un deservicio a Brasil” (FSP 24/11). A su vez, el comandante del Ejército, General Eduardo Villas Boas, recordaba la “revolución de los tenientes” de 1935, acontecimiento dentro de las FFAA que dio origen al Partido Comunista de Brasil y también advertía a la población que “Determiné al Ejército que rememore la Intentona Comunista ocurrida hace 83 años (…) antecedentes, hechos y consecuencias serán apreciados para que no tengamos, nunca más, hermanos contra hermanos vertiendo sangre verde y amarilla en nombre de una ideología divisionista” (FSP 26/11). Estas declaraciones dejaban expuesta con total crudeza la naturaleza de la crisis capitalista actual: un puñado de corporaciones monopólicas que necesariamente deben enfrentarse al conjunto de la sociedad en aras de apropiarse de la riqueza por ella producida. Grupos económicos, militares y terratenientes, todos parecen haber declarado la guerra al pueblo trabajador de Brasil, que ha sufrido en carne propia en estos años nefastos todas las consecuencias de las políticas económicas y sociales que promueve el imperialismo. Sin embargo, al igual que en Colombia, las políticas de Michel Témer han concitado el 97% de rechazo de la población, por lo que su profundización no puede más que hacer lo propio respecto de Bolsonaro. La agudización del conflicto social es la consecuencia directa de esta política, obligando a los siervos del imperialismo a esgrimir acciones y declaraciones como las que hemos analizado más arriba, ya que su incapacidad de construir fuerza social, de formar masa crítica en torno a sus intereses, se muestra en su más acabada expresión, llevando al imperialismo a imponerse por la violencia directa sin alcanzarle el marco jurídico y político de la democracia que él mismo sistema ha creado para justificar su dominio.

Así las cosas, los países alineados con la estrategia imperialista manifiestan en su interior lo que ocurre a escala planetaria y regional: la agresividad belicista, las provocaciones esgrimidas contra los procesos revolucionarios y antiimperialistas, las mentiras repetidas hasta el hartazgo no son más que una enorme muestra de debilidad que lleva al capital concentrado a profundizar su estrategia para seguir reproduciéndose de manera ampliada. Esto implica para nuestros pueblos el empeoramiento de las condiciones de vida a un grado tan profundo que puede generar el hundimiento de la humanidad si no se crea una fuerza capaz de darle salida a la crisis. Su manifestación más elocuente es la incapacidad de construir consenso con capas de las distintas clases sociales para llevar a cabo los objetivos requeridos por las corporaciones monopólicas mundiales, generando el enfrentamiento directo con las amplias mayorías proletarias y las capas de su propia clase que otrora le han servido como instrumento de dominación al interior de las naciones latinoamericanas. Así, tanto en la región como dentro de cada una de ellas, se revela la imposibilidad de promover alguna alternativa política que no sea el terror y el exterminio de todo lo que se le opone. Como dijera George W. Bush en 2006: “a donde sea que miramos, vemos terroristas en potencia” dejando en claro el agotamiento histórico de una clase social que, en vez de conducir los destinos de la humanidad, debe declararle la guerra.

Cambio de régimen

México ha sido uno de los países en la región que ha sufrido la avanzada imperialista, el cambio en la correlación de fuerzas a nivel global luego de la caída del muro de Berlín y del campo socialista Europeo, sin dudas ha sido de los más golpeados. Cabe mencionar que en su enorme extensión y rica historia, la nación centro americana ha sido protagonista de grandes acontecimientos que sin duda han marcado puntos de inflexión en la sufrida lucha de clases latinoamericana. En sus tierras se cobijaron dos de las grandes civilizaciones autóctonas, la Maya y la Azteca, luego conquistadas y sometidas por España, junto con otra gran cantidad de etnias que al día de hoy perduran en el país. México reconoce oficialmente 63 lenguas indígenas, en donde el náhuatl (originaria de los aztecas o mexicas) y el maya abarcan al menos 2 millones de personas en la actualidad. Su población agraria, indígena y mestiza, ha protagonizado grandes alzamientos y revoluciones contra el poder que la oprimía: en 1810, bajo el mando de los curas Hidalgo y Morelos; en 1910, con Emiliano Zapata y Pancho Villa como principales caudillos político-militares y en 1994, cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN, se dio a conocer al mundo en un recordado alzamiento militar en Chiapas. Desde su oficial declaración de independencia en 1821, México ha sufrido la rapiña y paulatina disgregación nacional comandada por la naciente y vecina potencia imperialista: Estados Unidos. Entre 1846 y 1848, debió enfrentar una invasión militar que terminó saqueándole más de la mitad de su territorio, lo que hoy conocemos como los Estados de Texas (segunda economía del país, con abundante petróleo y gas natural y numerosas tierras fértiles para la actividad agropecuaria), Arizona, California (primera economía del país, con la minería extractiva de oro y la actividad agropecuaria como pilares), Nuevo México, Nevada y Utah, y una parte de Colorado, Oklahoma, Kansas y Wyoming. Desde entonces, momento de expansión y ascenso de las potencias imperialistas en el mundo y de la Doctrina Monroe en la región, México ha sufrido la intervención política, económica y militar de los EEUU en sus asuntos internos sin interrupciones hasta la fecha; toda su historia política ha sido constituída en oposición a las pretensiones imperialistas del norte. Uno de sus puntos altos fue, sin duda alguna, cuando en 1934 Lázaro Cárdenas, fundador del Partido de la Revolución Institucional, PRI; (el cual gobernó ininterrumpidamente durante 71 años), nacionalizó el petróleo y proclamó una reforma agraria que luego será abortada por su sucesor.

El PRI durante casi un siglo ha cobijado en su interior y a través del sistema político en el cual se sostuvo, las complejas contradicciones internas que alberga la sociedad mexicana, ha sido comandado por un poderoso sector empresarial mercado-internista asociado a las industrias extractivas, la siderurgia y una fuerte actividad agropecuaria, todas actividades promovidas y protegidas por los sucesivos gobiernos de esa fuerza política. Cuando es definitivamente derrotado el campo Socialista europeo es que las llamadas políticas “neo” liberales ingresan con furia en México, impulsando los Tratados de Libre Comercio, privatizaciones masivas, oleadas de endeudamiento con final en bancarrota y, en este último sexenio, el ingreso de las corporaciones financieras globales a la actividad petrolera nacional. De esta manera, se ha logrado que el 43,5% de su población se considere bajo la línea de la pobreza (unos 54 millones, aproximadamente) y que hoy México encabece el triste ranking del salario mínimo más bajo de toda América Latina, incluso por debajo de Haití (www.ecured.cu).

Junto con todo ello, desde la entrada en vigencia del NAFTA en el año 1994 y especialmente al asumir la presidencia Vicente Fox, en el año 2000, los EEUU han promovido con todas sus fuerzas la militarización de las relaciones internas y la simbiosis entre los grupos narcotraficantes (cuyo principal destino es la potencia del norte) y el Estado Nacional: desde que se declaró la “guerra al narcotráfico” han muerto, al menos, más de 100 mil habitantes, han desaparecido más de 30 mil y un sinnúmero de dirigentes obreros, agrarios, indígenas, educativos han sido asesinados brutalmente por las fuerzas paramilitares asociadas al gobierno de turno. Es por ello que mes tras mes nos enteramos con asombro del aumento ininterrumpido de asesinatos, secuestros extorsivos, desapariciones, encarcelamiento y tortura de líderes comunitarios y de estudiantes. En tan solo veinte años, el imperialismo ha marcado a fuego con su descomposición a uno de los países más importantes e influyentes de Latinoamérica.

Ahora bien, con este calvario a cuestas, la sociedad mexicana de forma abrumadoramente mayoritaria colocó en la presidencia a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) con el 54% de los votos, dándole a su incipiente fuerza MORENA (Movimiento por la Renovación Nacional) una inédita mayoría en ambas cámaras del Congreso nacional. Originariamente miembro del PRI y luego de una de sus escisiones, el PRD, López Obrador fue víctima en dos oportunidades (2006 y 2012) del fraude electoral apadrinado por los EEUU. Sin embargo, conforme avanzó la descomposición generada por el gobierno pro imperialista y el ascenso de las luchas populares se hizo insostenible la imposición de un nuevo fraude, ya que el candidato del MORENA arrasó en las urnas, como hemos visto.

Así, el 1ero de diciembre asumía la presidencia con la presencia en México de Nicolás Maduro y de Miguel Díaz- Canel, ambos primeros mandatarios de Venezuela y Cuba respectivamente, asestando un duro golpe al Grupo de Lima, quitándole un miembro poderoso en recursos e influencias, y por lo tanto a toda la estrategia regional de los EEUU. En su discurso y posteriores acciones, realizó prometedores anuncios: “Por mandato del pueblo iniciamos hoy la cuarta transformación de México (…) puede parecer pretencioso o exagerado, pero hoy no solo empieza un nuevo Gobierno sino un cambio de régimen político”, anunciando con ello una profunda reforma petrolera (la construcción de 100 refinerías, de las cuales una ya comenzó a construirse) cuyo signo distintivo es la recuperación de la soberanía nacional sobre sus recursos; una marcha atrás en la reforma educativa privatizadora de los gobiernos anteriores; la liberación de indígenas y dirigentes obreros presos por manifestarse; comisiones de investigación sobre asesinatos y desapariciones, la más conocida de ellas la de los normalistas de Ayotzinapa; la reducción salarial y quita de privilegios de todos los funcionarios del Estado, en sus tres poderes; el cuidado del medioambiente mediante la prohibición del fracking y los transgénicos; el anuncio de que “nunca se dará la orden de reprimir al pueblo”; el inmediato aumento del 16,5% del salario mínimo, entre otras (TS 1/12).

Sin embargo, el elemento más importante de todo ello es la comprensión explícita de la crisis del sistema “representativo” y por añadidura de todo el sistema político mexicano; desde que fue electo, López Obrador realizó dos consultas populares denominadas Consulta Nacional de Programas Prioritarios, en donde se pidió participación al pueblo en las decisiones de las principales medidas a tomar por el recientemente asumido Gobierno. En ellas participaron 925.168 votantes, en donde se interrumpió la construcción de un Aeropuerto en la ciudad de México que había concitado la oposición de sus pobladores (que fueron reprimidos, torturados y asesinados por las fuerzas de seguridad) y era promovido por el poderoso Carlos Slim y se aprobaron medidas como la construcción de trazas del ferrocarril por zonas arrasadas en los últimos años, aumento de pensiones, creación de becas a jóvenes, entre otras cosas (TS 26/11).

Si bien no es casual que un candidato del signo político de López Obrador llegue a la presidencia de un país como México, las experiencias recientes en Latinoamérica han enseñado que de no poseer una estrategia que se proponga derrotar y reemplazar políticamente al imperialismo, expresión del dominio de las relaciones mercantil- capitalistas, y por lo tanto una organización política que aglutine a las fuerzas obreras y populares tras ella, se hace muy difícil sostener semejante ofensiva contra los intereses de las corporaciones (invitación a Maduro, aumento del salario mínimo, educación, petróleo, aeropuerto, etc.) sin perecer en el intento. Es por ello que se ha abierto el canal de la participación protagónica del pueblo en las principales decisiones, aunque signifique una condición necesaria y no suficiente. No hay duda en que la lucha de las masas populares, aunque de forma fragmentada y silenciosa, es la que ha promovido el profundo cambio político que parece haber tenido lugar en México; a partir de ahora se plantea la necesidad de organizarlas en un plan político que pueda resurgir de las cenizas a esta gran nación. La última década de gobiernos populares en Latinoamérica nos ha demostrado que no alcanza solamente con la debilidad y crisis del imperialismo, sino que el cambio requiere de una fuerza que organice y estimule a la clase trabajadora en su gesta por una nueva sociedad.

Un pueblo mil veces más preparado

Los trabajadores cubanos han sabido, durante décadas, tomar las riendas de su destino luego de asestar profundas derrotas políticas al imperialismo norteamericano. Una muestra de esto es la participación popular que ha tenido el proceso de debate y deliberación respecto de su Constitución que ha finalizado este mes. En este acontecimiento han participado 8.945.521 personas (sobre una población total de 11 millones y medio) nucleados en 133.681 asambleas en barrios y lugares de trabajo; en ellas se realizaron 1.706.872 intervenciones y de ellas 783. 174 propuestas (666.995 modificaciones, 32.149 adiciones, 45.548 eliminaciones y 38.482 dudas) (CD 25/11). La nueva Constitución consagra en su texto los derechos sociales, económicos y culturales; el derecho al agua, a la alimentación, vivienda y empleo digno, todo ello asentado en la experiencia revolucionaria del pueblo cubano, que ha sabido cumplir con cada una de las proclamas esgrimidas por sus dirigentes máximos y locales. Ello es debido a una sociedad alzada en rebeldía frente a la inhumanidad del capitalismo, que ha sabido darse una férrea organización revolucionaria que estimula permanentemente la conducta de tomar en sus manos todos los problemas que la aquejan, desde las proclamas máximas de una Constitución hasta los más pequeños problemas cotidianos.

Por ello es que la inmensa mayoría de la sociedad ha participado activamente de la discusión sobre la reforma de la Constitución, sosteniendo los principios básicos pero profundos que han llevado al pueblo cubano a la inmensa gesta que ya es conocida por el mundo entero: el Socialismo, la colectivización de la propiedad sobre los medios de producción y de cambio y el protagonismo de la clase trabajadora en la organización de una sociedad sobre esas premisas. En este sentido, Fidel Castro ha afirmado: “¿Cuántas carreteras en las montañas hicieron los capitalistas? ¿Cuánta electricidad llevaron a las montañas, cuantos hospitales, cuantos médicos de familia? La revolución tiene, sólo como médicos de familia, tiene más de 700 médicos en las montañas. Ya no hay montañas de esta provincia, ni de Santiago, ni de Guantánamo, sin médico de la familia. Y hay muchos municipios por ahí, regiones, donde están los médicos de familia, donde la mortalidad infantil es de menos de 10, es increíble. Los capitalistas no se ocuparon de ninguna cosa social, ni aquí ni en ninguna parte. Les llevamos mil kilómetros de ventaja, pero para hacer esas cosas podemos hacerlas mejor que ellos (…). Y sé que sobre todo pensarán ustedes en los frutos de la Revolución, en los frutos del esfuerzo, cómo marcha aquello por lo que luchamos, qué tipo de pueblo tenemos hoy, cómo son las nuevas generaciones, de qué son capaces. Y digo de verdad, y lo digo con íntima satisfacción, que fruto de los esfuerzos de los luchadores hoy tenemos un pueblo mil veces más preparado que el que teníamos entonces, un pueblo más culto, más consciente, más confiado en sí mismo, capaz de multiplicar las más grandes proezas que se hayan realizado a lo largo de la historia de nuestra Revolución (…) un pueblo que cuando se lo propone alcanza lo que quiere; un pueblo, ese pueblo de internacionalistas, ese pueblo que fue capaz de enviar lejos de la patria 50 mil hombres; un pueblo donde médicos, maestros, trabajadores, colaboradores, están dispuestos a ir a cualquier parte del mundo, a cualquier sacrificio; un pueblo capaz de empinarse, organizarse, armarse y sentirse capaz de parar al Imperio, si el Imperio tratara de lanzar algún zarpazo contra nuestra isla” (CD 30/11).

Estas palabras sintetizan el conjunto de problemas que transitan las masas obreras y populares en la región: la única posibilidad de lograr una radical transformación política y social debe necesariamente partir de la comprensión de que es el capitalismo el escollo principal a resolver. Es central que las masas trabajadoras identifiquemos al enemigo principal que es la clase social que se ha erigido dominante sobre las relaciones mercantil- capitalista, la burguesía, ya que constituye una traba para el desarrollo humano, dado que sólo produce caos, desastres naturales y muerte por doquier. El sistema capitalista está agotado, ya no puede dar respuesta a las necesidades de las masas, sin embargo, esto requiere superar lo existente y crear condiciones nuevas para el desarrollo de la humanidad y la naturaleza. El tiempo es finito ya que si continuamos bajo las actuales relaciones de producción las modificaciones en la naturaleza pueden volverse irreversibles. Por todo esto, el único movimiento de masas que puede resolver los profundos problemas de una sociedad en descomposición como la nuestra es el que se proponga derrotar y reemplazar a la burguesía y a todo el orden social por ella construido y eso sólo puede ser realizado por la activa y protagónica participación de la clase trabajadora, el proletariado.



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