Revista Mensual | Número: Febrero de 2019
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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Tragedia, Farsa y Comedia

El problema es político
No sirve de nada tener derechos
Una democracia verdadera


La desesperación imperialista y los presidentes autoproclamados. El ALBA avanza

Tragedia, Farsa y Comedia

“En este caso, como hemos dicho,

confesamos que los EEUU
no han estado detrás del golpe de Estado.

Han estado delante”

Jorge Arreaza, Canciller de Venezuela (2019)

 

“Los EEUU parecen destinados por la Providencia
a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”

Simón Bolívar (1829)

 


En el año 2010 Fidel Castro, al ser consultado por un grupo de periodistas venezolanos respecto de una posible invasión norteamericana a su país, afirmaba que al imperialismo “le falta tiempo, no tienen ni el 5% del tiempo que necesitan” (CD 8/9/10). Esta definición del líder histórico de la revolución cubana se hace fundamental para comprender el actual escenario latinoamericano: la agresividad norteamericana contra las naciones del ALBA y las amenazas de invasión militar no son más que una acción desesperada del capital concentrado, producto de la actual crisis en la que se encuentra el sistema económico por él construido.El tiempo que les hace falta es el tiempo de trabajo socialmente producido, es decir, la riqueza producida por los trabajadores que ha sido expropiada históricamente por los capitalistas y a partir de la cual en otros tiempos han reproducido capas de su propia clase y con ello un orden social bajo su dominio. El tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de mercancías es cada vez menor, lo que genera que el valor de cambio de las mismas disminuya, dado que solo la fuerza viva, el trabajo humano, es lo que le otorga valor a las cosas. Así, al reducirse el valor, la riqueza producida es menor por lo cual hay menos ganancia para repartirse entre los capitalistas, lo que genera que queden sin la posibilidad de reproducirse ingentes masas de trabajadores, así como fracciones de la burguesía. Es decir, el mundo es para un pequeño grupo y deja a millones afuera, por lo que el capital concentrado ya no puede mostrar su interés como el de todos, ya que en la experiencia cotidiana e inmediata la falta de trabajo y las condiciones precarias de existencia que este sistema económico brinda a las personas muestran su incapacidad de darle salida a la crisis actual.

La velocidad con la que se derrumba el mundo hasta ahora conocido empuja a sus creadores a obrar de forma absurda y desesperada. Les falta tiempo con el cual sostener y remendar ese derrumbe, puesto que ya se han quedado sin condiciones estructurales para hacerlo. No hay sector social, a excepción de las 147 corporaciones monopólicas, el 1% de la población mundial, que pueda desarrollar una vida digna dentro de su estrategia; sencillamente debe declararle la guerra a todos. Es por esto que, a pesar de haber sido duramente derrotado al interior de Venezuela en numerosas oportunidades, y de que ya no tenga una base social que pueda organizar al interior de la nación caribeña, debe empujar la absurda acción de “autoproclamar” presidente a un muchacho de 35 años hasta hace poco desconocido, frente a un proceso revolucionario que se sostiene firmemente. Es decir, declararle la guerra a toda su sociedad y jugar con la posibilidad de una invasión militar de catastróficas consecuencias. Más aún, sin importar que ni la mismísima Organización de Estados Americanos (OEA) consiguiera una mayoría simple para avalar al “autoproclamado presidente”; sin importar que ni la totalidad del Grupo de Lima tenga acuerdo en ello; que naciones como China, Rusia, Irán y tantas otras adviertan de la irracionalidad de la medida y sus posibles consecuencias; sin importar todo ello, deben insistir en su posición. Para lograrla, han insertado bandas paramilitares que se encuentran realizando desmanes y provocaciones, en aras de construir un escenario de “guerra civil” que justifique una intervención foránea.

Tanto en Venezuela como en las otras naciones que hoy son gobernadas por fuerzas políticas pro imperialistas, queda claro que la “pelota está de nuestro campo”: que frente a nosotros se desarrolla (a una velocidad inusitada) el estallido del ordenamiento global del imperialismo y todo su aparato jurídico y político; donde la clase trabajadora y el pueblo comprenden profundamente esta situación, ellos no pueden verdaderamente nada. La necesidad de una vida en donde lo común predomine por sobre el individualismo burgués, lo privado; en donde los trabajadores sean protagonistas de todos los aspectos de su vida; en donde exista verdadera democracia en materia económica y política; esa necesidad es cada vez más clara, más latente.

De nosotros depende comprenderla y asumirla.

Veamos todo ello detenidamente.

El problema es político

En un acto desesperado, el imperialismo norteamericano ha lanzado una nueva intentona desestabilizadora sobre las naciones que integran el ALBA y muy especialmente sobre Venezuela. La incapacidad de repartir porciones de la riqueza social apropiada por las 147 corporaciones monopólicas que lo componen, de construir una fuerza social junto a otras capas de su propia clase y una porción del proletariado, lo empujan a realizar actos agresivos desde posiciones desesperadas y muy debilitadas. Necesitan imperiosamente construir un escenario que justifique una invasión militar externa, única alternativa posible para erradicar de la faz de la tierra la experiencia revolucionaria que allí tiene lugar, sin contar con ninguna condición que lo posibilite. Sin embargo, no tienen las condiciones para que las naciones sudamericanas puedan sostener una incursión “colegiada” aportando su cuota, ni para que los diversos sectores opositores a la revolución bolivariana acepten masivamente ser invadidos por potencias extranjeras.

El escenario que pretendió construir el imperialismo tuvo como principal elemento ordenador el cuestionamiento a la elección presidencial que realizara el presidente Nicolás Maduro en 2018, obteniendo el 67,48% de los votos emitidos. Cabe recordar que la revolución bolivariana transitó, entre las muchas elecciones de las que resultó victoriosa, 6 presidenciales; cuatro encabezadas por Hugo Chávez y dos por su hijo político Nicolás Maduro. En 1998, luego de haber encabezado un alzamiento militar y cumplir años de cárcel por ello, Hugo Chávez obtuvo 3.763.685 votos sobre un total de 6.988.291 (56,20%), frente a una oposición que obtuvo 2.797.729 votos; dos años después, luego de reformarse la Constitución, Chávez obtenía 3.757.773 votos sobre un total de 6.637.276 (59,76%) frente a una oposición que obtenía 2.530.805 votos. Luego del golpe militar comandado desde los EEUU (con un magnicidio frustrado en su transcurso) y la confirmación en las calles y los cuarteles de la revolución Bolivariana, en 2006 Chávez obtenía 7.309.080 votos sobre 11.790.397 (62,84%) frente a una oposición muy movilizada y en proceso de unidad que obtenía un nada despreciable resultado de 4.292.466 votos (36,90%).

En las elecciones de 2012, Chávez que ya estaba muy enfermo obtiene unos 8.191.132 votos sobre 15.146.096 (55,07%), mientras que la ya constituida Mesa de la Unidad Democrática (MUD), comandada por Henrique Capriles obtenía 6.591.304 (44,31%). En esta contienda se dan dos procesos importantes para el ulterior desarrollo de la vida política venezolana: en primer lugar, la unificación de todas las fuerzas opositoras bajo un candidato que, imitando discursos y hasta vestimenta del histórico líder bolivariano, había conseguido un resultado histórico. Por otra parte, la advertencia de Chávez respecto de un límite que había reconocido en su fuerza: no bastaba con “repartir” los recursos proporcionados por el gobierno del Estado rentista (petrolero) y dedicarse a “mejorar la calidad de vida” y el consumo de la población, sino que se hacía necesario profundizar el trabajo político ideológico sobre la clase trabajadora y la creación de una nueva forma de organización social. Es decir, profundizar el proyecto socialista y democrático. En estas elecciones advierte, antes de morir, sobre la necesidad de la construcción de las Comunas y los Consejos Productivos de Trabajo, los cuales serán llevados adelante por Nicolás Maduro.

La muerte del histórico líder venezolano en el año 2013 hizo creer al Departamento de Estado y las fuerzas políticas internas que estaban dadas las condiciones para ganarle por elecciones a la revolución: a pesar de que Constitucionalmente correspondía que Nicolás Maduro asumiera la presidencia (puesto que seguía en la línea sucesoria y había sido electo hacía poco menos de un año). Frente a la inmensa campaña global realizada por el imperialismo y las presiones ejercidas por los medios de comunicación, el Partido Socialista Unido de Venezuela(PSUV) aceptó el desafío y se midió una vez más con Capriles: 7.505.338 votos sobre 15.059.630 (50,61%) frente a 7.363.980 (49,21%). Maduró resultó ganador de la contienda por 141.358 votos, confirmando el análisis que Chávez hiciera antes de morir. Frente a este resultado el imperialismo intensificó su estrategia de terrorismo interno y caos social, mientras que comenzaba a aplicar un torniquete económico y financiero mediante las famosas “sanciones” y el brutal bloqueo que ejerce hasta nuestros días. Una guerra económica combinada con focos terroristas ejecutados por fuerzas paramilitares entrenadas por la CIA en Colombia; frente a esto se buscó “asfixiar” al bravo pueblo venezolano, pretendiendo restar legitimidad al proceso revolucionario que siempre contestó radicalizándose y profundizando la democratización del poder económico y político.

En este escenario, y con cientos de muertos en las calles producto de las “guarimbas”, en 2015 se realizaron las elecciones parlamentarias: El PSUV obtuvo 5.622.844 votos sobre 19.504.106 (40,91%), mientras que la MUD obtenía 7.726.066 (56,22%): había 1.882.494 personas que dos años atrás habían votado por la revolución que en esta oportunidad no lo hicieron. Pues bien, como veremos, la respuesta política a ese escenario fue profundizar la organización popular, el trabajo sobre la conciencia de las masas, mientras que el imperialismo se dedicó a movilizar sus fuerzas, dentro y fuera del país, para lograr la destitución de Maduro. Primero a través de un referendo revocatorio, el cual quisieron presentar con firmas falsas (puesto que no les daban los números) y luego pretendieron “realizar” con un escandaloso fraude electoral (haciendo votar tres veces a la misma persona, mintiendo respecto de la concurrencia, etc.). Guerra económica internacional y local, terrorismo interno e intentonas de revocar a Maduro, todas fueron chocando contra la conciencia de las masas, que no permitieron fracturar su frente político.

En 2017, en medio de un despliegue inusitado de bandas terroristas, el gobierno convocó a una Asamblea Constituyente que con 8.089.330 de votos brindó una derrota profunda a toda la estrategia imperialista, mostrando al mundo que incluso la base social opositora ya no hacía caso a los dictados del norte, puesto que desde el año 2016 la principal “estrategia” de la oposición fue desconocer las sucesivas convocatorias electorales del oficialismo.

En este contexto debemos leer los 9.389.056 venezolanos que acudieron a las urnas en 2018 (1.299.726 más que el año anterior cuando la Constituyente) y los 6.245.862 que obtuvo Nicolás Maduro (67,84%) frente a los 2.943.282 que obtuvo la oposición con dos candidatos, profundizando la fractura de la que hablamos más arriba.

En esta última elección presidencial acudieron más de 150 observadores internacionales y no se produjo ni una sola denuncia de fraude, ni un solo comentario. A pesar de ello, a pesar de los 6 millones 200 mil votos obtenidos bajo un asedio sin precedentes sobre la nación caribeña, el imperialismo ha querido presentar al mundo una “ilegalidad” que justifique su intervención. De esta manera, revelan qué tipo de democracia promueven y defienden: la que garantice el saqueo al puñado de corporaciones monopólicas que lo conforman. Si su esencia radica en la necesidad de expropiar capas de su propia clase en aras de la apropiación cada vez mayor de la riqueza socialmente producida, a costas de la sociedad, su democracia revestirá este carácter: una dictadura contra las grandes mayorías. Por esto, ya no pueden respetar ni las normas que ellos mismos establecieron, por lo que muchas veces llegan a hablar de “voto ético”, una forma de volver al “voto calificado”, con el fin de evitar que las masas se pronuncien a través del voto. La voluntad política de una importante porción de la sociedad venezolana no importa, tan solo la necesidad de un puñado de corporaciones por lo que, desde su punto de vista, todo aquello “fue ilegal”. Hasta que no los voten mayoritariamente nada será “legal” y si ello nunca ocurre, habrá que instrumentar los medios para imponerse.

Así las cosas, el imperialismo hizo uso de todos los medios masivos de comunicación que dispone para instalar la percepción de que en Venezuela hay una “dictadura” sanguinaria y corrupta, que asesina masivamente a opositores y los expulsa del país. Alfredo Romero, director de la ONG Foro Penal Venezolano, afirmaba a grandes medios latinoamericanos: “Este año, las torturas han sido algo sistemático (…) la desaparición forzosa y las denuncias relacionadas con eso se han hecho algo regular. (…) El gobierno dice, por ejemplo, que el problema de la escasez de alimentos no es culpa del gobierno, sino de los empresarios que están envueltos en una guerra económica. Así encarcelan personas que ellos dicen que son los responsables y los mantienen presos. (…) el problema es político, porque el método del gobierno es acabar con la industria privada y acabar con el sistema económico” (LN 28/12). Esta ONG, que denuncia las “persecuciones” dirigidas a los empresarios que colaboran con la guerra económica imperialista que hambrea a su pueblo, también plantea que los que debieran estar presos son los que luchan contra el sistema económico de la “industria privada”, esto es, la “libertad” que pueda llegar a tener un empresario de acaparar alimento para provocar descontento social. El diario de la city londinense Financial Times aportaba su cuota también: “La ONU dice que huyeron del país más de 3 millones de personas desde 2014, cerca del 10% de la población, mientras que el FMI espera que los precios suban un 10.000.000% en 2019 (…). Huyeron más personas de Venezuela que las que llegaron a Europa desde Medio Oriente y África en los últimos cuatro años y tres veces más de las que abandonaron Myanmar durante la crisis Rohingya” al poner en un mismo cuadro las acciones del Fondo Monetario Internacional y parte de Naciones Unidas para construir el escenario de “caos” y “crisis humanitaria” (CR 19/1).

En este escenario y frente a la asunción de Nicolás Maduro pautada para el 10 de enero, la maquinaria imperialista puso en movimiento el golpe. En primer lugar, Maduro denunciaba a las autoridades colombianas comandadas por Iván Duque de albergar a un grupo paramilitar que denominó G-8, conformado por 734 mercenarios de ambos países “que se preparan en el municipio de Dona (Norte de Santander) para iniciar una escalada violenta que confunda a la opinión pública y justifique cualquier otra acción de escalada militar contra Venezuela” (23/1). A su vez, el autodenominado Grupo de Lima lograba, con el acuerdo de 11 de sus 13 miembros (sin México ni Uruguay) una acordada para no reconocer al gobierno electo de Nicolás Maduro y “ratificar el apoyo” a la Asamblea Nacional electa en 2015, con mayoría opositora, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Se sumaban, además, a la guerra económica al anunciar que iban a “restringir el financiamiento a través de listas de personas naturales y jurídicas con las que entidades financieras y bancarias” de sus países no podrán operar o deberán “congelar sus fondos y otros activos o recursos económicos” (ET 4/1). A su vez, la Organización de Estados Americanos aprobaba una resolución, con 19 votos favorables, en donde afirmaba “no reconocer la legitimidad del período del régimen de Nicolás Maduro a partir del 10 de enero de 2019” y hacía un llamado a “elecciones presidenciales libres”. A ella se sumaba el Departamento de Estado de los EEUU, que sostenía la “condena a la usurpación ilegítima del poder por parte de Nicolás Maduro” (ET 11/1).

En Venezuela, la Asamblea Nacional, cuyas funciones se encuentran supeditadas al poder surgido de la conformación de la Asamblea Nacional Constituyente (y además fue declarada en desacato en 2016 por querer atribuirse funciones que no le corresponden, como ser revocar un presidente electo), declaraba la “ilegitimidad” del presidente por considerar que las “elecciones fueron fraudulentas”. El “nuevo jefe” del Congreso venezolano, Juan Guaidó (allí colocado por un acuerdo entre los partidos políticos opositores de rotación en las funciones), anunció que “a partir del 10 de enero nos enfrentamos entonces a la ruptura del orden constitucional y la presidencia no se encuentra vacante, se encuentra siendo usurpada. Si Maduro se niega a ello, tenemos que lograr la unificación y actuación conjunta de la movilización popular, la Asamblea Nacional, la comunidad internacional y las Fuerzas Armadas para que no tenga otra opción. Solo así podremos hacer viable y posible su salida del poder y la conformación de un Gobierno Provisional que convoque elecciones libres y atienda la emergencia humanitaria de manera inmediata” (CL 5/1). A lo que agregaba: “Hay una peculiaridad interesante: ante la no elección de 2018, no hay comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Ahí se rompe la cadena de mando” (LN 7/1).

Recapitulando, luego de la muerte del líder histórico de la revolución Bolivariana, el PSUV obtuvo un escueto triunfo electoral contra todas las fuerzas opositoras unificadas bajo la figura de Henrique Capriles, que vio partir la mejor oportunidad de hacerse del gobierno a través de las elecciones. A partir de ese momento, la estrategia imperialista de librar una guerra sin cuartel en todos los aspectos de la vida social se profundizó, puesto que comprendió la imposibilidad de triunfar electoralmente en Venezuela. La combinación del desgaste de esa guerra y errores políticos de la conducción del PSUV en el gobierno produjo que en el año 2015 haya habido una merma en la asistencia propia a las elecciones parlamentarias, lo que envalentonó a las fuerzas comandadas por el imperialismo a profundizar la estrategia terrorista y de desconocimiento total de cualquier instancia de diálogo o participación entre las fuerzas en pugna. El desastre que ello provocó, sumado a la labor política revolucionaria, provocó una profunda crisis de representación y una fractura en el campo opositor, que entonces vio desvanecer su poder de convocatoria centralizado desde los EEUU. Pues bien, desde esa posición de debilidad (tanto regional como local) es que han lanzado una vez más una inédita campaña de “no reconocimiento” de la realidad venezolana, al declarar un fraude que no tiene ni una prueba o denuncia que lo sustente, han convocado a las fuerzas armadas nacionales e internacionales a intervenir en la situación del país y “autoproclamar” a un chico de 35 años, hasta hace poco desconocido, como “presidente encargado” en un acto de gran repercusión mediática.

Precisamente ese acto de “desconocer” la autoridad emanada de un pueblo trabajador que desde hace más de 20 años produce uno de los procesos revolucionarios más importantes de la historia contemporánea es la más viva expresión de la naturaleza anti democrática del capitalismo en su etapa imperialista. La democracia, para el capital concentrado, radica en birlar la voluntad de un pueblo organizado y, con algunas artimañas y manejos, “proclamar” desde fuera a una figura desconocida como autoridad suprema de la nación mientras 740 mercenarios van provocando un escenario que justifique una invasión militar que de sustento a tal “proclama”. Esto es el contenido profundo de la incapacidad por construir fuerza social, y Venezuela es el ejemplo. Desconocen la voluntad popular porque deben enfrentarla sin cuartel, porque su democracia es contra todos, a costa de todos; es por ello que la burguesía es una clase social perimida históricamente.

No sirve de nada tener derechos

La situación económica y social que deja el gobierno de Michel Témer en Brasil y que el reciente presidente electo, el ultraderechista Jair Bolsonaro, se propone profundizar expresa nítidamen-te que los capitales concentrados solo pueden reproducirse dejando fuera a sectores más vastos de la población.

En primer lugar, tras dos años de gobierno golpista pro norteamericano comandado por Michel Témer, el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) afirmaba que el número de brasileños que viven por debajo de la línea de pobreza (menos de 105 dólares por mes) pasó de 52,8 a 54,8 millones; esto es, creció en el último año un 4% y representa un 26,5% de la población total. La cifra de personas en situación de pobreza extrema (menos de 36 dólares por mes) aumentó un 13% en el mismo período y saltó de 13,5 a 15,3 millones, un 7,4% de la población. La desocupación, en torno al 12,7%. Además, el informe arroja que de los 54 millones de brasileños pobres, 25,6 millones están en los estados del nordeste, mientras que 15,2 lo hacen en el sudeste y apenas 3,8 millones en el sur. Por otra parte, el 75,2% de las personas con el 10% de los ingresos menores son negros y mulatos (LN 6/12). Además, Brasil posee un escenario de alta fragmentación sindical; en actividad cerca de 16,6 mil sindicatos, 595 federaciones de trabajadores y 49 confederaciones, nucleadas en al menos 4 centrales sindicales (CUT, CTB, Forza Sindical, CSB) (FSP 21/12).

La primer medida de Bolsonaro como presidente en ejercicio fue la de reducir el salario mínimo a 257,5 dólares, un ajuste para aproximadamente 48 millones de brasileños que perciben el salario mínimo. Además, planteaba “la posibilidad de poner fin a la Justicia del Trabajo” ya que “hay un exceso de derechos” para los trabajadores de Brasil: “Mirá Estados Unidos. Allí casi no hay derechos laborales. No sirve de nada tener derechos si no hay trabajo” (CL 3/1). Por otro lado, anunció también la conformación de “equipos de trabajo” que debían preparar la privatización del sistema previsional y una reforma tributaria que exima de pagar impuestos a las corporaciones monopólicas allí radicadas.

Pues bien, una verdadera batería de medidas tendientes a promover el saqueo ilimitado del puñado de corporaciones monopólicas que se hicieron del gobierno en Brasil. Jubilarse dignamente es “caro” y por lo tanto debe ser administrado por bancos; los trabajadores tienen “derechos en exceso” y deben dejarse bajar el salario y ser hambreados, pero las corporaciones no deben pagar un centavo de impuestos. El viejo cuento del derrame donde el bienestar colectivo deviene necesariamente en dejar hacer más ricos a los ricos y que “algo” de eso llegará a los pobres.

Sin embargo, la empresa Datafolha mandó a realizar una cantidad de encuestas donde consultaba la opinión del pueblo brasileño sobre los principales lineamientos del nuevo gobierno, dando unos resultados verdaderamente significativos: el 66% rechaza el alineamiento irrestricto con los EEUU; el 60% rechaza la privatización de estatales; el 60% está en contra de la reforma laboral; el 71% está en contra de la reforma evangelista del sistema educativo; el 54% está6 en contra de remover la educación sexual de las escuelas; 71% contra la privatización del sistema previsional (FSP 9/1). Pues bien, todas las primeras medidas que impulsa la administración Bolsonaro cuentan con un profundo rechazo del pueblo trabajador de Brasil, el cual se irá trasladando paulatinamente a las calles, en lo que parece leerse como un pronto escenario de directa confrontación social. Frente a esto, la preparación de la formación ultraderechista radica en promover de cualquier manera posible la militarización de las relaciones internas, impulsando leyes que faciliten la compra indiscriminada de armamento, sacando las Fuerzas Armadas a cumplir en las calles tareas de seguridad interior y anunciando una campaña para “erradicar” a toda fuerza opositora. El jefe de Gabinete, Onyx Lorenzoni, lo rubricaba al anunciar una “limpieza de simpatizantes de izquierda” dentro de la administración pública que comanda: “Es la única manera de poder gobernar con nuestras ideas, con nuestros conceptos y hacer lo que la sociedad brasileña decidió por mayoría: terminar con las ideas socialistas y comunistas que durante 30 años nos llevaron al caos en que vivimos” (ET 3/1).

Así, frente a la inmensa mayoría de una sociedad que se encuentra sumida en el caos de la pobreza, desocupación y miseria, el gobierno se propone profundizar las políticas que han generado esta situación. En este sentido, es dable preguntarse por qué Bolsonaro llegó a ser elegido por el pueblo brasileño cuando en su campaña había anunciado todas estas medidas. Si bien el imperialismo atraviesa una profunda crisis estructural que, como vimos, necesariamente junta masa crítica en su contra, no es fatal su derrota política, su derrumbe. A ello debe oponérsele una fuerza consiente y por lo tanto unida que tenga claridad respecto de la situación a la que se enfrenta.En Venezuela hemos visto como la desesperación del imperialismo, todo su caos y agresividad, han servido para aleccionar a las masas respecto de las tareas que debemos asumir. Sin embargo, esto es así porque han conformado una organización política que se ha planteado la fundamental tarea de superar las relaciones mercantil- capitalistas, de construir un nuevo orden social totalmente distinto a la descomposición reinante. No ha habido nunca una intención de transitar un camino “en los marcos” del capitalismo, sino que desde el inicio se han planteado la refundación del país y la superación del mismo como condición de posibilidad para la justicia social.

En Brasil, si bien la lucha del Partido de los Trabajadores posibilitó la mejora considerable en la vida de la población, nunca se planteó la superación del orden imperialista, la democratización del poder económico y político, el protagonismo de las masas en la construcción de lo nuevo, por lo que la estructura partidaria que condujo los destinos del país durante 13 años fue fagocitada por el Estado burgués. Lula da Silva, hoy injustamente encarcelado gracias a su enorme popularidad, llegó a plantearlo antes del impeachment a Dilma Roussef: “hemos perdido un poco las utopías”, al ver la poca respuesta de sus fuerzas frente al golpe. De esta manera, es muy probable un escenario de conflictividad social en Brasil, en donde las decenas de millones de damnificados por la brutalidad imperialista salgan a luchar por una vida digna; también es cierto que la respuesta del ex Capitán Bolsonaro será la violencia de su Ejército aplicada sobre el pueblo trabajador. Hemos visto tanto en Colombia como en México que, cuando no existe una alternativa política arraigada en las amplias masas que exprese el deseo de superación del estado actual de cosas, solo sigue la descomposición del que, aún en debilidad, sigue dominando en la economía y en la política: el capital concentrado.Como no se comprenda esta circunstancia, lo sustantivo de lo que se pretende transformar, y por lo tanto las tareas que ello implica, el enfrentamiento se recrudecerá, pero sin encontrar una salida o resolución.

Una democracia verdadera

Es por ello que debemos mirar atentamente los procesos que llevan adelante los pueblos agrupados en el ALBA, puesto que se encuentran de pie dando una gigantesca lucha contra el imperialismo norteamericano y su orden social decadente.

En la 16va cumbre del organismo se recordaron algunas de las batallas dadas desde su fundación: 2.800.000 latinoamericanos y caribeños recuperaron la visión mediante la Operación Milagro; la erradicación del analfabetismo en Venezuela, Bolivia y Nicaragua, siendo 4.163.167 de personas que ahora saben leer y escribir; más de 12.000 médicos de países del ALBA formados en Cuba y Venezuela; más de 30.000.000 de consultas médicas brindadas, por citar algunos casos. Es decir, que frente a la inhumanidad del capitalismo, al caos y terror que ofrece a las sociedades se le opone un conjunto de naciones que han desarrollado un proceso de democratización de la economía y la política, de colectivización de la propiedad sobre los medios de producción, de participación protagónica del proletariado en todas las decisiones de la vida social (CD 21/12).

En Cuba, por citar un ejemplo, país donde habitan unos 11.224.229 habitantes, se ha realizado una reforma Constitucional quizás sin precedentes en el mundo: casi nueve millones de cubanos han participado de las más de 133 mil reuniones en barrios y centros de trabajo para debatir y modificar la propuesta de reforma constitucional, entre el 13 de agosto y el 15 de noviembre del 2018. En ellas emitieron 783 mil propuestas modificatorias que están siendo debatidas en la Asamblea Nacional. Luego de todo este proceso, el texto será sometido a un referéndum para su aprobación. Hasta el momento, todas esas 783 mil propuestas se transformaron, luego de su procesamiento, en cerca de 9.600 propuestas tipo, de las cuales 4.809 tienen reflejo en la nueva versión de la carta magna, algo más del 50% de aceptación (CD 19/12). En este sentido, son evidentes los intereses que defienden los textos constitucionales redactados por un reducido grupo de juristas adoctrinados por los británicos o norteamericanos, plagados de trabas para el desarrollo de la vida digna de los pueblos de la región. Aquello que usualmente es declarado como “sagrado”, que para modificarlo se requiere un poder político difícil de reunir, producto de sanguinarias guerras civiles en donde se impuso a sangre y fuego el modelo colonial y dependiente, y cuyos textos consagran, usualmente copiado de algún país europeo, todo aquello como “democrático”. Las naciones como Cuba o Venezuela en donde millones de trabajadores, estudiantes, indígenas participan en la discusión y ejecución de qué ordenamiento social es conveniente para ellos y las futuras generaciones, qué institucionalidad debe corresponderse con ello, el imperialismo las define como “dictaduras”. El imperialismo no puede permitir la autodeterminación de los pueblos porque no hay manera de conciliar la vida digna con la reproducción ampliada del capital, con el saqueo de la riqueza social que las corporaciones monopólicas requieren para subsistir.

La Revolución Cubana, en 60 años de existencia, ha logrado conformar bajo un brutal bloqueo económico y financiero el mejor sistema educativo de América Latina según el Banco Mundial, que precisamente no ha sido un defensor de su gesta. Cabe aclarar que el Producto Bruto Interno de la isla es de U$S 142.624 millones, frente a los U$S 1.250.002 billones de México o los U$S 3.216.031 billones de Brasil (14 y 8vo lugar en el mundo respectivamente). El informe del Banco Mundial explica que en América Latina los docentes de educación básica (preescolar, primaria y secundaria) componen unos 7 millones de personas, o sea el 4% de la población activa y más del 20% de los trabajadores técnicos y profesionales, aunque destaca “la baja calidad promedio de los docentes de América Latina y el Caribe, ningún cuerpo docente de la región puede considerarse de alta calidad en comparación con los parámetros mundiales”, con la notable excepción de Cuba. La revolución destina el 13% del presupuesto a tales fines, más que cualquier otro país, y cuenta con alfabetización universal y uno de los índices más altos de educación terciaria existentes (CD 20/12).

En materia de salud, internacionalismo aparte, existen 37 entidades científicas tecnológicas, de las cuales 16 son centros de investigación, 3 de servicios científico tecnológico y 18 unidades de desarrollo e innovación. La inversiones de la medicina y la voluntad política permitieron que Cuba fuese el primer país en erradicar la transmisión del VIH Sida de madre a hijo; además, desarrolló una vacuna que permite prevenir el cáncer de pulmón y desde 2006 ofrece un tratamiento para combatir las úlceras diabéticas, evitando amputaciones. De acuerdo con la ONU, en 2017 Cuba lideró la lista de países de América Latina y el Caribe con la mejor proporción de supervivencia de niños recién nacidos con una muerte por cada 417 nacimientos (TS 15/1).

Así, cuando las masas se tornan protagonistas del proceso económico y social, por más dificultades que existan, demuestran eficiencia en los aspectos esenciales de la vida y la dignificación de toda la sociedad; qué decir de los brutales indicadores del Brasil racista de Bolsonaro que además han retirado la colaboración de los médicos cubanos en zonas que aún no han podido reemplazar. En Venezuela se conocía el dato de que la pobreza extrema se reducía al 4,4% en las cinco variables que conforman ese indicador; ese mismo dato se encontraba cerca de los 12% antes del primer triunfo electoral de Chávez en 1998, mientras que el Coeficiente de Gini, que mide el nivel de desigualdad en los países, se ubicaría actualmente en 0,38, mientras que antes de la revolución este marcaba en 0,49 (TS 11/1). La activa participación del pueblo trabajador en la conformación de las Comunas y los Consejos Productivos del Trabajo, junto con las masivas y recurrentes movilizaciones, contiendas electorales, constituyentes, etc., el proceso revolucionario en Venezuela tiene una dinámica que ha sido imposible detener por parte del imperialismo.Por citar un ejemplo, Nicolás Maduro anunció que el cuerpo de Milicias Populares, cuerpo que además de brindar asistencia a las fuerzas regulares se encarga de la seguridad en los barrios y Comunas, ya tiene más de 1.600.000 de miembros, el triple que registraba a principios de 2018. Las milicias están conformadas por civiles voluntarios y dependen directamente de la presidencia de la Nación, que les asignaba tres misiones: “hacer inteligencia y contra inteligencia popular, la protección del territorio y estar a la defensiva frente a posibles agresiones desde Estados Unidos, Colombia o Brasil. Venezuela se defenderá de oligarcas, vengan de Bogotá o vengan de Brasilia” (LN 19/12). Contra ello es que han chocado incesantemente las fuerzas del imperialismo y seguirán chocando: un pueblo conciente de las tareas que tiene por delante y dispuesto a luchar hasta las últimas consecuencias a cualquier gigante que intente derribar su gesta.Por ello Nicolás Maduro afirmaba en su asunción: “¡Somos una democracia del pueblo, una democracia de verdad! (…) No podemos fallar y no fallaremos, lo juro por mi vida y por mi patria



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