Revista Mensual | Número: Abril de 2019
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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Roto y mal parado

Las consecuencias del sistema socialista
Pondrá en juego su mandato
Nervios de acero


El terrorismo imperialista y la heróica gesta del pueblo bolivariano

Roto y mal parado

 

“Cualquiera que sea la forma social del proceso de producción, éste tiene que ser necesariamente un proceso continuo o recorrer periódica y repetidamente las mismas fases. (…) Por consiguiente, todo proceso social de producción considerado en sus constantes vínculos y en el flujo ininterrumpido de su renovación es, al mismo tiempo, un proceso de reproducción”

C. Marx (1867)

 

“Canta como un león, pero es el más salmón de la ciudad.

Bailen lo que bailen los demás”

PR (1986)

 


Los hechos ocurridos en Latinoamérica este mes, y muy especialmente en Venezuela, han dejado de manifiesto la profunda crisis del sistema imperialista global. Ella se revela bajo numerosas manifestaciones, que son todas tributarias a un mismo problema esencial.

Es una crisis en su estructura económica, sus bases materiales; ya no hay valor socialmente producido para garantizar la acumulación capitalista, la reproducción a escala ampliada del capital. El formidable desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, motivado por la competencia entre gigantes monopolios globales, ha desplazado casi totalmente al trabajo humano de sus funciones hasta aquí conocidas, profundizando las contradicciones inmanentes a la sociedad capitalista. El achicamiento del valor es el sustento material de la fractura imperialista, del estallido de todo su sistema. Ya no hay espacio para que todos vivan, puesto que en la producción social vivir es reproducirse incesantemente, y el capitalismo ya no puede garantizar la reproducción de todas las fracciones de la burguesía imperialista. Ello fue puesto de manifiesto al mundo cuando, en 1971, los EEUU decidieron unilateralmente abandonar el patrón Dólar/Oro (una onza “troy” por U$S 35) y con ello “succionar” riquezas de todo el planeta a través del privilegio imperial que otorga la capacidad de imprimir la divisa que utilizan todos los países del orbe, sin ningún sustento material. Los EEUU compran bienes en todo el mundo con papeles que no representan ningún valor real, pero que sirven (por ejemplo) de reservas internacionales a todas las naciones; desde ese año 1971, la moneda norteamericana ha perdido 48 veces su valor y así lo han hecho también las reservas internacionales de la mayoría de las naciones. Hoy vemos, con la política de “EEUU primero” y sus manifestaciones en materia de política monetaria y económica, cómo esa fractura imperialista ha calado hondo y desatado una verdadera guerra entre ellos; asentados sobre el núcleo tecnológico del mundo (producción de medios de producción) y el privilegio de administrar el “papel pintado” que aún sobrevive como divisa global, la fracción imperialista con principal asiento en los EEUU pretende colocarse “primero” a costa de sus ex socios del “mundo libre”, desatando un verdadero estallido global.

A su vez, el formidable desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo ha transformado totalmente la relación entre sociedad humana y naturaleza, concluyendo la etapa en donde esta última podía absorver la producción social sin sufrir grandes modificaciones. Hoy, la lógica capitalista ha puesto a la especie humana al borde de su extinción, puesto que los cambios (prácticamente irreversibles) realizados sobre la naturaleza han llegado hasta las funciones elementales que garantizan la vida en el planeta tierra. O se cambia o se perece, tal es el dilema.

Todo ello se manifiesta también en la superestructura jurídica y política construída al calor del ascenso imperialista: el sistema de “consenso” global expresado en la Organización de Naciones Unidas, en la OTAN, las alianzas entre la Unión Europea y los EEUU e incluso la capacidad de incorporar amplias capas del proletariado a su estrategia de saqueo mundial, han estallado por los cielos.

La primera etapa de este proceso la constituyó el hundimiento del sistema colonial forjado a sangre y fuego en el ascenso del capital financiero y el imperialismo, durante las últimas décadas del siglo XIX. Bajo el dominio de una oligarquía financiera, las corporaciones monopólicas globales, las potencias europeas y yanqui se “repartieron” el mundo para saquearlo y expoliarlo, llevados luego por la lógica de la acumulación capitalista a enfrentarse en dos guerras mundiales por el “botín” humano en disputa; tales conflagraciones, impulsadas por la burguesía imperialista, han resultado el mayor horror alguna vez realizado por la especie humana, que sacrificó en tales guerras decenas de millones de sus habitantes. El más dramático de sus hechos resultó el criminal lanzamiento de dos bombas atómicas por parte de los EEUU a un país rendido y derrotado (Hiroshima y Nagasaki), conviertiéndose así en el único país en la historia que las ha usado.

De esa inmensa lucha inter-imperialista es que se produjo el resquebrajamiento del sistema colonial, que tenía bajo dominio directo a la mayoría de África, Asia y Oceanía, y del semicolonial, con principal asiento en América Latina. El ascenso de las luchas antiimperialistas en todas las latitudes del planeta barrió gran parte de la dominación colonialista en un largo y cruento proceso que abarca desde 1946 hasta 1980, cuyo principal símbolo universal lo constituye la heróica gesta del pueblo de Vietnam, que en 1973 gana una guerra contra los EEUU y los obliga a retirarse del sudeste asiático.

En Latinoamérica, la sujeción semicolonial fue combatida por numerosos movimientos antiimperialistas que se extendieron a lo largo y ancho de sus latitudes, muchos de los cuales resultaron derrotados durante el genocidio continental que inició EEUU en la década de 1970; ha perdurado hasta nuestros días la revolución socialista en Cuba, que hoy cumple un papel escencial desde el punto de vista político-ideológico. En ese entonces y ahora, la corrección en su dirección, como proceso social que se propone superar las relaciones mercantil-capitalistas, constituye un verdadero faro para la lucha popular en la región.

Luego de la implosión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), y con ella de todo el denominado campo socialista, la superestructura imperialista pretendió extender su dominación hacia todos los rincones del planeta, colocando a los EEUU como potencia económica y militar dominante.

Sin embargo, por lo que hemos descrito más arriba, ese orden ha sido desgarrado desde sus propias entrañas. Hoy asistimos a una profunda fractura en las fuerzas imperialistas, en donde ninguna de las fracciones de la burguesía tiene sustento material para construir consenso en torno de sus intereses, para constituirse como fuerza social. Las necesidades de la acumulación capitalista hacen que no haya lugar para todos los sectores que participaron en la conformación de la superestructura global, por lo que ella se encuentra estallando por los aires.

Todas las acciones del imperialismo norteamericano, allí donde ha encontrado un proletariado y un pueblo conciente de sus intereses, han resultado en derrotas estratégicas. El dominio omnipotente extendido sobre gran parte del planeta, junto con socios y aliados, ha dejado de darle respuesta y hoy asistimos a su derrumbe. Así ocurre en medio Oriente, en Europa y también en América Latina.

La emergencia de un mundo multipolar, conducido por China (país que se descolonizó y realizó una revolución socialista en 1949) y Rusia (hasta hace 30 años la URSS), ha profundizado la decadencia imperialista y, por lo tanto, ha posibilitado procesos de liberación social tendientes a resolver la todavía imperante dominación semicolonial en la región.

Venezuela es un resultado histórico de todo este proceso global que tiene como eje el derrumbe de la vida social conocida, ordenada por las relaciones mercantil-capitalistas, bajo su forma de dominio imperialista. El proceso bolivariano surgió en plena debacle de los gobiernos post caída de la URSS en la región, denominados “neoliberales”; una verdadera ofensiva económica de la burguesía imperialista que modificó toda la estructura económica y social de nuestros países, haciéndolos parte del proceso de concentración y centralización del capital a escala global.

Durante toda la década del 2000, promovidos por el escenario global antes descripto, hemos visto resurgir numerosos movimientos antiimperialistas que se han enfrentado dignamente a la oligarquía financiera decadente, aunque con diversos resultados. Allí donde las masas adoptaron una estrategia de enfrentamiento a todo el orden social capitalista, y por lo tanto a la clase social que de él se erige dominante, la burguesía, aún se encuentran de pie, victoria tras victoria. Donde ello no se comprendió correctamente, lentamente fueron ocupando posiciones de gobierno sectores políticos internos afines al imperialismo que, como señalábamos más arriba, se encuentran todos ellos en una profunda crisis de gobernabilidad.

Las consecuencias del sistema socialista

Así, en los marcos de tamaño descalabro global, la desesperación imperialista se encuentra en ascenso; necesita realizar un saqueo de toda la riqueza social continental, apropiarse de todos sus recursos, expropiar a todas las capas internas de la burguesía, eliminar ciertas prebendas con las que asoció a una capa del proletariado, hundir en la miseria y el hambre a la enorme mayoría de la población. Así lo exige su lógica económica, su reproducción.

Es por ello que, fracturado, deslegitimado, falto de consenso y certezas, el imperialismo norteamericano realizó una nueva oleada de agresiones con motivo de extirpar del gobierno al Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) y acabar con la revolución que allí lo colocó. Conforme el consenso interno y regional disminuye, aumenta la escala de sus acciones, puesto que debe enfrentarse con obstáculos mayores.

El primer elemento de agresión lo constituyó la provocación bélica disfrazada de “ayuda humanitaria”, en donde se pretendió violentar las fronteras venezolanas con fuerzas paramilitares comandadas directamente por el Comando Sur de los EEUU, desde Colombia y Brasil.

Sintetizaba la operación el senador del Partido Republicano por Florida Marco Rubio, quien afirmaba que “estamos en un punto crítico, en donde los militares venezolanos tienen que decidir de qué lado están, con una dictadura o con el pueblo (…). Los países latinoamericanos se han dado cuenta del peligro que representa el régimen cubano y las consecuencias del sistema socialista en nuestro continente. El pueblo venezolano valientemente se rebeló en contra de la narcodictadura” (LN 23/2).

El senador Rubio dejaba en claro los objetivos de la agresión: violentar las fronteras, generar una situación de caos interno logrado a través de la fractura en las Fuerzas Armadas de Venezuela y con ello apoyar militarmente una sublevación interna que elimine “el sistema socialista” de aquel país.

Acompañaba esa idea el asesor de Seguridad Nacional John Bolton, quien hacía público un llamado: “A los militares venezolanos se les otorga amnistía por el presidente interino Juan Guaidó. Ahora pueden estar orgullosos de trabajar en nombre de una Venezuela democrática para la protección y la prosperidad de todos los venezolanos” (TS 24/2).

Ya abandonada toda posibilidad de construir una fuerza política interna que exprese cierto grado de adhesión social a las políticas imperialistas, directamente se hacía una convocatoria pública (y esto es singular) a que las fuerzas armadas, al menos, se plieguen a sus designios.

El día señalado era el 23 de febrero, un día después de un concierto organizado por las corporaciones monopólicas globales para dar la percepción de “consenso” en torno de tamaña acción y engordar el disfraz de “ayuda humanitaria”.

En ese día, se realizaron cuatro intentos simultáneos de fracturar la unión cívico-militar del pueblo bolivariano y construir el escenario de guerra civil cual Siria o Libia: en el puente internacional Simón Bolívar, varios militares tomaron dos vehículos blindados de las FANB y embistieron contra la seguridad fronteriza. Tras el atentado corrieron hacia el lado colombiano de la frontera, donde fueron recibidos por políticos opositores venezolanos. El ataque dejó dos heridos, incluída una periodista de origen chileno. Sin embargo, fueron un puñado de miembros rasos de las Fuerzas Armadas y su acción fue más un gesto que expresó la soledad en que se encontraban.

A continuación, opositores venezolanos incendiaron camiones con el cargamento de “ayuda humanitaria”, que luego se supo contenían insumos para la guarimba, en el puente internacional Francisco de Paula Santander. Acostumbrados a la lógica colombiana del “falso positivo” (es decir, simular una agresión para justificar asesinatos), las corporaciones mediáticas y los políticos opositores quisieron instalar la versión de que los camiones habían sido violentados por partidarios del “régimen” de Maduro, operación desmentida por las imágenes del hecho: sencillamente, se encontraban del lado colombiano de la frontera, sin contar el abundante material audiovisual que muestra a los opositores realizando el acto vandálico.

También, en Paracaima, al norte de Brasil, intentaron acceder camiones hacia el estado fronterizo de Bolívar. Dirigentes opositores venezolanos y los presidentes de Colombia y Chile difundieron la noticia del supuesto “ingreso exitoso” de los mismos, aunque rápidamente fueron desmentidos por periodistas que se encontraban en el terreno.

Como ultimo eslabón de la agresión, el diputado guarimbero Freddy Guevara anunciaba que un barco con “ayuda humanitaria” partía desde Puerto Rico y tenía previsto llegar a Puerto Cabello, en Carabobo. La marina bolivariana avisó al “gobernador” de Puerto Rico que si intentaba invadir aguas nacionales, el barco iba a ser hundido. Con suma rapidez, el mandatario dio instrucciones para que el supuesto barco abandonara el área (TS 24/2).

A pesar de todas las operaciones mediáticas para insinuar que “el régimen” había reprimido violentamente a quienes intentaban “ayudar” al país, lo cierto es que todos los planes norteamericanos fracasaron. No hubo ni fractura en las FANB (las deserciones masivas que se anunciaban), ni multitudes opositoras que se lanzaron a las calles a pedir una guerra civil con patrocinio norteamericano, ni nada que diera sustento a las versiones del “auto proclamado” presidente Juan Guaidó respecto del consenso interno a tales planes.

Luego de esa derrota, Guaidó afirmaba que los acontecimientos “me obligan a tomar una decisión: plantear a la comunidad internacional de manera formal que debemos tener abiertas todas las opciones para lograr la liberación de esta Patria”, haciendo clara referencia a una invasión norteamericana lisa y llana. Sin embargo, tan solo dos días después, 11 de los 13 países que conforman el Grupo de Lima (conjunto minoritario de naciones agresivas hacia Venezuela) realizaban una declaración pública rechazando la invasión militar a Venezuela, desautorizando una vez más al “autoproclamado” presidente y a su patrocinador del norte.

Así las cosas, a la derrota en la ONU, en la OEA, en la OTAN (uno de sus miembros, Turquía, se opuso activamente al plan imperialista) se agregaba una más en el Grupo de Lima. Recordamos una vez más que dicho grupo surge de la imposibilidad norteamericana de obtener mayoría en la OEA para aplicar la Carta Democrática y realizar una intervención colegiada en Venezuela. Es decir, ni siquiera en el más pequeño y más afín grupo de países hostiles hacia la nación caribeña los EEUU pudieron imponer sus planes.

A ello se sumaba también la Unión Europea, desmarcándose rápidamente de la estrategia norteamericana: su “alta representante” para la Política Exterior, Federica Mogherini, afirmaba que “necesitamos una solución pacífica, política y democrática a lo que vive Venezuela. Esto excluye la violencia”, mientras que el canciller de España, que días atrás había dado un “plazo” a Nicolás Maduro para convocar a elecciones presidenciales, ahora decía que “no todas las opciones están sobre la mesa. Hemos advertido claramente que no apoyaríamos y condenaríamos firmemente cualquier intervención militar extranjera, que esperamos no se produzca” (TS 25/2).

Lejos de afirmar que las potencias imperialistas que integran la UE, o los gobiernos satélites de los EEUU que conforman el Grupo de Lima, hayan reconsiderado sus acciones violentas y provocadoras sobre el bravo pueblo venezolano, lo que aquí queda de manifiesto es que, sencillamente, no hay condiciones políticas para forzar una salida de la revolución. Que las masas proletarias de la nación caribeña han optado por una estrategia socialista y que la porción que aún no lo ha hecho de ninguna manera aprueba una invasión militar yanqui, bajo la forma que sea. No han podido, en los más de 20 años que lleva el proceso revolucionario, construir consenso en torno de sus intereses.

Y este hecho reviste gran importancia, puesto que delimita las posibilidades de acción hacia delante de las fuerzas imperialistas: si en 2013, tras la victoria de Nicolás Maduro sobre Henrique Capriles, fue agotada para ellos la “vía electoral”; si en 2017/18 fue vencida la estrategia de terror interno, guarimbera; si en este último mes fue vencida la intentona de fracturar las FANB y construir un escenario de guerra civil, ¿qué camino le queda al imperialismo?

Pues bien, la famosa táctica mafiosa de “hacer una oferta que no pueda rechazar” el pueblo venezolano: esto es, profundizar los mecanismos de estrangulamiento financiero y social con la esperanza de que la situación se haga insostenible para cualquier ser humano. Cual asedio medieval, el imperialismo yanqui agregó “sanciones financieras” a la nación caribeña, profundizó el robo de los activos venezolanos fuera del país y realizó una verdadera acción terrorista contra una población entera, oficialista u opositora: desde la posibilidad que le confiere estar asentado sobre el núcleo tecnológico del mundo, y por lo tanto tener el control de muchos resortes esenciales para la vida social del planeta, los EEUU provocaron un brutal sabotaje al sistema eléctrico en Venezuela que, durante 6 días, dejó sin luz y agua a su capital, Caracas y a 22 de los 23 Estados de ese país, esto es, 30 millones de habitantes. A su vez, activaba células terroristas que tenían como objetivo provocar actos vandálicos durante el apagón y el asesinato selectivo de líderes sociales revolucionarios (ET 14/3).

El presidente Nicolás Maduro anunciaba la captura de dos personas involucradas en el sabotaje y daba detalles del mismo: estuvo compuesto por tres fases, una de ataque cibernético en la que se utilizó un grupo de hackers que afectó el sistema computarizado de la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec), encargada de ese servicio en Venezuela; otra de ataque electromagnético mediante el uso de dispositivos móviles con frecuencias elevadas para tumbar las comunicaciones y revertir los procesos de recuperación del sistema energético; y una de ataque directo a las instalaciones de las subestaciones y estaciones eléctricas (ET 12/03).

Abandonada ya la posibilidad de persuadir, directamente se opta por la coerción total hacia la población, queriendo forzar adhesiones a través su quiebre moral. Sin embargo, la incapacidad de construir fuerza social, consenso, manifiesta una debilidad estructural a la que ya nos hemos referido, y por lo tanto no hace más que profundizar la unión de las fuerzas que pretende derrotar. Dejar durante una semana entera a 30 millones de personas sin electricidad y agua, no hace más que fortalecer a las fuerzas antiimperialistas, empujando hacia sus filas a quienes aún se sostienen en la oposición, puesto que toman conciencia de que la estrategia imperialista es contra ellos también.

Si bien los EEUU y su triste títere Juan Guaidó guardaban algún tipo de expectativa respecto de manifestaciones masivas opositoras o alguna que otra deserción más en las FANB, lo cierto es que, una vez más, nada de ello ocurrió. En donde se intentó provocar acciones desestabilizadoras, los mismos habitantes de las barriadas populares salieron a enfrentarlos y expulsarlos de allí.

Cuanto más profundizan sus agresiones las fuerzas imperialistas, mayor es su fractura, incapacidad y aislamiento. En Venezuela ha quedado claro que la era del imperialismo en el mundo se encuentra transitando sus últimos pasos.

Pondrá en juego su mandato

Hace dos meses asumía la presidencia de Brasil el ex Capitán del Ejército Jair Bolsonaro, repleto de promesas sobre alineamientos irrestrictos con la política de los EEUU en la región, profundización del saqueo y la mano dura, implementados por el ex mandatario de facto Michel Temer.

Su victoria electoral fue facilitada por el encarcelamiento, sin pruebas, del dirigente sindical y político más importante de la historia reciente de Brasil, Lula da Silva, impulsado mediante jueces y fiscales controlados por la embajada norteamericana y las corporaciones mediáticas globales. Todas las encuestas aseguraban que, de presentarse, Lula iba a ser electo en la primera vuelta, puesto que aún mantiene una gran adhesión por parte del empobrecido pueblo trabajador.

El gobierno saliente, del cual Bolsonaro prometía continuar en lo esencial sus políticas, se retiraba con un 3% de aprobación, un escenario ascendente de conflictividad social, varias de sus principales ciudades militarizadas y un gran teatro de descomposición e ilegitimidad de las principales fuerzas políticas tradicionales.

Luego del golpe de Estado realizado contra Dilma Rousseff, se precipitó una ofensiva del capital financiero global contra los poderosos grupos económicos de Brasil, los más importantes de la región, que uno a uno vieron reducir su magnitud al ser involucrados en “escándalos” de corrupción operados por, como hemos dicho, jueces vinculados a la embajada norteamericana; de esta manera, al desprestigio construido por los medios corporativos de comunicación se sumaba su rápida desvalorización, en un movimiento expropiatorio que tuvo como eje las necesidades de las corporaciones globales de apropiarse las ingentes porciones de riqueza que aquellos controlaban. Tal es el caso de Odebrecht, JBS, Petrobrás y otras tantas corporaciones locales que hoy se encuentran prácticamente al borde de la desaparición: todas ellas pertenecientes o controladas por la poderosa burguesía de San Pablo, que hoy enfrenta un negro futuro.

Sin embargo, como afirmáramos más arriba, la necesidad del capital financiero de expropiar capas de su propia clase –que otrora sirvieron como socias para el desarrollo de sus intereses en la región– y de saquear, lo más posible en el menor tiempo posible, la riqueza social de un país, sencillamente lo hace colisionar con la gran mayoría que lo conforma.

No existen posibilidades de que un gobierno se proponga disolver a todos los grupos dominantes locales, despedir millones de trabajadores “sobrantes” a su acumulación, remover cualquier conquista por ellos obtenida, matarlos indiscriminadamente si se les ocurriera protestar, y pueda gobernar durante mucho tiempo. Los dos meses de Jair Bolsonaro en el gobierno así lo demuestran.

La primera medida anunciada por el singular presidente fue el acompañamiento de Brasil a la decisión impulsada por los EEUU de “reconocer” como capital del Estado de Israel a Jerusalem, ciudad que hoy se encuentra en disputa con el pueblo palestino, como lo ordenan sendas resoluciones de la ONU, y ocupada ilegalmente por el Estado sionista. Acompañó la muestra de afecto una visita realizada por el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, al asumir Bolsonaro, en donde se firmaron acuerdos sobre tecnología y abastecimiento militar.

Sin embargo, el “ala” castrense del gobierno, representada por el vicepresidente H. Mourao, desautorizaba públicamente el anuncio de su Comandante en Jefe: “(…) la importancia que tiene la preparación, la formación de las fuerzas armadas de nuestros países. ¿Y cómo podemos hacer esto? A través de la obra de nuestra industria, que nos va a proporcionar los instrumentos necesarios para que nuestros objetivos nacionales permanentes de integridad del territorio, sean realmente defendidos” (FSP 27/2). Además de advertir sobre la tenacidad con que ciertos sectores de la burguesía local defenderán su industria frente a las pretenciones del eje israelí-norteamericano de comenzar a controlar y proporcionar una cantidad de insumos que están siendo fabricados allí, el vicepresidente se reunía con el embajador de Palestina y contradecía taxativamente lo afirmado por su presidente: “La respuesta que les he dado es una respuesta de Estado ¿no? El Estado brasileño, por ahora, no piensa en ninguna mudanza de Embajada” (https://mundo.sputniknews.com/america-latina/201901311085142409-vicepresidente-contradice-bolsonaro-y-niega-traslado-de-embajada-en-israel/).

Como si ello fuera poco, la ministra de Agricultura, Tereza Cristina, manifestaba públicamente su desacuerdo, debido a los lazos comerciales entre la producción agropecuaria de Brasil y el mundo árabe. Es menester repetir aquí que no han transcurrido ni tres meses desde la asunción de Bolsonaro, y ya ha sido desautorizado públicamente por dos altos miembros de su gobierno, evidenciando una fractura brutal.

Las tensiones con Venezuela y el requerimiento de los EEUU de que Brasil se sume a una aventura bélica proporcionó los mismos resultados: mientras el Canciller E. Araujo adoptaba, como en el caso de Israel, todas las directivas norteamericanas, incluso la instalación de una base militar en territorio nacional, y ofrecía toda la ayuda posible para una posible invasión “colegiada” hacia la nación caribeña, el vicepresidente públicamente establecía lazos con el gobierno de Nicolás Maduro para buscar una “salida negociada” a la crisis (FSP 10/3).

En poco tiempo, las distintas fracciones del capital que componen el nuevo gobierno comienzan a hacer evidente su fractura y precipitan una crisis política de difícil resolución.

Entre tantas idas y vueltas, los sectores sociales que colocaron a Bolsonaro en la presidencia comenzaban a reclamar su “pago” respecto de las promesas realizadas. Uno de los más poderosos, por su vinculación directa con los trabajadores humildes del país (esto es, la mayoría de la población), es la denominada “bancada” Evangélica en el Congreso, que por sus obvias vinculaciones con los EEUU comenzaban a presionar al gobierno a que sostenga el rumbo prometido. Así, se anunciaban protestas públicas contra los actos del presidente y señalaban que Bolsonaro “se ha distanciado de los compromisos que ha firmado y de los valores que lo han elegido” y que los “uniformados”, como el vicepresidente Mourao, “aíslan al presidente de su base social” (FSP 12/3).

Pues bien, una de las medidas fundamentales requeridas por las corporaciones monopólicas globales es la privatización del sistema previsional, reforma que necesariamente debe pasar por el parlamento. Como ya hemos mencionado anteriormente, el ministro de Economía Paulo Guedes ya había anunciado una ola privatizadora para Brasil. Esto es, la entrega de la riqueza social al capital financiero trasnacional. Sin embargo, para realizar la tan mentada reforma, el gobierno requiere de unos 308 votos de la cámara de diputados, sobre 513, y de 49 de los senadores, de 81 que integran la cámara alta. El partido gobernante apenas controla 54 votos en la cámara de diputados, por lo que en estos dos meses, con todas las disputas intestinas, se ha dificultado siquiera conseguir que el Congreso acepte discutir el proyecto presentado por el Ejecutivo; un fracaso en la aprobación de una medida tan prometida en campaña y, según la primera línea gubernamental, tan “necesaria” significaría una verdadera catástrofe política (FSP 27/2).

La voz del capital financiero se hacía oir a través de André Perfeito, economista en jefe de la corredora de valores Necton, que afirmaba: “El mercado está preocupado. Bolsonaro se está aislando cada vez más con los militares y sus hijos, lo que puede dificultar las negociaciones políticas con el Congreso. Y cualquier movida que conspire contra la aprobación de la reforma previsional provoca desaliento. (…) el presidente no estará solamente presentando su proyecto de reforma, sino que pondrá en juego su mandato” (LN 22/2).

Tan solo unos pocos meses bastaron para exponer en toda su magnitud la incapacidad imperialista por construir una fuerza social que garantice la aplicación efectiva de las políticas que requiere. La fractura que transita la burguesía imperialista y su necesidad por expropiar capas de su propia clase abandonan al país a una feroz disputa intestina que solo promete agravarse y empeorar.

En ese patético transitar, la desocupación, miseria y pobreza van en aumento, puesto que, como hiciera referencia en su campaña, el gobierno de Bolsonaro viene a profundizar la ofensiva económica del capital financiero sobre la población trabajadora, cuyos efectos se hacen sentir tristemente.

Pero frente a la incapacidad política y el seguro ascenso de la conflictividad social, el único remedio posible es la militarización interna y el disciplinamiento por medio del terror; es la única respuesta posible, el único mundo que el imperialismo puede ofrecer.

Así, el gobierno presentaba un proyecto de Ley que otorgaba legitimidad a las fuerzas armadas y de seguridad para matar injustificadamente: el presidente Bolsonaro afirmaba que “es urgente que el Congreso apruebe esta ley para que los agentes de seguridad pública usen la letalidad para defender a la población”, y uno de los jueces afines al gobierno, Marcelo Bretas, afirmaba también que “en ciertas circunstancias, que sólo pueden ser evaluadas por las autoridades competentes, la policía debe usar la fuerza e incluso matar. Eso no es una novedad. Está en la Ley” (FSP 5/3).

De esta manera, se conocían las primeras cifras oficiales: desde que asumiera el cargo la nueva administración, la policía de Río de Janeiro había matado a más de tres personas por día. Pedro Strozenberg, Defensor del Pueblo de la ciudad, afirmaba la existencia de testigos que vieron ejecuciones sobre individuos que se encontraban “rendidos” ya ante la fuerza policial y señalaba: “Es el resultado concreto de una lógica en la política de seguridad pública de no reconocer los derechos de las personas” (CR 11/3).

Así las cosas, en muy poco tiempo transcurrido el gobierno brasileño demuestra toda la incapacidad y crisis que atraviesa el imperialismo, aunque también la gravedad de sus consecuencias para el proletariado.

Se han pagado muy caras las equivocaciones de carácter estratégico a la hora de organizar las fuerzas antiimperialistas, situación que ha resultado en el mencionado encarcelamiento sin causa ni pruebas de Lula da Silva.

Una vez más, la experiencia revolucionaria en Venezuela y Cuba sirve de ejemplo desde el cual podemos extraer las conclusiones necesarias para la resolución de los graves problemas que enfrentamos.

Nervios de acero

Cierto es que la crisis del capitalismo en su fase imperalista reviste un carácter universal, esto es, que ocurre y afecta a todas las latitudes del planeta. Sin embargo, en los últimos años hemos visto sucederse en la región latinoamericana una serie de duras derrotas políticas de fuerzas antiimperialistas, muchas de ellas gobernando hacía largos años. Argentina, Brasil y Ecuador son claros ejemplos de ello, en donde han asumido fuerzas políticas alineadas con el imperialismo que, como no puede ser de otra manera, transitan profundas crisis de gobernabilidad. Sin embargo, el grupo de naciones que fundaron el ALBA, quienes siempre han planteado la necesidad de superar el régimen capitalista de producción, perduran.

Venezuela, como ya hemos mencionado en numerosas oportunidades, ha iniciado un proceso de profundización de democratización del poder económico y político, promoviendo el protagonismo de la clase trabajadora en todos los aspectos de la vida social.

En la organización económica, desde los Consejos de Producción y Trabajo, y en el activo control territorial a través de los CLAP y las Comunas, hemos visto desarrollarse en los últimos años un verdadero proceso de ascenso del protagonismo de los trabajadores en todos los órdenes sociales. Allí donde ello ocurre, el terror imperialista ha chocado una y otra vez sin poder alcanzar sus objetivos, puesto que las masas proletarias han optado por una estrategia de lucha que las enfrenta radicalmente con él.

Durante el tiempo que duró el intento de golpe de Estado, sabotaje incluído, han ocurrido casi todas las semanas movilizaciones masivas de trabajadores y pueblo en general repudiando la injerencia norteamericana y su “autoproclamado” presidente; durante el ataque a las centrales eléctricas, fueron los trabajadores de la empresa estatal los que trabajaron durante días sin descanso para resolver la difícil situación. Más aún, todos los intentos de provocar alzamientos y actos vandálicos a través de paramilitares colombianos resultaron repudiados por los mismos trabajadores de los barrios, quienes salieron a enfrentarlos con hidalguía.

Allí hay un cambio profundo en la conducta cotidiana de las masas desposeídas, ya protagonistas de las fuerzas que forjan su destino; una conducta radicalmente opuesta a la pasividad alienada que propone el capitalismo. El pueblo se encuentra en una ebullición sin precedentes, y a cada lucha que lo enfrenta con su enemigo, puesto que hay conciencia de sus intereses históricos, se fortalece cada vez más y, por lo tanto, fortalece a la revolución.

Al realizar el balance del ataque cibernético, el presidente Nicolás Maduro anunciaba la victoria sobre la agresión norteamericana y la profundización del “gobierno de calle” y la unión cívico-militar en ello, resaltando la necesidad de cambiar muchas de las actitudes en las fuerzas gobernantes, a las que se caracterizaba como atrasadas respecto de las masas, y avisando el probable cambio de gran parte del gabinete: “El cambio busca una reestructuración profunda de los métodos y funcionamiento del gobierno bolivariano para blindar la Patria de Bolívar y Chávez ante cualquier amenaza”, rezaba el mandatario (ET 18/3).

En esa línea, Cuba realizaba la votación de la nueva Constitución de la República que fue discutida en más de 140.000 asambleas por la gran mayoría de la población. Con una participación del 90% del padrón, inédita en el mundo, la misma fue aprobada por el 86,5% de los votos (6 millones 816 mil 169 electores), mientras que el 9% la rechazó (706 mil 400 electores) (CD 25/2).

Con ello demostraba al mundo la consolidación de una nueva institucionalidad basada en el protagonismo de la clase trabajadora en todas las decisiones relevantes de la vida. En medio siglo de luchas, y habiendo experimentado y superado mucho de lo que ocurre hoy en Veneuela, la pequeña isla sigue mostrando el camino para las masas latinoamericanas respecto de la difícil situación que nos atraviesa. La posibilidad de una vida digna es a condición de la derrota en toda la línea de la burguesía imperialista y de toda la superestructura que fue creada bajo su égida. A la dictadura global del capital financiero sólo es posible oponerle una democracia obrera y popular, asentada en la colectivización de los medios de producción, en el aniquilamiento de las bases materiales de sustentación del capitalismo.

Tanto Cuba, en un proceso largamente consolidado luego de 60 años de revolución, como Venezuela, afirmandose en un cruento enfrentamiento contra el imperialismo decadente, muestran el camino a seguir para todos aquellos que se han enfrentado y aún enfrentan al capital financiero: el protagonismo de la clase trabajadora asentado en la colectivización de los medios de producción y el poder político; esto es, la democracia obrera y popular, necesaria, para resolver los problemas fundamentales de nuestro tiempo.



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