Revista Mensual | Número: Mayo de 2019
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Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).
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De Cochinos

No tiene control del territorio
Esos famosos días de abril
Pésima
No la detiene nadie


El persistente terrorismo imperialista y la gesta bolivariana

De Cochinos

 “Los combates de Girón consolidaron
la presencia del socialismo en América Latina”
Fidel Castro (1971)


El estallido del orden imperialista global ha desatado un proceso de larga duración y profundas implicancias.

El modo de producción capitalista se encuentra agotado en sus bases materiales y colisionando con la supervivencia misma de la especie.

En su derrumbe, y frente a los recurrentes fracasos, las fuerzas que lo encarnan, el imperialismo, han profundizado su radicalidad contra los procesos revolucionarios que se alzan dignamente contra su dominio. El fracaso del golpe de Estado en Venezuela lo ha impulsado a adoptar medidas de carácter extorsivo contra la totalidad de la población, advirtiéndole de esa manera que de no aceptar sus políticas todo ira peor. A su vez, profundiza los ataques contra la dirección política de la estrategia que más se plantea derrotarlo y superarlo, asentada en Cuba.

A pesar de ello, su crisis se traduce en incapacidad y debilidad política. En donde todo ello es comprendido, los esfuerzos imperialistas se revelan ineficaces.

Veamos todo ello detenidamente.

No tiene control del territorio

Durante su visita a la Argentina, el ministro de Asuntos Exteriores de España, Josep Borrell, afirmaba respecto de la situación en Venezuela: “La comunidad internacional es algo muy heterogéneo y está dividida. Europa, mayoritaria pero no unánimemente, reconoció a Juan Guaidó como presidente interino con el encargo de convocar elecciones presidenciales, como estipula la Constitución venezolana. Pero dos meses después es forzoso constatar que no tiene control ni del territorio, ni de la administración. Quienquiera que fuese el que diseñó este proceso, porque alguien lo diseñó, no pensaba seguramente que dos meses después todavía estaría Maduro en ejercicio del poder administrativo intacto. La situación está bloqueada” (LN 28/3).

Sin dudas, el funcionario español sintetizaba los resultados de la agresión imperialista en la nación caribeña. Asentado sobre el núcleo más desarrollado de la producción global, la oligarquía financiera norteamericana desató una campaña de bloqueo financiero y económico, a la par que impulsaba un golpe de Estado que pusiera fin a la revolución bolivariana. Su carta de lanzamiento la representó el joven Juan Guaidó, quien en un acto público se “auto proclamó” presidente, logrando el rápido “reconocimiento” de los EEUU y sus naciones satélites.

Cierto es que, a lo largo de su historia, el imperialismo ha realizado numerosas acciones similares contra todos los procesos revolucionarios y antiimperialistas en la región; precisamente en las descripciones de Borrell es que encontramos la novedad: el estallido del capitalismo a escala global, la crisis en su estructura económica y su superestructura jurídico-política. Esto es, el grado de concentración y centralización del capital, la escala que adquiere la acumulación capitalista, necesariamente requiere de la expropiación de capas de la clase dominante, la burguesía, y la expulsión sistemática del proletariado a la muerte endémica. La traducción política de este fenomeno es la incapacidad de construir fuerza social, consenso en torno a sus intereses: Juan Guaidó es la representación del 1% del planeta que debe enfrentar y saquear al 99% restante. La misma población opositora venezolana así lo ha comprendido, al retirar todo su apoyo a los “líderes” opositores formados por la CIA norteamericana.

La acumulación capitalista es una ley del desarrollo histórico, es un hecho objetivo que reviste el carácter de necesidad; sin ella, el modo de producción no puede reproducirse. Esa necesidad explica la persistencia imperialista por tumbar la revolución, a pesar de haber sido derrotado en numerosas oportunidades. Debe, de manera inmediata, apropiarse de la mayor cantidad de riqueza social y natural suceptible de ser incorporada al proceso de valorización; que ello colisione con la vida humana, es otro problema.

Por ello, todos los recursos han sido (y están siendo) utilizados para derrocar la revolución bolivariana.

En primer lugar, las acciones terroristas y militares. El senador estadounidense Rick Scott afirmaba que “Hasta ahora las sanciones por sí solas no han detenido al régimen de Maduro y Estados Unidos necesita comenzar a considerar el uso de activos militares para llevar ayuda a los millones de venezolanos enfermos y hambrientos” (HTV 11/4), mientras que el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, reforzaba tal concepto al decir que “Tenemos algunos asuntos que estamos trabajando juntos, reconociendo la capacidad económica, bélica, entre otras, de Estados Unidos. Tenemos que resolver la cuestión de nuestra Venezuela (…) no puede continuar de la manera en que se encuentra. Aquel pueblo tiene que ser liberado y contamos con el apoyo de Estados Unidos para que ese objetivo sea alcanzado” (FSP 19/3).

Pues bien, si como afirmara el funcionario español, el golpe de Estado fracasó por la inexistencia de apoyo interno, una de las opciones públicamente barajadas es la de una intervención militar lisa y llana, previa generación de caos interno que pueda legitimarla de alguna manera.

Para ello, es que desde que se lanzara la primer guarimba en 2014, los EEUU han utilizado a Colombia y sus paramilitares para entrenar fuerzas irregulares que se lancen a provocar escenarios de caos y terror, con la anhelada adhesión de una parte de la sociedad, para así intervenir. Fueron dos oleadas importantes que, en su momento, obtuvieron vastos apoyos de opositores a Maduro y que arrojaron cientos de ciudadanos (oficialistas la mayoría) muertos por asesinato.

Pues bien, una y otra vez hemos visto desarmarse células terroristas entrenadas y financiadas por los EEUU, con el objeto de generar un caos social que legitime el apoyo del norte a Guaidó.

Este mes se conocía la detención de Roberto Marrero, miembro de la dirección nacional del partido opositor Voluntad Popular, principal promotor de las guarimbas. El ministro de Interior, Justicia y Paz, Néstor Reverol, informaba que se “habrían contratado mercenarios colombianos y centroamericanos para atentar contra la vida de líderes políticos, militares, magistrados del Tribunal Supremo de Justicia”, siendo Marrero el responsable directo de la organización terrorista, además de ser el “jefe de despacho” del auto proclamado Juan Guaidó (TS 22/3).

Siguiendo esa línea, el ministro de Información Jorge Rodriguez aseguraba que “los principales dirigentes de Voluntad Popular se encuentran coordinando acciones para iniciar una ´fase de ataque´ al gobierno constitucional (…) han entregado un listado a paramilitares centroamericanos de cuáles son los líderes que debían ser asesinados” (TS 23/3).

Sin embargo, la falta de adhesión interna una vez más condenaba al aislamiento a dichas acciones, que rápidamente eran desmanteladas por las fuerzas de seguridad interna. Lo que aquí cabe resaltar es la persistente búsqueda por caotizar el orden social en Venezuela, la insistente convocatoria al terrorismo como única alternativa vigente.

Como si todo ello fuera poco, el fracaso del golpe de Estado y la fortaleza con que la clase trabajadora y el pueblo venezolano han contrarrestado la agresividad imperialista llevaron la confrontación a otra escala. Las acciones ya tienen como objetivo la extorsión lisa y llana a toda la población: estrangulamiento económico y financiero, sabotajes eléctricos, falta de agua, medicación básica y alimentos. Como nunca antes, el imperialismo ha expuesto toda su naturaleza: o se hace lo que el 1% pretende, o todo será cada vez peor.

Desde 2014 hasta marzo de 2019, Venezuela ha sido objeto de 35 medidas coercitivas unilaterales por parte de EEUU, Canadá, el Reino Unido, la Union Europea, Suiza, el denominado Grupo de Lima y Panamá, según un estudio elaborado por la asociación civil Sures. Según el mismo, el “impacto más grave se da contra los derechos a la vida, la integridad personal y la alimentación del pueblo venezolano”. Se calcula que el conjunto de “sanciones” ha causado la perdida de al menos seis mil millones de dólares en los ingresos de Venezuela desde 2017, incluídos dos mil millones en medicamentos importados como ilegales o la negativa del Banco de Inglaterra a devolver el oro de Venezuela (TS 22/3). La acción extorsiva del imperialismo pone en juego todos los recursos coercitivos disponibles para “ganar por cansancio” a la población, cual asedio medieval, mientras promueve el caos y el terror con el paramilitarismo.

A pesar de todas las acciones relatadas y la dureza que ello supone para la vida cotidiana, el proceso revolucionario ha sabido contrarrestar toda adversidad, como lo afirmara el funcionario español citado. Que la oposición no “controle ni la administración ni el territorio” expresa toda su incapacidad por construir fuerza social, algún tipo de consenso detrás de una política que explícitamente propone matar de hambre al conjunto de la población, chavista y anti chavista, e invadirla militarmente.

Es por ello que, a las definiciones esgrimidas por España, se sumaban la poderosa Alemania, que no reconocía al “embajador” venezolano enviado por Guaidó, y el FMI, que desconocía al “autoproclamado” autoridad alguna. Su mandamás, Chistine Lagarde, afirmaba que dentro del comité ejecutivo de la organización financiera no existe mayoría para hacerlo: “Solo podemos dejarnos guiar por los miembros, no es una cuestión que nosotros decidamos. Tiene que ser una amplia mayoría de nuestros miembros la que reconozca diplomáticamente a las autoridades que contemplan como legítimas y, en cuanto eso pase, nosotros actuaremos” (TS 14/4).

El fracaso del golpe y de todas las medidas extorsivas, sumado a que a cada intentona guarimbera los servicios de inteligencia locales se adelantaban un paso, llevaba a los EEUU a direccionar, también, sus esfuerzos a quienes sin dudas han ejercido la dirección política de la estrategia antiimperialista y revolucionaria en America Latina: Cuba.

Esos famosos días de abril

El asesor de seguridad nacional de los EEUU, John Bolton, afirmaba ante un auditorio repleto de ex mercenarios que habían participado de la invasión de Bahía de los Cochinos: “En esta administración no damos salvavidas a los dictadores, se los quitamos (…). Necesitaremos su ayuda en los días venideros. Debemos rechazar las fuerzas del comunismo y el socialismo en este hemisferio y en este país. Juntos podemos terminar lo que empezó en esas playas, en esos famosos días de abril, hace 58 años hoy” (LN 18/4). Con esas palabras, la administración de Donald Trump definitivamente daba marcha atrás al “acercamiento” que años atrás se había realizado entre Cuba y los EEUU y resolvía volver a la política de estrangulamiento económico y financiero. Se limitan los viajes hacia Cuba exclusivamente a las visitas familiares, se limitan los envíos de remesas a un máximo de US$ 1.000 cada tres meses, se terminan las transacciones bancarias a través de un tercer país para mover dinero de Cuba a los EEUU y, quizás lo más sobresaliente, se abre la posibilidad para que los tribunales estadounidenses admitan demandas contra empresas de todo el mundo que hagan negocios con los bienes confiscados por la revolución (esto es, la inmensa mayoría de las tierras utilizables, expropiadas a la United Fruit Co. y a otras corporaciones, y la inmensa mayoría de las actividades financieras, industriales y turísticas).

Sin dudas, el imperialismo comprende que en Cuba se encuentra acumulada una experiencia de lucha que influencia a toda la región, la cual atraviesa un acelerado proceso de enfrentamiento contras las corporaciones monopólicas y sus gobiernos títere. Por lo tanto, la decisión de atacarla no es casual ni aleatoria, sino que se dirige a la dirección política de la estrategia más radicalizada en la región, que desde un principio se ha planteado enfrentarlos y derrotarlos estratégicamente, ganarles la guerra.

Sin embargo, dicha acción se inscribe en los marcos del estallido del orden global imperialista, en donde el achicamiento del valor socialmente producido arroja a gigantescas fracciones del capital financiero a una lucha feroz por la supervivencia. En ella, “bloques de poder” o acuerdos que otrora sirvieron de base para enfrentar la “amenaza comunista” hoy se encuentran estallando en mil pedazos.

La activación de un capítulo de la denominada Ley Helms-Burton, la cual autoriza las demandas en tribunales norteamericanos a todas las empresas del planeta que hagan negocios con sectores de la economía cubana que antaño formaban parte de la propiedad estadounidense en la isla (prácticamente toda), es una acción más de guerra entre las corporaciones financieras globales. Cualquier empresa europea o asiática que, por ejemplo, haya invertido en una cadena de hoteles cubana, las cuales en su totalidad pertenecían a norteamericanos antes de la revolución, puede ser denunciada y “sancionada” por dichos tribunales. En su radicalización, el imperialismo norteamericano resigna intereses estratégicos, de largo plazo, por objetivos inmediatos; es desesperación y desorientación, todo al mismo tiempo. Sin dudas, las reacciones no se hacían esperar.

Nuevamente, Joseph Borrell decía que “la relación bilateral con EEUU es buena, aunque no estamos de acuerdo en algunos casos como es el caso (…) de Cuba. (…) Sobre la posibilidad de que se aplicara el artículo 3 de la ley Burton a Cuba y ya sabe EEUU que, en eso, estaríamos radicalmente en desacuerdo, los europeos y España en particular” (DW 2/4).

A su vez, la Unión Europea reaccionaba mediante una carta remitida al secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, en la que se decía que “la UE se verá obligada a recurrir a todos los instrumentos a su disposición, incluida la cooperación con otros socios internacionales, para proteger sus intereses” (RT 17/4).

Sumaba su posición la presidenta de la Asamblea General de la ONU: “Cuba es un aliado absolutamente vital para las Naciones Unidas (…) la ONU necesita de países como Cuba, puesto que es uno de los grandes defensores del sistema multilateral” (CD 3/ 4).

De esta manera, más que mostrar al mundo una posición de fortaleza, el imperialismo expone toda su incapacidad y decadencia; necesita desesperadamente tumbar los procesos revolucionarios que, como veremos, además de estar asentados sobre ingentes recursos naturales, resultan una alternativa de vida real a sus gobiernos decadentes y sus políticas de hambre. Pero a pesar de estar empujados por dicha necesidad, no pueden realizarla, tienen una incapacidad estructural por construir consenso en torno de sus intereses. Su orden global, su mundo, se encuentra estallando por los aires y cuanto más se afirma en sus intereses, más leña echa al fuego.

Al activar esta Ley, lo único que ha logrado es profundizar el enfrentamiento con otras y poderosas fracciones del capital financiero que se encuentran operando en Cuba, las cuales condenan el “unilateralismo” norteamericano y ya han avisado que lo enfrentarán.

Mientras tanto, el proletariado revolucionario cubano tiene 60 años de lucha cruenta contra los EEUU, proceso que lo ha llevado a atravesar situaciones límite. Por lo que, como veremos más adelante, parece ser, de los sectores que colisionan en este enfrentamiento, quien se encuentra mejor preparado para la contienda. La historia determinará qué es lo que empezó y debe concluír en la frustrada invasión de Bahía de los Cochinos, si la revolución social o la era del imperialismo.

Pésima

Desde hace ya algunos años es que el imperialismo ha querido instalar un clima de “fin de época”, al referirse a las caídas de los gobiernos de Cristina Fernández en Argentina, Dilma Rousseff en Brasil, Rafael Correa en Ecuador, principalmente. Se argumentaba que los casi 10 años de procesos antiimperialistas habían constituído un “ciclo populista” que, anclados sobre el derroche y la corrupción, precipitaron sus sociedades hacia la catástrofe. A ellos habían venido a sucederlos hombres “racionales” que volverían a embarcar la región detrás de la dirección de los EEUU, esto es, la “normalidad”.

Pues bien, lejos está la realidad de confirmar estas hipótesis. Más bien lo contrario, el imperialismo ha explicitado toda su crisis, toda su incapacidad. El ya mencionado proceso de concentración (que siempre es expropiación) ha removido las bases mismas de los Estados Nacionales, al expropiar las capas locales de la burguesía global, y arrojado al hambre y la desesperación a millones. Donde se pretende un atisbo de organización en su contra, se procede a las políticas de terror y caos sistemático. Las políticas imperialistas solo han conseguido juntar una enorme fuerza en su contra.

El caso de Brasil es verdaderamente significativo.

Hace tan solo 4 meses asumía la presidencia de su gobierno el ex capitán del ejército Jair Bolsonaro, en una elección que tuvo como claro protagonista al ex presidente Lula da Silva, el cual fuera inhabilitado para presentarse al ser injustamente encarcelado.

El gobierno saliente de Michel Témer arrojaba un saldo profundamente negativo, al haber aumentado la desocupación a niveles inéditos, sumido al país en una recesión histórica, militarizado Río de Janeiro para contener la protesta social y promoviendo la disolución de grupos económicos locales en manos de las corporaciones transancionales. Su aprobación rondaba el 3%.

El gobierno de Bolsonaro, al prometer una agenda de fuertes compromisos internacionales con los EEUU, instalar al ultra liberal Pablo Guedes al frente de la cartera de Economía, promover un discurso militarista de “mano dura” y autoproclamarse un “cruzado” contra el comunismo internacional, prometía profundizar las líneas fundamentales de su predecesor, por lo que nada bueno podía esperarse de todo aquello.

Como ya hemos mencionado anteriormente, los compromisos asumidos con la administración de Donald Trump comenzaron a colisionar con los poderosos sectores agrarios e industriales que lo empujaron a la presidencia. Por citar algunos ejemplos, la promesa de instalar la embajada de Brasil en Jerusalén le concitó fuertes controversias con el mundo Arabe, que explica cerca de US$ 5.000 millones de superávit comercial anual, por lo que tuvo que dar marcha atrás con todo aquello. Quien, en esa oportunidad y tantas otras, lo desautorizó públicamente fue su vicepresidente Hamilton Mourao, al negar cualquier posibilidad de un cambio de embajada.

El mismo vicepresidente se reunía con la poderosa Federación de Industrias del Estado de San Pablo, FIESP, con un auditorio repleto (700 representantes de empresas) que le hacía requerimientos respecto de una posible salida anticipada del presidente (FSP 28/3).

Es que, en el corto lapso de 4 meses, Bolsonaro ha tenido que despedir a dos de sus más confiables ministros (jefe de Gabinete y Ministro de Educación, quien reivindió la dictadura militar), ha debido dar marcha atrás en aspectos centrales de sus promesas de campaña, puesto que colisionaban con poderosos grupos económicos locales (como la FIESP), ha visto su intento de aprobar una privatización al sistema previsional fracasar por desacuerdos en la misma coalición partidaria que lo sostiene, entre otras cosas (FSP 9/4).

Las últimas encuestas arrojaban la popularidad del presidente en su punto más bajo: la aprobación de su gobierno ha caído del 38,7% al 30,5%, mientras que el 32% la considera “pésima” y el 29% “regular” (TS 7/4). Son los índices más bajos para un presidente en ejercicio a tan poco tiempo de asumir.

El triste ejemplo de Brasil expone toda la incapacidad del imperialismo por construir fuerza social, puesto que sus intereses colisionan contra las grandes mayorías. La desesperación con la que se mueve la poderosa burguesía industrial paulista así lo demuestra, puesto que perciben las pretenciones del capital financiero por expropiarlos, como ocurriera con la constructora Odebrecht y los frigoríficos JBS.

Mientras más tuerce el imperialismo yanqui las fuerzas detrás suyo, más las hace estallar o implosionar. Bolsonaro semeja al desorientado capitán de un barco que se hunde, en donde todos tironean de su parte para salvarse.

Mientras ello ocurre, al inmenso proletariado brasileño solo le toca hambre, desocupación y miseria.

Hemos mencionado aquí la expulsión que hiciera Bolsonaro de los miles de médicos cubanos que se encontraban en Brasil prestando servicios en los más recónditos lugares de su extenso territorio, allí donde la mentalidad “normal” de un profesional no lo hace ir. El presidente, impulsado por las presiones norteamericanas, acusó a los cubanos de “esclavos” y los expulsó. Rapidamente se apresuró a celebrar el rápido llenado de las vacantes por los médicos brasileños. Pues bien, cuatro meses después, la realidad: unos 7.120 profesionales, desde entonces, tomaron posesión de los cargos vacantes y 1.052 (15% del total) ya han renunciado en tan solo un trimestre, y la mayoría en lugares cuya población extremadamente pobre representa el 20% o más del total (FSP 9/4).

La experiencia en Brasil demuestra a todas luces la incapacidad del imperialismo; en tan solo cuatro meses ha concitado el enfrentamiento de los grupos económicos locales, agrarios e industriales y su correspondiente representación política. No hay una medida anunciada que haya podido ser implementada, a costa inclusive de dos de los ministros más importantes de su gabinete. La sociedad ya lo repudia ampliamente, mientras sufre las consecuencias del saqueo imperialista. Lejos de ser quienes llegaron para “barrer el pasado”, todo parece indicar que más temprano que tarde serán parte del mismo.

No la detiene nadie

En estos últimos años, en los marcos del derrumbe imperialista, en diversos países de la región, el proletariado se ha dado distintas estrategias para resolver los problemas vitales que lo aquejan.

Desde aquel punto de inflexión, en 2005, cuando se rechazara el proyecto de un libre mercado común para todos los continentes que integran la región, el ALCA, han sido numerosos los procesos que, si bien compartían la confrontación a las políticas imperialistas, disentían respecto de qué sector social debía conducir dicha lucha y por lo tanto cuál era el carácter de la misma. Desde un puñado de naciones se proponía el camino del ALBA, cuyos dos miembros fundadores, Venezuela y Cuba, proponían la superación del modo de producción capitalista, la construcción del socialismo, el protagonismo de la clase trabajadora y la necesidad de construcción de una herramienta política científica que oriente el proceso, el partido político.

Venezuela ha recorrido un singular camino al respecto, habiendo profundizado la estrategia proletaria y socialista desde las vísperas de la muerte de su principal líder, Hugo Chávez, quien dedicó todos sus últimos esfuerzos en esa dirección.

La persistente confrontación con el imperialismo y la agudización de dicho conflicto fue forjando y definiendo en las amplias masas de la nación caribeña la opción por este radical camino. La estrangulación económica y financiera empujó a que el proletariado asuma el problema de organizar la producción y comercialización del país en sus manos; el terrorismo y las guarimbas a que asumiera la organización de la vida cotidiana en cada uno de los barrios en que habitan. Las Comunas, los Consejos de Producción y Trabajo, los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, todas herramientas forjadas al calor del enfrentamiento directo con las fuerzas imperialistas; instrumentos de democratización del poder económico y político, ahora en manos de la clase trabajadora. Puesto que las masas proletarias han adoptado paulatinamente dicha estrategia, los intentos norteamericanos por tumbar la revolución se han hecho vanos, como ya hemos visto, e incluso han adoptado un carácter extorisvo y dirigido a la sociedad toda.

Uno de los principales resultados de este proceso ha sido la democratización del poder militar, la asunción por parte de la clase trabajadora de las tareas fundamentales de defensa y seguridad, impulsada por la última oleada guarimbera. Nicolás Maduro explicaba que “Misión cumplida, somos millones de milicianos. 2.199.000 hombres y mujeres de Venezuela dispuestos a defender con las armas en la mano la paz, la soberanía y la integridad territorial (…). En 2018 propuse a los jefes militares del país llegar a una meta de un millón de inscriptos y parecía imposible. Hemos conformado 51.743 unidades populares de defensa integral, a lo largo y ancho del territorio, conformado por 30 milicianos cada uno” (XH 14/4).

Independientemente de los números, el proceso de las milicias explica todo lo descripto con anterioridad; la estrategia revolucionaria adoptada por las masas ha transformado profundamente su conducta, y por lo tanto la de las formas institucionales que solían ordenar la sociedad burguesa. El tradicional monopolio de la fuerza ejercido por un cuerpo profesional comandado por oficiales provenientes y formados por la clase dominante ha estallado por los aires, al incorporar a millones de trabajadores organizados por células básicas territoriales que garantizan la seguridad y protección a esa nueva conducta, a esa nueva sociedad.

En esa misma dirección, se anunciaba la entrega de la vivienda número 2 millones 600.000 del programa social Gran Misión Vivienda Venezuela, pese a la brutal guerra económica que atraviesa el país. Una vez más, Maduro anunciaba que “la meta a diciembre de este año es llegar a los 3 millones de viviendas; con guerra económica, sanciones, bloqueos, guerra eléctrica. ¡A Venezuela y la Revolución Socialista no la detiene nada, ni nadie!” (TS 12/4).

Una de las discusiones fundamentales que atraviesa el proceso es la de transformar la cultura rentista (y su base material, la dependencia absoluta de la renta petrolera, claro está) al interior de las fuerzas revolucionarias, problema éste que atraviesa a todas las sociedades incorporadas a la división internacional del trabajo imperialista a través de la producción de algún bien primario requerido por la industria foránea.

En Venezuela, 9 de cada 10 dólares que ingresan al país provienen de las exportaciones de petróleo, por lo que históricamente la dependencia de las producciones extranjeras se hizo un problema de difícil resolución. Las fuerzas del capitalismo forjaron un país dependiente y subordinado, acostumbrado a vivir de las sobras que arrojaba la venta petrolera. La revolución se ha propuesto la transformación de raíz de dicho elemento estructural, adoptando la planificación económica como eje de superación de todas las adversidades que transita.

En ese camino, la Asamblea Constituyente de Venezuela aprobaba el Plan de la Patria 2019-2025, el nuevo programa gubernamental del período que se acaba de elegir. El vicepresidente de Planificación, Ricardo Menéndez, afirmaba que se trata de la “hoja de ruta para un pueblo en su proceso de liberación”, mientras que remarcaba que “fortalece las misiones sociales y establece las bases para superar el rentismo petrolero y aumentar la producción en el país. En 2025 vamos a tener cinco millones de viviendas construidas, un 40% del territorio nacional reurbanizado, 0% de déficit de vivienda, un 100% de matricula estudiantil en la educación media y universitaria” (TS 2/4).

El proletariado, al asumir el protagonismo político al que es impulsado por la lucha de clases, necesariamente impone los intereses colectivos por sobre los privados, lo común por sobre lo individual. La sociedad venezolana, a pesar de la brutal escalada que sufre, está logrando a pasos agigantados lo que muchos pueblos del planeta anhelan: salud, educación, vivienda, trabajo y seguridad dignos para todos sus habitantes.

Y ha quedado claro para toda la región que, al hacerlo, necesariamente debe enfrentar y derrotar a las fuerzas del capital financiero, el imperialismo, puesto que es la única garantía para que todo ello ocurra.

Los problemas fundamentales, la desocupación, la miseria, han sido generados por una clase social, la burguesía, erigida sobre un modo de producción que se basa en la explotación del hombre por el hombre y la propiedad privada, el capitalismo. Impulsar lo colectivo por sobre lo privado implica cuestionar los fundamentos mismos de dicho sistema; en donde ello se ha comprendido y se ha dado la tarea de organizar las masas proletarias en esa dirección, no hay dinero, fusil o medio de comunicación que haya podido derribarlo.



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