Revista Mensual | Número: Julio de 2019
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Fuentes consultadas:
EE.UU.-Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW).
China: Xinhua (XH). Rusia: Russia Today (RT). Irán: HispanTV (HTV). Líbano: Al Manar (AM).
Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Brasil: Folha de São Paulo (FSP). Colombia: El Tiempo (ET).
Argentina: Clarín (CL); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Página/12 (P12).
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El precio de vencer

Mantener unida a la oposición
Voluntad política
Un colapso social muy fuerte
Un continente en disputa


El estallido imperialista y las luchas de los pueblos latinoamericanos

El precio de vencer

“Si se alzara de la tumba,
¿a cuántos escarmentaría?
El país que hoy se derrumba
con un Rosas vencería”
Anónimo (1886)

 


Al finalizar el año 2015, con el triunfo de Mauricio Macri en Argentina, con el golpe de Estado de Michel Temer en Brasil y tras la derrota electoral del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) en las elecciones parlamentarias, el imperialismo lanzó con todas sus fuerzas la idea de que en América Latina había finalizado un ciclo de lucha antiimperialista, denominado “populista”. Haciendo pagar caro los errores de algunas fuerzas políticas populares en la región, lentamente los candidatos promovidos por los EEUU se colocaban en los principales puestos de gobierno en los más importantes países que la integran.

Sin embargo, como hemos visto durante todos estos años, nada más alejado de la realidad y de su tendencia.

El estallido del capitalismo en su fase imperialista ha volado por los aires el ordenamiento global construido al calor del auge del capital financiero. El agotamiento del tiempo de trabajo, del valor, producto de la lógica de acumulación capitalista a escala ampliada elimina las bases materiales con las que se han forjado los Estados Nacionales dependientes y subordinados del continente; ya no hay capacidad de sostener a los grupos oligárquicos internos que sirvieron de pata local al saqueo imperialista.

Por lo tanto, a la brutal succión de riqueza social que exige dicho proceso de acumulación debemos añadirle la disolusión de los Estados Nacionales y todos los grupos sociales que lo sostuvieron durante decenas de años, un verdadero caos.

Veremos cómo la desesperación imperialista por frenar el avance revolucionario en Venezuela es producto de ese estallido, así como también su incapacidad por lograrlo.

También, la imposibilidad de reproducir a los sectores sociales fundamentales de los países de la región y el caos que ello genera impulsa la lucha del proletariado a escala continental, en un verdadero ascenso de la lucha anti imperialista. Venezuela, por lo tanto, debe ser erradicada como experiencia adelantada en la lucha y derrota del enemigo imperialista, al tiempo que se da la tarea de construir un nuevo orden social.

Veamos todo ello detenidamente.

Mantener unida a la oposición

El jefe del Departamento de Estado de los EEUU, Mike Pompeo, sorprendía con unas curiosas declaraciones sobre la oposición Venezolana: “Nuestro dilema, que ha sido mantener unida a la oposición, ha resultado ser tremendamente difícil. En el momento en que Maduro se vaya, todo el mundo va a levantar la mano y decir ´Elígeme a mí, yo soy el próximo presidente de Venezuela´. Serían más de 40 personas las que se creen que son el legítimo heredero de Maduro”, a la vez que reconocía que tales dificultades para unir al campo opositor no se produjeron en los últimos meses, sino desde el día en que se convirtió en director de la CIA (ET 5/6).

En esa misma línea, el “asesor especial” para Venezuela, Eliott Abrams, modificaba sustancialmente su discurso y “recomendaba” al chavismo “que regrese al parlamento y consensúe con la oposición una transición que desemboque en elecciones”, abandonando fugazmente todo aquello del “desconocimiento” al gobierno de Nicolás Maduro y el apoyo incondicional al joven Guaidó como presidente “autoproclamado” (CD 10/6).

Si bien ambos funcionarios intentaron hacer aparecer sus declaraciones como “filtraciones” a la prensa corporativa, lo cierto es que significan un público reconocimiento por parte del imperialismo norteamericano del fracaso del golpe de Estado iniciado en enero del corriente año. Ahora bien, ¿en qué radica dicho fracaso?

Es necesario recordar que desde el año 2013, cuando Nicolás Maduro es electo por una pequeña diferencia frente a la oposición unificada, los EEUU han intentado por todos sus medios detener el avance del proceso revolucionario bolivariano, especialmente apelando a la acción terrorista de grupos paramilitares que acompañen la acción de sus principales liderazgos políticos, junto con el sistemático intento de bloquearla económicamente y aislarla diplomáticamente.

Pero, como dijéramos más arriba, la singularidad del proceso histórico que nos toca atravesar radica en el estallido del orden global imperalista, cuya premisa es el agotamiento del valor, la no existencia de bases materiales para sostener capas de la burguesía y del proletariado que históricamente han servido como patas locales de su dominio. Si la “torta” que hay que repartirse se achica cada vez más, debido al proceso de acumulación capitalista, las fracciones que otrora comían de ella necesariamente deben enfrentarse entre sí para sobrevivir, profundizando las acciones desesperadas e intempestivas.

En Venezuela hemos visto sucederse un cúmulo de acciones de estas características, especialmente al promover a principios de año el “reconocimiento” de un diputado que, en una plaza pública, se declaró presidente de su país e impulsó abiertamente un golpe de Estado contra el gobierno constitucional. A pesar del poder de fuego de los medios de comunicación imperialistas y de todas las amenazas esgrimidas por los EEUU, lo cierto es que en un breve período de tiempo quedó claro que el supuesto gobierno “paralelo” no era reconocido por nadie al interior del país que decía gobernar, y que no retenía control efectivo sobre ninguna de las áreas o poderes fundamentales del Estado. Y ello se debió, fundamentalmente, al proceso de toma de conciencia del proletariado venezolano junto a la incapacidad estructural del imperialismo por construir y sostener una masa crítica que impulse sus objetivos de manera local.

Al poco tiempo de “autoproclamarse” presidente Guaidó, las únicas acciones emprendidas por las fuerzas imperialistas fueron las de intentar usurpar violentamente el mando del país, con militares y paramilitares comprados con el dinero sucio de la CIA, y la profundización de medidas económicas contra la totalidad de la población. Esto es, chavistas y antichavistas.

Uno de los rubros en los que el imperialismo ejerce su brutal acción es el de la Salud, la cual se encuentra, como en muchos de las naciones estructuralmente dependientes de los centros productivos globales, en gran dependencia de la compra de insumos y medicamentos del exterior. Desde hace varios años, los bancos norteamericanos y europeos se dedican a “confiscar” (robar) los giros en divisas que realiza Venezuela para adquirir insumos esenciales para la vida social cotidiana.

Se conocía el caso de un niño, por citar un ejemplo, que falleció esperando su transplante de médula ósea; el canciller Jorge Arreaza afirmaba que “Lamentablemente falleció otro niño venezolano esperando su transplante de médula ósea como consecuencia del bloqueo criminal de Estados Unidos, que impide transferir fondos a las instituciones italianas de salud con las que PDVSA atendía estos casos urgentes” (LN 26/5).

A su vez, el embajador venezolano ante la ONU, Jorge Valero, denunciaba las consecuencias del bloqueo ejercido por EEUU y algunas naciones europeas, como Inglaterra y Portugal, traducidas en la falta de medicamentos y el riesgo en la continuidad de los numerosos programas sociales en la nación caribeña: “El Estado venezolano no puede utilizar los dividendos de CItgo, calculados en 11 mil millones de dólares, tras el embargo de los EEUU. Estos fondos, confiscados ilegalmente, reposan en cuentas administradas directamente por el Gobierno de Trump” (TS 28/5).

Así, asentados sobre el centro de la producción mundial y sus principales instrumentos de intercambio, las naciones imperialistas pueden ejercer una verdadera extorsión sobre la totalidad de la población venezolana, al tiempo que la hacen responsable sobre los horrores que ello genera.

Además de las consecuencias sanitarias, el bloqueo se proponía también afectar el principal abastecimiento de alimentos que tiene la población: el programa CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción) que, fruto de la organización política territorial del proletariado, logra alimentar a 6 millones 500 mil familias en medio de una guerra económica sin precedentes, proveyendo un paquete alimentario básico cada 15 días puerta por puerta. El presidente Nicolás Maduro denunciaba al gobierno de los EEUU por pretender aplicar sanciones contra los CLAP, basándose en una información publicada en la agencia de noticia Reuters que, afirmaba, el Consejo de Seguridad Nacional y los departamentos del Tesoro, del Estado y de Justicia de lo EEUU buscaban aplicar en los próximos tres meses una nueva serie de acciones coercitivas contra empresas venezolanas y extranjeras relacionadas al programa CLAP, junto con las recientes sanciones a 10 de las 12 empresas navieras que trasladan alimentos al país sudamericano (TS 23/5).

Si a ello agregamos el sabotaje al sistema eléctrico, tenemos un combo verdaderamente terrorífico: las acciones imperialistas promueven la falta de Alimentación, Salud, Agua y Electricidad a toda la población venezolana, sin importar sus simpatías políticas o adhesiones circunstanciales. Es una verdadera guerra total declarada por el imperialismo contra los pueblos de América del Sur.

Resulta muy difícil imaginar un dirigente opositor que consiga movilizar a la importante parte de la sociedad venezolana que no comulga con el proceso revolucionario bajo la defensa de una posible invasión militar a su país, el robo descarado de su riqueza, la falta de salud, alimentación, electricidad y agua. Tales acciones evidencian la actual situación del capitalismo: las corporaciones monopólicas imperialistas deben apropiarse de la mayor cantidad de riqueza social en el menor tiempo posible, a costa de toda la población restante. Si ello no es “aceptado”, pues las consecuencias serán aún peores.

A lo largo de los años en que el imperialismo norteamericano ha intensificado su agresión contra la revolución bolivariana, la enorme mayoría de la población venezolana ha tomado conciencia de que los objetivos del gigante del norte son contradictorios con los factores esenciales de la vida humana en el planeta. Por lo que a la imposible tarea de garantizar a las diversas capas de su propia clase la tradicional porción de la “torta” (y provocar que “haya más de 40 personas que se creen los herederos de Maduro”), debemos agregarle la total indiferencia por parte de la base social opositora hacia los líderes políticos construidos por la CIA norteamericana para encabezar sus designios. Es por ello que el jefe de la diplomacia imperialista parece “arrojar la toalla” frente a una realidad que se impone brutalmente, por más que intente “desconocerla” una y otra vez.

Voluntad política

Uno de los hechos que más expone la naturaleza caótica del capitalismo en descomposición es la crisis migratoria que atraviesa el continente centroamericano.

Hemos visto durante muchos meses ya deambular una y otra vez inmensas caravanas de desamparados provenientes de Honduras, Guatemala, Costa Rica, El Salvador y tantos otros países a través de las rutas centroamericanas que conducen hacia los EEUU. Forman parte de la inmensa masa de desposeídos que han sido expulsados de su tierra de origen por la inhumanidad construida por los gobiernos pro imperialistas, en donde abunda la desocupación, la desnutrición, los cárteles y paramilitares que administran la droga que proveen los EEUU, entre tantas otras desgracias. Son realmente una muestra del pasado que viene a cobrarle a los centros imperialistas el pago de la “cuenta” por todos los desastres generados en una región tan empobrecida como Centroamérica.

Como hemos visto más arriba, el imperialismo no solo produce todos los problemas que aquejan a los pueblos de la región, sino que además su única respuesta frente a ellos es la represión y marginación, la guerra total. Sencillamente no tiene otra política que la de exterminar a todas las fuerzas que emergen contra ellos.

De esta manera, los EEUU anunciaban el recorte de cientos de millones de dólares de “ayuda” destinados anualmente a Guatemala, Honduras y El Salvador, “hasta que estos países reduzcan la inmigración ilegal”. El portavoz del Departamento de Estado, Morgan Ortagus, afirmaba que “esto concuerda con la dirección del presidente Donald Trump y con el reconocimiento de que es crítico que haya suficiente voluntad política en estos países para encarar el problema de origen” (HTV 17/6).

Para que podamos tener dimensión del cinismo con que el funcionario norteamericano apela a la “voluntad política” de los países de origen, debemos recordar algunos datos sobre los países en cuestión.

Desde 2009, Honduras ha visto violentar su sistema democrático, cuando fue depuesto el presidente electo Manuel Zelaya (trasladado fuera del país con logística de los EEUU) y en los sucesivos proceso electorales han sido colocados presidentes títeres con un escandaloso fraude electoral, que hasta tuvo que ser denunciado por la OEA frente a la abrumadora cantidad de evidencias. El 64,3% de la población vive bajo la línea de pobreza, siendo el 23% en pobreza extrema (cort.as/-Kqvt).

Según un informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el 83% de la población de Guatemala se encuentra bajo la línea de pobreza, mientras que “el 46,5% de las niñas y niños menores de cinco años padece desnutrición crónica, afectando no solo su salud física sino también sus oportunidades de vida”, según palabras del alto comisionado de derechos humanos de dicho organismo, ZeidRa´ad Al Hussein (cort.as/-Kqw_).

Los tres países sufrieron la brutal represión imperialista cuando sus pueblos organizaron las luchas para superar tal estado de cosas, debiendo transitar dictaduras militares pro norteamericanas que impusieron las políticas requeridas por el capital financiero a sangre y fuego, arrojando los resultados que hemos mencionado.

De esta manera, las caravanas de migrantes son un simple reflejo de una realidad desesperante para los pueblos centroamericanos, que son expulsados de sus países de origen a la búsqueda de un destino más digno, que muchas veces es asociado con los mismos EEUU por la enorme cantidad de riqueza que concentra y produce a costa del mundo.

Precisamente, el “problema de la migración” ha sido uno de los principales caballos de batalla de la gestión de Donald Trump, el cual ha querido impedir a través de medidas represivas el inmenso afluente de trabajadores de todo el continente hacia el país del norte. Es por ello que, además de suspender el envío de dinero a los países de origen hasta que desarrollen “voluntad política” que impida que sus habitantes huyan del horror cotidiano que es su tierra, el gobierno norteamericano amenazaba a México (paso obligado en la ruta de transito hacia los EEUU) con suspender varios puntos del tratado comercial que recientemente se ha rubricado si no se planteaba “contener” el flujo de migrantes que ingresaba desde su frontera sur con Guatemala.

Trump afirmaba que “México es un abusador de Estados Unidos que toma, pero nunca da. Ha sido así durante décadas. O bien detienen la invasión de nuestro país por narcotraficantes, cárteles, traficantes de personas, coyotes e inmigrantes ilegales, algo que pueden hacer muy fácilmente o nuestras muchas compañías que han sido engañadas para instalarse al sur de la frontera regresarán a Estados Unidos gracias a estos aranceles”, haciendo referencia a la amenaza de imponer aranceles a los productos de origen mexicano (TS 2/6).

Además de ser una mas de las tantas declaraciones ofensivas hacia los pueblos latinoamericanos, de origen indígena y mestizo, sun dudas sobresale la liviandad con que los EEUU acusan a otros de exactamente todo lo que ellos hacen: “tomar” cosas de forma abusiva, como la mitad del territorio nacional de México junto con toda su riqueza petrolífera; el narcotráfico y los cárteles, controlados por la CIA norteamericana y los grandes bancos de ese país y tantas otras cosas que han caracterizado el brutal dominio del imperialismo yanqui en la región.

Como veremos, la situación por ellos generada es tan insostenible que ya hace tiempo han comenzado a salir a las calles la gran mayoría de los pueblos del continente para finalizar de una buena vez por todas con los gobiernos pro yanqui que generan el horror antes descripto.

Por caso, y como única respuesta posible frente a un escenario que se revela conflictivo en lo inmediato, los EEUU imponían bajo la excusa del “control migratorio” el desembarco de tropas en Guatemala, a través de un memorando de “cooperación” con dicho país, que se comprometía a “compartir información y mejorar la seguridad fronteriza” (TS 3/6).

A su vez, México se comprometía a aportar 6 000 hombres de la recientemente creada Guardia Nacional en su frontera con Guatemala para aportar cierto elemento de control a una situación a todas luces caótica, mientras que anunciaba la ampliación de su programa “Permanezcan en México”, el cual prevee asilo para los caminantes latinos que lleguen a la frontera con EEUU mientras se tramitan sus solicitudes de asilo y se define si serán deportados a sus países de origen o podrán ingresar a territorio estadounidense (ET 8/6).

Una vez más, toda la realidad construida al calor del estallido imperialista demuestra su naturaleza caótica, a la vez que deja claro para millones su incapacidad política para dar respuesta a los principales problemas que atreviesan los pueblos de la región. La insostenible situación en Centroamérica preanuncia un escenario próximo de gran conflictividad, al tiempo que las masas proletarias que la componen sacuden el yugo imperialista de sus espaldas.

Un colapso social muy fuerte

Hemos afirmado más arriba que la crisis que atraviesa el modo de producción capitalista se caracteriza por la incapacidad de reproducir a las categorías fundamentales que lo sostuvieron en la etapa imperialista. En América Latina, ello se traduce en que las “patas locales” de su dominio, sectores internos forjados al calor de la división internacional del trabajo en pleno auge del capital financiero, ya no pueden garantizar su reproducción, puesto que son necesariamente expropiadas en el proceso de acumulación del capital. Ello produce la disolusión del Estado Nacional como lo conocimos, de toda la superestructura jurídica y política erigida al calor de la conformación de las naciones dependientes en la región.

Brasil transita un proceso que expone esta situación con toda claridad.

A raíz de la elección presidencial del ex capitán del Ejército Jair Bolsonaro, las corporaciones monopólicas globales han emprendido una profundización del saqueo de la riqueza social en Brasil que iniciara el gobierno de facto de Michel Témer.

Los desempleados suman más de 13 millones de personas, en el marco de tres años seguidos de recesión económica; el gobierno también impulsa una reforma previsional que privatice la seguridad social y “endurezca” las normas de jubilación de la población (CD 28/5).

A su vez, a raíz del alineamiento incondicional del nuevo gobierno con los EEUU, se expulsaron a los médicos cubanos que realizaban tareas sanitarias en los lugares más empobrecidos de Brasil. A pesar de las promesas realizadas, aún no han podido reemplazar el plantel de profesionales que trabajaban con 28 millones de personas. Fernanda Kimura, doctora que coordina la asignación de especialistas afirmaba que “es desesperanzador, como si escogiéramos qué niño debe ser alimentado. En varios Estados, las clínicas públicas y sus pacientes no tienen doctores”; mientras que un oficial de la Organización Panamericana de la Salud, Gabriel Vivas, alertaba sobre consecuencias severas para los niños por debajo de los 5 años, posibilitando potencialmente la muerte de 37.000 niños para el año 2030 (CD 11/6).

Tal es la situación que los gobernadores de 9 Estados han expresado públicamente saltearse la decisión presidencial y renaudar el contrato con Más Médicos (FSP 17/6).

A su vez, se conocían datos proporcionados por un sistema satelital de alerta temprana del Instituto Brasileño de Investigación Espacial de que se ha profundizado en los últimos meses la desforestación de la selva amazónica, producto de la acción de los poderosos terratenientes del Brasil. El gobierno de Bolsonaro desmanteló las agencias de conservación, mostró escepticismo sobre el cambio climático y recortó el presupuesto de fiscalización ambiental, dando de esa manera luz verde a un viejo anhelo del capital financiero vinculado a la industria agrícola (LN 6/6).

Como si todo este escenario fuera insuficiente, frente a la posible reacción del golpeado pueblo trabajador brasilero, el gobierno prepara la única receta posible para contenerla: el terror y el asesinato.

Tan solo en los primeros 4 meses de este año, la policía de Río de Janeiro ha matado en promedio casi 5 personas por día; han surgido por doquier, con el beneplácito oficial, grupos paramilitares que comienzan a adquirir relevancia en aspectos centrales de la vida social. Como en Colombia, se hacen del control del narcotráfico y de todos los negocios menores bajo la promesa de “seguridad” a los vecinos de determinados barrios; incluso son presentados bajo el eufemismo de “milicias” autoorganizadas por los habitantes locales. Su rasgo característico es el exterminio directo de quienes consideran “enemigos”, como lo fuera la concejal de izquierda Marielle Franco (PSOL). Ya hay pruebas de sobra respecto del lazo de estas bandas con la familia bolsonaro y sus vínculos con las Fuerzas de Seguridad locales (FSP 4/6).

De esta manera, el horrorífico combo del capitalismo en descomposición: su actual escala de concentración y centralización requiere que necesariamente se apropie de la mayor riqueza socialmente producida en la menor cantidad de tiempo posible, a costa de la inmensa mayoría de la población, incluso capas de su propia clase. A su vez, frente a un escenario que no parece sostenerse por mucho tiempo, lo único que puede hacer el imperialismo es asesinar a la población y profundizar su descomposición y desesperanza a través de bandas paramilitares.

De esta manera, toda la superestructura jurídica y política pierde sus bases materiales y estalla por los aires; los diversos actores vinculados al aparato del Estado, forjado al calor del ascenso del imperialismo, pierden su sentido histórico y comienzan a batallar entre sí por sobrevivir.

De esta manera, desde hace tiempo que la coalición partidaria que llevó a Jair Bolsonaro a la presidencia atraviesa un duro proceso de crisis, en donde numerosas facciones públicamente se atacan entre sí por las medidas de gobierno antes descriptas. Un punto alto de este combate se da a lugar en el Congreso nacional, en donde los numerosos partidos políticos fallan sistemáticamente en la construcción de acuerdos parlamentarios para la aprobación de las reformas impulsadas por el Poder Ejecutivo, especialmente la reforma previsional y las privatizaciones de las empresas del Estado.

El Supremo Tribunal Federal de Brasil autorizaba una petición del gobierno de Bolsonaro para vender empresas subsidiarias del Estado sin aval del Congreso, lo cual obtenía duras respuestas de la bancada oficialista en el parlamento. Su presidente, Rodrigo Maia (del partido oficialista Demócratas), alertaba que “las políticas del presidente Jair Bolsonaro conducirán al país hacia un colapso social muy fuerte. La negativa del presidente a hacer alianzas y dialogar con otros actores para construir una agenda económica propiciará un colapso social que será muy fuerte. Quien quiere cambiar Brasil tiene que entender que eso se logra con alianzas (…). Tenemos que consturir una agenda que saque a Brasil del camino donde está yendo, hacia un colapso social muy fuerte. Estamos yendo a un lugar que no es bueno” (HTV 4/6).

Sin embargo, las alianzas que reclama el legislador resultan a todas luces imposibles de realizar. Los grupos económicos locales han visto en los últimos años peligrar su reproducción a costa del ingreso expropiatorio de las 147 corporaciones monopólicas globales, que ya no pueden garantizarles su cuota de ganancia. Por lo que Odebrecht, JBS, PetroBras y tantas otras empresas vinculadas a la poderosa industria delBrasil están desapareciendo a costa de la acumulación capitalista, provocando de esa manera una crisis política sin precedentes.

Uno de los instrumentos utilizados por los EEUU para ello fue la cooptación del Poder Judicial a través de la imposición de jueces entrenados por ellos para dictar fallos contra dichas corporaciones y líderes políticos opositores. Sobresale sin dudas el juez Sergio Moro, quien encabezó el famoso Lava Jato (supuesta “trama” de corrupción que involucraba empresas nacionales con fuerzas políticas opositoras) e impulsó el encarcelamiento de Lula da Silva. Producto de la feroz disputa entre capitales por la supervivencia es que se “filtraban” a la prensa pruebas de lo que ya todo el mundo suponía: el juez Moro encabezó una persecución política contra el líder obrero con el objetivo de correrlo de la carrera presidencial, saltándose los más elementales procedimientos del derecho penal. Esto es, pasando por encima los más elementales códigos de la democracia representativa, mostrando de esa manera la naturaleza de clase del Estado y el Poder Judical y toda la crisis de las formas nacionales de organización social (CD 10/6).

Un continente en disputa

En la clausura del Encuentro Latinoamericano de Gobiernos Locales, en Caracas, el presidente Venezolano Nicolás Maduro afirmaba que “se debe construir un poderoso bloque de fuerzas de América Latina y el Caribe para demostrarle a EEUU que podemos ser libres, soberanos e independientes, que podemos caminar y pensar con cabeza propia, sí podemos, sí se debe y sí se puede (…). No se puede construir una nueva sociedad con las armas melladas de los viejos modelos políticos, ideológicos corrompidos y corruptos” (TS 7/6).

Las palabras de Maduro hacen referencia al desplome del orden imperialista y sus gobiernos corruptos y el ascenso de la lucha de las masas por vencerlo, en donde Venezuela y Cuba constituyen un verdadero faro.

En Haití, el presidente pro norteamericano Jovenel Moise, acusado de malversación de fondos y corrupción, enfrentó nuevamente una masiva movilización del sufrido pueblo haitiano pidiendo su dimisión, que fue contrarrestada con represión policial. A pesar de ello, la ciudad capital de Puero Príncipe fue escenario de una berdadera batalla campal y los grupos opositores más grandes se convocaban a realizar huelgas y más protestas (HTV 10/6).

En Chile han confluido en la calle dos sectores sociales que históricamente han protagonizado heróicas luchas: los obreros mineros y el estudiantado. Frente a la medida gubernamental de suprimir la asginatura de Historia del programa obligatorio en todos los liceos del país, profesores y estudiantes realizaron sendas huelgas y movilizaciones que fueron duramente reprimidas por los Carabineros chilenos (TS 1/6).

A su vez, lo que comenzó como una protesta salarial en la minera estatal chilena Codelco, en Antofagasta, mayor productora de cobre del mundo, resultó en una masiva huelga de los trabajadores mineros por un acuerdo flexibilizador con la corporación global Anglo American (ET 13/6).

Todos estos conflictos han provocado el desplome de la popularidad del presidente pro norteamericano Sebastián Piñera a tan solo 15 meses de gobierno: una encuesta realizada por el Centro de Estudios Políticos (CEP) reveló que solo el 25% de los encuestados aprueban la gestión gubernamental, al tiempo que el 66% manifiesta desconfianza y desacuerdo respecto de la misma. En ese breve lapso de gestión, el presidente anunciaba la segunda renovación ministerial, despidiendo a los ministros de Relaciones Exteriores, Salud, Economía, Obras Públicas, Desarrollo Social y Energía (ET 13/6).

Honduras, como hemos descripto más arriba, se encuentra gobernada por un presidente, Juan Orlando Hernández, que se hizo del gobierno con un escandaloso fraude electoral apoyado por los EEUU; las protestas generadas en ese momento arrojaron varios muertos a manos de las fuerzas policiales. En línea con las necesidades de las 147 corporaciones monopólicas globales, el gobierno apuraba reformas en las áreas de salud y educación, tendientes obviamente a su privatización. Los docentes y médicos respondieron con huelgas y movilizaciones, que fueron duramente reprimidas, al tiempo que los EEUU desembarcaban tropas de “ayuda humanitaria” en el país.

A pesar de que el presidente J. Hernández intentara una marcha atrás en las medidas, las fuerzas desatadas rápidamente desbordaron la reivindicación puntual; se produjeron movilizaciones masivas exigiendo su renuncia, toma de edificios públicos y el anuncio de las Fuerzas Policiales de acompañar los reclamos de la población y por lo tanto no reprimirla (TS 3/6).

En Brasil, primero los estudiantes y docentes y luego las centrales sindicales mayoritarias realizaban un ciclo de huelgas y movilizaciones en contra de los ajustes en educación y la reforma previsional, respectivamente. Las acciones abarcaban más de 100 ciudades y contaron con millones de participantes.

Un dirigente obrero de la Union General de los Trabajadores (UGT) afirmaba que “buscamos el diálogo con el gobierno de Jair Bolsonaro. Ninguna puerta se abrió. Parece que nosotros, los trabajadores, somos el enemigo. Eso no es verdad. Todos estamos en el mismo barco, en un viaje aparentemente suicida. Apostamos a más miseria, menos educación, más desempleo y más violencia. Este es el Brasil, a la deriva, sin un proyecto nacional” (FSP 13/6).

Es por ello que resulta de vital importancia el proceso revolucionario en Venezuela, puesto que, además de enfrentarse contra el imperialismo y su modo de vida, está construyendo una nueva organización social, una nueva institucionalidad bajo el protagonismo de la clase trabajadora en la vida económica y social del país; no es solo enfrentar las consecuencias del capitalismo en descomposición, sino derrotarlo políticamente y reemplazar a la clase social dominante, la burguesía, como ordenadora de la sociedad.

Frente a las amenazas de bloqueo e intervención militar, el proceso bolivariano profundizó el protagonismo del proletariado en el control territorial y la defensa. En diez días, 1.700 hombres y mujeres recibían instrucciones para la defensa, con el objetivo de llegar a cien mil en el mes de octubre, con centros de formación en las 22 parroquias de la capital, Caracas, y así abarcar los 117 “ejes territoriales” de la capital.

En entrenamiento cuenta de varias partes, como aprender a realizar cartografías del barrio, movilizarse con armas, técnicas de salud, evacuación, defensa personal, ejercicios físicos. Los instructores son integrantes de la Milicia Bolivariana, cuerpo conformado por más de dos millones y medio de trabajadores que asumen la responsabilidad de velar por el proceso revolucionario. El coronel Boris Iván Berroterán de Jesus explicaba que “Todos los venezolanos tenemos corresponsabilidad en la defensa de la patria, está escrito en el artículo 326 de la Constitución. No es solamente una cuestión de armamento, vamos a crear una cadena logística muy importante por cada combatiente que aquí se forme debe haber ocho o nueve personas detrás, debe continuar la instrucción, en cada territorio deben estar todos los componentes para la defensa integral” (P12 1/6).

Frente a la guerra económica y el desabastecimiento, profundización del protagonismo del proletariado en el control productivo del país; el presidente Nicolás Maduro, durante una jornada del “Plan Siembra Venezuela Cultiva 2019”, afirmaba que: “Tenemos que ser autosuficientes en semillas y estamos dando los pasos para lograrlo. Nuestra victoria es producir, generar riquezas, bienes, productos, satisfacer las necesidades del pueblo, ganar la guerra económica. El modelo capitalista que se implementó durante 100 años en el país desfiguró la distribución poblacional de Venezuela y desvinculó a sus pobladores de la actividad productiva” (TS 12/6).

Esta última referencia resulta de vital importancia, en la medida en que los pueblos trabajadores toman conciencia de las ataduras profundas que la organización capitalista deja en los países de la región; incorporados como una rama abastecedora del capital financiero global, nuestros países han desarrollado solamente las actividades económicas vinculadas a él y se conformaron en gran dependencia con los centros productivos mundiales. Esto forja un tipo de vida, un conjunto de habitos sociales que se nos imponen como fuerza objetiva dominante pero que requieren ser transformados de raíz para vencer en la actual conflagración. Aquella “desfiguración” de la que habla Maduro radica en los modelos rentistas impuestos a sangre y fuego en las naciones dependientes del continente, que hoy día se encuentra estallando por los aires.

El ejemplo de Venezuela, por lo tanto, constituye un verdadero faro para todas las luchas que el proletariado realiza en el continente, puesto que está resolviendo problemas que se encuentran en todos los países que lo integran y enfrentando al enemigo común.

La agresividad imperialista se explica, entre otras cosas, por el temor de ver un cambio profundo en la correlación de fuerzas regional.

El canciller venezolano Jorge Arreaza, lo sintetizaba al decir: “hay que mantener y radicalizar los procesos revolucionarios en nuestros países (…) ir a la raíz de los problemas, de las contradicciones y resolverlas con el pueblo. Somos un continente en disputa: o estamos bajo el control del imperio, o estamos bajo el control de los pueblos” (TS 25/5).



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